La llave seguía debajo del tiesto, envuelta en un papel encerado que ya no era papel sino una pasta gris. Andrés se agachó, la sacó y la sostuvo un momento en la palma. Cuarenta años sin tocarla y todavía conservaba la muesca que su maestro había hecho con una lima para no confundirla con la del portal.
La puerta cedió con un chasquido largo, como si la casa tuviera que despertarse por partes. Dentro olía a aceite de máquina y a un perfume antiguo que Andrés no supo nombrar. El taller estaba intacto: la banqueta de tres patas, la lupa en el brazo articulado, los destornilladores ordenados por tamaño, las cajas de latón con las piezas menudas. Nada se había movido en nueve años.
Lo que no estaba intacto era el tiempo. Andrés lo notó al segundo paso, cuando levantó la vista hacia la pared del fondo. Allí, colgados en fila, esperaban veintitrés relojes. Los veintitrés marcaban la misma hora: las cuatro y diecisiete.
Se acercó al primero, un carillón de péndulo que recordaba de niño. Abrió la portezuela y miró el mecanismo: el áncora en su sitio, el muelle sin tensión, las agujas firmes. No había nada roto. Abrió el siguiente y encontró lo mismo. A media pared dejó de contar y se sentó en la banqueta, que crujió como si le doliera.
—¿También esto lo has dejado tú así? —dijo en voz alta, y la voz se le quedó corta en aquel cuarto sin ventanas.
Julián Herbás le había enseñado el oficio en esa misma habitación, con las manos de Andrés todavía demasiado grandes para las pinzas. «Un reloj no se arregla, se escucha», decía, y luego se quedaba callado media hora mirando un volante girar. Andrés aprendió a aguantar esos silencios antes que a limpiar una espiral. Cuando se marchó a la ciudad, a los veinte años, se despidió con una frase que llevaba nueve años arrepintiendo: que aquello era un oficio de muertos.
Ahora estaba de vuelta con un poder notarial en el bolsillo y la intención de vender la casa antes de que acabara el mes. La inmobiliaria le había dicho que el taller no valía nada, que había que vaciarlo, tirar los hierros y pintar las paredes de blanco. Andrés había asentido, porque era lo razonable.
Pero no contaba con las cuatro y diecisiete.
Se levantó, encendió la luz del techo y empezó a recorrer la pared de izquierda a derecha, abriendo portezuelas, mirando escapes, tocando péndulos inmóviles. Todos limpios. Todos cuidados. Ni una mota de polvo en los ejes, ni una mancha en los cristales. Nueve años sin nadie y el taller parecía barrido esa misma mañana.
En la última estantería, debajo de un paño doblado con esmero, encontró un cuaderno de tapas negras. Estaba abierto por una página escrita a lápiz, con la letra pequeña de Julián. Solo había una línea: «Hoy he parado el último. Ya no hay prisa por nada.»
Andrés cerró el cuaderno, lo dejó donde estaba y salió a la calle a fumar un cigarro que no fumaba desde los veinticinco años.