La vecina de enfrente se llamaba Aurora y llevaba cuarenta años mirando por la ventana. Se presentó en el portal a media mañana, con un táper de croquetas y la excusa de dar el pésame, y se quedó dos horas sentada en la banqueta del taller sin que Andrés supiera cómo echarla.
—No los toques —dijo, señalando la pared con la barbilla.
—No pienso tocarlos. Voy a vaciar la casa.
—No los toques y no los vendas —insistió ella—. Tu maestro pagó por cada uno de esos relojes más de lo que tenía. Los fue comprando por todo el pueblo cuando la gente se pasó a los de pilas. Decía que alguien tenía que quedarse con las horas de los demás.
Andrés le preguntó por qué estaban parados. Aurora se limpió las manos en el delantal y tardó en contestar.
—Porque a las cuatro y diecisiete de la tarde del doce de marzo se murió la Encarna —dijo—. Y a esa hora se paró todo. Él bajó del dormitorio, cogió la llave maestra y fue parando uno por uno. Yo lo vi desde aquí. Tardó toda la noche. El del salón lo dejó para el final, y cuando lo paró se sentó en esa silla y se quedó dormido con la llave en la mano.
—¿Y nunca volvió a darles cuerda?
—Nunca. Cuando le preguntábamos decía que ya estaba bien así, que el tiempo que corre es el que hace daño. Nos pareció una tontería de viejo durante un par de años. Luego dejó de parecerlo.
Aurora se fue con el táper vacío y la promesa de volver al día siguiente. Andrés se quedó solo en el taller con la puerta abierta y las cuatro y diecisiete colgadas en la pared como veintitrés testigos.
Esa tarde hizo lo que había ido a hacer: llamó al de la inmobiliaria y le dijo que sí, que podía pasar el jueves a medir. Después subió al dormitorio por primera vez. La cama estaba hecha, con una colcha de ganchillo que no era de Julián, y sobre la mesilla había dos cosas: una foto de boda de mil novecientos setenta y ocho y un reloj despertador de cuerda, también parado, también a las cuatro y diecisiete.
Andrés se sentó en el borde del colchón y estuvo un rato mirando la foto. En ella, Julián tenía el pelo negro y una sonrisa que su alumno no le había visto nunca. La Encarna llevaba un ramo de flores de tela y miraba a la cámara como si le hicieran gracia los fotógrafos.
«Ya no hay prisa por nada», había escrito el viejo. Andrés pensó que a lo mejor no era una rendición, sino una manera de decir que lo importante ya había pasado y no hacía falta medirlo.
Bajó al taller, cogió el cuaderno negro y lo abrió por el principio. Las primeras páginas eran cuentas: muelles, ejes, barnices, portes. A partir de la mitad, la letra cambiaba de tamaño y las cuentas desaparecían. Lo que quedaba eran fechas y nombres de relojes. Y en la última página, una lista con veintitrés líneas numeradas, cada una con una hora distinta, ninguna de ellas las cuatro y diecisiete.