La lista tenía veintitrés horas y veintitrés nombres de reloj. Andrés tardó tres días en entenderla. No eran horas de muerte ni de nacimiento: eran las horas a las que cada vecino había entrado alguna vez en el taller a que le arreglaran algo. Las había apuntado Julián una por una, con el nombre del dueño al lado, como quien lleva la cuenta de las visitas que importan.
La número diecisiete decía: «Andrés. Cuatro y diez. Vino a despedirse y no se atrevió.»
Se quedó con el cuaderno abierto en la cocina, sin saber qué hacer con aquello. Luego subió al taller, buscó entre las cajas de latón hasta encontrar la llave maestra, y empezó por el carillón de péndulo, el que recordaba de niño. Le dio cuerda despacio, escuchando el trinquete, y cuando el péndulo arrancó el aire del cuarto cambió de peso. Marcaba las cuatro y diecisiete y siguió avanzando.
Tardó la tarde entera. Veintitrés relojes, uno por uno, con la misma paciencia con la que su maestro le había enseñado a limpiar una espiral. No los puso en hora. Los dejó avanzar desde donde estaban, cada uno con su minuto distinto, de manera que el taller se llenó de un tictac desordenado que sonaba a estación de tren.
Cuando terminó, abrió las ventanas y se sentó en la banqueta a oírlo.
Aurora llegó a las siete con la excusa de traerle la compra y se quedó en el umbral, con las bolsas colgando.
—Los has puesto en marcha.
—Los he puesto en marcha —dijo Andrés—. No los he puesto en hora. Que cada uno vaya a lo suyo.
La vecina dejó la compra en la mesa y se fue sin decir nada más. Esa noche, en el pueblo, alguien contó que la casa de la calle Herrería volvía a hacer ruido, y hubo quien se acercó a escuchar desde la acera como se escucha una radio encendida en un cuarto vacío.
Andrés llamó al de la inmobiliaria el jueves y le dijo que no, que ya no vendía. No supo explicarlo bien: habló de la humedad del tejado y de que el taller tenía buen suelo. El otro le dijo que era una lástima, que la casa valía un dinero y que él no era relojero.
—Eso es lo que vamos a ver —contestó Andrés, y colgó.
Se quedó en el pueblo todo el invierno arreglando encargos que empezaron a llegar de las aldeas de alrededor: un despertador, dos relojes de pared, la maquinaria del campanario. En abril vendió el piso de la ciudad. El taller sigue abierto, con veintitrés relojes en la pared que nunca coinciden entre sí, y cada vez que alguien le pregunta por qué no los pone en hora, Andrés se encoge de hombros y responde que ya están bastante ocupados en no pararse.