El libro de registro tenía doscientas páginas y Marta iba por la ciento sesenta y una. Cada línea llevaba fecha, descripción, número de casillero y la firma de quien hacía la entrega. Lo había empezado su antecesor en el año noventa y ocho y nadie lo había cambiado porque funcionaba: si algo se sabe apuntar, se puede devolver.
La mañana del martes, el turno de noche había dejado tres cosas nuevas. Un paraguas azul con la varilla torcida. Una bolsa de tela con tres manzanas y una novela de bolsillo por la página sesenta. Y una urna pequeña, de madera clara, con una etiqueta pegada con celo que decía: «Crematorio de San Roque. Recoger antes del día 30.»
Marta se quedó un rato de pie delante del mostrador, con el bolígrafo en el aire. Había apuntado en once años doscientas ochenta y cuatro cosas sin dueño, y nunca se había encontrado con un pasajero. Al final escribió: «Urna, madera clara, tapa con tornillos. Contenido no verificado.» Y le puso el número de casillero siguiente, el doce.
El doce estaba al fondo del armario, entre una caja de herramientas y un carrito de bebé plegado. Marta lo abrió con cuidado, colocó la urna en el suelo del casillero y cerró. Luego se sentó otra vez en su silla y miró la puerta de salida, por donde pasaban a esa hora trescientos viajeros que no sabían nada de ella.
Trabajaba en aquella oficina desde los veintisiete años, cuando dejó la carrera a medias y aceptó lo primero que encontró cerca de casa. El sueldo era corto, el horario era fijo y nadie la llamaba nunca para preguntar por su vida. Le venía bien. Aprendió a tener paciencia con la gente que llega llorando por un bolso y a no tenerla con la que llega dos semanas tarde y exige. Con los años desarrolló una teoría: casi todo lo que se pierde en una estación no se pierde por descuido, sino por cansancio.
A las once vino un hombre a preguntar por un bastón. A la una, una chica por unos auriculares. A las cinco cerró el mostrador, apuntó las devoluciones del día y, antes de apagar la luz, comprobó que el casillero doce seguía cerrado.
Esa noche, en su casa, hizo algo que no había hecho nunca: sacó un cuaderno nuevo de la estantería, escribió la fecha en la primera página y dibujó una raya. Debajo puso: «Urna. Casillero doce. Nadie la ha reclamado.» Después se quedó mirando la línea un buen rato, sin saber muy bien por qué le parecía importante escribirla dos veces.