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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista

Prólogo

4 min de lectura · 782 palabras

Muchos piensan que los años pasados fueron mejores. Esta idea nos aleja del presente, nos aparta del futuro y, muchas veces, nos esconde el verdadero pasado. He conocido gente que, habiendo tenido un gran poder, perdido hace ya tiempo, se derrumba y no hace nada por recuperarlo. Por lo general, esa gente es de mi familia.

Aun corriendo el riesgo de caer en la autocompasión, me veo obligado a narrar en parte la historia que llevó a mi gente a esta situación. Pero no te preocupes, querido lector, seré breve.

Hace más tiempo del que yo llevo en este mundo, los siete grandes países que forman el continente estallaron en guerra. Todos entraron en ella, pero los motivos ahora no nos importan. Durante este conflicto se establecieron tres grandes alianzas. Seis de los países, debido —entre otros factores— a su cercanía demográfica y a sus intereses comunes, se unieron en grupos de dos. Así, la guerra se disputó entre cuatro bandos: las tres alianzas y el país que quedó solo, debido a su número impar. Según el sentido común, esta nación debería haber sido la primera en caer, pero aprovechó sus ventajas naturales —las montañas que la rodeaban— y consiguió aguantar hasta el fin de la guerra sin librar casi ninguna batalla, con los ojos ciegos al mundo exterior.

Las alianzas, creyendo que era el enemigo más débil, no lo tuvieron en cuenta. Se enfrentaron, una y otra vez, y poco a poco las razones iniciales de la guerra fueron olvidadas: combatieron únicamente por el afán de destruir a sus vecinos. Muy pronto se rompieron también entre ellas y se traicionaron; y durante diecinueve largos años la tierra lloró sangre.

La guerra no se detenía. Cada vez caían más, cada vez se hacía más profundo el odio. Hoy en día la gente cuenta historias sobre héroes de la guerra, sobre caballeros que, lanza en astillero, defendían al indefenso y peleaban por su honor, y mostraban el lado heroico de la batalla.

La guerra nunca fue así. Todos los países, excepto el solitario que huyó de forma cobarde, mataban sin escrúpulos. Mataban niños, ofrecían espectáculos de prisioneros de guerra torturados en la vía pública, violaban a las mujeres, quemaban los pastos, asesinaban a sus líderes para ocupar su puesto y, acto seguido, eran asesinados.

Aquella época fue llamada la Guerra de las Alianzas varios años después de que acabara; pero en su día se la llamó el Gran Horror.

Un día la guerra llegó a su punto crítico. Y fue entonces cuando mi familia entró en escena.

No éramos nativos de aquí. Veníamos de otras tierras, de más allá de los mares.

Éramos poderosos. Conocíamos el arte de la «magia», hoy en día conocido por doquier, y conquistamos el continente para disminuir el Horror.

Vencimos. En unos meses, los siete países nos rindieron pleitesía. Establecimos las Siete Coronas y nos coronamos como la Familia Real.

Fueron estos los años benignos que mencionaba al principio. Al principio todo fue bien y, si algo iba mal, lo solucionábamos o ignorábamos el problema. Pero los años nos volvieron orgullosos. Los reyes, benevolentes al principio, con el paso de las dinastías, con el paso de los siglos, nos corrompieron. Velando por el bien de la gente nos convertimos en tiranos: nuestro afán de protegerlos se volvió afán de controlar cada uno de sus movimientos.

Pronto cada país recuperó la razón y el orgullo. Se volvieron a unir y nos derrocaron.

Fuimos expulsados. Los anteriormente conocidos como héroes somos ahora los villanos de los cuentos. Vivimos en el anonimato, derrotados, en la miseria, como despojos.

Pero yo no permitiré esta situación. Tengo un plan y lo llevaré a cabo. No lo hago por mí. Tengo algo que proteger y lo haré a toda costa. Por ella lograré que mi familia vuelva a sus mejores tiempos y haré que las naciones que traicionaron a los que intentaron mejorarles la vida paguen por ello.

Ahora que sabes mi historia, el orgullo me obliga a confesar. En esta historia, en un punto concreto que no cambia el significado de la leyenda, he mentido. Ni siquiera la sabiduría popular te ayudará a saber en qué, puesto que es un secreto guardado por mi familia desde que llegamos aquí, del otro lado del mar.

Gracias a este pequeño dato, que no sirvió de nada en el pasado, cambiará el destino de mi familia. Y yo seré el que lo use.

Oh, pero qué modales los míos. Me he olvidado de presentarme. El mundo me conoce por otro nombre, pues mantengo oculta mi identidad, pero a ti, lector, no te ocultaré mi verdadero nombre.

Me llamo Alexis D’anero.

Y voy a cambiar el mundo.