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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 1

Karen

8 min de lectura · 1613 palabras

La tienda estaba completamente llena. Karen se secó el sudor de la frente mientras atendía al cliente.

—Así que en su casa hay «algo» que le molesta, que es invisible y que no le deja vivir en paz, ¿no?

—Así es, señorita —respondió el hombre, sudoroso también—. Mueve muebles, susurra cosas al oído de mi hija, golpea las paredes…

—¿Qué edad tiene su hija?

—¿Eh? —el cliente se extrañó—. ¿A qué viene eso?

—Repito: ¿qué edad tiene?

—Pues… Cinco años. ¿A qué viene esa pregunta?

—¿Y le dice que «algo» le susurra cosas?

—Oiga, ¿es que no me cree?

—A ver, señor —le respondió Karen, malhumorada—. ¿Qué cree usted que es esta tienda?

—Pues… ¿No es una tienda de artilugios mágicos que además ofrece ayuda veinticuatro horas al día para solucionar problemas mágicos, incluso a domicilio?

—Vaya, veo que sabe leer —respondió Karen.

El hombre había recitado más o menos lo que ponía en el letrero de la tienda, en el exterior.

—Siendo así, ¿no cree que he visto cosas más extrañas que esas? Soy una profesional, déjeme hacer todo a mí.

—Eh… Perdón.

—Como decía, ¿dice que algo le susurra cosas?

—Sí.

—¿Es por casualidad más precisa en algún punto en concreto? ¿Sobre los susurros? ¿Son a un volumen muy alto o algo así?

—Ahora que lo dice… Mi hija insiste en que «eso» le habla siempre en el oído izquierdo. Bueno, no se le da bien diferenciar entre derecha e izquierda, pero siempre que le murmura «esa cosa», se frota ese oído.

—¿El izquierdo?

—Sí…

—¿Seguro?

—Sí, seguro.

—Entonces ya sé lo que le pasa a su casa y a su hija.

—¿A mi hija? N-no le pasa nada malo, ¿verdad?

Karen sonrió.

—Tranquilo, no es nada malo. Esta tarde me pasaré por su casa, si tiene la amabilidad de dejarme su dirección.

El cliente, más tranquilo, se fue tras dejar su dirección apuntada en el papel que Karen le dio.

El resto del día no ocurrió nada más fuera de lo común. Tras terminar los asuntos pendientes en la tienda, se dispuso a cerrar e ir a la casa del cliente.

Esa tarde, Karen llegó a casa del cliente. Este vivía a las afueras de la ciudad, en una zona donde todas las cabañas eran iguales. O eso le parecía a Karen. No pasaba mucho por esa zona.

En cuanto llamó a la puerta, le abrieron. Se notaba que la habían estado esperando en el recibidor.

Ahí estaba el cliente y, a su lado, una niña pequeña con una melena rizada enmarcándole la cara. En cuanto la vio, le entraron ganas de abrazarla. A Karen le encantaban los niños.

—Buenas tardes, señor. Supongo que la niña será su hija.

—Buenos días. Sí, esta es Emily. Emily, saluda a la Maga.

Karen parpadeó. El cliente no parecía consciente de que la había insultado. Ya debería estar acostumbrada, pero esa forma de dirigirse a ella la seguía molestando.

—Buenos días, señorita —saludó la niña.

Tras un breve saludo, Karen decidió ir directo al asunto.

—Señor, ¿hay alguna zona en cuestión en la cual sucedan los «ataques»?

—Eh… No, creo que no. Un día es en la cocina, otro en la sala de estar…

—Comprendo. ¿Dónde fue el primer «ataque»?

—En la cocina.

Karen asintió.

—Muéstremela, por favor.

En cuanto cruzó el umbral de la puerta de la cocina, el oído izquierdo le empezó a zumbar. Por el extremo del ojo vio que Emily se rascaba la oreja. La oreja izquierda.

—Creo que es aquí donde está la fuente del problema —comentó Karen.

Rebuscó en la bolsa que llevaba colgada del hombro. Sacó un par de sellos, unos rectángulos de papel con extraños símbolos en ellos, símbolos que la propia Karen había dibujado.

Cerró el ojo derecho y se concentró, pasando la vista por todo el cuarto. Enseguida encontró lo que buscaba.

Encima de la estufa, en un armario, se encontraba una pequeña figura humanoide, transparente.

Karen murmuró algo entre dientes y estampó los dos sellos contra el armario. Todo fue muy rápido. En dos segundos, la figura desapareció y el molesto zumbido en su oído cesó al momento.

Por el extremo del ojo otra vez, vio —y oyó— que la niña soltó un gritito y se le quedó mirando, fascinada.

Al cliente no se le escapó la reacción de su hija y se quedó mirando a Karen, expectante.

—¿Ya está?

—Ya está —asintió Karen—. Ahora tenemos que hablar de su hija.

El hombre palideció.

—¿E-es algo malo?

—Tranquilícese, no es nada malo. Pero es algo de lo que hay que hablar.

El hombre no se tranquilizó. Al fin y al cabo, era una Maga.

—¿Podemos sentarnos en un lugar más cómodo? Va a ser una charla un tanto larga.


Ya sentados en el salón de la casa, Karen empezó a hablar.

—Antes de nada, supongo que no sabrá usted lo que es una persona Zurda, ¿me equivoco?

—¿Qué? —el cliente se extrañó—. Por supuesto que lo sé. Es una persona que usa su mano izquierda, ¿no?

—No. Eso es una persona zurda. Yo le hablo de una persona Zurda. La pronunciación cambia.

Era verdad. Ahora que se fijaba, el cliente se percató de que la «z» sonaba de otra forma. La Maga había pronunciado la palabra como «Surda».

—Verá, una persona Zurda es alguien que tiene el lado izquierdo de su cuerpo… No, de su cerebro, más desarrollado que la gente normal.

—¿Qué? ¿Desarrollado? ¿Qué quiere decir con eso? ¿Y qué tiene que ver con mi hija?

—Tranquilícese y no me interrumpa, por favor.

El cliente se calmó un poco y atrajo a su hija hacia sus brazos.

—Verá, hay tres tipos de personas. Cada persona tiene un talento propio, o un rasgo que es solo suyo, pero todos, sin excepción, poseemos dos talentos. A algunos se les despierta uno de esos dos al nacer, o durante su vida; a otros no se les despierta nunca.

A las personas a las que se les despierta uno de esos dos dones, dependiendo de cuál se les haya despertado, se las denomina de una forma.

Así, las personas a las que se les desarrolla el lado derecho son las Diestras, y a las que se les desarrolla el lado izquierdo se las denomina Zurdas. Las que no despiertan ninguna… esas no reciben nombre.

Por supuesto, hablo de un desarrollo psíquico en su mayor parte. Cuando una persona se vuelve, o nace siendo, Diestra o Zurda, desarrolla unas habilidades.

Los Diestros desarrollan una gran habilidad en el combate cuerpo a cuerpo. Los Zurdos reciben la «Magia». Yo, señor, soy Zurda. Y su hija también lo es.

El cliente puso cara de gran sorpresa.

—Eso implica varias cosas. Su hija tiene que recibir una educación Zurda aparte de la normal, o sufrirá grandes daños. La… «Magia» —odiaba pronunciar esa palabra, pero tenía que dejarlo claro— se acumulará dentro de ella. Si no aprende a liberarla en forma de energía Zurda… Será doloroso.

—E-Entonces… ¿Mi hija será…? ¿Será una…?

—Será una persona normal, con habilidades fuera de lo común. Y será su hija. Por su propia comodidad, mantendré el asunto en secreto, para que la gente no la trate como me trató a mí a su edad. Pero tengo que educarla. O, si no soy yo, lo tendrá que hacer Marina.

—¿Quién?

Karen suspiró.

—La Bruja. ¿Sabe? Las personas Zurdas también tenemos nombre. Le molestaría a usted que a su hija la llamaran Bruja, Maga o Chamana, ¿verdad?

—Lo… Lo siento.

—No pasa nada. A grandes rasgos, esa es la situación de su hija. ¿Tiene alguna pregunta? Por supuesto, si opina que no puede vivir con alguien Zurdo, mi familia y yo podemos acoger a su hija…

—No diga tonterías. Es mi hija, y se quedará conmigo. Pero ¿está segura de…?

—¿De que es Zurda? Sí, estoy segura. Para empezar, el poder latente en su hija ha atraído al poltergeist que yo he exorcizado.

—El… ¿Qué?

—El espíritu molesto de antes. No es peligroso, tan solo molesto. Si educo a su hija, no creo que eso se repita.

—Ya… ¿Y solo por eso mi hija…?

—Por eso, y porque su hija oía al poltergeist con el oído izquierdo. Además, me aseguré al ver sus ojos. Una Zurda sabe reconocer a sus semejantes.

—Comprendo.

Un largo silencio se hizo en la sala.

—Solo por curiosidad… ¿Usted conoce a alguien…?

—¿Alguien Diestro? No, no lo conozco. Solo sé que poseen unos reflejos, velocidad y fuerza superiores a los de un humano normal. Para que me entienda, un Diestro puede parar una flecha en el aire con dos dedos sin esforzarse. Un Diestro entrenado, por supuesto.

—¿Y qué…? ¿Qué puede hacer un Zurdo? Aparte de lo del p-poltragost…

—Poltergeist. Pues… Un Zurdo puede hacer multitud de cosas. Curar heridas, crear fuego, iluminar la oscuridad, ocultar la verdad, descubrir la mentira… Un Zurdo entrenado y desarrollado puede hacer aún más cosas. Disfrazar la realidad, hacer que las personas le rindan tributo, matar con un parpadeo, congelar la sangre…

El cliente palideció. Aún más.

—¿U-Usted…? ¿Usted está debidamente entrenada?

Karen sonrió.

—No en ese tipo de cosas, señor. Y no se las enseñaré a su hija si ni usted ni ella quieren.

El hombre se tranquilizó. Tras un par de detalles más, Karen se marchó y le aseguró que iría a ver a su hija al día siguiente para comenzar su educación. Le dijo que podría estar delante, para vigilar la educación y tranquilizar a la pequeña.

Mientras iba de camino a su casa, Karen sonrió para sí.

Estaba entrenada en todas las artes Zurdas. En todas.

No podía matar con un parpadeo, pero sí con una palmada.

Karen aguantó una carcajada.