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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista

Interludio 1

5 min de lectura · 947 palabras

Las capacidades de una persona se pueden medir de múltiples formas. Se puede medir su utilidad, su poder, su valentía, su «honor», su inteligencia. Da igual desde qué punto lo mires: una persona siempre será más capaz en una cosa que en otra. Y siempre, siempre, un D’anero será superior en todo.

Vaya, vaya. Parece que al fin sí he caído en la autocompasión. Pero no creas, lector, que la visión que ahora te narro está empañada por la soberbia. Los D’anero fuimos capaces de conquistar esta tierra en unos pocos meses, siendo cuatro los bandos a combatir. Los países estaban rotos por dentro, sí, pero sus soldados aún eran capaces de sostener una espada.

Éramos pocos. Muy pocos. Contábamos con cincuenta soldados escasos. En la guerra no perdimos a ninguno. No fue una victoria gloriosa. Nuestros enemigos eran débiles, estaban enfermos y no conocían las leyes de la guerra. Atacaban a los parlamentarios, no hacían caso de las banderas blancas, no aceptaban las ofrendas de paz. No había otra solución.

Luchamos.

Y vencimos.

Contábamos con la «Magia». Con la «Habilidad». Supongo, mi querido lector, que sabrás de qué estoy hablando. En términos actuales, éramos Zurdos y Diestros a la vez. Éramos Ambidiestros.

Pero no he escrito esto para narrar los pormenores de los D’anero. He pensado que la historia no puede quedar inconclusa. Narré los acontecimientos del Horror, pero no di nombres.

Eso tiene que cambiar.

Este continente no tiene nombre. Como es el único que conocen sus habitantes, no hay necesidad de diferenciarlo de ningún otro. Pero las Siete Coronas, las naciones que nosotros fundamos y que nos expulsaron por intentar ayudarles, sí tienen nombre.

No me explayaré en ninguna de ellas. No se lo merecen, y no son datos interesantes ni de importancia alguna. Todos sus nombres fueron puestos tras nuestro derrocamiento, pero son los únicos que la gente conoce, de forma que me dirigiré a ellos por esa nomenclatura.

El primer país es Ager. El orgulloso Ager. Fue el reino que intentó tomar el mando cuando nos derrocaron. No logró alcanzar el liderazgo, pero la pretensión de mando nunca desapareció.

País llano y con algún bosque, era el hogar de la Orden de Alexis, llamada así en honor a un antepasado mío. La Orden continúa hoy en día con otro nombre: prueba de la hipocresía del lugar, que no duda en usar lo que le otorgamos mientras nos demoniza.

La nación que se alió al principio del Horror con Ager fue Neishi. El país más oriental del continente. Dominado por tiranos, los emperadores, dueños de todo lo que hay en Neishi.

Hogar de lujuriosos, finge establecer un código moral estricto, mientras sus emperadores obligan a suicidarse a los generales que pierden una batalla.

País llano, sin montañas y con bosques. Demográficamente es igual a Ager y está a su lado. Ese fue el motivo de su alianza.

Kratos era el país del sur. Rompía su lisa fachada un enorme volcán, el único del continente, al lado del cual se erigía su capital. Un país oscuro, cuyas gentes no se fiaban de los extranjeros y que era enemigo natural de Ager, no más penoso que este. Dirigido por un rey, era el reino más inhóspito que se pueda imaginar. El aire quemaba los pulmones, el sol hería los ojos, la arena dificultaba el paso. Un país cerrado a los extraños, que no dudaba en acabar con cualquier cosa que no conociera.

Su aliado fue Curpo. Un país sin pensamiento independiente. Asolado por continuas tormentas de arena, es el país sobre el cual sé menos. Nunca estuve allí. Nunca mereció mi atención.

Nadwer. El Reino del Viento. La Tierra Santa. Fue donde viví y donde vivo aún hoy. País aburrido y sin emoción, con lugareños incultos y supersticiosos y con magia en las venas. Sus gentes aseguran que ahí vive Dios. Yo opino que ahí solo hay dos seres que tengan importancia. Uno de ellos soy yo. El otro es ella.

El Norte. País de bárbaros, antiguo aliado de Nadwer. Sus gentes visten con las pieles sin curtir de los animales que cazan. El invierno allí es eterno. Nunca llega la luz del sol. Allí la nieve se cuela dentro de ti y el frío nunca te abandona. Si te quedas a la intemperie, mueres. Si no te congelas, te matan las bestias.

Estas fueron las Tres Alianzas, que luego se separaron y más tarde fueron seis de las Siete Coronas, fundadas por nosotros. La séptima y última fue el reino que huyó y le dio la espalda al mundo. Na-Shaya.

Nos abrieron las puertas de su reino, alegando que creían en la paz. Y fueron los que levantaron a los demás reinos en nuestra contra. Ager intentó llevarse el liderazgo, pero Na-Shaya fue el desencadenante. Nunca les perdonaré lo que me hicieron. No solo a mí. A ella la hirieron. Era la única persona a la que yo quería proteger, y fueron a por ella. No tuvieron el valor de ir a por mí. Después de lo que le hicieron al echarnos, nunca ha vuelto a ser la misma. Será el objetivo principal de mi plan. Por donde yo pase, no volverá a crecer la hierba.

Aaah, querido lector, puede que te hayas percatado de que aquí hay una pequeña incongruencia. No es así.

En mi anterior mensaje comenté que había mentido.

Aquí no lo he hecho.

Si eres agudo, encontrarás la mentira comparando este y mi anterior escrito.

Tómatelo como un juego, como un divertimento. Es la única distracción inocente que tendré en mucho tiempo.

Nos volveremos a ver pronto, amigo lector. Hasta entonces, se despide:

Alexis D’anero.

Cuyo plan ya ha comenzado.