Las clases con Emily empezaron al día siguiente. La niña parecía interesada en el arte Zurdo, de forma que avanzaba rápido. Karen iba a su casa todas las tardes excepto una de cada cuatro, en la cual descansaba, practicaba y se dedicaba a sus asuntos. Se mantenía oculta al entrar y al salir de la casa de Emily, para que la niña no lo pasara mal. Sabía lo que eran los prejuicios de la gente y no quería que otra Zurda los sufriera.
Empezó con lo esencial: saber conjurar la energía. No era costoso. Para los Zurdos, la energía era parte de ellos. Era como caminar. Requería cierto esfuerzo al principio, pero, una vez aprendido el truco, nunca se olvidaba.
Pronto la niña aprendió esos conocimientos y Karen pasó a enseñar lo interesante. El poder Zurdo no precisaba encantamientos ni conjuros. Al usarlo, se pensaba en lo que se quería y se realizaba. Por supuesto, hacía falta un esfuerzo mental.
—Mira, el procedimiento es sencillo. Primero conjuras la energía.
—Mmmm… Hecho.
—Ahora, llévala a tu mano izquierda. Para usar la energía, debes usar siempre el lado izquierdo de tu cuerpo. No se nos llama Zurdos sin motivo.
—¿Por qué no puedo con el derecho?
—Porque no conseguirás usar la energía ahí. No sé por qué, pero te recomiendo no intentarlo.
—¿Por qué?
—Es doloroso.
—… —Emily se quedó en silencio.
—¡Ay!
Un relámpago de dolor le recorrió el brazo derecho.
—Te avisé. Haz caso a tu maestra.
—Perdón.
—Sigamos. Una vez en tu lado izquierdo, imagina qué es lo que quieres hacer. Te recomiendo algo suave. Como… Mover eso —señaló Karen una vela en la mesa—.
—… —Emily volvió a quedarse en silencio.
Y siguió en silencio.
Pasado un rato, frunció el ceño.
—¡No funciona!
—Porque solo has usado tu mente. Para cada acto hace falta un movimiento. Por ejemplo, para mover objetos, yo muevo el dedo índice de la mano izquierda.
—¿Entonces tengo que mover el dedo?
—No lo sé. Cada Zurdo usa movimientos distintos. La única forma de saber qué hacer es concentrarse. Por lo general, al intentar hacer algo con energía, la parte del cuerpo que has de mover te hormiguea.
—Yo no noto nada.
—Práctica, querida. Práctica. Por cierto, cuanto más complicado es el hechizo, más movimientos se necesitan. Los más complicados son como bailes. Bailes elegantes, eso sí.
Pronto la niña aprendió lo suficiente como para seguir su educación sola. Al final, solo se necesitaba práctica para aprender el mayor número de «hechizos» posible.
Karen había practicado durante mucho tiempo. Era poderosa.
Volvía a tener tiempo libre, así que volvió a trabajar en la tienda.
Marina —la Bruja— y Karen hechizaban los artilugios que vendían. Eran hechizos sencillos, que no precisaban muchos movimientos. Cosas como hacer amuletos no eran nada del otro mundo.
Pronto tendrían una nueva dependienta en la tienda. Karen rezó para que Emily no recibiera motes al unirse a ellas. Con tres personas Zurdas, se podían hacer hechizos más complicados.
Si reunían el poder de tres personas, podrían ir a la capital. Huir del pueblo y sus prejuicios.
Vivir una vida entre otros Zurdos, conocer a alguien como ella. Casarse con alguien que no tuviera miedo de ella.
Ninguna de las tres echaría de menos a la familia. Los Zurdos solían vivir más que los humanos, así que, con el tiempo, sus lazos en el pueblo se romperían.
Ese era el sueño de Karen. Conocer a alguien especial, como ella. Huir del pueblo, tener una vida interesante. No inspirar miedo en los demás. Ver mundo.
Ah, qué joven era entonces.
Qué ingenua era.
Uuups, me he colado. Quería parecer una narradora omnipotente, alguien que no ha vivido esta historia, que solo la narra. Pero casi es mejor así.
Así es, lector. Esta no es una historia cualquiera.
Es la historia de Karen Maider.
Mi historia.