Aquella mañana, Vera Kant recibió un forastero. Un extraño forastero.
Extraño sobre todo por su indumentaria. La forma de vestir tradicional era, en los hombres, pantalones de tela gruesa, chaleco y camisas sencillas; en las mujeres, falda larga y chaquetas. El forastero vestía con pantalones blancos que se iban ensanchando poco a poco a lo largo de la pierna, para, súbitamente, estrecharse y meterse dentro de sus botas cortas. Una capa negra le cubría toda la parte superior del cuerpo y un sombrero de ala ancha marrón le ocultaba el rostro.
Si lo que quería era pasar desapercibido, falló estrepitosamente. La gente de Vera Kant se lo quedaba mirando en las calles, extrañada. Los niños lo señalaban. Las niñas se reían al verle.
No parecía conocer su destino. El forastero pasó varias veces por el mismo lugar, a veces se daba la vuelta y volvía sobre sus pasos sin motivo alguno, y en cada cruce dudaba al decidir qué dirección tomar.
Al final, perdió la paciencia.
Paró a una mujer en la calle.
—Perdone, señora. ¿Podría decirme dónde está la…? No sé cómo lo llamarán aquí… ¿Algún tipo de local en el cual se proporcionen… servicios… especiales?
—Ah, ¿el burdel? No me parece que sea educado por su parte preguntarle eso a una señora. Además, ¿cuántos años…?
—¡No, no, no! No me malinterprete, por favor. Me refería a algo de un carácter más… Eh… ¿Mágico? No sé si esa es la palabra… ¿Zurdo?
—No sé a lo que se referirá con «Surdo», pero tenemos una tienda de magia. ¿Le sirve?
—Sí, es justo lo que estaba pensando. ¿Me puede indicar la dirección?
—Por esa calle, gire a la derecha y avance recto. Cuando vea el templo, avance hacia él. Enseguida verá la tienda.
Gracias a las indicaciones de la mujer, el forastero encontró pronto el local. Destacaba en medio de la calle como un diamante entre el carbón.
Era igual a las demás cabañas de la calle en casi todo, pero su puerta era de un color azul intenso y un cartel colgado en la pared se movía con el escaso viento, sin hacer ningún ruido.
El letrero no dejaba lugar a dudas: «Tienda de Magia — Artilugios, hechizos, amuletos de todo tipo. Aceptamos trabajos a domicilio. 24 H.»
El forastero sonrió. Las hadas le mostraban, al fin, el camino. Al entrar, se encontró con una tienda vacía. Mejor para él: dependiendo de cómo fuera la conversación, prefería que no hubiera testigos.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
De la trastienda llegó una voz femenina.
—¡Ahora mismo le atiendo, señor!
Frente al forastero apareció una joven, de unos veinte años. Vestía una sencilla túnica color azul celeste, sin muchos ornamentos. El cabello, color castaño claro, le llegaba a la altura de los hombros. Sus ojos eran de un tono parecido al de su pelo. Los rasgos de su cara eran suaves y destilaban elegancia. Era más alta que el forastero. Este se quedó mirándola. Por entre las alas del sombrero y los pliegues de la capa que le tapaban los ojos, destelló un brillo de nostalgia.
—¿Qué es lo que desea, señor?
El forastero tardó unos segundos en reaccionar a su voz. Durante el corto silencio, la dependienta se sorprendió. Ese forastero… ¿Era como ella?
—Si no he leído mal, ofrecen trabajos a domicilio, ¿me equivoco?
—Sí, señor. ¿Necesita algo en concreto?
—Protección. Me gustaría tener a alguien Zurdo como acompañante en una pequeña excursión que voy a hacer.
—¿Protección?
Aquello no se lo esperaba.
—Señor, no creo que necesite protección.
—¿Ah, no? ¿Y eso por qué?
—Porque me parece poco probable que le haga falta. No me infravalore, un Zurdo reconoce a los suyos.
—No soy Zurdo.
—Pues entonces es Diestro. Tenga el don que tenga, es lo suficientemente poderoso como para defenderse por sí mismo.
—Aaah, pero es que yo necesito un Zurdo.
—¿Y eso por qué? Si me permite la curiosidad, «señor».
La última palabra la dijo con sorna. No parecía muy impresionada por el forastero, por muy Diestro que fuera. Era más bajo que ella. Y seguramente, más joven.
—¿Me lo parece a mí o ese último comentario llevaba algo de sarcasmo de su parte, señorita…? Lo siento, pero no recuerdo su nombre.
—No se lo he dicho. Ni usted me ha mostrado el suyo. Ni su rostro, ya puestos. No le veo la cara con ese sombrero. Agradecería que se lo quitara.
—Todo por satisfacer a una… dama.
Ella no era la única con sarcasmo.
El forastero se apartó el sombrero de la cara. No se lo quitó, sino que se levantó el ala, de forma que se vio su rostro.
El pelo era de un color rubio, casi blanco, contrastando enormemente con sus ojos negros. Tenía unos rasgos delicados. Al mirarle a la cara, la dependienta tuvo la sensación de que el muchacho era más frágil de lo normal. No tendría más de quince o dieciséis años. Era bastante más bajo que la dependienta. Muy delgado. Puede que necesitara la protección más de lo que en un principio había pensado la dependienta.
—Mi nombre es Irwin. Irwin O’Manley.
Ese nombre le sonaba a la dependienta.
—¿Irwin «Dedos rápidos»?
El forastero sonrió. Vaya, vaya. Quizá debía haber pensado que era famoso.
—Así me llaman algunos. Veo que mi fama me precede.
El sentimiento de lástima hacia el frágil muchacho se desvaneció del pecho de la dependienta.
—No sé si, con la fama que tiene usted, se debería considerar eso bueno, señor Irwin.
—Aún no me ha dicho su nombre, señorita…
—Karen. Karen Maider. Me parece que es mejor continuar con esta conversación en privado, señor Irwin.
—Por favor, tutéeme —Irwin no soportaba que Karen le hablara de una forma tan educada. Ella en concreto, no—. Yo haré lo mismo, si no le importa. No me parece lógico que me trate de una forma tan formal siendo mayor que yo. ¿Qué te parece la idea, Karen?
—El cliente siempre tiene la razón, supongo. Por favor, sígueme.
Karen lo guió por la trastienda y lo llevó al piso de arriba. Llegaron a un salón con dos canapés y una pequeña mesa.
—Toma asiento, por favor.
—Por supuesto. ¿Traes aquí a todos los clientes que te piden trabajos fuera de la tienda?
—No, traigo aquí a todos los clientes que no son humanos del todo.
—¿Por ser Diestro? ¿No crees que es ir demasiado lejos?
—Ser Diestro o Zurdo son habilidades que nos legaron los D’anero. Ellos no eran humanos. Nosotros tampoco lo somos del todo.
—¿Y estás agradecida a los D’anero por el poder que se te ha otorgado?
—Si los D’anero no hubieran existido, el mundo sería un lugar mejor. Fueron monstruos. El ser yo como ellos no me llena de orgullo, precisamente.
—Sin embargo, usas su poder. Regentas una tienda de magia.
—No soy idiota. Si un poder se te lega, es tu derecho usarlo. Da igual de dónde provenga, si te es útil.
—¿Aunque venga de los D’anero?
—Por supuesto. El fin siempre justifica los medios. Si se me han dado estos poderes, los usaré. Aunque provenga del demonio. Aunque provenga de los D’anero.
—¿Tanto los odias?
—Por supuesto. Lo que intentaron hacerle a esta tierra es imperdonable. Sacrílego.
—¿Y qué se supone que le hicieron a esta tierra?
—Esto es Tierra Santa. Atacaron sin motivo. Nos conquistaron usando sucios trucos. Plantaron en Dwainer algo maligno. Nos intentaron cambiar.
—¿Ese «algo maligno»…? ¿Es la magia, acaso?
—La energía Zurda, por favor. «Magia» es malsonante.
—Y energía Zurda es demasiado largo. Siempre se han llamado «Magia» y «Habilidad».
—Pues a mí me parece que «Habilidad» no tiene tantas connotaciones negativas. Me niego a hablar con alguien que me insulta. Soy Zurda, no maga. Uso la energía Zurda, no la Magia.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero sigo pensando que «energía Zurda» es demasiado largo. ¿Qué te parece «Energía», sin más?
—¿Qué?
—En vez de «Magia», «Energía».
—Nunca había oído esa forma de llamar a la energía Zurda.
—Solo te he quitado el «Zurda», no es tan raro. Por favor, usemos esa forma de llamarla. Es más cómodo.
—De acuerdo, de acuerdo. Como decía antes de cambiar de tema, los D’anero plantaron algo maligno. La Energía, sí. Me refiero a la Energía.
—Pero tú la usas. La gente la usa.
—La Energía se volvió benigna. La usamos para desterrar a los D’anero. La dominamos. El origen es demoníaco, pero no por ello debemos dejar de usarlo.
—¿Tanto odias a los D’anero?
Aquello extrañó a Karen.
—Por supuesto que los odio. Me enseñaron a odiarles desde pequeña. Todo el mundo los odia. Es lo mínimo que se merecen.
Irwin volvió a sonreír. Era una sonrisa triste, distinta a las que había mostrado hasta ahora.
—Claro. Todo el mundo los odia.
—¿Acaso tú no?
—Conocí una vez a alguien que me mostró que se merecían, como mínimo, el beneficio de la duda. Su nombre era… Alexis.
Alexis… Aquel nombre producía una sensación extraña en Karen. Creía saber por qué.
—¿Se llamaba Alexis? ¿Estás seguro?
—Sí, Alexis.
—Alexis, ¿y qué más?
—¿Qué más?
—¿Cuál era su apellido?
—¿Por qué lo preguntas?
Karen se inclinó hacia delante, hacia Irwin. Sus manos aferraban el borde de la mesa. Las uñas se clavaron en la madera por la fuerza que hacía. Su cara mostraba una expresión imperturbable, pero en sus ojos centelleaba el brillo de un sentimiento contenido.
—Alexis es un nombre muy típico de los D’anero. Hay gente que cree que no murieron todos, que hubo supervivientes…
—Alexis no tiene por qué ser un nombre exclusivo de los D’anero.
—Casi todos los reyes D’anero se llamaban Alexis o Kant. La Orden Argéntea, en Ager, se fundó con el nombre de «Orden de Alexis». El lago Kant se llama así por el rey Kant III. Esta ciudad se llama Vera Kant. Sus vecinas son Vado Kant y Valle Kant.
La furia de Karen iba en aumento. Continuó hablando.
—Créeme, esos dos nombres no son muy populares. Si conoces a alguien llamado Alexis, es muy posible que sea algún descendiente de los D’anero. Y si defiendes que se merecen el beneficio de la duda…
Karen se concentró y señaló a Irwin, lanzándole un hechizo con la intención de paralizarlo.
Pero para cuando el dedo acabó de extenderse, el muchacho no estaba allí.
Karen sintió una presencia tras ella y, acto seguido, algo frío y afilado se apretó contra su cuello.
—Eso no ha sido muy educado, Karen. Si te parece, podemos continuar nuestra conversación de forma civilizada. Si no es tu parecer…
El acero contra su cuello aumentó la presión.
Karen tragó saliva. Ni siquiera había parpadeado. El joven se había movido a tal velocidad que no lo había visto.
—Lo siento, Irwin. No ha sido correcto por mi parte. Te ruego que me disculpes.
La presión contra su cuello desapareció y el muchacho volvió a su asiento.
—Ignoremos este pequeño incidente. Entonces, ¿aceptarías proporcionarme protección? Sería un trayecto corto y pagaría bien.
Karen se calmó. Volvió a tomar asiento.
—Por favor, hablemos ahora de esto. Después seguiremos hablando de Alexis, si te parece —dijo Irwin, conciliador.
Tras un corto silencio, Karen suspiró.
—Por supuesto. Lo siento, Irwin, pero me temo que no aceptaré el trabajo.
—¿Y por qué, si puede saberse?
—Tú mismo has demostrado el por qué. Te puedes defender sin problema alguno. Además, tengo mucho trabajo en la tienda, no me puedo permitir salir durante más de un día para cumplir un encargo fuera de la ciudad.
Irwin levantó una ceja. Karen entendió pronto el motivo: la tienda estaba completamente vacía en esos momentos.
—Es tarde para que haya clientela. Esto se suele llenar más por las mañanas. Hace poco que ha salido el último cliente.
—Ya.
—En resumen, no veo la utilidad de escoltarte.
—Ya te lo he dicho. Necesito a una persona Zurda.
—¿Y para qué, si puede saberse?
—Me persiguen enemigos a los que no se les puede derrotar únicamente con la espada.
—Eres un Diestro, no hay nada que la espada de un Diestro no pueda derrotar.
—Tienes razón en eso, pero los que me persiguen son Diestros también. Y como dice el dicho, «dos Diestros valen más que uno».
Aquello sorprendió a Karen.
—¡¿Qué has hecho para buscarte problemas con dos Diestros?!
Irwin se encogió de hombros.
—Soy Irwin «Dedos rápidos» O’Manley, no me apodan así en vano. Me dejé pillar para variar, ya que quería probar la seguridad de Fengard. Me decepcionó, así que me escapé y, de paso, robé el collar de diamantes favorito de la mujer del alcaide de la prisión.
—¿Fengard? ¿Qué es eso?
—Una cárcel de Ager. Concretamente, de Sangreal.
—¡¿Te fugaste de la cárcel de la capital de Ager?!
Irwin levantó la mano a la altura de su rostro y empezó a mover los dedos de un lado a otro.
—Irwin «Dedos rápidos», ¿recuerdas?
Karen se dejó caer sobre el respaldo de su silla y lanzó un largo suspiro.
—¿Y qué se supone que hiciste con el collar?
—Lo vendí. ¿Qué iba a hacer si no?
—¿Lo vendiste? ¿Así sin más? ¿Y qué hiciste con el dinero?
—Ya te dije que te pagaría bien, ¿no?
—¿Y por qué no usas el dinero para comprar el collar de nuevo y, no sé, lo devuelves?
—Porque, uno: me he escapado de la cárcel (otra vez) y no tengo ganas de volver; y dos: el alcaide ha contratado a dos Diestros. ¿En serio crees que solo quiere el collar? Quieren verme muerto.
—Pues lo siento, pero no es mi problema. No me pienso meter en asuntos tan sucios. Contrata tú otros mercenarios para que te ayuden.
—Por lo general es lo que haría. Pero este es un caso especial.
—¿Y eso por qué?
—Porque mis oponentes son Diestros. No hay nada mejor que un Zurdo para matar a un Diestro.
—Y no hay nada mejor que un Diestro para matar a un Zurdo. No pienso arriesgar así mi vida.
—Ya. Pero es que te necesito a ti en concreto. Es más, te necesitaría aunque no me persiguieran.
—¿Y eso? Es la primera vez que nos vemos, Dedos rápidos.
—Ya, pero me encargaron hablar contigo.
Aquello extrañó a Karen.
—¿Quién?
—Él me… ordenó hablar contigo. Le debía un favor y, en el fondo, es un buen hombre.
—¡¿Quién te ordenó que hablaras conmigo!?
—Alexis.