Era de noche cuando Karen llegó a su casa. En cuanto cruzó la puerta, su madre se dio cuenta de que pasaba algo malo.
—¡Oh, Dios mío! Karen… ¿Qué te ha pasado? Traes una cara horrible…
Karen sonrió. No de forma normal: era una sonrisa triste. La mueca no hizo más que destacar el estado en el que se encontraba.
—¿Tanto se nota?
—Hija mía… —La madre abrazó a la joven—. Hija mía, ¿qué te ha pasado? —repitió.
—Mamá… Tengo que hablar contigo. A solas. Y con papá también.
—Hija mía…
El hermano de Karen ya estaba durmiendo. Ya había pasado la hora a la que se solía acostar, lo cual facilitó todo. No querían preocupar al pequeño.
Se reunieron en el salón.
—Papá… Mamá… Hoy… Hoy ha venido un cliente a la tienda. Un cliente algo raro.
Sus padres se quedaron mirándola, expectantes. No hicieron ningún amago de interrumpirla, así que Karen continuó.
—Quizá hayáis oído hablar de él. Es el forastero que ha aparecido esta mañana. El que vestía de una forma peculiar. Con capa y sombrero.
—En el mercado han comentado algo de eso —dijo la madre—. Algo de un extranjero un tanto raro. No te habrá hecho nada malo ese hombre, ¿verdad?
—No, mamá, no… Pero me ha visitado en la tienda. Papá, mamá, ¿os suena de algo el nombre… de Alexis?
Ambos padres se quedaron mirándola.
—Bueno, está el rey Alexis D’anero —contestó su padre—. El que fundó la Orden, ¿no?
—No me refiero a ese. ¿No conocéis a nadie llamado así?
—Bueno, no es un nombre muy popular, como comprenderás… ¿Es ese el nombre del forastero?
—No, no es su nombre. Ese forastero me ha hablado de… cosas… que no debería saber. Le enviaba un tal Alexis.
—¿A qué te refieres con «cosas», hija? ¿Te ha amenazado? ¿Te ha asustado de alguna forma? Si es así… —empezó su padre.
—No, papá, no —cortó Karen—. No es tan fácil asustarme. Me ha dicho que… que ese Alexis me puede decir cosas de mi origen. Que no sois mis verdaderos padres. No le creía y me dijo que me asegurara. Le he echado un hechizo para ver si decía la verdad. Y la decía. Ha huido antes de decirme nada más. ¿E-Es…? ¿Es eso cierto?
Karen estaba llorando.
—¿No soy vuestra hija?
Su padre se había quedado mirándola. Tenía una expresión rara. Le brillaban los ojos.
—Tenemos mucho de qué hablar, Karen. Mucho.
—Te encontramos en las ruinas de la mansión Kant. A las orillas del lago. Apenas eras una recién nacida. Alguien te había dejado allí.
—Estábamos a punto de mudarnos aquí. Veníamos de Curpo. Había sido un largo viaje y, para celebrar que nos acercábamos a nuestro destino, fuimos a pasear por el borde del lago, hacia las ruinas. Entonces fue cuando te oímos llorar.
—No podíamos creérnoslo. Una niña abandonada, en un sitio como ese. Te debieron de dejar ahí ese mismo día, porque eras tan pequeña que no habrías sobrevivido mucho tiempo. Nunca averiguamos quién era el que te había abandonado. En el pueblo no nos supieron decir nada y acabamos por fingir que eras nuestra verdadera hija. Nunca creímos que necesitarías saberlo, Karen.
A pesar de que va en contra de mi costumbre, me veo obligada, como persona, a cortar este punto de la historia. Aquella noche hablé con mis padres de muchas más cosas. A pesar de que se me ha legado una gran responsabilidad al contar esta historia, no diré jamás a nadie lo que dije entonces. Solo diré que lo que allí oí se guardó en lo más profundo de mi corazón. No he omitido lo que debe contarse por lealtad a los hechos, pero todo lo personal que en ese salón se dijo, de ese salón nunca saldrá.
Siempre quise a mis padres. Con toda mi alma. Con palabras no puedo describir lo que sentí al saber que las dos personas que más admiraba no tenían relación de sangre conmigo. Lo que me pasó por la cabeza al concebir la remota posibilidad de que alguien que simpatizaba con los D’anero supiera más sobre mi origen que la gente que me crió. No volveré a dar mi opinión, siempre que pueda evitarlo, puesto que esta historia debe ser narrada sin verse adulterada por mis opiniones, pero aquí seré implacable.
Implacable.
Estuvieron mucho tiempo hablando.
Karen quedó marcada por la conversación.
Toda su vida hasta ese día había sido falsa. Y la única pista que parecía tener sobre su origen…
Eran las palabras de un tal Alexis. Alguien que tenía que ver con los D’anero.
En cuanto acabó la conversación, subió a su cuarto. Al abrir la puerta, vio a una figura sentada en su lecho. Una figura con sombrero y capa. No se preguntó cómo había llegado hasta ahí. Era Irwin «Dedos rápidos», al fin y al cabo.
—Lo siento —fue lo primero que le dijo Irwin—. No… No imaginé que te afectaría de esa forma.
Karen suspiró. Mirando al suelo, le contestó.
—Dime ahora mismo quién es ese Alexis. Dime qué relación tienes con él.
—Karen…
—Dímelo… —Karen le miró a los ojos. Le ardían de furia y estaba llorando—. Dímelo, o te juro que te lo arrancaré por la fuerza.
—De acuerdo, de acuerdo. Cálmate. Te contaré todo lo que sé de Alexis, pero primero siéntate.
Karen permaneció de pie. Empezó a mover el brazo en su dirección.
—Vale, ya veo que no estás para gentilezas. Te contaré cómo lo conocí.
Antes de que continuara, Karen señaló la puerta y golpeó ligeramente el suelo con el pie. Acto seguido, hizo lo mismo con la ventana.
—Ya no nos interrumpirán.
—¿Nos iban a interrumpir por la ventana?
—Eso era para que no huyeras. Como has hecho antes. Empieza a hablar. Si lo próximo que dices no es sobre Alexis…
Karen señaló a Irwin esta vez. A su cara.
Irwin empezó a hablar.
—Conocí a Alexis en Sangreal. Fue justo cuando me acababa de fugar de Fengard. El alcaide había mandado a los dos Diestros contra mí y me pillaron desprevenido. Para cuando me di cuenta de que me zumbaba el oído, los tenía encima.
—Conseguí librarme de ellos, pero me hirieron. Eran más débiles que yo. Si solo hubiera sido uno, estoy seguro de que le habría matado. Pero entre los dos, pudieron conmigo.
—De alguna forma, conseguí darles esquinazo. Me habían herido en la pierna, de forma que no podía moverme a mi velocidad normal. Al final, el dolor pudo conmigo. Lo último que recuerdo de aquella noche fue que me tropecé en un callejón. Y no tuve fuerzas para volver a levantarme. Me desmayé.
—Lo siguiente que recuerdo es una habitación oscura. Había un hombre entre las sombras. Se presentó como Alexis. Me había curado las heridas, pero aún me sentía débil. El hombre me cuidó durante el tiempo que lo necesité. Me hablaba. Me contó cosas… muchas cosas. Me habló de los D’anero. Parecía saber mucho de ellos. Me contó que fueron los que más sufrieron. Que solo nos intentaron ayudar. ¿Sabes que cuando las Siete Coronas atacaron el Palacio, mataron a los niños pequeños? ¿Acaso se lo merecían? Mi Habilidad me fue otorgada por ellos. La Energía fue traída por ellos. Fundaron todo lo bueno que conoce esta tierra. Las Siete Coronas. La Orden de Ager. Acabaron con la guerra. Nos trajeron la paz, Karen, y a cambio los matamos e hicimos huir a los que sobrevivieron. Los D’anero no fueron tiranos. Fueron mártires.
Karen temblaba de furia.
—¿Mártires? ¿Mártires los D’anero? ¡Arrasaron los países antes de fundar las Siete Coronas! ¡Nos obligaron a rendirles pleitesía! ¡Si alguien se atrevía a desobedecerles, lo mataban! ¡¿Acaso nunca oíste hablar de la Masacre de Na-Shaya?!
—¿La Masacre de Na-Shaya?
—¡Durante el reinado de los D’anero, uno de los miembros de la Familia Real viajó hasta Na-Shaya y, mediante la Energía Zurda, mató a más de mil Na-Shayanos! ¡Todo el mundo lo sabe! ¡Fue el desencadenante de la Rebelión!
—Ya. ¿Y estás segura de esto? ¿Hay alguna prueba de ello?
—¡Hay documentos! ¡Hay familias que desaparecieron al morir todos sus integrantes! ¡Aún hay señales de la energía que usó! ¡Aún hay quemaduras en las montañas!
—Vaya, veo que sabes del tema. ¿Qué eres, una experta en los D’anero?
—¡Por supuesto que conozco a la perfección su historia! ¡Aunque fuera de forma indirecta, cambiaron mi vida! ¡No hubiera sido Zurda si no se hubieran inmiscuido en esta tierra!
—¿Y acaso eso no ha mejorado tu vida? ¡Tienes poder, no hay casi nada que pueda poner en peligro tu vida, vivirás más que los humanos normales!
—¡Veré morir de viejo a mi hermano pequeño! ¡¿Te parece eso algo bueno?!
—¡Tendrás una vida interesante! ¡No estarás siempre atada a ningún lugar! ¡Serás siempre libre! ¡Los D’anero hicieron todo lo posible por mejorar nuestras condiciones de vida!
—¡LOS D’ANERO CAUSARON QUE MI INFANCIA FUERA UNA PESADILLA! ¡AÚN HOY EN DÍA LA GENTE ME DESPRECIA! ¿SABES SIQUIERA LO QUE ESO SIGNIFICA?
Irwin calló. La miró a los ojos. En ellos, Karen vio una sombra de furia, y, mucho más abajo…
Tristeza. Una desdicha sin fin.
Cuando habló, lo hizo en un tono mucho más bajo del que habían usado a lo largo de toda la conversación.
—Estás hablando con alguien que se crió en las calles de Sangreal. Comía lo que la gente desechaba. Dormía en el suelo. Tenía que estar alerta para que no me mataran o me robaran mientras dormía. Recuerdo que en las calles había una… banda, como quieras llamarla, que robaba la comida a los que eran débiles, como yo. Me pegaban. Continuamente. Yo no solo tenía que cuidar de mí mismo, tenía que cuidar… de Carol.
Karen se quedó de piedra. No esperaba que Irwin hablara de algo así.
—¿C-Carol?
Irwin sonrió.
—Yo no nací de debajo de una piedra, ¿sabes? Mis padres me abandonaron. Me crié en el orfanato en el que me dejaron. Allí conocí a Carol. Era una niña más pequeña que yo, y tenía un año menos. La trataba como a una hermana. Fueron buenos tiempos. La vida en el orfanato era humilde, pero éramos felices. El orfanato lo regentaba una mujer anciana. Su nombre era Agatha. Acogía a los que podía, pero siempre había algunos que se quedaban fuera, ya que no era un orfanato muy grande. Viví allí hasta los siete años. Pero entonces, un día…
Irwin cerró los ojos. Cogió aire de forma lenta.
—Agatha murió y el orfanato cerró. Agatha no tenía a nadie que pudiera regentar el orfanato, y todos los niños que allí vivíamos acabamos en las calles.
—Fue horrible. Tener que mendigar, tener que robar para comer… No lo hacía por mí. Lo hacía por Carol. Ella era mi vida, la única que se portaba bien conmigo. Cuando la banda de matones venía a robar la comida, la escondía en un contenedor de basura junto con un poco de comida para que la guardara; esperaba a que se fueran y fingía que no me habían hecho nada. Por supuesto, ella veía que no era verdad y lloraba. A mí no me salían las lágrimas. Durante un año, ella lloró casi todos los días, por los dos. Supongo que ya te lo he dicho, pero en aquella época yo tenía siete años. Ella tenía seis. No sé cómo sobrevivimos.
—Oh, Dios mío, Irwin…
—Una noche, desapareció. Ese mismo día, los matones me habían golpeado por lo lindo, de forma que no me desperté a tiempo. Cuando al fin lo hice, vi una escena que nunca he llegado a comprender. Había hombres adultos que se llevaban a Carol. Ella lloraba y rogaba que le dejaran ir conmigo. Salté e intenté golpear al que se la llevaba. Entonces noté un golpe en mi cabeza y todo se volvió negro.
—No sé cuánto tardé en despertarme.
—Cuando lo hice, noté que algo raro pasaba. Me sentía con más energía de la normal. Los matones volvieron a por mí durante la tarde y, sorprendido, vi que podía con ellos. Era más rápido, era más fuerte. Me había vuelto Diestro.
—El resto es historia. Seguí siendo un ladrón, pero ahora podía robar sin temor a los guardias. Podía ser tan sigiloso y rápido que nadie me veía. Y si lo hacían, era capaz de plantarles cara. Me hice con un mote y cobré fama. Tú misma admitiste que conocías a Irwin «Dedos rápidos».
—Nunca pude encontrar a Carol. Apartaron de mí a la única persona a la que quise y que me quería. No sé quiénes se la llevaron, pero recuerdo que los hombres tenían un acento extraño. Con el tiempo, descubrí de dónde era ese acento.
—Na-Shaya.
—Alexis era simpatizante de los D’anero, sí. Y me acogió, entendió mis ideas, escuchó mi historia… Y me dijo que creía saber dónde encontrar a Carol, si es verdad que los hombres eran Na-Shayanos.
—Así pues, Karen, los D’anero me proporcionaron habilidades para sobrevivir y para encontrar a Carol, y alguien que simpatiza con su recuerdo me ha ofrecido la oportunidad de encontrarla. Lo siento, pero para mí ellos siempre serán héroes.
—No intentes ablandarme con historias lacrimógenas, Irwin. Tu vida ha sido dura, pero no por ello tienes derecho a intentar darme lecciones. Los D’anero siempre serán monstruos.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose a los ojos.
Irwin, sin previo aviso, cambió de tema.
—Alexis no solo me habló de los D’anero. Me habló de ti.
Karen se quedó callada. Irwin continuó.
—Me dijo que tenía que buscarte. Que se lo debía. Que tenía que darte el mensaje de antes. Debías buscar a Alexis. Tiene algún tipo de relación contigo y… Quiere verte.
—Sabía cómo encontrarte y me dio tu dirección. Como ves, te he encontrado. Así pues, Karen… ¿Aceptas mi encargo? ¿Me protegerás? ¿Me ayudarás con los Diestros y vendrás junto a mí a buscar a Alexis?
Karen se quedó en silencio. Despreciaba con toda su alma a cualquiera que simpatizara con los D’anero. Irwin no sabía de lo que hablaba al decir que eran héroes. Pero ese Alexis sabía algo de ella. Y pensaba averiguar qué.
Además, la sospecha de que ese tal Alexis fuera algún superviviente de los D’anero no se apartó de su mente. Ese nombre era propio de los D’anero. Existía la posibilidad de que solo fuera un apodo, pero tenía el presentimiento de que no era así.
Así pues, sus motivos estaban claros para ella cuando habló. Mientras lo hacía, volvió a señalar la puerta y la ventana, retirando el sello de energía que había colocado en ambas.
—Te acompañaré. Pero solo si me llevas junto a Alexis.
—Solo lo haré si me ayudas antes con los Diestros. Tarde o temprano lo harás, pero es mejor que les tendamos nosotros una emboscada a que sean ellos los que lo hagan, ¿no crees?
—Por supuesto. Pero te cobraré por ello. Por adelantado. Al fin y al cabo, arriesgo mi vida por ti.
Irwin sonrió, divertido.
—Vaya, creía que yo era el ladrón aquí. ¿Sabes una cosa? Me caes bien. Me recuerdas mucho a Carol.
Antes de que Karen pudiera replicar nada, Irwin desapareció. Una brisa fría entró por la ventana abierta y en la lejanía se escuchó un grito.
—¡Mañana al mediodía, te espero a la salida del pueblo!