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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 5

Ruinas

12 min de lectura · 2467 palabras

Cuando Karen salió del pueblo aquel día, estaba agotada. Aquella noche no había dormido nada. Nada más levantarse, les había contado a sus padres el porqué se marchaba del pueblo, soportando así una charla con su llorosa madre, que le repetía una y otra vez que no tenía por qué hacerlo, lo cual la había agotado más aún. Y la guinda del pastel había sido el contarle a Marina que se ausentaría de la tienda unos días. A la Bruja no le gustó nada, por mucho dinero que trajera Karen a la vuelta, ya que sola no podía regentar al completo la tienda.

—Pues que Emily te ayude —había respondido Karen a las quejas de su maestra.

Al final, Marina la había dejado ir, siempre y cuando no hiciera esto a menudo.

—Cuando Emily crezca y sea capaz de ayudarnos en la tienda a tiempo completo, nos podremos permitir hacer encargos de varios días. Hasta entonces, que sea la última vez.

Juntando todo esto, el día no había podido empezar peor.

El punto de encuentro concreto no estaba muy claro, pero Karen supuso que «la salida del pueblo» quería decir «al final de la Calle Mayor», por donde se salía al campo, en dirección al lago Kant. Era el punto más lógico.

Y parecía que Irwin pensaba igual, ya que la estaba esperando allí. Karen se reunió con él.

—¿No podrías concretar más los puntos de reunión? «La salida del pueblo» es muy indefinida.

—Hola a ti también. Y sobre el punto de reunión, di lo que quieras, pero lo has adivinado, ¿no?

—Sí, pero podría no haberlo hecho. En un pueblo con murallas, esa indicación es lógica, pero aquí…

—Perdona, entonces. Estoy acostumbrado a Sangreal.

—Bueno, déjalo. ¿Adónde se supone que nos dirigimos?

—Al mejor lugar para tender una emboscada que hay por aquí. A las ruinas del lago Kant.

—¿No crees que cualquier lugar del bosque ofrece suficiente cobertura como para tender una emboscada?

—En lo que respecta a ese punto, el bosque es perfecto. Pero si queremos hacer que muerdan el polvo, necesitamos tu Energía. Y preferiría que pudieras usar tus hechizos sin el temor de incendiar el bosque.

—Para tu información, no uso el fuego en mis hechizos.

—Créeme, un lugar un poco más abierto nos vendrá bien. Vamos, marchemos ya.

—Espera, ¿no crees que te olvidas de algo?

Irwin se quedó mirándola, desconcertado.

—El pago.

—Ah, sí —Irwin se apartó la capa, mostrando una bolsa de cuero duro que llevaba atada al cinto—. ¿Cuánto será?

—Cien de oro.

Irwin sacó un par de paquetes de la bolsa. Los sopesó, volvió a guardar uno en la bolsa y le tendió uno a Karen. Esta, que había estado observando pasmada el proceso, lo cogió. Pesaba mucho.

—Irwin… ¿Cuánto dinero sueles llevar?

—¿Eh? Bueno, depende de lo que gane. Ahora llevo unas… mil monedas de oro, supongo.

—I-Irwin… ¿No es eso mucho? Quiero decir, debe de pesar bastante. A mí me resultan pesadas las cien monedas, no digamos si llevas diez veces más. Además, te molestará mucho llevar siempre esa bolsa, ¿no?

—Soy Diestro, así que el peso no me molesta en absoluto. Y con respecto a la movilidad, la bolsa es muy dura y la llevo bien atada, así que se mantiene pegada a mi cuerpo.

—¿Y no es molesto para tu… profesión el tintineo del dinero?

—¿Acaso tú lo oyes tintinear? La bolsa está diseñada para evitar que el dinero de dentro se mueva.

—¿Y dónde has conseguido esa bolsa tan perfecta?

—No soy el único ladrón en Sangreal, ¿sabes? Tan solo soy el mejor. Dentro del mundillo del hurto, tenemos nuestros locales. Esto lo conseguí en El Bolsillo.

—¿El Bolsillo? ¿Qué es eso?

—Una tienda para ladrones, si quieres llamarla así. Si desarrollas cierta habilidad como ladrón, esos locales te son mostrados.

—¿Mostrados por quién?

—Insisto, no soy el único ladrón de Sangreal, tan solo soy el mejor. Venga, nos estamos retrasando. Continuaremos la conversación mientras caminamos.

Tras decir esto, Irwin empezó a andar hacia el lago sin esperarla.

Karen guardó el dinero en su propia bolsa. Acto seguido, comenzó a andar, siguiendo a Irwin.

—Debería haberle cobrado más.


El lago Kant estaba rodeado por un bosque que, si bien no era muy grande, era frondoso. Esa era la razón por la que Karen había propuesto usarlo como lugar para la emboscada. Además, no le gustaban las ruinas. Para empezar, tenían algo que ver con los D’anero, lo cual ya era mucho, pero además, ahora sabía que alguien la había abandonado allí de pequeña, lo cual no hacía más que aumentar su desagrado ante el lugar.

Sin embargo, cuando Karen le comentó esto a Irwin, este no cedió en su empeño de ir a las ruinas.

—Escucha, Karen, el objetivo es tender una emboscada, y para eso el bosque va bien, pero ¿no crees que te olvidas de algo?

—¿De qué?

—Karen, nuestros oponentes son Diestros. Con solo agudizar el oído, averiguarán que estamos cerca.

—Oh.

—Y eliminado el factor sorpresa, la ventaja de la emboscada desaparece.

—Pero entonces, ¿qué diferencia hay entre hacer una emboscada en uno u otro sitio? Si saben que les esperamos, da igual…

Irwin se extrañó ante la reacción de Karen.

—¿Es que nunca has ido al lago o qué? Allí no nos podrán detectar.

—¿Y se puede saber en qué te basas para decir eso? El lago Kant no tiene nada de especial, no veo por qué nos iba a ocultar.

—Lo especial no es el lago en sí, lo que importa son las ruinas. ¿En serio has ido alguna vez?

—Nunca he entrado en las ruinas, pero alguna vez he pasado cerca de ellas. Aunque intento evitarlas siempre que puedo. No me gusta nada que tenga que ver con los D’anero.

—¿Y no notas… la Energía?

Ahora le tocó a Karen extrañarse.

—¿De qué hablas?

—Cuando me acerco a las ruinas Kant… me… zumba el oído. Solo con acercarme, ya lo noto. Es como estar rodeado por montones de Diestros y Zurdos, no puedes detectar nada. Antes de ir a Vera Kant, pasé por las ruinas y me desconcertó muchísimo. Esa Energía que hay en el aire me impidió sentir a los Diestros, que casi me atrapan. Por suerte, me oculté a tiempo y me di cuenta de que a ellos les pasaba lo mismo. Me perdieron la pista y salieron hacia Vado Kant, así que yo opté por Vera Kant. Pronto se darán cuenta de que me perdieron la pista allí y seguramente volverán sobre sus pasos. Por eso prefiero ir allí antes que al bosque. No notaremos su presencia, pero ellos tampoco, de forma que los sorprenderemos.

—¿Energía en las ruinas? Nunca la he notado.

—Solo con acercarte al lago deberías percibirlo.

—Pues nunca lo he hecho. De todas formas, ¿cómo sabes que son las ruinas las que emiten la energía?

—Porque las ruinas son de una mansión D’anero. Lo lógico es que salgan de allí.

—¿Y no podemos hacer la emboscada en alguna parte del lago?

Irwin se hartó.

—Karen, las ruinas ofrecen cobertura perfecta en todos los sentidos y, además, al entrar en combate podemos llevarlos a un lugar abierto. Y sabemos que pasarán por ahí, ya que fue donde me perdieron la pista. ¿Quieres dejar de oponerte a la idea?

—Irwin, no me gustan esas ruinas. Todo lo que tenga que ver con los D’anero trae problemas.

—¡Por favor, deja ya de decir eso! Uno: no estoy de acuerdo con tu visión de los D’anero, así que ese argumento no me vale. Dos: si quieres ver a Alexis, vamos a tener que librarnos de esos dos Diestros y, para ello, necesitamos las ruinas. Y tres: te he pagado y el cliente siempre tiene la razón. Fin de la cuestión.

Karen frunció el ceño.

—Insisto, en el bosque cercano al lago podemos tenderles una emboscada con la misma cobertura que en las ruinas. ¿No podemos…?

Irwin volvió a suspirar.

—Karen, ya te lo he dicho, si estamos en las ruinas, podemos llevarlos a campo abierto.

—¿Y eso para qué nos servirá? ¿No es mejor que tengan menos sitio para moverse?

—Mi mejor baza es la velocidad. Soy mucho más rápido que ellos y me aprovecharé de ello. Si tengo árboles por en medio, no podré moverme a mi manera. Y además, si no pueden esconderse de ti, podrás hechizarlos sin problemas.

Karen suspiró.

—Está bien, tú ganas. Pero siguen sin gustarme las ruinas.

Irwin suspiró también.

—Por favor, cambiemos de tema. ¿Qué hechizos conoces que puedan ayudarte con los Diestros?

—Puedo matar con una palmada. ¿Te vale?

Irwin se sobresaltó ante esa información.

—Vaya. ¿Cómo lo haces?

—Me concentro en mis manos y…

—No me refiero a eso. ¿Cómo los matas?

—Al dar una palmada, puedo cortar cualquier cosa. Si apunto al cuello de los Diestros…

—Vaya. ¿Me lo puedes enseñar? Por ejemplo… ¿Puedes intentar cortar la rama de ese árbol?

Mientras hablaba, señaló un árbol cercano.

Por toda respuesta, Karen dio una palmada en dirección al árbol. Una de las ramas saltó de golpe. Cuando Irwin la recogió, vio que tenía un corte limpio.

—Ajá. ¿Te importa cortar ahora la rama de ese otro árbol?

Irwin señaló un árbol mucho más lejano.

Karen volvió a dar una palmada y, unos segundos después, una rama saltó de la misma forma que la anterior.

—Vaya… Karen, lo siento, pero ese método no nos vale.

—¿Qué?

—Desde que has dado la palmada hasta que la rama se ha cortado, han pasado un par de segundos. En otras palabras, al dar la palmada has lanzado una «cuchilla» de energía que ha ido derecha a la rama. Una persona normal estaría condenada, pero un Diestro puede esquivarlo.

—Estamos hablando de emboscarles. Si es por sorpresa, no podrán esquivarlo.

—Lo sé, pero es mejor tener siempre un plan B. Piensa, ¿qué pasa si al lanzar esa «cuchilla» fallas? ¿Qué pasa si lo esquiva? ¿Qué pasa si le das y el otro te ve y va a por ti? Seguramente, al ir hacia el Diestro esa Energía, le zumbará el oído. Si es listo, puede que incluso la esquive. Es poco probable, pero no imposible. Contra un Diestro no hay que fiarse. Para empezar, creo que deberías aplicarte un par de hechizos a ti misma.

—¿A mí misma?

—¿Eres capaz de incrementar tu velocidad, tu resistencia…?

—Seguramente. Hechizar objetos es fácil; no veo por qué iba a serlo hechizar personas.

—Pruébalo.

Karen dejó de caminar por un momento y se concentró. Pensó en lo que quería hacer. Incrementar su velocidad… Mientras se concentraba en esa idea, acumuló Energía en el brazo derecho. Incrementar su velocidad…

Incrementar su velocidad, hechizar su cuerpo…

Entonces lo notó. Le cosquilleaban las piernas y los brazos. Vaya, el conjuro precisaba más de un movimiento, lo cual implicaba que no era tan sencillo como parecía.

Acto seguido, empezó a mover el cuerpo, siguiendo las pautas que le marcaba la Energía.

Irwin contempló atónito el espectáculo. Primero, Karen levantó su pierna derecha mientras arqueaba hacia atrás su cuerpo, de tal forma que al final tocó con las palmas de sus manos el suelo. Se impulsó con su pierna izquierda hacia arriba y acabó boca abajo y apoyada por completo en sus manos, haciendo el pino. Permaneció así menos de un segundo, ya que se echó hacia atrás, dando así una voltereta total. Ya de pie otra vez, abrió los ojos.

—Ya está.

—¿Era necesario todo eso?

—Yo no he elegido los movimientos. Este hechizo ha resultado ser más complejo de lo que esperaba.

—¿Qué has hecho? ¿Aumentar tu fuerza?

—Mi velocidad.

—Te recomiendo que aumentes también tus reflejos, si vas a usarla. Y tu resistencia.

—¿Por qué?

—Tú hazme caso.

Aquello molestó a Karen. No le apetecía volver a hacer todo el baile, así que hizo caso omiso de Irwin.

—¡Atrápame si puedes! —gritó.

Y salió corriendo.

El resultado la sorprendió. A la velocidad a la que iba, todo el paisaje se emborronó a su alrededor. La Energía recorría sus músculos y, al moverse, liberaba una descarga que la impulsaba hacia la dirección en la que ella quería. La Energía que expulsaba emitía luz, de forma que iba dejando una estela blanca por donde pasaba.

Eso fue todo lo que Karen vio antes de tropezar y caerse. Justo cuando estaba a punto de golpearse la cara contra el suelo, golpe que le habría hecho bastante daño, ya que iba a muchísima velocidad, notó que algo blando paraba su caída. No se hirió de gravedad, pero aun así le dolió. Acto seguido, cayó al suelo junto con lo que la había frenado.

Aturdida, miró hacia arriba, hacia lo que fuera que la había salvado y que aún la sostenía entre sus… ¿Brazos?

Era Irwin.

—Te dije que debías agudizar antes tus reflejos. A semejante velocidad, no debes ver con claridad nada de lo que hay a tu alrededor, con lo cual tropezar y caer debe de ser facilísimo. Y un tropezón así… Puede ser mortal. Y más, si te pasa en medio de una batalla contra Diestros.

—E-Espera un segundo… —Karen empezaba a recuperarse y se dio cuenta de algo—. He salido sin avisar y a una velocidad increíble… ¿Cómo es que estabas aquí antes que yo?

—Soy un Diestro. Por mucha Energía que uses, seré más rápido que tú. Además, soy veloz entre los de mi clase.

—Oye, me estoy planteando seriamente si necesitas ayuda. ¿Hay algo que no puedas hacer?

—No puedo usar Energía. Y no soy capaz de enfrentarme a la vez a dos como yo.

—Y me parece que yo tampoco soy capaz de ayudarte.

—Créeme, tú serás muy útil en la batalla. Eso sí, necesitamos un plan. Tengo experiencia en este tipo de cosas y nos vendría bien a los dos que me hagas caso siempre, al menos en este tema. Si no, pasará lo mismo que ahora. Y no estaré ahí para recogerte.

Karen suspiró y se levantó, puesto que aún seguía en brazos del chico.

—Como tú digas, Irwin. Pero ¿estás seguro de que ganaremos?

Irwin sonrió.

—Tan seguro como que hay infierno.

—No sabía que fueras creyente.

—Oh, no lo soy. Pero sé que hay un infierno. De eso estoy seguro.

—¿Y eso?

Irwin sonrió aún más.

—He estado en él. No pasé toda mi vida en Sangreal. Te conté parte de mi historia y lo de Carol, pero ni de lejos te he contado todas mis… andanzas.

—¿Y has estado en el «infierno»?

—Es una forma de hablar. Pero ahora no es el momento. Vamos, andando. Si queremos trazar un plan, necesitamos tiempo. Si reconocemos el terreno antes de pensar nada, nos irá mejor.

Irwin echó a andar hacia delante.

—¿Entonces vamos a las ruinas sí o sí?

Irwin la ignoró completamente.

Resignándose, Karen le siguió.