—Entonces, ¿no notas el zumbido de la Energía?
—No, por mucho que agudice el oído. Solo noto que hay un Diestro muy cerca de mí y ese eres tú.
—¿Seguro que notas algo en el aire? Puede que me detectes a mí y eso te confunda.
—Estoy seguro de que no te percibo a ti, sino al aire. Además, cuando vine aquí la última vez, los dos Diestros que me perseguían también notaron algo extraño. Me perdieron la pista, al fin y al cabo.
Estaban sentados alrededor de una hoguera, en el bosque. Habían tardado menos de lo normal, ya que Irwin, al ver la velocidad que podía alcanzar Karen con la Energía, había decidido darse prisa. No sabían si los dos Diestros pasarían por las ruinas, pero, si lo hacían, no era posible saber cuándo lo harían, por lo que era mejor estar ahí lo antes posible, para asegurarse de tender una emboscada eficaz, amparados Irwin y Karen en la Energía que había en el aire y en la cobertura que ofrecía el terreno.
Sin embargo, había sucedido algo inesperado. Al acercarse a las ruinas, Irwin notaba el zumbido que había mencionado antes a Karen, pero ella no notaba nada.
—Entonces, a ti no te afecta el zumbido y a mí sí —continuó Irwin—. Y sabemos que a los dos Diestros también les afectó. Y si a mí me sigue afectando, a ellos les debería afectar igual. No entiendo muy bien por qué a ti no te afecta, la verdad.
—Quizás el zumbido solo pueden percibirlo los Diestros.
—Supongo que sí, aunque es muy extraño. La Energía y la Habilidad son dos poderes idénticos en grado sumo, solo que a algunos les afecta en un lado y a otros en el contrario. No debería haber nada que unos pudieran notar y los otros no.
—¿Por qué hablas de la Energía y la Habilidad como si lo supieras todo sobre ellas?
—Porque sé mucho sobre ellas. Más que tú, diría yo.
—Es curioso que me diga eso alguien que se ha criado en las calles como un ladrón. Yo he recibido educación especial sobre este tema, ¿sabes?
—Ya, y yo me he criado en Sangreal. Una capital de reino. Tú te has criado en un pueblo de Tierra Santa, donde decir «Magia» es blasfemia y hay que utilizar eufemismos como «Energía».
—«Magia» es malsonante en cualquier parte del mundo.
—Pero aquí es más malsonante que en ningún sitio.
—La cuestión no es esa. Un Zurdo necesita entrenamiento y educación especiales para desarrollar su arte. Un Diestro solo necesita aprender a usar la espada.
—Que no es muy fácil, por cierto. Creo que ya te hice saber que no soy el único ladrón de Sangreal, ¿no? Hay todo un gremio, una asociación de ladrones, que se cubren las espaldas mutuamente, se enseñan entre ellos y planifican golpes en grupo. Es como una gran familia, si lo quieres llamar así. Al correr el rumor de que un crío de siete años era capaz de plantar cara a las bandas callejeras de Sangreal, me vinieron a buscar. Me ofrecieron un techo, consejos y educación. El jefe del gremio también era Diestro y me educó personalmente en el arte del combate. Con el paso de los años, decidí aprender más del tema y salí a ver mundo un tiempo. Estuve unos diez años fuera. Visité a gente que me podía enseñar cosas sobre mi poder, descubrí que me lo habían otorgado los odiados D’anero, afiné mi arte y conocí el «infierno», como ya te he dicho.
—¿Así que ahora los ladrones de guante blanco se apoyan entre ellos como hermanos? ¡Qué noble por vuestra parte!
—Oye, sin ironías. No somos para nada ladrones de guante blanco: si hay que matar para robar algo, se mata. Aunque intento evitarlo y no mato por gusto, hay gente en el gremio que sí lo hace. Y lo de apoyarse, bueno, los ladrones son personas también, ¿sabes? También nos gusta tener relaciones sociales.
—Pero nos estamos yendo del tema. Sé bastante sobre la Energía y la Habilidad y te digo que esto es raro. Si yo percibo algo de Energía, tú deberías hacerlo también.
—Bueno, es un punto a nuestro favor. Si ellos no nos pueden detectar, pero yo sí a ellos, será más fácil tender la emboscada.
—No te equivocas, desde luego. Pero aun así el asunto me escama.
Karen no le dio importancia al asunto. Si alguna ventaja se te era concedida, había que utilizarla, sin preguntarse por qué o para qué. Esa era su filosofía. Además, sentía curiosidad sobre otra cosa.
—Irwin… Cambiando de tema, ¿te puedo preguntar una cosa?
—¿Sí? ¿El qué?
—Has dicho que tenías siete años cuando entraste al gremio.
—Sí, esa era mi edad.
—¿Y dices que estuviste diez años viajando?
—Correcto otra vez.
—Pues no es muy lógico. No aparentas más de quince años. Las cuentas no me cuadran. ¿Cuántos años tienes?
—Ah, claro. Soy el primer Diestro que conoces, supongo.
—Sí. Aparte de ti y de mí, solo conozco a dos Zurdas, mi maestra y mi aprendiz.
—¿Sabes que los Zurdos viven más de lo normal?
—Sí, eso sí lo sé. Aproximadamente el doble que una persona normal.
—Bueno, pues un Diestro no es menos, aunque de una forma distinta.
—No te entiendo muy bien.
—Verás, un Zurdo crece de forma igual a un humano hasta llegar a cierta edad, donde su desarrollo se ralentiza, ¿no?
—Claro —asintió Karen—. Seguramente aparentaré los años que tengo ahora durante bastante tiempo.
—Bueno, pues los Diestros tienen un desarrollo ralentizado desde que nacen. Tardamos bastante más en llegar a ser adultos. Supongo que yo ahora tendré unos… treinta años, más o menos.
Aquello dejó de piedra a Karen. Si Irwin tenía esa edad…
—I-Irwin…
—¿Sí?
—E-Eres mayor que yo…
—No me digas. ¿Cuántos años tienes tú?
—V-veinte…
—Oh. Vaya, pues deberás tratarme con un poco más de respeto a partir de ahora.
Karen se dio cuenta de algo. Si Irwin tenía esa edad…
—Irwin… Si han pasado tantos años, Carol…
—Lo sé —Irwin se puso serio de golpe—. Carol ya será adulta a estas alturas, si sigue viva. Por eso quiero encontrarla pronto. Y para eso, tenemos que derrotar a los Diestros y llegar a Alexis.
Karen asintió. Ella también quería llegar hasta Alexis.
Dicho esto, Irwin se tumbó en el suelo, cerca de la hoguera.
—Ya es tarde. Pronto será medianoche y mañana tenemos que estar descansados para preparar la emboscada. A dormir.
—Tienes razón. Karen señaló al suelo, sopló y un pequeño remolino se creó en el lugar que ella marcaba. Le serviría de almohada.
—Vaya. ¿Un hechizo para hacer cojines?
—Para manejar el viento. Es muy útil si sabes cómo usarlo.
Justo en ese instante, Karen notó que algo se abalanzaba sobre ella, paralizándola, mientras un zumbido le perforaba el oído. Un hechizo, comprendió. Fue lo último que notó antes de que otro hechizo le arrebatara la consciencia y cayó desplomada al suelo. Por el rabillo del ojo, vio cómo Irwin, con expresión de sorpresa, caía también.
Ray le dio otro trago a su cerveza, mientras esperaba a su compañero. Habían quedado a medianoche en la taberna. El tugurio estaba abierto toda la noche, así que pasarían desapercibidos.
Él llevaba allí desde hacía horas, ya que no había encontrado nada. A decir verdad, tuvo suerte. En seguida había encontrado a quien buscaba, pero no había tenido tanta suerte con la información. A ver con qué llegaba Dolper ahora.
Oh, allí estaba. Un hombre larguirucho y casi sin músculos con una melena larga y negra, que le tapaba la cara casi al completo, vestido con una cota de mallas. Le hizo señas con la mano para que lo localizara en el local lleno.
—¡Dolper! ¡Aquí, Dolper!
Dolper lo vio. Se dirigió a su mesa, cogió una silla y se sentó, suspirando.
—¿Has encontrado algo?
—Absolutamente nada. Ni siquiera mi contacto sabe de él y conoce todo lo que se cocina en la ciudad. O el tipo al que buscamos no ha pasado por aquí, o no lo ha visto nadie.
—Ya veo. Yo tampoco he encontrado nada. Seguramente no vino hacia aquí tras las ruinas. Deberíamos haber ido a Vera Kant desde un principio.
—No teníamos forma de saber eso. Oye, un momento, ¿si no has encontrado nada, cómo has tardado tanto? Yo a las dos horas de negativas totales al preguntar por el elemento ese me he venido hacia aquí.
—Habría hecho lo mismo, pero… —bajó la voz—. El patrón ha contactado conmigo.
—¿Eh? ¿Cómo va a contactar contigo si lo dejamos en Sangreal?
—No sé, pero en la calle me he cruzado con un tipo que tenía una voz como la del emisario, que me ha dado una carta. La letra era también igual a la del patrón.
—¿Qué decía?
—Que viniésemos aquí a medianoche.
—Vaya. Eso nos ahorra mucho trabajo. ¿Y eso te ha ocupado toda la tarde?
—He estado buscando al emisario todo este rato. No me gustan las intrigas. Pero no he encontrado ni rastro. Tras cruzarse conmigo, se ha desvanecido.
Justo cuando acababa de decir eso, la puerta de la taberna se abrió de golpe y todo el mundo guardó silencio. Dolper y Ray se giraron para ver quién había entrado.
No era el patrón. Era un tipo vestido con una túnica como la de los clérigos, pero de un color blanco, en vez del usual marrón pardo. Llevaba pintada una expresión de aburrimiento en la cara, enmarcada por la capucha que llevaba. Por debajo de esta se observaban cortos mechones de un color castaño. Los ojos, de un color azul apagado, se pasearon por toda la taberna, buscando algo. Vaya, no debía haberlo encontrado, porque su expresión de aburrimiento no cambió para nada.
Tras cerrar la puerta el extraño, la gente volvió a hablar y la taberna se volvió a llenar de ruido.
—¿De qué se supone que va vestido ese tío? ¿De cura albino?
—Ni idea —respondió Dolper—. Pero parece que viene hacia aquí.
—¿Eh?
Era cierto. El extraño los miraba a ambos y, sin cambiar su expresión, se dirigió a su mesa, ignorando todo lo demás. Al llegar a ella, habló.
—Vosotros sois Dolper y Ray, los mercenarios Diestros.
No era una pregunta. El tono del extraño denotaba tanto aburrimiento como el de su cara.
—¿Algún problema con ello?
—Habéis sido contratados por alguien cuyo nombre no conocéis para matar a Irwin «Dedos rápidos» y todo aquel que le acompañe.
Aquello escamó a Ray. El que supiera sus nombres no era tan raro, eran mercenarios de cierto renombre, al fin y al cabo, pero la misión era secreta. O ese tío era el patrón, o algún contacto suyo, o…
—No soy vuestro patrón. Ni tengo nada que ver con él.
Aquello lo dijo en el mismo tono aburrido, mientras miraba a Ray. Qué raro. Era como si le hubiera leído el pensamiento…
—No me ha hecho falta. Es muy fácil leer tus expresiones.
De nuevo aquel tono aburrido. Ray empezó a molestarse de veras.
—Dolper, no me cae bien esta monjita blanca.
—A mí tampoco me parece muy simpático, no.
Ray acarició el pomo de su espada.
—Dinos ahora mismo quién eres y por qué sabes eso, o… No tendrás cabeza con la que ocupar esa capucha.
—No es necesario que te dé esa información. Y no vas a herirme.
—Ah, ¿no? —saltó Dolper—. ¿Y cómo estás tan seguro de que no te mataremos?
—Porque no vais a hacerlo —dijo el extraño.
En aquel momento, el silencio más absoluto se apoderó de la sala. Ray, alarmado, indagó con la mirada para ver qué sucedía.
Toda la gente dentro de la taberna se había quedado quieta. No de una forma normal: estaban como… ¿Congelados? No parpadeaban y se mantenían en la misma posición. Ray alcanzó a ver a un par de personas en posturas increíblemente difíciles de mantener. Es más, si uno se fijaba, sus pechos no se movían. No respiraban.
Aquello solo podía significar una cosa. Ese monje de blanco…
Era un Zurdo.
Sin embargo, el hechizo no les había dado a los mercenarios, o quizá el monje blanco no había apuntado hacia ellos.
De todas formas, pensaban aprovechar su ventaja.
En el mismo tiempo en el que un corazón palpita, Ray desenvainó su espada y la descargó en la dirección del maldito monje blanco. Por el rabillo del ojo vio que Dolper no había sido menos: apuntó directamente a la cabeza de la figura.
Para cuando ambos golpes llegaron a su destino, la figura no estaba ahí. Raudos cual rayo, ambos mercenarios recuperaron el equilibrio, sorprendidos. El monje blanco no solo había esquivado los golpes de dos Diestros, sino que había conseguido huir de su campo visual.
Fue en aquel momento cuando Ray empezó a sentir miedo. Buscó a la figura, frenético. Estaba sentado a la mesa que momentos antes ocupaban ellos. Su expresión aburrida no había variado un ápice.
—¿Qué demonios…?
—No vais a matarme. Y además ahora mismo vais a guardar las armas. No lo dijo con un tono autoritario, sino que pronunció las palabras como si informara de algo, completamente ajeno a las reacciones de Ray y Dolper.
Entonces, la puerta se abrió otra vez.
Ray y Dolper se volvieron hacia la puerta, sorprendidos. Inconscientemente, habían supuesto que no les interrumpiría nadie, que todo el mundo estaba congelado a excepción de ellos tres. Ray se maldijo a sí mismo. En condiciones más normales, habría ignorado al nuevo cliente y habría matado al monje, pero tenía los nervios a flor de piel y no controlaba sus actos.
El nuevo extraño se quedó mirándolos un momento. No, no miraba a los mercenarios. Ray se dio cuenta de que miraba al monje blanco. La figura de la puerta iba completamente enfundada en un manto de piel negra que le caía por los hombros, otorgándole una extraña aura de realeza. Una máscara del mismo color, lisa, con unos sencillos agujeros para los ojos le cubría el rostro, y llevaba a su vez unos guantes negros, de cuero. Lucía una corona, oscura también, en lo alto de su cabeza.
La figura miró al monje, ignorando a los mercenarios. Tanto Dolper como Ray se recuperaron de la impresión y se colocaron en guardia. Ray miró a Dolper a los ojos durante menos de un segundo, y este asintió imperceptiblemente. Se mantendrían al margen, a no ser que les atacaran. Ante el menor atisbo de peligro, atacarían a la vez. Sería mejor no confiarse. Al fin y al cabo, el monje era fuerte. Y no conocían el nivel del rey negro.
Observaron a las dos figuras, que no les prestaron atención alguna. El primero en hablar fue el rey negro.
—Eres… el «Señor», ¿me equivoco?
—Y tú eres el «Rey».
El monje cambió ligeramente su expresión. Seguía siendo aburrida, pero no tanto como antes. O eso creyó ver Ray.
—La razón por la que estoy hoy aquí es clara. ¿Acaso la tuya lo es también? —volvió a preguntar la figura negra.
—Las razones por las que yo actúo son importantes.
—Al igual que las mías. Pero veo que las tuyas son las de siempre. Lo has hecho tú, ¿no?
—Sí, yo he congelado a todo el mundo dentro de esta sala. Y a todo el que esté fuera de ella, lo he dormido.
—No era necesario.
—Yo decido si es o no es algo necesario.
La escena era demasiado surrealista para ser real. Por un lado, todo el mundo estaba petrificado excepto cuatro personas; por otro, un monje de blanco estaba hablando con un rey de negro, mientras le decía que había hechizado a todo el mundo, literalmente. Y lo que era aún más extraño, dos Diestros estaban acobardados ante la presencia de otras personas. No solo era que el monje los había superado sin esfuerzo, sino que el otro tenía… algo. Algo raro. No su atuendo, sino su… ¿Aura? Inspiraba respeto. Aun así, quizá era porque el monje le había mostrado más fuerza que el rey negro no le inspiraba tanto temor a Ray.
Las figuras siguieron intercambiando comentarios, sin sentido alguno, al menos para Ray.
—El mundo está dispuesto a evolucionar otra vez —dijo el monje—, y en esta evolución parece que tú eres una pieza clave.
—Lo sé. Soy alguien que cambiará la historia. Soy capaz de matar a cualquier ser con tal de lograr mi deseo. Pero sé reconocer a un superior. La figura negra, tras decir esto, se acercó al monje y se inclinó ante él. No duró más de dos segundos en esa posición antes de volver a erguirse.
—Puedes hacer lo que veas conveniente. Por ahora, tus objetivos y los míos son idénticos —dijo la figura blanca.
El rey negro se quedó meditando unos instantes. Observó al monje y, acto seguido, miró a los dos mercenarios. Antes de que ninguno pudiera reaccionar, Ray y Dolper notaron que el cuerpo no les respondía. Un hechizo de parálisis, comprendió Ray. Pero, ¿quién lo había hecho de las dos figuras?
—Comprendo. Si puedo hacer lo que crea conveniente, entonces cuento con que me apoyarás en mi plan… Alexis —dijo el rey negro, mirando al monje de nuevo.
Vaya. Aquello sorprendió a Ray. Alexis no era un nombre muy común, dada su relación con la dinastía D’anero. Si el monje blanco se llamaba así de verdad, no debían fiarse de él. Aunque dadas las circunstancias, no se fiarían de él de todas formas.
La mención del nombre de «Alexis» pareció alterar ligeramente el rostro del monje blanco, pero pronto volvió a la normalidad, adquiriendo de nuevo la expresión aburrida.
—No te «apoyaré». Inclinaré la balanza del destino en la dirección adecuada. Si esa dirección coincide con tus planes, te beneficiaré. Si no, será al contrario.
—De acuerdo —el rey negro asintió—. Ray, Dolper, no creáis que me he olvidado de vosotros. Yo soy vuestro patrón y mi encargo sigue en pie.
Ray se quedó mirando fijamente al rey negro. De modo que él era el que les había contratado. Cuando contactó con ellos, en Sangreal, había enviado un emisario con una ingente cantidad de dinero. Fueron a matar a Dedos rápidos, pero había sido más duro de pelar de lo que esperaba. Además, en el encargo se les especificaba que hicieran creer al ladrón, y a todo aquel a quien preguntaran para encontrarle, que le enviaba el alcaide. Según el emisario, el encargo se tomaría como algo oficial si fingían que el jefe de Fengard les enviaba, con lo que la gente les ayudaría en la búsqueda. Los riesgos de que el alcaide se enterara del embuste y tomara represalias contra ellos eran grandes, pero, por un lado, el emisario les dijo que tenían comprado al alcaide y que no pasaría nada por mentir, y, por el otro, no le tenían miedo. Eran dos Diestros, no temían a nada ni a nadie. Bueno, a excepción del monje blanco y quizá el rey negro.
—Tenéis que perseguir y matar a Irwin «Dedos rápidos» y a todo aquel que le apoye en batalla. Hasta ahora, le teníais que hacer creer que os enviaba el alcaide de Fengard, pero, antes de matarle, hacedle saber a él y a sus acompañantes que os envía… —miró al monje blanco— Alexis. Únicamente decid el nombre de Alexis, no mencionéis la palabra D’anero. Ni me mencionéis a mí, por supuesto.
De modo que el rey negro quería que dijeran que el que los había contratado era el monje, aunque confesaba que en realidad era él… Ray ya no tenía claro quién los había contratado. Estaba confundido, completamente. Además, no poder moverse no ayudaba en nada.
—Yo les acompañaré —dijo el monje blanco.
Se dirigió, como en todo momento, al rey negro. Ignoraba a Ray y a Dolper como si no estuvieran allí.
—Comprendo —volvió a asentir el rey negro—. Dado que tus motivos son inescrutables, no te preguntaré para qué o por qué. Pero, Ray, Dolper —mientras decía esto, seguía mirando al monje blanco—, vuestro patrón sigo siendo yo. No creo que él os ordene nada, pero, si lo hace y las órdenes van en contra de lo que yo os he pedido, no las cumpláis. En caso contrario, yo que vosotros le obedecería sin dudarlo o moriréis.
—Mañana nos encontraremos a las puertas de esta taberna, al mediodía, para partir hacia las ruinas. Sé que vendréis. —El monje se dirigió a ellos esta vez.
Ray se envaró. ¿Acaso se creía el monje que le obedecerían sin más? ¡Maldita sea, tenían su orgullo!
—Lo haréis. Si no lo hacéis, moriréis. Vuestro patrón os lo ordena —les dijo el rey negro—. Ahora, dormid.
Lo último que vio Ray antes de perder por completo la consciencia para despertar luego, sudoroso y aterrado, en la posada donde se alojaba, fue al rey negro extendiendo hacia él sus enguantados dedos.
Tras desplomarse los dos mercenarios, el monje se volvió hacia el rey.
—Ambos son demasiado débiles para enfrentarse al que tú llamas Irwin. Morirán sin remedio si se atreven a oponerse a él.
—Lo sé. Eso es parte de mi plan. Mañana, al anochecer, empezará mi venganza.
—Mañana, al anochecer, la balanza del destino se empezará a inclinar —añadió el monje blanco.