Saltar al contenido
Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 7

Empieza el juego

19 min de lectura · 3981 palabras

Karen se despertó, sobresaltada. Alguien les había echado un hechizo de sueño a Irwin y a ella, lo recordaba con claridad. Antes de abrir siquiera los ojos, se concentró, preparándose mentalmente para hacer un hechizo cortante. Notaba las manos libres, así que no tendría problemas en dar la palmada necesaria para acabar con sus atacantes, quienesquiera que fueran. Así, completamente concentrada en la Energía que recorría su cuerpo, se levantó. El paisaje que vio fue el último que se habría esperado. Estaba en el linde de un bosque bastante frondoso, lleno de árboles de tronco grueso, y a lo lejos se distinguían las orillas de un lago de agua cristalina, con el sonido del canto de los pájaros de fondo. Era el mismo sitio en el cual los habían atacado. Estaba tumbada en el suelo, junto a los restos de una hoguera que ella misma había encendido, y junto a un Irwin inconsciente. No había señales de nadie más. Perpleja, se dio cuenta de que no había intentado percibir a los atacantes, si es que los había. Agudizó el oído, pero solo detectó a un Diestro cerca de ella: Irwin. Aquello era muy extraño. Alguien les había lanzado un hechizo de sueño a los dos, y aparentemente no había hecho nada más. Teniendo en cuenta que el Zurdo, o los Zurdos, que habían hecho eso, habían pasado completamente desapercibido ante un Diestro, cuyos sentidos estaban agudizados, y ante una Zurda que en teoría podía percibir ese tipo de presencias a distancia, era todavía más raro el motivo de su sueño inducido. La bolsa que llevaba le pesaba bastante, y, tras una pequeña revisión, vio que no le habían robado nada. Desde luego, aquello no era normal. Despertó a Irwin. Si no lo hacía por medios mágicos, no habría logrado nada, despertando Irwin en unas horas, calculó. Al ser ella Zurda, era más difícil hechizarla, y los efectos le duraban menos. De todas formas, el hechizo no era potente, de otra forma, no habría sido tan fácil librarse de él. Sin embargo, al despertar a Irwin no bastó con un contrahechizo normal. Por lo general, cuanto más complicada era la utilización de la energía, más movimientos hacían falta para hacer el hechizo posible. Con los contrahechizos pasaba algo parecido. Eran bastante complicados, ya que para cada hechizo hacía falta un contrahechizo distinto, y, a más poder usado, más movimientos hacían falta. El conjuro lanzado hacia ella había sido débil, y por lo tanto, habría sido fácil de deshacer, pero, sorprendida, se dio cuenta de que el hechizo lanzado a Irwin era mucho más difícil de contrarrestar de lo esperado. Tardó bastante, y tuvo que hacer los suficientes pasos como para que pareciese que bailaba. Al final, Irwin por fin despertó. —¿Q-Qué…? ¿Qué rayos ha…? —¿Estás bien? —Sí, creo que sí… De repente, recordó algo, y una expresión entre sorprendida y preocupada se dibujó en su cara. —¡Ahora lo recuerdo! ¡Karen, ayer nos atacaron, ¿no?! —Sí, nos lanzaron un hechizo de sueño, pero aparentemente no nos han hecho nada. Ni siquiera me han robado. Irwin revisó su bolsa de cuero durante unos segundos. —A mí tampoco. ¿Quién haría algo así? Si nos hubieran atacado los Diestros, lo entendería, pero, ¿un Zurdo? —Pues eso no es lo más extraño. A mí me han lanzado un hechizo simple, ya que me he despertado por mí misma, pero contigo se han ensañado. Tu hechizo era complicado, me ha costado deshacerlo. Si no te hubiera despertado yo, o algún otro Zurdo, no te habrías despertado en días. —Ah, es que a mí me atacaron dos veces. —¿Cómo? —No sé tú, pero yo noté que algo se me echaba encima. El zumbido que hay en el aire me desconcentró, pero de golpe aumentó de intensidad, e instintivamente, esquivé algo. Debía de ser el hechizo de sueño que te afectó a ti, porque te derrumbaste sin motivo alguno. Luego, un zumbido aún más potente me pilló por sorpresa, y no recuerdo nada más. Supongo que, al esquivar el primer encantamiento, el segundo que me lanzaron fue más fuerte. —Pero antes de dormirme te vi caer al suelo. —No, me viste lanzarme al suelo. Así esquivé el hechizo. —¿Así que fuiste capaz de esquivar un hechizo, desprevenido y sin poder usar al máximo tu percepción de la energía? —Cualquier Diestro con buenos reflejos podría hacerlo. —Bueno, déjalo. Ahora lo importante es saber por qué nos han atacado. Sobre todo porque no parece que nos hayan hecho nada. —A mí me molesta más el hecho de que nos atacaron sin que los detectáramos. A partir de ahora, habrá que estar más atento. ¿Puedes colocar algún tipo de protección de Energía? ¿Algo como una barrera? —Puedo, pero me costará un tiempo crearla. —Hazla ahora. No sabemos si volverán a atacar, o lo que sea que nos hayan hecho. —Irwin se puso serio. Recordando su trato, Karen se dispuso a obedecerle, resignada.

Primero rebuscó en su bolsa, y sacó un puñado de arena. Lo sostuvo un momento en su mano izquierda, y lo lanzó hacia arriba. Mientras la arena caía, empezó a mover brazos y piernas a la vez, agitándolas en un extraño baile. Primero levantaba los brazos, mientras daba vueltas sobre sí misma, doblaba la pierna izquierda, quedándose tan solo apoyada en la derecha, acto seguido la estiraba hacia delante, haciendo el amago de una patada, giraba en la otra dirección y saltaba, dando una voltereta hacia atrás en el aire, y acto seguido volvía a comenzar, pero con ligeros cambios. La velocidad del baile fue aumentando de forma progresiva, y, al cabo de unos minutos, el hechizo terminó. En el momento en el que Karen paraba de bailar, Irwin notó que el zumbido de su cabeza cesaba. Una especie de cúpula blancuzca semitransparente los rodeaba por completo. Karen, agotada, se dejó caer al suelo. —Vaya, sí que eres atlética —comentó Irwin—. ¿La arena era necesaria? —Facilita el hechizo. Esta protección se basa en una película de aire impregnada con mi energía, y la arena, al dispersarse, ayuda a distribuirla. —¿Un hechizo de aire? ¿Cómo el de ayer? —Más o menos —respondió Karen—. El de ayer era mucho más sencillo, pero se basan en lo mismo, la manipulación del viento. —Casi todos tus hechizos se vinculan a ese elemento, ¿no? —¿Por qué lo dices? —Bueno, las barreras que colocaste en la puerta y la ventana de tu cuarto para evitar que huyera eran de aire, la cuchilla que lanzas con una palmada es viento que corta, la almohada de ayer era aire arremolinado… Todos los hechizos que te he visto hacer hasta ahora son del mismo tipo. —Digamos que es mi especialidad. Además, al vivir en la superficie, el aire y la tierra son los únicos medios por los cuales se puede usar la Energía. Supongo que, si fuera un pez, usaría el agua. —Suena lógico —respondió Irwin—. ¿Y el fuego? Es el único elemento que falta, pero comentaste que no lo usas en tus hechizos. —En realidad, la Energía no se basa en los cuatro elementos. ¿No decías que sabías más que yo sobre este tema? —Y sé más. Lo que pasa es que muchos Zurdos, como los de la dinastía D’anero, usaban los cuatro elementos en sus hechizos. No es que se basaran en ellos, sino que les gustaba el efecto que causaba. Además, el fuego es lo más destructor que existe. Un Zurdo que domine el fuego es temible. —Todos los Zurdos pueden dominarlo, pero a mí en particular no me gusta. El aire es más útil en muchos sentidos. Con el fuego solo se puede matar, y para eso el aire también sirve. Además… —Me lo imagino. Como los D’anero lo usaban, tú no lo usas, ¿no? —Ni yo ni nadie de Nadwer. —Pero ellos también usaban el aire. ¿No tiene también relación con los D’anero ese elemento? —Bueno, el aire es especial. —¿Y eso por qué? —Nadwer no solo es llamado Tierra Santa. También lo llaman el País del Viento. En realidad, la Energía y la forma de llamar a Nadwer no tenían mucho que ver, pero Karen no quería seguir discutiendo sobre ello. Irwin tenía tendencia a cambiar de tema con facilidad, y eso no era algo que le gustara mucho. —Pero ahora eso no importa. ¿Por qué se supone que nos han dormido? —No tengo ni idea —respondió Irwin—. No me he ganado la enemistad de nadie Zurdo, que yo sepa, y parece que no nos han hecho nada. ¿O crees que nos pueden haber hechizado tras dormirnos? —Si fuera así, lo notaría. Lo único que han hecho ha sido dormirnos, y además, se aseguraron de hacerlo, ya que a ti te lanzaron dos veces el conjuro. Pero nada más. Tanto Karen como Irwin se quedaron meditando unos instantes. Si no les habían hecho nada, ¿por qué se habían molestado en dormirles? De repente, Karen pensó en algo. —A lo mejor quien nos hechizó no quería ser visto, y, para evitar que lo detectáramos, nos durmió. —No lo creo —Irwin negó con la cabeza—. Si fue capaz de dormirnos sin que nos diéramos cuenta, pudo haber pasado a menos de tres metros y ni lo habríamos sentido. Porque hace falta contacto visual para hechizar, es como lanzar una flecha. —Supongo… ¿Crees que habrá sido alguien relacionado con los Diestros? —Pues no lo sé, pero yo diría que no. Siendo dos Diestros, no necesitan ninguna ayuda para acabar conmigo. O eso es lo que creen. —¿Tan seguro estás de poder acabar con ellos? —Soy más rápido —dijo Irwin con sencillez—. Teniendo esa ventaja, es fácil ganarles. —Sin embargo, me parece que no seré capaz de ayudarte. —No es la primera vez que lo dices. Pero, ¿por qué crees eso? —¿Acaso no es obvio? Incluso imposibilitado fuiste capaz de evitar un hechizo que te vino por la espalda. No hay forma humana de derrotar a un Diestro en batalla, estáis a otro nivel.

Irwin sonrió. —Lo mejor para matar a un Diestro es un Zurdo, ¿recuerdas? —¿Y cómo se hace? —preguntó Karen, casi gritando. Tenía ese miedo desde que conoció a Irwin, y lo del hechizo que les habían lanzado la había trastornado aún más. —Da igual lo que haga; si mejoro mis habilidades de combate mediante la Energía, los Diestros sois más rápidos, si lanzo un hechizo por sorpresa, los Diestros son capaces de esquivarlo. ¡No hay nada que se pueda hacer! —La solución es simple —Irwin utilizó un tono parecido al que se usa al hablar con un niño. A Karen le recordó al tono con el que ella enseñaba a Emily. —La principal ventaja de un Zurdo es la capacidad de hacer casi cualquier cosa con la Energía, y lo mejor de todo, es que no os agota usarla. —Eso no es del todo cierto. Si un hechizo es muy complicado, si tenemos que hacer una serie de movimientos muy extraños, acabamos agotados. —Sí, pero, ¿acaso te agota dar una palmada? —No, eso no. Karen empezó a ver a qué se refería Irwin. —Lo cual implica que puedo lanzar las cuchillas de aire que quiera. Pero, ¿de qué servirán, si el Diestro las esquiva? —El truco consiste en no usar solo las cuchillas, o solo la incrementación de tus capacidades físicas, sino en usarlo todo a la vez. No serás tan rápida, ni lanzarás proyectiles que no se puedan evitar, pero si te mueves a una velocidad aceptable mientras le envías proyectiles que al mínimo roce lo pueden partir por la mitad, y lanzas destellos de luz que lo ciegan constantemente, permaneces invisible y te amparas en el zumbido del aire, mientras colocas barreras que dificultan su movimiento, y todo esto por sorpresa, pues la cosa cambia, ¿no crees? —Creo que ya lo entiendo. El truco está en… —En jugar sucio —la interrumpió Irwin—. El Diestro solo es capaz de correr más rápido y golpear más fuerte que tú, pero, si no te ve, no puede dañarte. Y si uno se concentra solo en la defensa, no puede atacar. Karen asintió, pero no estaba convencida del todo. Dijera lo que dijera Irwin, un Diestro era un enemigo temible. —Tú tranquila. Si les tendemos una emboscada, tendremos ventaja. Además, tienes a un Diestro como apoyo —dijo Irwin al ver su cara—. Me parece que tenemos que empezar a reconocer las ruinas, para tener ventaja sobre el terreno. Ya casi es mediodía. Ya averiguaremos quién nos ha hechizado esta noche. Karen, pensativa, asintió. Ambos se dirigieron a las ruinas D’anero, en la orilla del lago. Las ruinas eran un conjunto de escombros y muebles rotos repartidos sobre los cimientos de la casa, bañados en un mar de polvo. No, no era polvo, se fijó Karen. Eran esquirlas de los escombros y restos de los cristales rotos. Había unas pocas paredes en pie, de un color marmóreo, y el suelo seguía completo. Cuando los rebeldes atacaron el castillo al echar a los D’anero, los Zurdos habían derruido la casa al completo, pero no habían encontrado a nadie. Parte de los sótanos seguía completa, o eso era lo que se comentaba por el pueblo, pero nadie quería acercarse. La zona de las ruinas era bastante grande, ya que la mansión D’anero había sido increíblemente opulenta. A Karen eso le parecía un signo de vanidad enorme, dado el hecho de que en la mansión solo vivía el rey cuando decidía pasar en Nadwer los veranos, junto con su familia. Una mansión no tan grande habría cumplido de igual forma. Cuando se lo comentó a Irwin, su respuesta fue mordaz, como siempre que hablaban de los D’anero. —Los D’anero eran los reyes de todas las Siete Coronas, y la opulencia siempre ha sido un símbolo de poder. Un rey humilde no puede cumplir sus deberes. Karen se dio por vencida. Convencer a Irwin de que los D’anero habían hecho algo mal en algún momento de su reinado era casi imposible, como ya había averiguado Karen. Los tenía idealizados. Supuso que era lógico, al fin y al cabo, gracias a su Habilidad, dada por los D’anero, Irwin había sobrevivido a su infancia, y un simpatizante de los D’anero le decía ahora que podía encontrar a su perdida amiga de la infancia. Para Karen, era posible incluso que fuera el propio Alexis quien hubiera raptado a Carol, para luego usar a Irwin. La teoría no tenía sentido alguno, pero, si Alexis simpatizaba con los D’anero, era capaz de todo. —¡Eh, Karen! ¡Ven un momento! Karen se sobresaltó. Sumida en sus pensamientos, se había detenido justo en la entrada de las ruinas. Con un sentimiento de asco recorriéndole todo el cuerpo, se adentró en ellas y fue hasta Irwin. —¿Qué ocurre? —le preguntó. —¿Ves cómo este lugar era el más idóneo para luchar? Observa, en este punto tenemos cobertura total, y si queremos luchar en campo abierto, solo tenemos que avanzar hacia la izquierda. Irwin tenía razón. En el sitio en el que estaban, un saliente los ocultaba por todos los flancos, excepto por el que habían venido ellos, en dirección a Vera Kant. Si se agachaban, una pared semiderruida los amparaba, y, como el escondite estaba elevado con respecto al resto de las ruinas, podían observar casi todo el terreno sin dificultad, y podían abalanzarse, literalmente, encima de cualquiera que pasase cerca de ese punto. —¿Por qué este sitio está elevado sobre el resto de las ruinas? —preguntó Karen. —Los D’anero tenían una arquitectura un tanto extraña. Supongo que lo que fuera esto estaba en lo alto de unas escaleras, pero no consigo ver nada que se parezca. —No importa. Para emboscar servirá, aunque empiezo a tener serias dudas sobre si venceremos. Si nuestros enemigos son dos como tú… —Precisamente para eso sirven los planes y las emboscadas. Aunque confío plenamente en que les superamos en fuerza, nunca viene mal superarlos también en estrategia. —Entonces, ¿cuál es tu plan? —Lo principal es no separarse. Si tú eres capaz de mantenerlos ocupados, o distraerlos durante unos pocos segundos, yo me encargaré de ellos. ¿Tienes algún hechizo que sirva? —Creo que sí. Puedo cegarlos con un estallido de luz. Aunque cierren los ojos, el estallido es tan potente que se quedarán aturdidos unos minutos. —Ese nos viene como anillo al dedo. Aunque tenía entendido que no usabas el fuego en tus hechizos. Karen creyó detectar un ligero tono de sorna en esta última frase. —Luz y fuego no son lo mismo, Irwin. Puedo crear ese estallido sin provocar nada de calor. Supongo que también puedo utilizar el viento en su contra, levantando el polvo que hay aquí. Eso les molestará, ¿no? —Bueno, seguramente lo hará. Echar tierra a los ojos del contrincante… Veo que se te da bien jugar sucio. Mejor de lo que me esperaba. —Mi filosofía es: si se te concede un poder o una ventaja, utilízalos. El fin justifica los medios, excepto en los casos extremos. El solo hecho de tender una emboscada ya es jugar sucio, no me voy a sentir culpable por usar un par de trucos más. —Ahora que lo dices, ya me habías comentado eso antes. Irwin se quedó mirándola, con una expresión inescrutable. —No creo que esa sea la forma de pensar de todo el mundo, pero respeto tu opinión. Al fin y al cabo, soy un criminal. Mientras decía esto, Irwin sonrió de forma triste y miró al cielo, melancólico. —Nadie juega más sucio que yo. Karen se quedó mirando a Irwin, estupefacta. Esos ataques repentinos de melancolía que sufría Irwin de vez en cuando la intrigaban. Quizás el joven… bueno, no tan joven ladrón era menos simple de lo que se imaginaba. Cuando Karen fue a comentarle esto a Irwin, este se volvió hacia ella. —Has comentado que el fin justifica los medios, «excepto en casos extremos», ¿a qué casos te refieres? Karen se quedó confundida momentáneamente por el brusco cambio de tema. —Pues… A los métodos de los D’anero para subir y mantener el poder, por ejemplo. Cometieron demasiados delitos contra el mundo como para que el fin que perseguían los justificara. Irwin, al oír esto, suspiró, hastiado. —Será mejor que no hablemos más de este tema. No quiero discutir. Tras esto, permanecieron callados un tiempo, vigilando el horizonte por si veían aparecer a dos figuras en la lejanía. Cuando el sol comenzaba a ocultarse por el oeste, Karen rompió por fin el silencio. —Irwin… —¿Sí? —contestó este. —¿Cómo vas a luchar? —¿Cómo dices? —No llevas armas —explicó Karen—. ¿Cómo vas a luchar? ¿A puños? —¿Y quién te ha dicho a ti que yo no llevo armas? —respondió Irwin, divertido—. En estos momentos llevo un buen arsenal encima. Hoy lucharé con espada, al fin y al cabo, mis oponentes son Diestros. —Pues yo no veo tus armas —comentó Karen—. ¿Dónde están? —Soy un ladrón, así que no me gusta llamar la atención. La espada es el arma más grande que llevo en estos momentos, y la tengo… —Irwin se quitó la capa por primera vez desde que Karen lo había conocido, y se señaló la espalda—. Aquí. Pegada a la espalda por unas correas que se ocultaban dentro de la camisa, Irwin llevaba una funda con una espada corta. La funda estaba boca abajo, con el mango apuntando hacia el suelo. Karen se sorprendió. La capa disimulaba al bulto al completo. —Vaya. ¿Cómo es que está boca abajo? —Cuando llevo la capa me es más fácil sacarla —explicó Irwin—. No se cae, ya que la funda lleva un seguro, y, si la quiero desenvainar, solo tengo que pasar la mano bajo la capa. El resto de las armas las llevo escondidas en la bolsa, en las botas… No creo que las use hoy. —Ah, comprendo. Y, ¿luchas siempre con la capa y el sombrero? —Por lo general, sí, lucho siempre con la capa y el sombrero. Para que este último no se me escape, lo sujeto siempre con una mano mientras lucho con la otra, pero en esta batalla me lo quitaré, no hace más que molestar. Pero la capa puede llegar a ser muy útil en una pelea. —¿Cómo? Se te puede quedar atrapada en cualquier sitio. —Esa es una de las razones por las que quería luchar en campo abierto. Si no tengo miedo de que la capa se me enganche en algún sitio, puedo utilizarla para confundir al rival, lanzándosela a la cara, por ejemplo, o protegerme con ella si me lanzan algún proyectil y no me da tiempo a esquivarlo. Ah, por cierto, empieza a hechizarte a ti misma. Para cuando vengan, tienes que poder desenvolverte. —De acuerdo. Tú sigue vigilando por si alguien aparece. —Descuida. —Dicho esto, Irwin se preparó, mirando al horizonte. Zumbidos en el oído aparte, su sexto sentido de ladrón le decía que llegarían esa noche. Y su sexto sentido no se solía equivocar.


Ray y Dolper, junto con el monje blanco, se acercaban a las ruinas. Se habían dado mucha prisa en el trayecto, pero a última hora el monje había decidido que había que llegar más tarde. Ray aún no sabía por qué él y Dolper habían obedecido al monje, a decir verdad, ni siquiera sabía por qué habían accedido a ir con él. Simplemente, al pensar siquiera en desobedecer al monje blanco, un sentimiento de terror reverencial los invadía, y cumplían sus mandatos sin rechistar. A decir verdad, el monje blanco no había hablado mucho. En todo el viaje no había dicho casi nada, excepto comentarios sobre aumentar o reducir la velocidad. A juzgar por los cálculos de Ray, llegarían a las ruinas al anochecer, y ya estaba atardeciendo. El molesto zumbido empezaba a notarse mientras se acercaban al bosque. Justo cuando llegaban a la linde del bosque, el monje ordenó que se detuvieran, con la misma expresión aburrida. No había variado su cara en todo el día. Estaban viajando a pie, de vez en cuando andando, de vez en cuando corriendo a toda velocidad, dependiendo de lo que el monje dijera. Tanto Ray como Dolper optaban por no rechistar y acatar las órdenes sin más. Aquella vez no fue una excepción. —Al anochecer, llegaremos a las ruinas —comentó el monje. Ray odiaba ese tono de aburrimiento con el que se expresaba siempre. De todas formas, pensó, sus cálculos no estaban equivocados. Lo que no se esperaba era lo que dijo el monje acto seguido. —Al llegar allí, el que vosotros llamáis «Irwin O’Manley» y la Zurda Karen Maider nos estarán esperando para tendernos una emboscada. —¡¿Qué?! —Saltó Dolper—. ¿Cómo sabes eso? El monje blanco simplemente lo miró, sin contestar. Acto seguido, continuó. —Nos atacarán cuando estemos desprevenidos. Yo me ocultaré. Vosotros, haced vuestro trabajo e intentad matar a Irwin O’Manley y a su acompañante. —¿«Intentad» matar? —dijo Ray, ofendido—. Se nota que no nos conoces. Si era cierto o no lo de la emboscada, no podía saberlo, pero siendo el monje blanco el informador, no sabía a qué atenerse. Mientras todo esto ocurría, el sol se había ido ocultando, y el cielo tenía un tono anaranjado. El monje observó el atardecer, y dijo una sola palabra. —Vamos. —Acto seguido, comenzó a correr. Los dos mercenarios le siguieron, tensos, preguntándose si en verdad les esperaba algo en las ruinas, y maldiciendo el zumbido de sus oídos, que les impedía detectar nada. Cuando salieron del bosque, el monje había desaparecido. Lo habían tenido delante todo el tiempo, pero, antes de que se dieran cuenta, no estaba allí. Ambos se miraron, y asintieron a la vez. El monje daba igual. Tenían una misión, y en las ruinas podía estar esperándoles el sujeto al que buscaban. Ray desenvainó su espada lentamente. Dolper lo imitó. —Empieza el juego —musitó.


En esos precisos instantes, Karen, que había estado oteando el horizonte junto con Irwin, notó algo. —Irwin —dijo, poniéndose seria—. Detecto a dos Diestros acercándose. Irwin asintió. Lentamente, desenvainó su espada. —Empieza el juego —musitó. Karen asintió.