Irwin, espada en mano, se quitó el sombrero y lo dejó en el suelo.
—Karen, cuando estén cerca, hechízalos. Haz algo que no puedan esquivar, como lo de la luz.
Karen asintió.
—Cúbrete bien los ojos. No te afectará si no la miras directamente.
—¿No decías que aunque cerraras los ojos, te afectaba?
—Si cierras los ojos, te afecta. Si aplastas tu cara contra el suelo, la luz no llega con tanta fuerza. Y no creo que los Diestros os podáis mover más rápido que la luz.
Irwin afirmó con un gesto de la cabeza.
—Karen…
—¿Sí?
—No mueras.
Karen no contestó. Los Diestros se acercaban y no se podían permitir hacer ruido. Se lo indicó con un gesto a Irwin y este asintió otra vez. Se quedó vigilando el horizonte con expresión de concentración.
Ray y Dolper se adentraron en las ruinas. Ambos habían desenfundado sus espadas y observaban el paisaje con desconfianza. No estaban seguros todavía de si en realidad les habían tendido una emboscada, pero no les pasaría nada malo por estar alerta. O’Manley era un hueso duro de roer.
—¿Tú crees que en verdad estarán aquí? —le preguntó Dolper.
Ray se encogió de hombros.
—Nunca se sabe. Con este zumbido no podemos detectarles mediante el oído, así que habrá que observar. Vigila por ese lado, yo lo haré por el otro.
Avanzaban a paso lento, tanteando el terreno a cada paso. Pronto, Dolper encontró algo.
—Si nos van a tender una emboscada, el punto de ahí es el mejor que hay por aquí.
Todo eso lo dijo sin apartar la mirada de Ray. Si de verdad alguien les observaba para emboscarles, era mejor que no supieran que les habían detectado y para eso era mejor evitar mirar directamente al punto al que Dolper se refería.
Ray miró el lugar al que Dolper se refería. Tenía razón. Si alguien se escondía allí, podría verlo todo, pero ellos no lo verían a él. Estaba elevado sobre el resto de las ruinas, por alguna extraña razón.
Perfecto entonces. Si les iban a atacar desde lo alto, estarían preparados.
—Un momento —saltó Dolper—. ¿No dijo el monje que también había una Zurda? Nunca nos hemos enfrentado a alguien así. Y además, la magia…
—Bueno, nos enfrentamos al monje blanco.
Sin embargo, eso empeoraba las cosas. En el enfrentamiento con el monje, habían salido perdiendo y no querían volver a verse en una situación así.
—Además, esto es Tierra Santa. No blasfemes —dijo, intentando quitarse esos pensamientos de la cabeza.
—Bah. Decir «magia» no es blasfemar.
—Depende de con quién hables. Ahora, guarda silencio.
Estaban muy cerca del punto crítico para emboscarles. Debían guardar silencio para concentrarse. Los siguientes segundos serían vitales. En cuanto atraparan a O’Manley, todo acabaría. El ladrón pagaría por haberles hecho pasar semejante rato.
Llegaron al punto en el que seguramente les emboscarían. Sujetaron con más fuerza todavía sus espadas, preparados para el ataque.
Justo entonces, oyeron un ruido extraño, como si alguien chasqueara los dedos. Luego, una exclamación.
Al momento siguiente, antes de que pudieran reaccionar, un estallido de luz blanca les cegó. Aturdidos, cayeron al suelo, con las manos en los ojos, sintiendo un dolor increíble en ellos. Poco a poco, Ray fue recuperando la vista. Lo que vio fue lo último que se habría imaginado.
Los mercenarios estaban avanzando hacia el punto donde les emboscarían. Karen, con los músculos en tensión, preparó el hechizo. En cuanto chasqueara los dedos, los mercenarios quedarían ciegos. Irwin estaba mirando hacia los mercenarios, con el ceño fruncido. Karen le golpeó con el codo y señaló al suelo. Era el momento de que se protegiera los ojos.
A Karen el hechizo no le afectaría. La luz se creaba con su Energía, y, al ser una parte de su cuerpo, era inmune a ella. En otras palabras, vería una luz, pero no le dañaría los ojos.
Los mercenarios se acercaban cada vez más. Estaban hablando, pero no podía entender bien lo que decían. Le pareció que mencionaban a un monje, pero no podía estar segura.
Estaban más cerca del sitio en el cual debían estar para que ella los hechizara. Irwin se lo había indicado bien, para que no hubiera errores. Estaban a cuatro pasos.
Tres pasos.
Dos.
Uno.
Karen, con el corazón palpitándole con fuerza, chasqueó los dedos.
No ocurrió nada. El hechizo debía ser instantáneo, pero la luz no surgió. Pasó un segundo, luego otro. Karen no pudo evitar gritar. Estaban perdidos, seguramente los habían detectado por el ruido, y la magia no había funcionado. Sus latidos estaban contados.
Pero entonces, justo cuando atisbaba a ver cómo los mercenarios se giraban para mirar en su dirección, algo ocurrió. Una luz blanca, increíblemente potente, les bañó al completo. Los dos mercenarios cayeron al suelo con las manos en los ojos, Irwin gritó y se cubrió la cara, a pesar de estar mirando hacia el suelo, y Karen cayó hacia atrás de la impresión. En ese instante, antes de que tocara tierra, un pensamiento pasó por su cabeza.
Su hechizo no había funcionado cuando ella lo había invocado. Y, acto seguido, un resplandor la había lanzado contra el suelo. Eso solo podía significar una cosa.
Había otro Zurdo, que por algún motivo ella no podía detectar. Ese Zurdo había invocado el resplandor, por eso le había afectado también a ella. Y seguramente había sido quien les había dormido durante la noche anterior. Es más, quizá había hecho algo con su Energía.
Ciega, sin poderes, indefensa y aterrorizada ante la posible presencia de semejante enemigo, Karen cayó al suelo. A su lado, oyó gemir de dolor a Irwin.
Justo cuando se levantaba, con las manos en los ojos, gruñendo de dolor, una explosión sacudió las ruinas y Ray volvió a caer de espaldas. No sufrió ningún daño, ni notó ningún golpe, pero el sonido fue lo suficientemente potente como para que perdiera el equilibrio. Pocas cosas podían hacer caer así a un Diestro, pero un resplandor cegador y una explosión eran demasiado para Ray, que había agudizado sus sentidos al máximo para poder percibir a algún posible atacante. Finalmente, consiguió recuperar la vista y se levantó.
La escena ante él no podía ser más extraña. El cielo se había vuelto de color blanco y las ruinas habían cambiado completamente. Los escombros de la mansión, desperdigados por el suelo un momento antes, habían desaparecido. A su lado estaba Dolper, levantándose con las manos en el rostro, al igual que él unos momentos antes, y delante de ellos podía distinguir a una chica tumbada en el suelo, vestida con una túnica color azul celeste. A su lado, levantándose, estaba su presa, Irwin «Dedos rápidos» O’Manley. Pero eso no era todo.
Justo en medio de ellos cuatro, había una figura, suspendida en el cielo. La túnica que llevaba ondeaba a su alrededor y Ray tuvo la sensación de que la luz que volvía blanco el cielo provenía de él, a pesar de que no notaba nada en sus ojos.
La figura era el monje blanco.
Las piernas de Ray no respondían. Por los gruñidos que emitía Dolper, supuso que las suyas tampoco lo hacían. Alguien había vuelto a paralizar a los dos mercenarios.
El monje, en el cielo, estaba mirando hacia O’Manley y la mujer en el suelo. El ladrón sacudió a la chica, que se despertó. Mientras la ayudaba a ponerse de pie, miró hacia arriba, en dirección al monje blanco. Ray no pudo distinguir su expresión.
Karen estaba llorando, aterrorizada, cuando notó que algo la tocaba. Intentó gritar, pero no le salió la voz.
—Karen, soy yo. Levántate.
Era Irwin. Karen no se sostenía de pie del alivio. Durante unos espantosos momentos, había tenido la certeza de que iba a morir y la explosión que había oído la había puesto aún más histérica.
Sintió cómo una risa desquiciada le subía por la garganta, pero Irwin la sacudió antes de que emitiera ningún sonido. Poco a poco, recuperó la vista y la calma. Al ver la expresión de Irwin, respiró hondo. Algo malo pasaba. Debía calmarse. Vio cómo Irwin se preparaba para abofetearla si era necesario, pero Karen negó con la cabeza. No perdería la razón así como así. Con la ayuda de Irwin, se levantó.
Y vio al monje del cielo.
Una oleada de temor reverencial le recorrió el cuerpo. Allí estaba el Zurdo sobre el que pensaba antes. No percibía a nadie aparte de los mercenarios e Irwin, pero estaba allí, flotando. El que les había hechizado. El que le había arrebatado la Energía. El que les había cegado. Y seguramente, el que había provocado la explosión. A Karen no le había ocurrido nada, pero la había oído con claridad. Irwin, a su lado, miró directamente hacia el monje blanco. Karen se dio cuenta de que tenía los ojos rojos, seguramente por la luz. Lo más seguro era que ella también estaría así.
—Dime qué haces aquí. Ahora —dijo Irwin.
Usó un tono que Karen no había oído en él nunca. Era un tono autoritario, pero se percibía algo de… ¿enfado?
—Ser al que llaman Irwin «Dedos rápidos» —dijo el monje.
Tenía una expresión aburrida y su tono iba a juego con ella.
—Estoy aquí para que los sucesos se desarrollen en el sentido en el que deben.
Irwin permaneció callado.
—Así que tenías esto planeado desde el principio. Me has usado. Me prometiste que tus planes y los míos serían iguales.
Todo esto lo dijo Irwin en un tono increíblemente calmado. Karen no cabía en sí de la impresión.
—Y así fue durante un tiempo —contestó el monje—. Pero ahora, esto ha cambiado.
—Escúchame bien, escoria —dijo Irwin con una repentina furia.
Karen no reconocía en la figura que estaba a su lado al alegre ladrón que la había acompañado.
—Recuperaré a Carol, pase lo que pase. Tú me puedes ayudar en eso, pero si te interpones en mi camino… No creo que lo que suceda sea de tu agrado, Alexis.
Aquello sorprendió enormemente a Karen. De modo que el monje era el famoso Alexis. El que tenía alguna relación con los D’anero. Ese monje era el que había hecho que acabara así, al enviar a Irwin a hablar con ella. Ese monje era el que había hecho que acompañara a Irwin, al decir que sabía algo de su pasado. Ese monje era el que les había atacado la noche anterior. Ese monje… Tenía muchas cosas que decirle, pero no pudo. Estaba paralizada. De modo que Alexis le había hechizado. Sin embargo, a Irwin no le había hecho nada, puesto que seguía hablando.
—Ahora, Alexis, lárgate. Antes de aclarar las cuentas contigo, tengo que encargarme de los mercenarios que has paralizado.
—No puedes darme órdenes.
El tono de aburrimiento del monje se había ido disipando mientras la conversación transcurría y ahora no se intuía ninguna emoción en él. Su cara, sin embargo, no había variado ni un ápice.
—Estaba predestinado el que me apoyaras un corto tiempo, pero a partir de ahora me considerarás un enemigo.
—No te quiero como enemigo. Lárgate.
—Ahora no me consideras enemigo, pero lo harás en poco tiempo.
Irwin ignoró este último comentario.
—Tú has sido quien nos ha hechizado esta noche, ¿me equivoco?
—¿Por qué preguntas lo que ya sabes?
De modo que Karen había acertado en sus deducciones. El monje era un enemigo. Ya les había atacado antes. No había que fiarse de nada que tuviera que ver con los D’anero. Y el monje Alexis D’anero no era una excepción.
—Y tú has provocado la explosión de hace unos momentos. Y seguramente, el resplandor.
—Ha sido tu amiga la que ha provocado la luz.
Karen se indignó ante esto. El monje mentía, estaba claro. Ella no había hecho nada, ya que le habían arrebatado la Energía. Pero ¿por qué lo hacía?
—No mientas. No soy estúpido, deberías saberlo. Karen ha gritado justo antes del resplandor, y además, estaba aterrorizada. No creo que un hechizo tenga esos efectos sobre su hacedor. No, tú nos has atacado. Y no puedes hacer eso.
—¿Acaso habéis resultado heridos de gravedad? Mi juramento me obliga a no acabar con la vida de ningún ser, pero no importa si solo le daño.
—¿A mí qué me importan los juramentos que hayas hecho? No me hables de cosas que ahora no importan. Lo que sucede es esto: me prometiste ayudarme con Carol a cambio de que te trajera a Karen y me has atacado sin motivo. No pienso permitir eso. Y no herirás a Karen. Nadie más me será arrebatado mientras siga vivo.
Aquello confundió a Karen. Irwin y ella eran compañeros, sí, pero se habían conocido hacía poco más de dos días. Hablar de «arrebatársela» era exagerar un poco. No tenían lazos lo suficientemente fuertes como para hablar así.
—¿Arrebatártela? No es de tu posesión, Irwin O’Manley —cortó el monje blanco.
Irwin rió por lo bajo. Era una risa extraña, no le pegaba.
—No perderé a una hermana otra vez. Con Carol fue suficiente.
Entonces, Karen lo entendió. Más de una vez, Irwin le había dicho que le recordaba a Carol. Él la veía como la hermana que había perdido. ¿Acaso nunca había entablado una relación de amistad con nadie? Ellos ni siquiera se podían considerar «amigos» todavía. Eran socios.
La conversación continuaba. Karen prestó atención.
—Ahora —continuó Irwin—. Fuera de aquí. No me obligues a luchar contra ti.
El monje se quedó mirando a Irwin. Tras unos segundos, que parecieron durar una eternidad, asintió.
—Si esa es tu respuesta, tendré que usar la fuerza.
Acto seguido, Alexis hizo un gesto que llenó de terror a Karen. Un gesto que, de haberlo hecho otra persona, no le habría inmutado, pero que ejecutado por el monje que tenía enfrente, era señal de un peligro inminente, al tener ella sellada su magia.
El monje, Alexis D’anero, dio una palmada. Usó la Energía.
Esta vez, no hubo ningún resplandor. Todo cambió de golpe.
Lo primero que notó Karen fue que la Energía volvía a recorrer su cuerpo. Lo segundo fue que Irwin ya no estaba a su lado.
Estaba sola, en las ruinas, con un cielo blanco sobre su cabeza, que hacía que el paisaje pareciera ser siempre igual. El monje e Irwin habían desaparecido, pero…
Frente a ella, había alguien. Era un hombre muy alto, con una melena negra que le tapaba casi toda la cara, vestido con una cota de mallas y con una espada en la mano.
Era un Diestro. Un mercenario.
Él también la vio a ella. Justo en ese momento, Karen reaccionó, chasqueando los dedos para crear un resplandor que cegara al hombre. Mientras lo hacía, dio una voltereta sobre sí misma, para aumentar su velocidad.
Si no hubiera sido por el confuso estado mental del mercenario, habría muerto sin dudarlo. Un Diestro, a esa distancia, podía matarla en menos de lo que se tarda en parpadear, pero Karen tuvo el suficiente tiempo para autohechizarse.
El Diestro, una vez recuperado, se abalanzó sobre ella y la atacó con la espada. Karen, con su velocidad aumentada, logró esquivarlo por los pelos, ya que el hombre seguía con los ojos dañados. Karen se aprovechó de ello y sopló a la cara del mercenario, invocando una ráfaga de viento cálido y seco directamente hacia sus ojos.
El resultado fue el que Karen había buscado. Al Diestro se le resecaron los ojos y se paró en seco del dolor. Sin embargo, no duró más de un segundo así, ya que acto seguido volvió a la carga.
Ese tiempo era el que Karen necesitaba. Empezó a correr, huyendo del mercenario, mientras dejaba muros de aire tras ella. El mercenario los fue rompiendo uno tras otro, a golpes de espada, pero eso le retrasaba, imposibilitándole alcanzar a Karen. Mientras ganaba tiempo, Karen aumentó sus reflejos mediante otro baile, ejecutado por sus brazos esta vez, y justo después, su fuerza y su resistencia. Los muros de aire los hacía soplando hacia atrás, de forma que podía llegar a hacer dos encantamientos a la vez. Además, al aumentar su velocidad y su resistencia, podía permitirse hacerlo.
Sin embargo, el Diestro no era menos. Daba igual la potencia de los muros de aire, él los derribaba uno tras otro, de un golpe, mientras corría, sin dar signo alguno de cansancio. Karen comprendió pronto que en una batalla de ese tipo tenía todas las de perder. El Diestro ni siquiera tendría la respiración acelerada cuando ella, incluso con su resistencia mejorada, hubiera caído agotada. No podía confiar en encontrar a Irwin, ya que el joven había desaparecido. Debía encargarse del Diestro ella sola.
Tenía que cambiar de estrategia. Si no lo hacía, moriría.
El paisaje cambió de repente alrededor de Ray. La muchacha, el monje y Dolper desaparecieron de golpe. Frente a él, estaba Dedos rápidos.
Este tenía una expresión de sorpresa, mezclada con un rictus de furia. Los ojos, de pupila negra, estaban tintados por un color rojizo. Ray supuso que era por la luz, pero no importaba. Tenía el pelo revuelto y la capa ondeaba al viento.
Espada en mano, Ray se abalanzó sobre el ladrón. Era un rival duro, pero confiaba en poder con él. Descargó su espada con toda su fuerza, usando sus dos manos, sobre Dedos rápidos. Sabía que él la esquivaría y confiaba en pegarle una patada mientras se moviera, haciéndole perder el equilibrio. Por estratagemas como esta, Ray era un mercenario de renombre.
Sin embargo, la reacción del ladrón no fue la que se había imaginado Ray. Al golpear este, se encontró con algo duro que paró su golpe en seco.
Dedos rápidos había logrado parar su golpe. Con una sola mano. Le miró directamente a los ojos. Las dos pupilas negras, arropadas por el tono rojizo del ojo, amedrentaron a Ray.
—¡¿Dónde rayos está el monje!? —gritó el ladrón—. ¡Dímelo ahora mismo!
Ray no respondió. Volvió a atacar, girando sobre sí mismo y atacando por abajo, en un movimiento ascendente. El ladrón volvió a pararlo, pero no contraatacó.
Ray descargó una lluvia de golpes sobre su presa. La velocidad era tal que las figuras se emborronaron. Derecha, izquierda, ascendente, diagonal descendente, estocada, ataque con giro, carga con todo el cuerpo, tajo hacia el cuello, patada al estómago, otra estocada, golpe descendente frontal, golpe lateral.
El ladrón los esquivó todos, o los paró sin esfuerzo. Su cara empezaba a mostrar un asomo de locura y miraba al mercenario cada vez con más rabia.
Finalmente, Ray intentó dar un salto y golpear a Dedos rápidos desde arriba, poniendo todo su peso y fuerza en el golpe. El muchacho, temblando de ira, hizo un movimiento extraño y la espada de Ray salió disparada de su mano.
—¡NO TENGO TIEMPO PARA PERDER CONTIGO! —gritó el ladrón al ver a Ray desarmado ante él—. ¡¡¡DIME DÓNDE ESTÁ EL MONJE Y DÓNDE ESTÁ KAREN!!!
—¡N-no lo sé! ¡Te juro que no lo sé!
Ray estaba aterrorizado. Ese joven… Tenía una presencia, un aura… Le recordaba a alguien.
El ladrón le colocó la espada al cuello, furioso.
—¡¡SÍ QUE LO SABES!! ¡¡COMO KAREN SUFRA DAÑO, TE JURO QUE ME LAS PAGARÁS!!
—¡Te digo que no lo sé! ¡Ha sido el monje el que nos ha transportado aquí! ¡Yo no he hecho nada!
El ladrón estaba fuera de sí. Ray se sorprendió. Si tanta prisa tenía por encontrar a la muchacha, ¿por qué no intentaba huir? Así la encontraría antes. Y además, si le daba la espalda, Ray sería capaz de golpearle.
El ladrón pareció pensar lo mismo. Respiró hondo, cerró los ojos y dejó de temblar. Se fue calmando poco a poco, y, por su expresión, Ray intuyó que recuperaba la calma.
Sin embargo, cerrar los ojos frente a un Diestro era un grave error.
Con un movimiento más veloz que el de una serpiente al morder, Ray descargó su puño en la cara del ladrón mientras esquivaba su espada. A esa distancia, un golpe bien dado haría perder la conciencia al joven, con lo que Ray podría matarlo.
El puño nunca llegó a su destino. Sin abrir los ojos, Dedos rápidos esquivó el golpe.
Ray sintió que algo frío le golpeaba, sus huesos se quebraban, y una oleada de dolor le recorrió el cuerpo mientras algo húmedo le empapaba la ropa.
Al bajar la mirada hacia su torso, Ray vio cómo la espada del ladrón le había atravesado completamente. La sangre empapaba el suelo. Las piernas le empezaron a fallar y cayó de rodillas al suelo. El ladrón abrió los ojos.
En ese preciso momento, Ray comprendió por fin a quién le recordaba ese chico.
—Tú… —dijo con la voz entrecortada.
Una masa de sangre le salió por la boca al abrirla. Poco a poco, el mundo comenzaba a apagarse. El frío aumentaba.
—Tú… Eres igual que él… Eres igual… que el Rey Negro…
Tras decir estas últimas palabras, el mundo se desvaneció para Ray. Su luz se apagó completamente.
—No digas estupideces —dijo el ladrón mientras extraía su espada del cadáver—. En estos momentos, soy mucho más poderoso que tu Rey Negro.
Tras decir estas palabras, Irwin echó a correr.
A lo lejos, se oyó el grito de una mujer. Un grito de dolor.