La situación era complicada.
No había nada mejor para matar a un Diestro que un Zurdo, había dicho Irwin. Karen le había contestado que tampoco había nada mejor para matar a un Zurdo que un Diestro. Nunca se había arrepentido tanto de tener razón.
Las habilidades de combate de un Diestro son tan increíbles que la gente normal no atina a comprenderlas del todo. Un Diestro no solo cuenta con fuerza bruta. También cuenta con resistencia, cuenta con rapidez, cuenta con equilibrio, con sigilo… Un Diestro es un oponente terrible. Son tan poderosos que, aun entre ellos, se temen.
Un Zurdo tiene habilidades más globales. Teóricamente, no hay nada que no puedan hacer, pero precisan tiempo para conseguir afinar sus habilidades. Si se han educado correctamente, es un enemigo prácticamente invencible.
Por eso mismo, una batalla entre Zurdos es algo espectacular. La tierra tiembla ante la potencia de los hechizos de los combatientes. Una batalla entre Diestros es más difícil de ver, ya que se mueven demasiado rápido, pero aun así es algo épico.
Una batalla mixta, entre un Diestro y un Zurdo, es algo extraño. El Diestro tiene que prepararse mentalmente para afrontar lo inafrontable, para ver lo imposible, para vencer lo invencible. El Zurdo se tiene que preparar para enfrentarse a un enemigo que es capaz de resistir todo lo imaginable. Da igual cómo le golpees, da igual las heridas que le hagas. Siempre será capaz de esquivarte sin esfuerzo, siempre será capaz de levantarse ante los golpes.
En ambos casos, el menor descuido conlleva la muerte.
Todo esto Karen no lo sabía conscientemente, sino que lo intuía. Por eso mismo, al tener al mercenario tan cerca, al verse obligada a huir de esa forma, estaba en un estado mental difícil de describir. Por un lado, el terror la atenazaba. No podía evitar pensar en su hermano, en su madre, en su padre, en Marina, en Emily, en Irwin. En todas las personas a las que quería volver a ver.
El mercenario estaba cada vez más cerca. Karen huía de él con su velocidad aumentada mediante la Energía y le iba colocando obstáculos de aire, pero el Diestro no tenía ningún problema en derribarlos.
La situación no podía seguir así. Tenía que atacar ella, vencer el combate. Huir no era una opción.
Sin embargo, hacía falta cautela. Si le atacaba de alguna forma, no podría hacer otra barrera de aire, y si el mercenario esquivaba el hechizo y se acercaba a ella, todo habría terminado.
Así pues, antes de atacar tenía que tramar un plan. Sin embargo, el mercenario que tenía pisándole los talones era un experto en batallas, y no se creía capaz de urdir una estratagema que le engañara.
Además, en su estado mental, no le era posible pensar con claridad.
Entonces, Karen tuvo una idea.
En condiciones normales, no era capaz de competir con el Diestro en velocidad, pero gracias a la Energía se le acercaba.
En condiciones normales, no era capaz de igualar al mercenario en resistencia, pero gracias a la Energía se le acercaba.
Su enemigo era un mercenario Diestro, un guerrero acostumbrado a luchar. Karen arriesgó todo a una carta al razonar lo siguiente.
Si el Diestro se había vuelto mercenario, era porque no era capaz de pensar en algo más acorde a sus habilidades. Irwin, por ejemplo, se había hecho ladrón debido a su modo de vida, pero no corría peligros gracias a su condición de Diestro y vivía con dinero, a juzgar por lo que Karen había visto. El empleo de mercenario era algo demasiado humilde para cualquier Diestro.
En otras palabras, su oponente era un estúpido. O no era precisamente un genio.
Y si Karen era capaz de competir con él en inteligencia, en condiciones normales…
Con la ayuda de la Energía le superaría. Y en una batalla de este tipo, la inteligencia era lo mismo que la estrategia.
Y, con estrategia, podía derrotar al Diestro.
Karen se concentró, mientras dejaba caer el último muro de viento. Concentró la Energía en su cuerpo.
Le comenzó a hormiguear la boca. Y su pulgar izquierdo.
Comprendiendo lo que tenía que hacer, Karen se mordió el pulgar, con furia. El dolor le recorrió todo el brazo y la sangre llenó su boca, pero no le importó.
La Energía recorría todo su cuerpo. Su cabeza rebosaba de ella. Su mente estaba más lúcida que nunca.
Sin poder evitarlo, Karen soltó una carcajada.
La batalla comenzaba ahora.
Las ruinas estaban a rebosar de luz. El mismo cielo era de color blanco, debido posiblemente a algún hechizo de Alexis. Además, la mansión D’anero había sido de mármol, con lo que los trozos que quedaban desperdigados, y el propio suelo, eran también de ese color. Karen usó esto a su favor, cambiando el color de sus ropajes, piel y cabello mientras seguía corriendo y dejando muros de aire detrás de ella.
El camuflaje era algo sencillo, pero la haría más difícil de detectar mediante la vista y más teniendo en cuenta las heridas de los ojos del Diestro.
Hecho esto, decidió dejar de huir y atacar. Invocó otro muro de viento y calculó el tiempo que le quedaría si dejaba de correr y no invocaba ningún muro más de viento. El Diestro estaba bastante lejos, así que un segundo, aproximadamente.
Uno de los encantamientos que había aprendido primero, a pesar de no gustarle el fuego, era el de encender velas. Aplicándole un poco más de potencia, había logrado encender una hoguera la otra noche.
Y aplicándole más potencia, era capaz de consumir en el fuego un cuerpo humano. Para ello, solo tenía que cerrar su mano en un puño y apretar con fuerza.
Otro de los encantamientos que poseía y que no le costaban esfuerzo era el de mover objetos. Con solo mover el brazo, podía desplazar cualquier cosa.
Y, por último, contaba con su dominio del aire, con el cual era capaz de hacer tanto barreras como cuchillas. Todo ello soplando, a excepción de la cuchilla, que precisaba una palmada. No, una palmada no. Precisaba entrechocar las manos.
Mover el brazo, cerrar el puño, soplar y hacer chocar sus manos entre sí.
Un segundo de tiempo. Suficiente.
Dolper estaba empezando a hartarse. La muchacha no era precisamente fuerte, pero no conseguía atraparla. Se movía rápido para no ser Diestra, y las malditas paredes invisibles que iba colocando le impedían llegar hasta ella. Sin embargo, no eran muy fuertes, ya que con un solo golpe las derruía.
Aquello no era ni siquiera una pelea, era una estupidez. A ver si la Zurda se rendía y le dejaba matarla sin más.
De repente, algo cambió. En menos de una décima de segundo, sucedieron tres cosas a la vez.
Primero, la Zurda —¡por fin!— se detuvo.
Segundo, el zumbido de su oído aumentó enormemente. Dolper se agachó instintivamente, mientras seguía avanzando. Si eso era lo que tenía preparado la Zurda, menuda decepción, pensó Dolper, mientras se acercaba cada vez más. Se movía más rápido que el ojo humano. No había nada capaz de detenerle. O eso creía él.
Lo tercero que ocurrió, Dolper no se lo esperaba.
Una explosión volvió a sacudir las ruinas. Esta no fue tan poderosa como la anterior, ya que no hizo el mismo ruido ni causó un gran temblor de tierra. Sin embargo, Dolper salió volando hacia atrás.
Recuperó el equilibrio en el aire y cayó de pie, sin heridas de gravedad. Sin embargo, otra explosión sucedió a la primera, esta vez a su derecha. Volvió a caer, confundido, pero otra vez recuperó el equilibrio a tiempo.
Las explosiones se fueron sucediendo. Era como si algo lanzara bolas de fuego hacia Dolper, pero nunca acertaba. Las explosiones tan solo eran eso, explosiones. No había nada que hiciera el efecto de metralla, de forma que lo único que golpeaba a Dolper era la onda expansiva de la explosión. Sin embargo, si una sola vez acertaba a darle, las heridas serían de gravedad.
Las explosiones las hacía la Zurda, por supuesto. ¿Quién si no? Impedían que se acercase a ella, ya que se sucedían una tras otra, a gran velocidad. Dolper atisbó a ver cómo la Zurda movía el brazo y algo explotaba delante de él. Volvió a salir despedido hacia atrás.
—¡Mierda! —gritó—. ¡Ya me he hartado de todo esto!
Acto seguido, se puso a correr a toda velocidad hacia la Zurda. A ver si podía golpearla con las explosiones esas ahora. Levantó la espada. Cada vez estaba más cerca…
Pero otra vez, una explosión le hizo salir despedido hacia atrás. Esta vez, Dolper no pudo recuperar el equilibrio y cayó de espaldas al suelo. Un latigazo de dolor le recorrió la columna. Intentó levantarse rápido, pero no pudo. Se había hecho más daño de lo que creía.
Entonces, Dolper vio con terror cómo la Zurda movía el brazo hacia él y cerraba el puño.
Acto seguido, Dolper se vio rodeado por una última explosión de fuego.
Al ver caer al Diestro, Karen sonrió para sí. El mercenario había sido un hueso duro de roer, pero no se había esperado que usara explosiones contra él. La verdad era que el plan que había trazado le había salido mejor de lo que creía.
Karen había hecho un recuento de los conjuros de pocos movimientos que poseía. Eran cuatro: la capacidad de controlar el viento, si soplaba; la capacidad de encender un fuego, no muy grande pero fuego al fin y al cabo, si cerraba el puño con fuerza; la capacidad de mover objetos, si movía el brazo; y por último las cuchillas de aire, si daba una palmada.
Ninguno de ellos era de mucha utilidad, pero entonces, Karen había recordado una cosa.
Cuando era pequeña, durante una clase con Marina, su maestra, Karen había puesto un vaso de cristal sobre una vela encendida. La vela se había apagado al momento.
—¡Ah! —había dicho la pequeña Karen—. ¡Mira, maestra! ¡Los vasos apagan las velas!
Marina se había reído ante esta afirmación.
—En realidad, pequeña, lo que apaga la vela es la falta de aire. Si el fuego no tiene aire que consumir, no se enciende.
—¿Cómo con la madera?
—Algo parecido. Pero el fuego no consume todo el aire, sino que solo se enciende con el oxígeno.
—¿El qué?
—Uno de los componentes del aire, pequeña. Si manejas el viento mediante la Energía Zurda, verás que está hecho de varios componentes muy pequeños. Uno de ellos es el oxígeno, que es lo que el fuego quema.
—Aaah…
Marina tenía razón, por supuesto. Después de eso, Karen se había fijado en ello y era verdad: el aire estaba hecho de varios gases distintos. Sin embargo, no era capaz de separarlos.
Durante la batalla contra el Diestro, todo esto le había venido a la mente.
El oxígeno era lo que permitía que el fuego se encendiera. Era como la madera, pero si juntabas mucho, se consumía todo de golpe, formando una especie de explosión, en la que lo que se consumía era el aire.
Karen tenía el poder de controlar el viento y percibir las distintas sustancias de las que estaba hecho, pero no podía separarlas mediante el mismo hechizo.
Sin embargo, tenía también el poder de mover cualquier objeto o cosa, si movía el brazo.
Juntando todo esto, Karen había trazado su plan, mientras huía del Diestro.
Primero, sopló para manejar el viento, pero no lo usó, sino que se concentró en él. Ahí estaba, el gas que se consumía con el fuego, el oxígeno.
Acto seguido, lanzó, mediante una palmada, una cuchilla contra el mercenario. Este la esquivó sin dificultad. Maldiciendo por lo bajo, Karen se detuvo y se concentró.
Sopló ligeramente. El viento empezó a cumplir su voluntad y ella lo analizó. Allí estaba el componente que se quemaba. Acto seguido, movió el brazo y logró desplazar únicamente ese componente hacia el Diestro que se abalanzaba sobre ella. Compactó todo lo que pudo el oxígeno, hasta formar una esfera con él y apretó el puño.
Una pequeña llama prendió durante un instante en el centro de la esfera y acto seguido el oxígeno entró en combustión.
Explotó.
La explosión fue mayor de lo que Karen había supuesto. El mercenario salió volando y la propia Karen sintió en sus huesos el impacto de la onda expansiva, pero resistió. Si tenía el poder de hacer eso… La batalla estaba ganada.
Siguió bombardeando al Diestro, impidiendo que se acercara a ella. Era muy difícil darle, ya que se movía muy rápido, pero aún así lo mantenía a raya. Soplar, mover el brazo, apretar el puño. Soplar, mover el brazo, apretar el puño. Soplar, mover el brazo, apretar el puño… Poco a poco fue desarrollando un ritmo en sus movimientos, que se hicieron más ágiles.
Soplar, mover el brazo, apretar el puño.
Finalmente, el mercenario cayó al suelo, tras intentar atacarla inútilmente. Mientras estaba tendido, boca arriba, Karen compactó una última esfera de oxígeno a su alrededor.
Apretó el puño y una explosión de fuego devoró el cuerpo del mercenario, mientras un alarido de dolor, tan agudo que parecía femenino, recorría las ruinas.
Karen contempló fascinada lo que había hecho. La piel del Diestro empezó a enrojecer rápidamente debido al calor. Su pelo se quemó al momento. Después, los ojos del mercenario se derritieron, su carne empezó a ennegrecer y comenzó a desprenderse de los huesos. Finalmente, los propios huesos del Diestro fueron reducidos a carbonilla.
El cuerpo del mercenario fue completamente incinerado en segundos, ya que el fuego estaba potenciado por la Energía de Karen. Por fin, la Zurda dejó de percibir al Diestro. Había muerto, definitivamente.
Suspiró de alivio. Ahora tenía que buscar a Irwin.
Justo entonces, el oído volvió a zumbarle. Había un Diestro cerca. Oyó una voz.
—¡Karen! ¡¿Estás bien?!
Era Irwin. Karen se volvió, sonriendo. El ladrón corría hacia ella, con una expresión de alivio y con una mano sujetando su sombrero. Si estaba él solo, quería decir que el otro mercenario había huido, o había muerto. Quizá el miedo a morir no fuera más que una estupidez; quizá eran tan fuertes que…
Mientras pensaba esto, Karen se fijó en la cara de Irwin. Qué raro, ya no sonreía. Su expresión era de… ¿miedo?
No, Irwin no la miraba a ella con miedo. Miraba algo detrás de Karen.
Finalmente, Irwin encontró a Karen. Después de matar al Diestro, la había estado buscando por todas las ruinas, pero la explosión que había causado el monje había cambiado todo el paisaje. Por fin, la encontró. No había pasado mucho tiempo, pero aun así puede que hubiera llegado demasiado tarde. Su alivio fue enorme cuando vio que no era así.
Karen estaba sola, de pie. Frente a ella había algo ardiendo y en el aire se percibía el olor a carne quemada. Así que ella también había matado a un Diestro…
La llamó y vio cómo ella se volvía, sonriendo. Y mientras la Zurda sonreía, algo se materializó detrás de ella. Karen no lo percibió. No mostró signos de haber notado nada tras ella.
Pero parece que el propio Irwin sí había mostrado sus emociones. Karen se quedó mirando su rostro durante un momento y se dio cuenta de que miraba algo que estaba detrás de ella.
Se volvió rápidamente, asustada. Se había olvidado de algo, al parecer.
Los dos Diestros no eran los únicos que les habían atacado.
De pie, en el suelo, a pocos metros de Karen, se encontraba el monje blanco. Alexis.
Karen gritó al ver al monje, pero se recuperó pronto. Ese hombre era el que la había asustado tanto hacía unos momentos, pero ahora, con su mente calmada y estimulada a la vez por la Energía, se sentía capaz de cualquier cosa, incluido acabar con el propio Alexis.
Antes de que el monje llegara a hablar o a moverse, nada más girarse, Karen sopló.
El aire, el viento, empezó a obedecer su voluntad. Los pequeños componentes de los que estaba formado se hicieron notar.
Movió el brazo.
Las pequeñas partículas de oxígeno se movieron acorde a las órdenes de Karen, rodeando al monje en una esfera enteramente hecha del inflamable elemento.
Apretó la mano en un puño.
Una pequeña llama se encendió dentro de la esfera y se propagó a toda velocidad, alimentada por el oxígeno concentrado.
Una última explosión sacudió las ruinas D’anero, envolviendo en sus llamas al monje. Una sombra tras ella se movió a toda velocidad hacia las llamas y atacó a su centro con una espada. El atacante no era otro que Irwin, por supuesto. Si Karen y él aunaban fuerzas, desde luego no habría nadie capaz de detenerlos. El monje blanco no había tenido ninguna oportunidad de acabar con ellos y ahora estaba muerto, derrotado…
O eso creyó Karen. Durante unos tres segundos.
Tras ese pequeño intervalo de tiempo, Karen se dio cuenta de que Irwin no había bajado la guardia. Es más, estaba más tenso que nunca.
Y solo había golpeado una vez hacia las llamas que, en teoría, estaban incinerando al monje.
Karen dirigió la mirada hacia esas llamas. Se estaban extinguiendo y entre ellas…
No había nada. Ningún cuerpo quemado.
—Ese truco no iba a funcionar conmigo.
El tono aburrido del monje sobresaltó a Irwin y a Karen por igual. Alexis estaba otra vez flotando en el cielo, a unos cuatro metros de altura. Los miraba sin ningún tipo de emoción en el rostro, ni siquiera denotaba aburrimiento.
—Karen, déjamelo a mí —susurró Irwin, mientras miraba al monje con furia—. Tengo un par de cosas que decirle. Además…
Irwin la observó con detenimiento, de arriba abajo y analizó su expresión.
—En el estado en el que te encuentras, no eres rival para él.
—En el estado en que te encuentras, tú tampoco eres rival para mí, «Dedos rápidos».
El monje blanco volvió a hablar desde el aire, mirando a Irwin e ignorando completamente a Karen.
—No lo serás nunca, a no ser que dejes de preocuparte por tu… «hermana».
Mientras el monje hablaba, Karen notó cómo sus piernas dejaban de obedecerla. Alexis había vuelto a inmovilizarla.
—No me puedo mover —dijo esto con el único fin de avisar a Irwin.
Parecía que la parálisis no le afectaba a él, y si el Diestro decidía huir, ella no podría seguirle. Sin embargo, esta vez, Karen poseía aún su Energía, de forma que aún podría librarse del hechizo, si tenía el tiempo suficiente.
Al oír esto, Irwin sonrió.
—De modo que no te atreves a combatir contra nosotros dos en igualdad de condiciones, pequeño monje —dijo Irwin.
Karen comprendió que estaba ganando tiempo. Si no, habría atacado al monje sin dudarlo.
—Los conceptos de «valor» o «cobardía» son algo inútil en mi caso, Dedos rápidos. Tú, mejor que nadie, deberías saberlo. No intentes usar tus trucos psicológicos contra mí.
—¿Y quién ha dicho que yo uso trucos psicológicos? Solo estaba comentando que no eres capaz de combatirnos, nada más. No estaba diciendo que fueras cobarde o valiente: esos valores son ineficaces con alguien como tú o como yo. Como has dicho, eso lo sé mejor que nadie.
—Sin embargo, hay algo que también sé mejor que nadie. Cuando uno es superior a los demás en todo, se acostumbra a combatir contra seres más débiles que uno mismo. Y por eso mismo, es difícil luchar contra alguien de tu nivel. Esa lección la aprendí yo hace mucho.
—Yo solo soy capaz de igualarte, si me lo propongo. Ambos sabemos que es cierto. Pero, ¿qué pasa si no solo te igualo?
—¿Qué pasa si, con la ayuda de Karen, te supero en fuerzas?
Mientras Irwin decía esto último, Karen logró deshacerse del hechizo de inmovilidad. Por suerte, solo había tenido que mover los dedos, así que no había llamado la atención del monje.
En cuanto pudo mover las piernas, Karen respiró hondo.
Irwin entendió la señal y atacó al monje, saltando y descargando sobre él su espada, mientras Karen lanzaba contra el monje una cuchilla de aire que no golpeó al ladrón por un par de centímetros.
El monje, por su cuenta, también entendió la señal. Consiguió esquivar a Irwin y a la cuchilla de aire y se dirigió a Karen. Una espada, blanca y sin ornamentos, se materializó en sus manos.
—Si eres capaz de superarme con la ayuda de esta Zurda, solo tengo que acabar con ella.
—Te dije que, tras acabar nuestro encuentro, me considerarías un enemigo. Con este gesto, pongo fin a nuestra alianza, Irwin Dedos rápidos.
El monje levantó la espada. Karen, petrificada de nuevo, acertó a mirar cómo Irwin corría hacia ellos, pero un muro invisible le cerraba el paso. Empezó a golpear ese muro, pero no pudo derribarlo.
La espada del monje bajó. Una ola de dolor golpeó a Karen de arriba abajo, mientras un grito se escapaba de su interior. La sangre empezó a manar de su boca y su cuerpo se vio sacudido por espasmos, mientras un dolor ardiente, rojo, punzante, le recorría todo el cuerpo.
Tras esto, el monje se desvaneció, como un jirón de niebla ante un vendaval.
—¡KAREN! ¡KAREEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN!
Con este grito, Irwin fue capaz de romper el muro que los separaba. Se abalanzó sobre ella, horrorizado. Karen aún estaba gritando, mientras vomitaba sangre.
El monje había cortado a Karen por la mitad. Toda la parte inferior de su cuerpo, desde el ombligo para abajo, había sido cercenada. El único motivo por el que seguía viva era la Energía que corría por sus venas, que le otorgaba más tiempo de vida. Sin embargo, esa vida no duraría mucho.
Finalmente, Karen dejó de gritar. El dolor se desvanecía poco a poco, mientras todo se oscurecía. Pensó en su madre, su hermano, su padre, su maestra, su alumna, sus antiguos conocidos… Todas estas caras pasaron por su mente a la velocidad del rayo.
La cara de Irwin estaba muy cerca de la suya. Karen acertó a ver que el ladrón estaba llorando.
—Irwin…
Karen intentó hablar, pero vomitó sangre y se detuvo. Volvió a intentarlo, entre toses.
—Irwin… El monje… Alexis…
—Karen… no, no hables… te pondrás bien, te lo prometo…
Irwin lloraba, sollozaba.
—No, Irwin. Sabes que no me pondré bien. Voy a morir. Por favor… Cuéntales a mis padres lo que ocurrió… Intenta que lo entiendan…
Volvió a vomitar sangre.
—Y después… Por favor, encuentra a Alexis… Y descubre lo que sabía de mí. Descúbrelo en mi memoria… Y luego…
Luego…
Luego…
La vida de Karen se escapaba de su cuerpo. Con su último aliento, pronunció la frase que, años después, cambiaría el mundo. La frase que desembocaría en una serie de acontecimientos que nadie habría podido prever, que haría que gente que no conocía muriera, y que acabaría creando una historia recordada por los siglos de los siglos.
—Luego, Irwin… Véngame.
Tras decir esto, Karen Maider exhaló su último suspiro. Su luz se apagó, sus ojos se cerraron.
Tras decir esto, Karen Maider murió.
Un alarido de furia, de rabia, de tristeza, de odio, de pesar, resonó por las ruinas y llegó al bosque.
Irwin Dedos rápidos vio cómo la mujer que tanto le recordaba a su hermana moría, gracias a aquel que le había prometido verla. Gritó por Karen, por Carol, por el monje blanco.
Tras acabarse el aire de sus pulmones, Irwin se quedó en silencio, observando el mutilado cadáver que tenía entre las manos.
—Te vengaré, Karen. Te juro que te vengaré. Acabaré con todo aquel que te haya hecho daño.
—Y encontraré a mi hermana.
Esa noche, Karen Maider murió. Yo morí. Este no es el fin de mi historia, es el principio. Mis últimas palabras hicieron mucho daño al mundo, pero a la vez trajeron justicia y paz.
Yo no estaba aquí para ver lo que había desencadenado, pero ahora se me da la oportunidad de narrar lo que sucedió. Irwin Dedos rápidos se embarcó en un viaje, en una odisea, con el fin de vengar mi muerte y encontrar a su hermana.
Mi cuerpo fue llevado a Vera Kant. Allí, mi familia lloró amargamente mi muerte y fui enterrada según la tradición del pueblo, en el cementerio.
En mi tumba, bajo mi nombre y la fecha de mi nacimiento y muerte, rezaba un epitafio. Las frases que yo misma escribí el día en que me preguntaron qué quería que pusiera en mi tumba. Nunca imaginé que serían tan acertadas.
«Aquí yace mi cuerpo, pero mi espíritu siempre volará libre, en el viento. Un viento que siempre velará a mis seres queridos. Un viento que acompañará a quien me necesite. Un viento que conquistará el recuerdo de quien me conoció.»
Creo que ya lo he dicho, pero por si acaso, lo repetiré una vez más.
Este no es el fin de mi historia.
Es el principio.