Capítulo 10 (Victoria, Catherine)
Sin duda alguna, mi muerte fue un factor decisivo en esta historia. Sin embargo, mucha gente que luego se vería involucrada no sabía que yo había existido nunca. Ahora, mirando todo con perspectiva, uno se da cuenta enseguida de que, en realidad, mi vida en sí no tuvo ningún efecto sobre el mundo. Fueron dos factores los que hicieron que los sucesos acontecieran. Uno de ellos, el que más importancia directa tiene, fue mi muerte, como ya he comentado. El otro fue mi singular nacimiento, del cual nadie sabía nada. De hecho, el primer factor depende del segundo, ya que si mi nacimiento no hubiera sido un misterio, no habría intentado averiguar por qué me habían abandonado y no habría muerto a manos del monje blanco. Así que quizás mi muerte no fue el desencadenante de todo. No, el desencadenante fue el que yo supiera que no era hija de mis padres, sino que me habían encontrado en unas ruinas cercanas al pueblo. Eso desencadenó mi muerte y mi muerte desencadenó todo lo demás.
De todas formas, lo que más importancia directa tuvo fue sin duda mi muerte. Fue lo que dio fuerzas a todo el mundo para actuar, mientras que mi nacimiento solo me dio fuerzas a mí. Pero es curioso, mi nacimiento, el factor de menos importancia directa, actuó de forma instantánea, me enteré de lo raro de mi aparición, y me puse en movimiento al momento. Sin embargo, mi muerte, que tuvo más peso, tardó años en hacer efecto en la gente que más tarde me vengó. El mismo Irwin, principal paladín de mi venganza debido a las palabras que yo misma le dije en mi lecho de muerte, se vio obligado a demorarse durante seis largos años, hasta que pudo actuar por fin. Sin embargo, la idea de acabar con mi asesino nunca le abandonó, ni un solo día, ni una sola hora. Era una vocecita en su cabeza que decía «véngame, véngame, véngame».
Así que, resumiendo, mi nacimiento desembocó en que yo descubriera que no era hija de mis padres y a su vez esto desembocó en que yo muriera y mi muerte desembocó en la culpa y los deseos de venganza de Irwin, que partió y desembocó todo lo demás.
Pero, como ya he dicho, hubo un pequeño paréntesis entre mi muerte y el principio de la aventura de Irwin. Este se vio obligado a detenerse durante seis largos años, que en Irwin no dejaron marca alguna. Tenía exactamente el mismo aspecto que cuando yo morí.
Todo esto que cuento tan solo cumple la función de ser una nota explicativa; para comprender bien la historia, hay que tener esto siempre en cuenta: desde mi muerte, pasaron seis años sin que pasara nada. Todo lo que narre a partir de ahora habrá ocurrido seis años después de que muriera.
Cuando Victoria Van Lauthen, hija y heredera de Su Majestad el rey Eberhard Van Lauthen de Na-Shaya, recibió un mensaje de su padre, en el que le pedía que se vieran en los aposentos reales, se extrañó profundamente. Los aposentos reales eran el lugar más privado de todo el castillo; tan solo el rey podía entrar allí. La mismísima Victoria tenía vedada la entrada. Y de repente, le ordenaban que fuera.
Algo importante debía de estar pasando, sin duda. De forma que Victoria se dio prisa.
Estaba en Tar-Thelion, el castillo real de Na-Shaya. Victoria había nacido y vivido allí y pocas veces había salido fuera. De vez en cuando lo hacía, sí, pero nunca se alejaba demasiado de la ciudad.
Se encontraba en el patio de armas, practicando hechizos, cuando un criado le llevó el mensaje de su padre. Victoria no había perdido tiempo en hacer preguntas inútiles al sirviente; de todas formas, él no sabría nada. Si el asunto era lo suficientemente importante como para que Victoria tuviera que entrar a los aposentos, desde luego que un criado sin importancia no debía saber qué ocurría.
Todo esto lo iba pensando Victoria mientras recorría el castillo a la velocidad del relámpago. Tar-Thelion era tan enorme que una persona normal tardaría un par de horas en llegar de un extremo a otro. Victoria tardaba minutos. Las ventajas de ser Ambidiestra eran muchas. Todos los criados conocían los poderes de la princesa, así que tampoco tenía que esconderse para que no la vieran, como cuando era pequeña. Los había hechizado a todos para que no pudieran decir nada.
Finalmente, llegó a los aposentos de su padre. Se dispuso a llamar a la puerta, pero entonces dudó. Quizás el aspecto que tenía no era el adecuado para presentarse ante el rey; al fin y al cabo, había estado entrenando fuera.
El pasillo estaba lleno de cuadros, pero no tenía ningún espejo. Victoria hizo un movimiento con la mano y una superficie reflectante del tamaño de un plato de porcelana apareció flotando ante su cabeza.
Cuando escudriñó el improvisado espejo, una joven de unos quince años le devolvió la mirada. Tenía los ojos de un color violeta y una melena lisa y negra le caía por los hombros. Victoria frunció el ceño. Si el espejo era tan pequeño, no le servía. Se concentró y aumentó su tamaño, hasta que fue tan alto como ella.
Ahora sí que se podía ver de cuerpo entero. Llevaba un vestido de una pieza que le llegaba hasta las rodillas, dejando al descubierto la parte inferior de sus piernas. El vestido era violeta, como sus ojos. Por lo general, el vestuario de Victoria era siempre de ese color. Le quedaba bien.
Bueno, estaba presentable. No se había manchado ni nada por el estilo y parecía que la carrera no le había hecho nada al vestido de seda.
De un manotazo hizo desaparecer el espejo y llamó a la puerta de los aposentos de su padre.
Nadie contestó.
Victoria volvió a llamar, esta vez un poco más fuerte. Una voz se oyó desde el otro lado de la puerta.
—Adelante —dijo—. Qué raro, pensó Victoria. No parecía la voz de su padre. Pero eso era imposible; nadie más podía estar allí dentro. Serían imaginaciones suyas.
Abrió la puerta. En cuanto lo hizo, no pudo evitar dejar escapar un grito.
Catherine Acciari estaba pescando en el puerto. Había cogido la caña sin permiso, para demostrarle a él que era capaz de llevar comida a casa. El día anterior había bromeado diciendo que si no fuera porque él estaba allí, Cath se tendría que alimentar a base de hierba y aquello no le había gustado nada. «Maldita sea», había dicho, «tengo doce años ya. Me puedo cuidar por mí misma», y él había respondido, riendo: «Si crees que con doce años ya eres mayor, es que eres todavía demasiado pequeña. Y si no es verdad, demuéstramelo, trae algo para cenar mañana. Yo iré a cazar, y si consigues cenar por tu cuenta, sin que yo te dé parte de mi comida, admitiré que estaba equivocado».
Aquello había molestado aún más a Cath. Sabía perfectamente que él lo decía de broma y que no tenía por qué demostrar nada, pero quería sorprenderle, de todas formas. Seguro que pondría una cara muy divertida.
Cath vivía en Levan, un pueblecito pesquero de Curpo, al sur. Nunca había pescado, en su vida, pero había visto a mucha gente hacerlo y una vez él había intentado enseñarle. Por entonces, Cath era muy pequeña y el arte de la pesca no le había interesado. Al empezar a pescar se había arrepentido de no haber prestado más atención, pero pronto algunos pescadores que la conocían se habían acercado, riendo al ver sus esfuerzos, y le habían ayudado.
Aquello era lo bueno de vivir en un pueblecito tan pequeño como Levan, que todos se conocían entre sí. Cuando Cath les había explicado por qué quería pescar, todos los pescadores habían querido ayudarla al momento. Todo el mundo quería ver cómo él se quedaba impresionado ante la gran hazaña de Cath. Por lo general, era él el que impresionaba a todos.
Cath pasó todo el día intentando pescar, pero los peces no picaban. Por fin, mientras el sol se ponía, justo cuando la pequeña empezaba a pensar que al final él tenía razón, la caña dio un tirón.
Dando gritos de alegría, tiró de la caña a su vez y finalmente la sacó del mar.
Sus ojos se iluminaron cuando miró el extremo de la caña. Un precioso salmón colgaba del anzuelo.
Con la ayuda de los pescadores de antes, sacó al salmón y lo colocó en una bolsa. Sería una cena deliciosa, desde luego.
El atardecer ya estaba dando paso al anochecer cuando Cath llegó a la cabaña donde vivía. En cuanto abrió la puerta, una figura enfundada en una capa y un sombrero le habló.
—¿Conque robando las cañas de los demás, eh, señorita? Espero que tengas una buena explicación.
Cath no se asustó ante la amenaza de una reprimenda y levantó el salmón que llevaba en la mano.
—¡Te lo dije! ¡Soy capaz de encontrar la comida por mí misma!
Al ver el salmón que sostenía Cath, el joven de la capa y el sombrero sonrió.
—Vaya, tenías razón. Sin embargo, no lo has hecho «por ti misma». Esa caña la hice yo y sin ella no habrías podido pescar nada.
—Bueno, yo te la quité sin que te dieras cuenta.
—No me parece que robar sea algo de lo que enorgullecerse, Cath.
—¡Mira quién fue a hablar! ¡Si tú eras un ladrón profesional!
El joven sonrió. —Cierto, cierto. Bueno, esta vez has ganado, parece ser. Estoy impresionado.
Tras decir esto, Irwin «Dedos rápidos» O’Manley, exladrón de Sangreal, hizo una reverencia ante la pequeña. Cath, al ver esto, soltó un grito de alegría.
Lo que Victoria Van Lauthen vio al abrir la puerta de los aposentos privados del rey no se lo habría esperado en un millón de años.
Su padre estaba en la estancia, pero no de la forma en la que Victoria se lo habría imaginado. En vez de encontrarse al regio monarca de pie o sentado ante ella, con aquella aura de solemnidad que siempre le recubría, estaba en el suelo, sin mirarla a ella directamente. No solo eso: estaba arrodillado frente a alguien, mientras le besaba la mano, de igual forma que hacían los plebeyos al verle a él. La otra persona que estaba en el cuarto se volvió hacia ella. Victoria lo hizo a su vez.
El hombre al que Eberhard Van Lauthen besaba la mano era un monje vestido de blanco que miraba a la princesa con aburrimiento.
Aquello no podía ser verdad. Su padre era un ser increíblemente orgulloso, y lo era con razón. Además de ser el rey de Na-Shaya, era un Ambidiestro, como ella, de forma que manejaba a la vez tanto la Magia como la Habilidad. Esto le otorgaba un poder inconmensurable y no siendo suficiente con ello, era lo suficientemente viejo como para que su sabiduría conociera pocos límites, ya que, al igual que con los Diestros y los Zurdos, el tiempo no pasaba igual para los Ambidiestros.
Y ahora, ese mismo hombre, que nunca agachaba la cabeza ante nadie, se humillaba de tal forma frente a un monje vestido de blanco. Un sentimiento de desprecio empezó a recorrer el cuerpo de Victoria. Desprecio hacia su padre y hacia el monje, que la miraba con aburrimiento mientras todo sucedía.
Sin embargo, esto no duró mucho. Pronto, Victoria empezó a notar que el monje le transmitía una sensación extraña. Se dio cuenta de que un poder indescriptible, que superaba con creces el suyo y el de su padre, emanaba de ese ser. Se quedó petrificada.
Su padre se levantó, al fin, y miró a Victoria.
—Muestra un poco de respeto, hija —le dijo, con su tono regio de siempre—. —Estás ante…
—El «Señor» —cortó el monje—. Su tono denostaba tanto aburrimiento como su mirada. —Sin embargo, actúa como te plazca.
Acto seguido, el monje se dio la vuelta y se sentó en una de las sillas del cuarto. La puerta se cerró sola tras Victoria a un gesto suyo.
Victoria, por su parte, estaba todavía más sorprendida. El monje, que se había hecho llamar «el Señor», había interrumpido ante su padre y a este no parecía importarle. Eberhard actuaba de un modo parecido al de un niño que tiene miedo de su padre. No osaba mirar al monje a los ojos.
Victoria dudó. El monje no parecía hostil, pero no creía que fuera prudente actuar de forma incorrecta ante él, de forma que hizo una corta inclinación de cabeza. Mientras lo hacía, creyó ver que los ojos del monje brillaban con algo parecido a la diversión, pero al fijarse mejor, no vio nada. Debía de habérselo imaginado.
—No lo entiendo —dijo—. —¿A qué se refiere con «el Señor»? —se dirigió a la vez a su padre y al monje, decidiendo ignorar otras preguntas, como «¿Qué hacéis aquí?» o «¿Por qué os habéis humillado de tal forma, Padre?»—
Fue el rey Eberhard el que contestó.
—Se refiere a lo que se refiere. En este mundo, cada persona relevante en la historia tiene un nombre con el que se le conoce por siempre, que suele aparecer en las profecías. Él es «el Señor», posiblemente el más importante de todos. Y el más poderoso.
—Tú eres «la Princesa» —dijo el monje. A Victoria le molestó que le tuteara, pero no dejó ver sus emociones.
—¿Y por qué me has llamado, Padre? —volvió a preguntar—.
—Él no lo ha hecho. Lo he hecho yo —respondió el monje de nuevo—.
Victoria se calló su ofensa otra vez. El monje era demasiado poderoso como para decirle nada; saltaba a la vista. Si su mismísimo padre se había visto obligado a humillarse así…
—Y lo he hecho porque vas a emprender una misión —continuó el monje con el mismo tono de aburrimiento—. —Hace dos semanas, tu padre envió a un pelotón de soldados a matar a dos personas, pero solo han encontrado a una y han fallado en su cometido. Tú, Ambidiestra, debes marchar con el mismo propósito y con la misma misión. Donde ellos fallaron, tú deberás vencer.
Victoria se quedó en silencio. No había oído nunca tal cantidad de tonterías dirigidas hacia ella en su vida. Además, por la expresión de su padre, parecía que la cosa era seria.
—Recibí la información de que cierta… persona había aparecido en Curpo y envié a un grupo de soldados a matarla, pero parece que no han resultado victoriosos. Quizá debería haber enviado Diestros, pero son muy escasos, y…
—El enemigo es demasiado poderoso como para que un simple grupo de Diestros acabe con él —cortó de nuevo el monje—. —Hace falta un Ambidiestro. Y el rey no puede ausentarse de su trono. Eso solo te deja a ti.
Victoria se quedó unos segundos callada, asimilándolo todo, o al menos, intentándolo. Dada la situación, mejor centrarse en una sola locura y dejar las demás a un lado.
—¿Me estáis ordenando…? ¿Me estáis ordenando a mí, un miembro de la Familia Real, que mate a alguien como una vulgar mercenaria?
—Ajá —contestó el monje blanco.
El rey ni siquiera habló.
—Eres la única que puede hacerlo, ya lo he dicho.
—¿Y se puede saber quién demonios es esa persona que debo matar?
—No es una persona —respondió el monje con su habitual tono aburrido—.
Acto seguido, calló. Ante la confusión de su hija, el rey tomó la palabra.
—Parece que en Curpo ha aparecido… una niña, llamada Catherine Acciari.
Calma, volvió a pensar Victoria. Calma. Céntrate solo en una cosa, luego se solucionarán las demás tonterías que estoy oyendo.
—Una niña —comentó—.
—Correcto —respondió el monje otra vez—.
—¿Y acaso es una Ambidiestra poderosísima o algo así?
Su estupor era tal que dejó de dirigirse al rey y al monje de la forma correcta.
—No, es una niña normal y corriente. Indefensa, de doce años —volvió a responder el monje.
El rey intentaba mantenerse callado todo el tiempo, notó Victoria. Le daba miedo hablar delante del monje, comprendió.
—¿Y un batallón de soldados ha fallado al intentar matarla?
—Aún no lo han hecho. Esta misma noche llegarán al pueblo de la niña, pero sé que fallarán y morirán todos. Por eso te enviaré a ti.
Victoria cayó. Definitivamente, aquello la superaba. ¿Ahora el monje adivinaba el futuro? Cierto era que tenía un aura misteriosa y un gran poder, pero eso violaba todas las leyes sobre la Magia.
El monje continuó.
—A la niña la protege un ladrón de Sangreal, un Diestro que, al parecer, la ha adoptado. Ese Diestro no sabe quién es ella, pero aun así, no dejará que nadie la toque. Y es poderoso.
—¿Y se puede saber qué tiene esa niña de especial para que haya que matarla o protegerla?
El monje se quedó mirándola, en silencio. El rey volvió a hablar, con renuencia.
—Esa niña… El «Señor» —señaló al monje— asegura que tiene alguna relación con Alexis D’anero. Si la matamos o capturamos, seguramente aparecerá. Y podremos acabar por fin con él.
Victoria no pudo aguantar más. Ver cómo la persona a la que más respetaba en el mundo se humillaba, ser atemorizada (ella, una Ambidiestra) por un monje de blanco, que se le ordenara matar a alguien como si fuera una vulgar mercenaria, que el monje «adivinara el futuro» y que la persona que tanto peligro traía consigo fuera una niña normal y corriente, sin poder alguno, todo esto podía soportarlo.
Pero ¿ahora entraban en juego los D’anero? Eso era demasiado.
Se desmayó de la impresión.
Irwin había limpiado y abierto el salmón de Cath y en esos momentos se estaba asando junto con la carne que el exladrón había traído.
Ambos vivían en una cabaña a las afueras de Levan. Se habían instalado allí hacía ya seis años, cuando Irwin adoptó a Cath. Irwin cazaba todos los días, cosa que no le costaba mucho debido a su condición de Diestro, y a veces pescaba; por eso tenían una caña. Además, Irwin construía todo lo que necesitaban, y lo que no podía, como las cazuelas y demás aparatos de metal, los compraban en Levan. Irwin tenía muchos ahorros, de forma que no se preocupaban del dinero. Una vez Cath le preguntó a Irwin cuánto tiempo más podrían vivir con ese dinero y cuándo deberían empezar a trabajar para ganar más. Irwin, riendo, le dijo que tenían por lo menos para diez años con lo que llevaba encima y a ello había que sumarle todos sus ahorros, que guardaba en el gremio de ladrones de Sangreal.
La verdad era que no tenía mucho sentido el que vivieran allí. Irwin había dejado su oficio de ladrón por Cath y ella lo sabía, ya que al vivir en un pueblecito tan pequeño, si Irwin robaba algo, pronto alguien se daría cuenta. Además, se llevaban bien con los aldeanos, e Irwin había dicho un par de veces que no se sentiría cómodo robando a esas gentes. Tenían justo lo necesario para vivir, y si Irwin se lo arrebataba, les haría mucho más daño del que se podían imaginar.
Y, a pesar de todo, ninguno de los dos había dicho nunca ni una sola palabra sobre marchar de nuevo a Sangreal, la ciudad natal de Irwin, donde él tenía todas sus posesiones. Y la razón de ello… era Cath. No podía irse de Curpo. Quizá ahora sí que sería capaz, pero cuando Irwin la encontró, estaba destrozada. Levan le recordaba a su antiguo pueblo y esos recuerdos eran muy preciados. Al fin y al cabo, ella…
—Cath, come de una vez. Se te va a enfriar tu precioso salmón.
—¿Ah? —Cath dio un respingo—. —Oh, perdona, Irwin. Estaba pensando…
—¿En tu antiguo pueblo?
Cath asintió. —Y en mis padres.
Irwin sonrió con tristeza. Siempre lo hacía cuando la pequeña sacaba el tema.
—Déjalo. No pienses en ello, ¿vale? No se puede hacer nada, y es mejor no mirar hacia el pasado en esos casos.
—Lo sé, lo sé. Por cierto, Irwin…
—¿Sí?
—¿Alguna vez has pensado en volver a Sangreal? —preguntó Cath mientras mordía el salmón.
—¿Hum? —Irwin imitó a Cath y también mordió su porción de carne—. —No mucho. Me acostumbro a esta vida, aunque echo un poco de menos la acción de la gran ciudad. Y tengo un par de amigos allí.
—Entonces, ¿quieres volver?
Irwin se encogió de hombros.
—Me gustaría hacer una visita algún día, cuando creas que puedas salir de Curpo. Así podrías ver mi ciudad natal.
Cath se quedó unos momentos pensando.
—¿Sabes, Irwin? Creo que estoy preparada.
Irwin asintió, con una sonrisa en la cara.
—Entonces iremos pronto. Pero podemos esperar, tranq…
De golpe, Irwin se interrumpió. Se puso de pie y miró hacia la puerta, con una expresión de sorpresa.
—¿Irwin? —preguntó Cath, extrañada—. —¿Qué pasa?
Irwin se acercó el dedo índice a los labios, pidiéndole silencio. Cath vio alarmada cómo Irwin se ponía la capa, que hacía unos segundos estaba colgada en la puerta.
—Estoy oyendo algo raro. Suena como… Sí, estoy seguro.
—Es el tintineo de armaduras. Bastantes, unas veinte diría yo. Y vienen hacia aquí.
—¡¿Qué?! —gritó Cath—. —¿Soldados? ¿En Curpo?
—Sí, y eso no es lo más raro.
Irwin abrió la puerta de la cabaña y salió, mientras susurraba para sí mismo.
—El sonido de sus armas es… No, no puede ser…
De golpe se volvió hacia Cath. —¡Cath! ¡Ni se te ocurra moverte de aquí! Iré a ver qué buscan.
Acto seguido, ignorando los gritos de la niña, Irwin cerró la puerta tras él y se marchó corriendo. En unos segundos, Cath lo perdió de vista.
—Irwin…
Victoria se despertó. Estaba tumbada en sus propios aposentos y su doncella particular estaba colocándole una toalla mojada en la frente. Al ver que su señora se despertaba, se apartó de inmediato. Victoria se incorporó.
—¿Qué ha pasado? —preguntó confundida la princesa.
No recordaba muy bien por qué estaba así.
—¿Me he desmayado?
—Sí, señorita. —Respondió la doncella—. —Estaba con Su Majestad en los aposentos privados del rey, y…
—No sigas. —Victoria se dejó caer de espaldas, quedando tumbada de nuevo—. —Ya me acuerdo de todo. El monje, la humillación voluntaria de su padre, la misión, Alexis D’anero… Habría preferido no recordarlo.
—¿Quién me ha traído aquí?
—Su Majestad llamó a varios criados para que lo hicieran, señorita.
—Comprendo. Déjame descansar, por favor. Que no entre nadie hasta dentro de una hora —ordenó Victoria.
Necesitaba poner sus ideas en orden.
—Por supuesto, señorita.
Cuando la puerta se cerró, Victoria cerró los ojos. Haberse desmayado así… ¡Qué vergüenza! Ni que fuera una princesita delicada, pensó. Pero claro, no todos los días te pasa algo así.
Tendría que hablar seriamente con su padre. Había perdido mucho del respeto que le tenía, por no decir todo. El monje era poderoso, sí, pero por muy «Señor» que fuera, el rey debería haber mantenido algo de su dignidad. Ella misma tan solo había inclinado la cabeza y al monje blanco no parecía haberle importado nada su descortesía. A Victoria le daba la sensación de que si hubiera escupido a los pies del monje mientras maldecía a toda su familia, este ni habría parpadeado. Comportarse de la forma en la que lo había hecho su padre… Sentía náuseas.
Y, por otro lado, le habían encargado matar a una niña pequeña para encontrar a Alexis D’anero. De acuerdo, eso tenía muchos puntos a analizar. Por un lado, una princesa recibía órdenes de matar a una niña de un país vecino, pasadas las montañas del este. Además, en teoría, una vez hecho el «trabajo», Alexis D’anero aparecería. Pero ¿qué Alexis D’anero? Durante el reinado de esa familia, había habido incontables reyes Alexis, es más, prácticamente todos los reyes D’anero se habían llamado Alexis o Kant D’anero. Nadie sabía con exactitud cuántos de cada nombre había habido y nadie se preocupaba de ello. Al fin y al cabo, eran monstruos; no merecían ni el privilegio de ser recordados. Por desgracia, habían pasado a la historia como los mayores villanos de todos los tiempos, así que eso lo habían conseguido.
Pero habían muerto todos hacía cientos de años. No entendía nada. Y mucho menos las últimas palabras de su padre. «Esa niña… El ‹Señor› asegura que tiene alguna relación con Alexis D’anero. Si la matamos o capturamos, seguramente aparecerá. Y podremos acabar por fin con él».
«¿Acabar por fin con él?» O sea, ¿qué ya lo había intentado antes? Pero ¿quién? ¿Su padre y el monje?
Tenía que averiguarlo, pasara lo que pasara. No permitiría que semejante secreto le fuera ocultado. Pero una cosa estaba clara.
No aceptaría la misión. Por tres razones: una, no tenía nada en contra de esa niña, así que no iba a matarla. Dos, era una princesa, no una mercenaria, por muy Ambidiestra que fuera. No se rebajaría tanto.
Y, por último, no pensaba obedecer al monje. No se humillaría ante él, no haría lo mismo que su padre.
Esto era lo que estaba pensando Victoria cuando oyó una voz tras ella.
—Sí que aceptarás la misión.
Se volvió, alarmada. De pie, apoyado en la pared que estaba a su espalda, estaba el monje blanco, mirándola. Su cara ya no reflejaba aburrimiento, simplemente no reflejaba nada.
—No lo haré —declaró Victoria, alzando la cabeza, sin mostrar temor o sorpresa porque el monje se hubiera colado sin que lo detectara—. —No recibo órdenes de nadie.
—Sí lo harás. Está escrito.
—¿Escrito? No creo en esas cosas. Si hay un destino, escribiré el mío yo sola.
—De acuerdo. Hazlo. Pero busca a Catherine Acciari.
—Te he dicho que no lo haré. No acepto tus órdenes.
—¿Y las de tu padre?
—Tampoco. Ya no. —No después de verle de esa forma.
—Comprendo —contestó el monje—. —Y, sin embargo, quieres descubrir quién es Alexis D’anero.
—Eso no es cierto. Si se llama así, solo puede ser una cosa, ¿no?
—Correcto. Lo que quieres saber, entonces, no es «quién» es Alexis D’anero, sino «qué» es.
Victoria se quedó callada. Nada de lo que el monje decía tenía sentido. Ni le interesaba.
—Es un Ambidiestro. Como tú. Como tu padre.
Victoria se quedó callada de nuevo. No mostró ninguna emoción, sino que se quedó mirando al monje, diciéndole «¿Y qué?» con la mirada.
—No pareces muy sorprendida.
—Si hay dos Ambidiestros, no entiendo por qué no puede haber tres. Cuatro, si te contamos a ti.
—Yo no soy Ambidiestro. Soy el «Señor».
De nuevo aquella forma de llamarse a sí mismo.
—Pero soy mucho más poderoso que tú, o que tu padre. Incluso soy más poderoso que Alexis D’anero.
—¿Estás insinuando que mi padre y yo somos más débiles que el D’anero?
El monje se quedó mirándola, sin inmutarse.
—Alexis D’anero es más fuerte que tu padre. Y tu padre es más poderoso que tú.
Aquello empezaba a molestar a Victoria. El monje debía de tener alguna fijación con su padre, ya que siempre que se veía con ella, humillaba al rey.
—Me da igual. Vete de aquí.
El monje se quedó mirándola de nuevo. Rodeó la cama y se dirigió a la puerta, pero se detuvo antes de llegar a ella. Habló, sin mirarla.
—¿De forma que rehúsas a buscar a Catherine Acciari?
Victoria no contestó. El silencio lo decía todo. El monje continuó.
—Comprendo. Tarde o temprano lo harás, porque así está escrito. Al fin y al cabo, la única persona que conoces que es más fuerte que tú es tu padre —se volvió hacia ella—. —Y no tener a nadie a quien respetar es algo no muy recomendable.
Acto seguido, el monje desapareció.
Un grupo de soldados avanzaba a paso sigiloso por una gran llanura, bañada por la luz de la luna. Sus armaduras brillaban ante el resplandor y destellos blancos eran arrancados de sus armas.
Su misión estaba clara; debían matar a Catherine Acciari, una niña de doce años que vivía en Levan, cerca del puerto. No serían clementes con ella ni con nadie que estuviera cerca de la niña. No debía haber testigos.
El capitán soltó un grito.
—¡Soldados! ¡Nos acercamos a Levan! ¡Preparad las armas!
Todos se prepararon, mental y físicamente, sin dejar de caminar. En poco tiempo llegarían al pueblo y cometerían una matanza. No sentían pena o resquemor. Todo por su rey.
Sin embargo, a los pocos segundos, el capitán volvió a gritar.
—¡¿Quién va?!
Los soldados se detuvieron todos a la vez. Una figura les bloqueaba el paso. Una figura con capa y sombrero.
Espada en mano, la figura avanzó hasta colocarse frente al capitán. Llevaba guantes de cuero negro.
—De modo que no me equivocaba —dijo—. —Sois na-shayanos. Reconocería ese acento en cualquier parte.
—He dicho «quién va» —susurró el capitán, amenazante—. —Responde y apártate si no quieres morir.
—Muy bien —respondió la figura—. —Me llamo Irwin O’Manley y no os voy a dejar pasar si no me decís a qué venís aquí.
El capitán se quedó quieto ante la amenaza del joven.
—Irwin O’Manley, ¿eh? —dijo—. —Tenemos órdenes de matarte a ti y a Catherine Acciari en cuanto os veamos, así que…
Nunca acabó la frase. Antes de que ninguno de los soldados se diera cuenta, la cabeza del capitán había salido volando, cercenada.
—De forma que queréis matarme…
—Intentadlo.
Todos los soldados atacaron a la vez. Habían sido entrenados juntos, de forma que conocían perfectamente a sus compañeros y sabían cómo actuar en equipo. La muerte del capitán no afectaría a su organización. Se colocaron en formación de cuadrado, para no molestarse unos a otros durante la batalla. Los cuatro primeros le atacarían, y si alguno caía, otro ocuparía su lugar. Era la forma más eficaz de atacar a un solo enemigo, ya que no debían perder tiempo rodeándole.
Irwin no se inmutó ante los diecinueve soldados que se le echaban encima. Cuando las espadas de sus enemigos se abalanzaron sobre él, simplemente desapareció, para volver a aparecer detrás de todos. Acto seguido, les atacó.
Lanzó una estocada al primero, que todavía estaba de espaldas a él. La espada atravesó metal, carne y hueso, y después salió del cuerpo, limpiamente.
Uno menos.
A los lados del soldado que había matado había dos más. Estos se volvieron hacia él, espada en alto, para intentar cortarle la cabeza, pero Irwin los esquivó con facilidad, agachándose. Hizo un movimiento con la mano izquierda y una daga salió del guante. Acto seguido, se levantó y extendió los dos brazos hacia los lados.
El soldado de su derecha perdió la cabeza. El otro acabó con la daga clavada en la frente.
Dos menos.
Los soldados estaban todavía colocados en formación de cuadrado. Irwin se colocó entre todos ellos —tan rápido que ninguno reaccionó— y giró sobre sí mismo. Todos los soldados salieron despedidos, pero uno de ellos consiguió evitar ser tocado por el golpe, al estar a la espalda de Irwin. El ladrón no perdió tiempo volviéndose y le lanzó una patada a la cabeza. El cuello del soldado crujió.
Uno menos, y los quince restantes, desperdigados y tendidos en el suelo.
Avanzó corriendo hacia su derecha. Tres soldados estaban en el suelo, y sin darles tiempo a levantarse, Irwin les clavó la espada en el pecho.
Tres menos.
Rebuscó en su capa y lanzó cuatro cuchillos hacia arriba. Después, salió corriendo hacia los soldados más cercanos. Iba a tal velocidad que no se podía seguir su figura con la vista.
Ocho cabezas salieron rodando y los cuchillos que había lanzado se clavaron en los cuerpos de los soldados más lejanos. Tres de ellos recibieron el cuchillo arrojadizo en la garganta. El otro recibió el impacto en el hombro, pero la armadura lo bloqueó.
Once menos. Quedaba uno.
El soldado aún no se había levantado. Apenas habían pasado tres segundos desde que Irwin había hecho salir volando a los soldados.
El ladrón se acercó con calma al caído. Sin esfuerzo alguno, lo levantó de una mano, cogiéndolo por el cuello. El soldado había perdido su espada, de forma que se quedó indefenso, pataleando en el aire y tratando de respirar, inútilmente.
—Tenía una hermana y los na-shayanos me la quitasteis. Tenía una amiga y los na-shayanos me la quitasteis. Y ahora, tengo a Cath y queréis arrebatármela. No lo permitiré, soldado.
El soldado no pudo responder. Poco a poco, se iba poniendo de color morado.
—Parece que este ya no es un lugar seguro. Tendré que irme de aquí.
—Adiós, soldado. Esto es por Karen.
Tras decir esto, Irwin abrió la mano y dejó caer al soldado. Sin embargo, antes de que tocara el suelo, su otra mano alcanzó de nuevo la garganta de su enemigo.
Los dedos, como garfios, atravesaron la carne del soldado. Irwin agarró lo que encontró dentro y estiró hacia afuera.
La garganta, la columna y las venas del cuello del soldado fueron arrancadas de cuajo. La sangre bañó por completo al ladrón, que ni se inmutó al ver a su enemigo retorcerse de dolor en el suelo para morir a los pocos segundos.
Tras esto, se dio la vuelta.
Al momento, echó a correr, dando la impresión de que desaparecía.
Victoria estaba en la sala del trono. Había meditado mucho sobre qué hacer, ya que las últimas palabras del monje le habían impactado. Frente a ella, en el trono, estaba su padre.
—Entonces, hija, ¿aceptas la misión? ¿Partirás a buscar a Catherine Acciari?
Victoria se quedó unos momentos callada. Quería saber quién era Alexis D’anero y necesitaba saber si era alguien digno de admiración, a pesar de su infame apellido. Necesitaba respetar a alguien y su padre ya no era una opción.
—Sí, Padre —contestó al fin—. —Partiré mañana al amanecer hacia Curpo.
Su padre sonrió, satisfecho.
Victoria partiría, sí, pero no obedecería ni al monje ni a su padre. No mataría a Catherine Acciari, sino que le obligaría a decir dónde estaba Alexis, y Victoria se encontraría con él. Dejaría viva a la niña. No se rebajaría a tal nivel.
Irwin entró a la cabaña, donde Cath estaba esperándole con expresión preocupada.
—¡Irwin! ¿Estás bien? ¡Estás empapado!
—He tenido que limpiarme un poco; me he manchado al salir.
—¡¿Y te has tirado al mar?!
—Poco más podía hacer. Pero ahora escucha, Cath. Curpo no es un lugar seguro. Los soldados eran de na-shaya.
Cath se quedó petrificada. Una expresión de miedo y culpa apareció en su rostro.
—He acabado con ellos, tranquila —dijo Irwin, tranquilizador, mientras acariciaba la cabeza de la pequeña—. —Levan ya no corre peligro. Sin embargo, te buscaban y a mí también. Creo que querían hacer lo mismo que en Nandry.
—Tenemos que salir de aquí. Mañana mismo partiremos hacia Ager. Iremos a Sangreal.