Interludio 2
Las solitarias ruinas, al borde del lago, mostraban un aspecto extraño bajo la luz de la luna. El astro nocturno arrancaba brillos al mármol y el lugar parecía un enorme cementerio.
Alexis D’anero suspiró. El lugar no tenía nada que ver con el antiguo esplendor de su estirpe. Seguramente, la mansión había sido destruida por los revolucionarios de Vado, Vera y Valle Kant, el mismo día de la derrota de los D’anero. Por suerte, después de aquello, todo lo que tuviera que ver con los D’anero había sido visto como algo maligno, de mal fario, así que nadie había vuelto a profanar las ruinas, y si ponías atención, aún era reconocible la estructura de la bella mansión.
O así había sido antes. La batalla de la noche anterior había sido más destructiva de lo que el propio Alexis se había imaginado y el resultado no había sido el esperado. Aquel nuevo paisaje no hacía más que recordarle que todo había salido mal.
Expulsó esas ideas de su pensamiento. Tenía que buscar la trampilla, por muy difícil que resultara ahora. En aquel preciso instante, nada más tenía importancia.
Finalmente, se cansó. Había querido dejar el lugar sin hacer magia, para no profanar lo sagrado, pero no tenía opción. Hizo un gesto con el dedo y todos los escombros se elevaron en el aire al mismo tiempo, a una altura de unos diez metros.
Mucho mejor. Ahora podía buscar sin molestias alrededor y eso lo haría mucho más rápido.
Por fin, encontró lo que buscaba. Era un trozo de suelo que a primera vista no tenía nada de especial. Alexis posó su mano en el lugar adecuado y un símbolo apareció justo donde él había inyectado magia. El símbolo de los D’anero.
Alrededor del símbolo, apareció una trampilla, que antes no había sido visible. A decir verdad, antes no existía siquiera. Al fin y al cabo, el hechizo que había efectuado era suyo.
Alexis abrió la trampilla y unas escaleras de caracol de un extraño tono verdoso aparecieron. Alexis bajó por ellas. En cuanto atravesó la trampilla, un sentimiento de paz le recorrió todo el cuerpo y se relajó profundamente. Al fin y al cabo, ella estaba en la habitación, pensó.
Por fin se acabaron las escaleras. Alexis apareció en una habitación enorme, sin nada en ella excepto un árbol en el centro. El árbol, de un tamaño espectacular, brillaba con un ligero resplandor, de forma que toda la habitación tenía un tono verdoso.
Alexis sonrió al ver el árbol. No faltaba mucho para el acontecimiento, tan solo un par de minutos. Esperaría, paciente, mientras pensaba en su plan.
Sin embargo, no pudo estar en paz mucho tiempo. Una voz conocida, con un tono aburrido que nunca olvidaría, habló detrás de él.
—Falta poco.
Alexis se volvió rápidamente. Ante él, de pie y mirando el árbol, se encontraba un monje vestido completamente de blanco.
El D’anero apenas pudo controlar su furia. Ese hombre había echado todo a perder. Sin embargo, no pudo atacarle, aunque Alexis ardía en ganas de hacerlo. Estaban en un lugar que no podía ser profanado de esa forma y ambos lo sabían.
—Tú… No sé cómo tienes el valor de mirarme a la cara. Si no estuviéramos aquí, estarías muerto.
—Lo sé. Aunque no estaría muerto, «Rey». No puedes compararte conmigo en poder.
—¿Eso crees? —Alexis sonrió—. No eres tan invulnerable como te parece, monje. Y no me llames «Rey». Fuera, tengo muchos nombres, pero en esta sala, solo soy Alexis D’anero.
—¿Solo?
—No intentes usar ironías con ese tono, monje. —Alexis volvió a mirar el árbol—. ¿Qué haces aquí? ¿Intentar vanagloriarte de lo que has hecho?
—Karen Maider debía morir. Era su destino.
—Me da igual que fuera su destino. No debía morir. Has estado a punto de echar a perder mi plan, monje.
—Pero no lo he hecho. Por eso estamos aquí.
En ese momento, algo le pasó al árbol. Empezó a aumentar la intensidad del brillo que emitía y pareció que se movía. De repente, todo el brillo se apagó y la sala se quedó a oscuras.
Un llanto resonó en la habitación. En menos de lo que se tarda en parpadear, Alexis estaba en el lugar de donde salían los lloros.
Levantó una de las raíces del mágico árbol y bajo ellas apareció un bebé.
Alexis la miró con una ternura sin fin. La cogió en sus brazos y la acunó suavemente, para que dejara de llorar. Pronto cesaron los llantos y la niña se durmió.
—Pequeña… —dijo Alexis—. Ya está, pequeña. Puedes dormir tranquila.
—A partir de ahora, yo te cuidaré siempre. Seré tu hermano. Pero antes de nada, he de ponerte nombre. Te llamarás…
—Catherine. Catherine D’anero. Aunque no podrás hacer gala de ese apellido allá fuera, así que te harás llamar…
—Catherine Acciari.
—Sabes que no podrás criarla. Te odiará —dijo el monje a sus espaldas.
—Por supuesto que yo no la criaré. Lo hará Irwin «Dedos rápidos». Él será el encargado de todo.
—¿Entonces la niña no sabrá nada?
—Nada que Irwin no le cuente. Juntos, harán lo que Karen y él intentaron hacer, buscarme y vengar a la hermana de Irwin.
—¿Seguiré haciéndome pasar por ti?
—Eres el más indicado para ello. Al fin y al cabo, solo hay tres personas con nuestro poder en las Siete Coronas. Y una de ellas acabará muerta. Aunque no sé por qué me lo preguntas. ¿No deberías saberlo todo?
—Quería asegurarme.