Victoria se colocó la capucha de la capa de forma que le tapara la cara. No creía que nadie pudiera reconocerla, ya que no tenía el mismo aspecto de siempre, pero toda protección era poca. Además, el sol le daba en los ojos y le molestaba. Llevaba puesta una camisa resistente de lino, una falda corta abierta por los dos lados y debajo un par de mallas negras. Todo esto, a excepción de las mallas, era de un color violeta, y por encima llevaba una capa corta del mismo color.
Aquella misma mañana había abandonado Tar-Thelion, el castillo donde se había criado, sin decírselo a nadie. A los sirvientes no les debía ninguna explicación y su padre sabría dónde estaba. O hacia donde iba, al menos. Con respecto al monje blanco… Sobraban las palabras.
Analizándolo con perspectiva, la verdad era que era un poco patético por su parte. En su vida había dos personas: su padre, el rey, con quien mantenía una relación formal basada en el respeto mutuo, y los sirvientes, que no eran una sola persona, pero Victoria los catalogaba como una unidad. Conocía sus nombres, sí, y sabía que tenían sus propias vidas aparte de su trabajo de servirle a ella, pero eran todos iguales, en cierto modo. Ninguno tenía poder, ninguno sobresalía en nada.
Así pues, su vida social se limitaba a su padre y a algún consejero o miembro de la realeza menor, como duques o condes, que de vez en cuando llegaban a Tar-Thelion. Y a estos últimos no les hacía mucho caso, la verdad.
Ah, se olvidaba de sus pretendientes. Como era la princesa y heredera del trono, tenía muchos candidatos a desposarla. Su padre, al verlos, se había limitado a presentárselos a su hija, pero no había hecho nada más. No habían hablado sobre quién era un mejor partido o quién tenía expectativas de ser un buen padre o un buen marido. Lo más seguro era que ni siquiera hubiera sospechado que debía hacerlo. Victoria era completamente independiente y si no era capaz de encontrar un buen marido por ella misma, no obtendría el trono de Na-Shaya. Ni el padre ni la hija habían hablado de esto ni lo habían dejado entrever de ninguna forma, simplemente, ambos lo daban por supuesto.
De Victoria se esperaban grandes cosas. Que encontrara un esposo acorde a su rango, que fuera una buena reina, que tuviera hijos sanos y fuertes, que fuera inteligente, que no se dejara manejar por nadie, que mantuviera alto el honor de la familia. Todo esto lo podía hacer con los ojos cerrados, no le costaba ningún esfuerzo. No le molestaba, por supuesto. Es más, si no se le hubiera exigido, ella hubiera deseado poder hacer todo eso, era lo que más coherente le parecía. Casarse era algo que debía y quería hacer, ya fuera por política o por amor. Si lo hacía por amor, tendría que acarrear ella sola con el gobierno de Na-Shaya, pero no le importaba, y encima sería feliz. Si se casaba por política, su trabajo como gobernante se vería reducido y tendría tiempo para buscarse algún amor extramatrimonial que mantuviera su cuerpo y mente jóvenes. Ambas opciones eran factibles, simplemente había que esperar a que una de las dos se presentara.
Mantener el honor de la familia también era fácil; solo por su condición de Ambidiestra, había mantenido muy alto el listón, y no lo bajaría nunca, eso estaba claro. El tener hijos tampoco debería de ser un problema, y aparte, el instinto maternal actuaría sobre ella, haciendo que deseara tenerlos. Y que fueran sanos o no… Con un poco de Magia se podían curar todas las enfermedades que conocía.
Así pues, Victoria tenía una vida muy… planificada, se podría decir. Todo estaba calculado a la perfección, y nada parecía, o era, imposible, siquiera difícil. Con su condición de Ambidiestra, podía suplir cualquier posible falla en su comportamiento o suerte.
Era frustrante, en cierto modo, esa habilidad suya. Cuando tenías la capacidad de hacerlo todo a la perfección, el mundo empezaba a hacérsete un lugar aburrido, así que Victoria se había puesto una meta difícil de alcanzar, algo que le diera diversión a su vida, o un objetivo a largo plazo, al menos. Algo que la mantuviera despierta y con interés.
Por supuesto, siendo una Ambidiestra, tener alguna meta así era difícil. Solo había una cosa que no podía hacer en un lapso de tiempo muy corto y que le costara un gran esfuerzo.
Esa cosa era superar a su padre, un Ambidiestro increíblemente poderoso. Al estar cerca del rey, era fácil percibir el poder que emanaba ese hombre. Pocas veces lo usaba, pero Victoria sabía, por experiencia, que el rey era mucho más rápido, fuerte, hábil, sabio y docto en la Magia que ella. Poniendo un ejemplo, ella podía recorrer todo Tar-Thelion en minutos; una persona normal tardaba casi horas. El rey no tardaba más de treinta segundos, y esto sin usar la Magia.
Por esto mismo, Victoria lo respetaba, intentaba emularlo y se esforzaba por superarle.
Y de golpe, un monje de blanco había echado por tierra esta imagen de su padre, al hacer que se comportara de semejante forma. Como un corderillo asustado, completamente manso, lamiendo la tierra que pisaba el monje.
Victoria había mantenido sin mucha dificultad la dignidad enfrente de ese… ser, o lo que fuera. Y su padre no.
En un momento, había superado a su padre con creces. Ya no lo respetaba, ya no tenía una meta en la vida, ningún incentivo.
Por eso había partido en la misión, por estúpido que pareciera. Si Alexis D’anero era digno de admiración o respeto, podría intentar superarle a él y así volver a su antigua rutina. Si no pasaba eso, al menos se distraería buscándolo y luego buscaría otra cosa que hacer.
Alexis D’anero… Desde luego, el simple hecho de existir era casi signo de admiración. ¿Cuánto tiempo llevaba la dinastía D’anero desaparecida? ¿Cien años? ¿Doscientos? No se sabía con exactitud, ya que la actitud de la gente con respecto a la historia era un poco extraña, pero desde luego, había pasado mucho tiempo desde aquello. Y parecía ser que algunos D’anero habían sobrevivido todo este tiempo y todavía entonces quedaba al menos uno en el continente. Era algo bastante increíble.
Encontrar a un superviviente de la familia más odiada de la historia (o eso creía, porque la verdad era que del pasado, poco se conocía)… Desde luego, era una meta más o menos loable.
Ese punto estaba claro, pero a Victoria le asaltaba la duda de qué haría cuando encontrara a Alexis D’anero. Lo de admirarle era algo que podía parecer una buena idea en un principio, pero… era bastante inmoral. No, era muy inmoral. La familia D’anero había hecho mucho daño al mundo, más de lo que nadie podía imaginar. Cualquier otra persona, de cualquier otro país, habría dicho lo mismo, pero lo habría hecho por simple repetición, ya que el pueblo no sabía exactamente el porqué del odio hacia esa familia. Pero en Na-Shaya, las razones de ese odio se recordaban, y más aún en la familia real. Lo que habían hecho…
Sí, era algo demasiado grave como para perdonarlo. Los Van Lauthen y los D’anero eran enemigos mortales desde que los segundos habían conquistado las Siete Coronas. No, no podía admirar a Alexis D’anero, por fuerte o emulable que fuera. Le intentaría superar, sí, pero no por respeto, como había hecho con su padre. Lo haría con otro propósito; le superaría y le derrotaría en combate. Claro que para eso, el D’anero debía ser mejor que ella en algo. Quizás estaba haciendo demasiadas especulaciones, quizás el D’anero no existía, o quizás existía pero era un humano normal y corriente, no un Ambidiestro, como había dicho el monje blanco.
Mejor no pensar en ello. Primero de todo, había que encontrarle y para eso había que encontrar a Catherine Acciari.
La niña vivía en Curpo, así que Victoria tenía que cruzar las montañas para buscarla. Quedaban cerca de Tar-Thelion y a su velocidad Victoria cruzaría la cordillera a los dos días de salir del castillo. No, contando con la Magia, lo haría en uno y medio.
Según el mapa que llevaba, Levan era un pueblecito de pescadores, situado al lado del mar. Estaba también cerca de las montañas, así que llegaría allí en poco tiempo. La misión de encontrar a Catherine Acciari sería fácil. Esperaba que Alexis D’anero la entretuviera un poco más.
Ah, pero se olvidaba de algo. A Catherine Acciari la protegía un exladrón de Sangreal, Irwin «Dedos rápidos». Era bastante famoso: su nombre le sonaba incluso a Victoria, que no tenía nada que ver con Ager. Los logros de ese delincuente eran muchos y parecía tener la edad de Victoria, unos quince años.
Claro que las hazañas de Dedos rápidos cobraban sentido si resultaba ser Diestro. Con la Habilidad, se podía hacer todo lo que ese ladrón había hecho. Aun así, era un Diestro sobresaliente, a juzgar por los relatos…
Y seguramente no tendría quince años. Si era Diestro… podría tener desde quince hasta cincuenta, dependía de cuándo había despertado su Habilidad. Victoria tenía quince años de verdad y cuando llegara a cierta edad, su envejecimiento se detendría. Aunque fuera Ambidiestra, su ciclo vital era como el de una Zurda. Eso le había pasado a su padre, según le había contado. Victoria no sabía la edad del rey, de todas formas.
Pero por muy Diestro que fuera Dedos rápidos, Victoria le superaría. Además de poseer la Magia, una ventaja enorme, su Habilidad era superior a la de cualquier Diestro. Se había batido en duelo, una vez, con dos Diestros que tenían fama de letales entre los de su clase y les había derrotado sin pestañear. Con Dedos rápidos pasaría lo mismo.
Porque desde luego, por muy buen ladrón que fuera, Irwin «Dedos rápidos» no sería tan fuerte como una Ambidiestra. Caería pronto y ella llegaría a Catherine Acciari.
Alexis D’anero… Pronto se verían las caras.
Tar-Thelion estaba bastante cerca de la frontera con Curpo y en unas pocas horas Victoria llegó hasta las montañas. Usó a partes iguales Magia y Habilidad para ir más rápido.
Uno de los hechizos más complicados que existían era el de teletransportación. Victoria podía hacerlo, pero le era necesario mover todo el cuerpo. Primero, giraba sobre sí misma, luego saltaba y extendía las piernas, la izquierda hacia delante y la derecha hacia atrás, dando una especie de paso en el aire. Luego, alzaba ambos brazos y los unía en forma de arco encima de la cabeza, mientras ejecutaba una serie de movimientos con los dedos y arqueaba hacia atrás la cabeza y el tronco.
Y la distancia máxima que podía cubrir con ese hechizo era de unos diez metros. Corriendo con la Habilidad, podía cubrir más distancia en el mismo tiempo, pero si usaba a la vez la Magia y la Habilidad, podía hacer todos esos pasos en muy poco tiempo, y en cuanto cogía el ritmo, era capaz de avanzar a una velocidad de vértigo. Aparecía, se desvanecía y volvía a aparecer en intervalos de menos de un segundo.
Si seguía a ese ritmo, llegaría a Curpo en un día y medio. Eran las ventajas de ser una Ambidiestra.
Desde luego, pensó, para que Alexis D’anero o Catherine Acciari tuvieran una sola posibilidad de escapar de ella, tendría que ocurrir un milagro.
Cath e Irwin habían salido de Levan por la mañana, aquel mismo día. Era un pueblo de la parte sur de Curpo, de forma que tenían que cruzar todo el país, el más grande de las Siete Coronas, hasta llegar a Ager. Les esperaba un viaje bastante largo.
Avanzaban a un paso normal, de humano común y corriente. Irwin lo había decidido así, ya que Cath se habría mareado si él la hubiera llevado a la espalda.
Llevaban varias horas de camino y no habían avanzado prácticamente nada. Cath estaba cada vez más aburrida y parecía que Irwin no estaba de buen humor aquel día; había estado completamente callado durante toda la mañana. Aun así, Cath se aburría y al final acabó por hablar ella.
—¿Crees que Levan estará bien? Quiero decir, ¿no irán a…?
—¿Atacar el pueblo? —Irwin contestó a Cath sin inmutarse. Definitivamente, parecía de mal humor—. No, no lo harán. Solo había veinte soldados y me encargué de todos.
—¿Seguro que…?
—Seguro. Si hubiera habido más, los habría detectado —cortó Irwin.
Cath se quedó callada. Ojalá se le fuera pronto el mal humor a Irwin, porque si no…
Menudo viaje más incómodo le esperaba.
Durante todo el día, no hicieron otra cosa que andar, pararse a descansar y volver a andar, siempre hacia el norte. Curpo era un país muy llano, prácticamente todo eran praderas, sin bosques ni colinas que alegraran la vista, de forma que el paisaje tampoco podía distraer a Cath. Lo único que rompía esa monotonía eran las montañas que había al oeste. Por lo que Cath sabía, eran las montañas que separaban Curpo de Na-Shaya.
Na-Shaya… ¿Por qué habían enviado soldados a Curpo? ¿Y por qué se había tenido que encargar de ellos Irwin?
Finalmente, Cath se cansó. Llevaban por entonces un día y medio de camino y el ladrón no parecía tener ganas de nada.
—IIIrwiiiiin…
—¿Mmm?
—¿Sigues de mal humor?
—Mmm…
—¿Se puede saber por qué te comportas de esa forma?
Irwin se detuvo un momento y la miró.
—Estoy preocupado, Cath —dijo—. Esos soldados nos buscaban y no puedo discernir por qué. Al fin y al cabo, a ti te dejaron ir de pequeña.
—Bueno, no exactamente.
—Al verme, huyeron, no fueron a por ti, ¿no? Entonces, es que no tenían interés en la pobre niña que eras entonces. No sé por qué ahora, sin motivo, van a por ti de nuevo y esta vez con órdenes de matarme…
—¿Tenían órdenes de matarte? —Cath se alarmó. Eso no lo sabía—. ¡Irwin, entonces corres mucho peligro por mi culpa! ¡Yo…! —No pudo continuar. Irwin le había puesto el dedo en los labios, haciéndola callar.
—Créeme, no corro ningún peligro. Si vienen soldados de ese tipo, puedo con ellos con los ojos cerrados y una mano atada a la espalda. Eres tú la que debería preocuparse.
—Ya, pero…
—Ni pero ni nada —Irwin sonrió—. Tú tranquilízate, no nos pasará nada. Para herirte a ti, antes tienen que vencerme, y para vencerme a mí… —Irwin soltó una carcajada—. No es por fanfarronear, pero sería necesario un milagro.
Por fin, el humor de Irwin parecía haber mejorado un poco y el viaje se hizo más ameno para ambos durante las dos siguientes horas. Hablaron de muchas cosas, pero ninguna de ellas tenía la más mínima importancia. Lo que ambos buscaban con la conversación era no pensar en su situación.
—Entonces, ¿cuánto tardaremos en llegar a Ager?
—Pues la verdad, a este paso vamos a tardar muchísimo. Me parece que al final voy a tener que llevarte en brazos y correr, porque estoy empezando a impacientarme.
—Ni que fuera tan lenta.
—Comparada con cualquier Diestro, lo eres.
—Vaya, pues lo siento —Cath frunció el ceño—. Pero soy una humana normal y corriente. Pero aun así, ¿nunca has viajado con alguien que no sea Diestro?
Irwin rió ante el tono molesto de Cath. —Cuando era joven… Bueno, no, que sigo pareciendo joven. Cuando me fui de Sangreal, viajé mucho, pero lo hice completamente solo, así que estoy acostumbrado a viajar rápido.
—¿Siempre has viajado solo?
Era curioso cómo había cosas que aún no sabía de Irwin, a pesar de haber vivido seis años con él. Pero el exladrón nunca hablaba mucho de su pasado.
—Bueno, hace seis años viajé con una Zurda.
—¿Karen?
Cath había oído hablar ya de ello. Irwin había ido a un pueblo de Nadwer poco antes de encontrarla a ella, y había conocido a una Zurda, pero luego ella había muerto durante un viaje que habían emprendido.
—Sí, Karen. Sin embargo, ella tenía la Magia, de forma que también viajaba rápido, aunque no tanto como yo.
—O sea, que yo soy la persona más lenta con la que has viajado nunca?
—Sí. Y la menos poderosa, la verdad. Con la excepción de los miembros del gremio de ladrones de Sangreal, nunca me he relacionado con nadie que no sea Zurdo o Diestro.
—Te olvidas de Carol.
—Cierto, Carol. No sé cómo es que no he pensado antes en ella. ¿Me estoy volviendo viejo? —dijo, riéndose.
Cath rió con él. De forma que Carol tampoco era Diestra o Zurda…
—Ah —dijo de repente—. Qué curioso, ¿no?
—¿Eh? ¿Qué es curioso? —preguntó Irwin.
—Una vez me dijiste que casi no había habido mujeres en tu vida, ¿no?
—Pues… no muchas, la verdad.
—Y las tres que más parecen haberte marcado… somos Carol, Karen y yo, ¿me equivoco?
—Bueno, os habéis acercado mucho a mí, si es eso a lo que te refieres.
—Pues es curioso que nuestros nombres se parezcan tanto. Carol, Catherine, Karen… la primera sílaba de los tres se pronuncia igual.
—Anda, es verdad —Irwin murmuró para sí, con expresión divertida—. Ca-rol, Ca-therine, Ka-ren…
Cath sonrió. —Supongo que la próxima mujer que conozcas se llamará Carla, porque no hay muchos más nombres que empiecen así…
—Bueno, no todas las mujeres que he conocido tenían esa particularidad.
—Bah, patrañas. Seguro que tienes una fijación por ese tipo de nombres —Cath soltó una carcajada—. Supongo que al final acabarás repitiéndote.
Irwin frunció el ceño. —Oye, que el hecho de que solo te haya hablado de Karen y de Carol no significa que no conozca a ninguna otra mujer, Cath.
—¿Ah, no? A ver, mencióname a otra mujer que te marcara.
Irwin apartó la mirada de Cath y se quedó mirando el cielo. Una expresión de melancolía cruzó su rostro y su tono de voz se volvió más grave.
—Está… Crystal. Mi dulce Crystal… —De golpe, volvió a mirar a Cath. Su expresión de melancolía había desaparecido—. Aunque el nombre de Crystal empieza por «C», así que quizás es verdad que todos los nombres de las mujeres que conozco sean iguales.
Cath se quedó mirando a Irwin, extrañada.
—¿Quién era… Crystal? Nunca me has hablado de…
De golpe, Irwin se detuvo y paró a Cath con una mano. Esta se interrumpió a media frase y se quedó mirando la cara alarmada del exladrón.
Este estaba mirando hacia el oeste, hacia las montañas. Sus ojos se abrieron de la sorpresa.
—No puede ser… —murmuró para sí—. Esta Magia… y esta Habilidad… —De repente, pareció que se alarmaba aún más—. ¡Cath, quédate aquí y escóndete! —gritó—. ¡Se está acercando, pero aún hay tiempo! Rápido, ve…
Pero Irwin no acabó la frase.
—Mierda —dijo—. Ya está aquí.
Victoria había conseguido cruzar las montañas en un día y medio, tal y como había previsto. No se había encontrado con nadie durante el camino, así que todo estaba resultando muy fácil. Por el camino, había estado pensando en lo que estaba haciendo. Desde un principio, se había rebelado contra el monje, pero aun así, estaba haciendo lo que le había ordenado. Sin embargo, no lo hacía por obedecerle, lo había decidido ella por sí misma, eso estaba claro. En ningún momento se prometió a sí misma que obedecería al monje. No aceptaba órdenes de nadie.
Reflexionaba sobre todo esto mientras avanzaba, cuando de repente, notó algo. Se detuvo y se concentró.
Había un Diestro cerca. Notaba su Habilidad a distancia.
Bueno, si había un Diestro cerca… había una posibilidad muy alta de que fuera Dedos rápidos y con él estaría Catherine Acciari.
Victoria desenvainó su espada y se dirigió hacia el Diestro que había detectado a su máxima velocidad. En unos pocos minutos, llegó a su destino.
Sí, había acertado. Frente a ella, había una figura vestida con una capa y un sombrero; un joven que aparentaba más o menos su edad. Tras él, se encontraba una muchacha que no parecía tener poder alguno.
Victoria se detuvo y alzó la voz.
—¿Sois Irwin «Dedos rápidos» O’Manley y Catherine Acciari?
—Así nos llaman, sí. Y tú eres de Na-Shaya, ¿me equivoco? —respondió el joven de la capa, Dedos rápidos.
—No creo que haga falta que te diga nada, Dedos rápidos. Ahora, Catherine Acciari, tengo varias preguntas que hacerte.
—Vaya, una noble na-shayana, ¿no? Y encima Ambidiestra. Desde luego, Eberhard no se anda con chiquitas.
Aquello sí que sorprendió a Victoria. —¿Cómo has…?
—¿Averiguado eso? Tienes acento na-shayano. Tu forma de andar, de sujetar la espada y de hablar… Todas ellas gritan a los cuatro vientos que eres noble. Y sobre lo otro, dejando a un lado que puedo percibir cuando alguien es Diestro, Zurdo o, en tu caso, Ambidiestro, has venido aquí usando Magia, mientras te movías con la velocidad de un Diestro. Si no quieres que sepan que eres Ambidiestra, aprende a disimular, pequeña.
Victoria frunció el ceño. Ese ladrón le estaba empezando a molestar y apenas había intercambiado con él dos palabras. Nunca le habían hablado de esa forma y encima había llamado a su padre, el rey, por su nombre de pila, algo que ni siquiera la reina podía hacer en público. Desde luego, no iba a permitir eso.
—Vigila tu lengua, ladrón. Puedo cortártela en cuanto quiera.
—«Exladrón», si no te importa; hace años que dejé el oficio. Y con respecto a lo de cortarme la lengua… Bueno, no creo que puedas —Dedos rápidos sonrió mientras decía esto.
Calma, pensó Victoria. Lo que quiere es nublarte el juicio por la rabia. No caigas en su juego. Sin embargo, su boca no hizo caso a su cabeza.
—Si crees que eres capaz de medirte con una Ambidiestra, es que eres un iluso, ladrón.
—Insisto, soy un «exladrón».
—Una vez que uno es un delincuente, no deja de serlo nunca, Dedos rápidos.
—Supongo que es fácil decir todo eso desde el punto de vista de una noble, pero cuando uno se gana la vida por sí mismo, hace lo que puede. En cambio, tú… —el ladrón sonrió con malicia—. Solo viendo tu forma de moverte y tus ropas, es obvio que estás bastante… consentida.
Aquello estaba empezando a ser verdaderamente molesto.
—Muy bien, ya es suficiente —contestó—. No he venido a hablar contigo, Dedos rápidos. Como ya decía, Catherine Acciari, he venido aquí para hacerte unas preguntas, y…
Sin embargo, Catherine Acciari no parecía querer escucharla. Cuando Victoria se giró para mirarla, vio que la joven la miraba con miedo y se escondía tras Dedos rápidos.
—Vaya, me parece que Cath no quiere hablar contigo —comentó el «exladrón» con sorna—. Supongo que no se fía de los na-shayanos. Y bien que hace.
—¿Y en cambio se fía de un vulgar ladronzuelo como tú? —Victoria estaba empezando a hartarse. Ese ladrón tenía habilidad para ponerla nerviosa, y estaba decidida a devolverle la moneda. Ella también tenía labia para ello, maldita sea.
—Por supuesto que se fía. Uno siempre confía en la persona que le crió, ¿o acaso no confías tú en tu padre o tu madre? Aunque, si eres tan mimada como pareces… Seguramente, ni tu padre ni tu madre te habrán criado. Entonces, mejor dicho: ¿acaso no confías tú en la vieja institutriz que te crió?
Victoria estaba empezando a tener una verdadera dificultad para contenerse y atacar a ese maldito Dedos rápidos. Sabía que, a pesar de ser superior a él en combate, si lo mataba delante de Catherine Acciari, la joven no le daría la información que buscaba por las buenas y no quería hacer daño a la pequeña, aunque solo fuera para desobedecer al monje blanco. Pero, aun así, ese maldito ladrón tenía labia y valor para hablarle así a ella. Y lo peor era que había acertado en su predicción: a ella la habían criado una vieja institutriz, y Victoria había confiado siempre plenamente en lo que la difunta anciana decía.
—Oooh, vaya, veo que he acertado, ¿no? Aunque, a juzgar por tu expresión, diría que la pobre institutriz ha muerto ya —continuó Dedos rápidos.
Aquello ya era pasarse.
—Escúchame, maldito —murmuró entre dientes, ahogada por la rabia—. No hables de los que ya han muerto; es caer demasiado bajo hasta para escoria como tú.
Aquello pareció molestar (¡por fin!) al ladrón. Un asomo de ira le cubrió el rostro, aunque Victoria no podía estar segura del todo, porque el sombrero le cubría casi toda la cara al ladrón.
—Entonces, todo el mundo es escoria, querida mía. Absolutamente todos hablan mal de los muertos.
Victoria sonrió. Punto para ella: aquella contestación no tenía sentido alguno.
—¿Ah, sí? Ilumíname, Dedos rápidos. Porque creo recordar que las blasfemias son algo que nadie hace.
Esta vez, fue Dedos rápidos quien sonrió. —Todo el mundo blasfema, pequeña. Palabras como «Dios» o «Magia» se consideran blasfemia en algunas partes del mundo. Y todo el mundo habla mal de los muertos.
—Decir «Magia» no es blasfemar, Dedos rápidos, y no me llames «pequeña» como si fueras superior a mí. E insisto, nadie habla mal de los muertos, excepto tú, me parece.
—Y, sin embargo, te equivocas. En ningún momento he hablado mal de tu vieja institutriz, solo he adivinado que había muerto. En cambio, es difícil encontrar a nadie, excepto yo, que no haya maldecido el nombre de los D’anero en algún momento.
Aquello dejó patidifusa a Victoria. Acababa de darle el jaque mate, porque tenía toda la razón del mundo. Los D’anero estaban muertos y no había nadie en las Siete Coronas que no hubiera hablado de ellos alguna vez. Y de los D’anero no se podía decir nada bueno.
Pero espera un momento…
—Tú también hablas mal de los D’anero, maldito hipócrita. No acuses sin ser inocente.
—«Se cree el ladrón que todos son de su condición». ¿No es irónico? El refrán menciona mi antiguo oficio y, sin embargo, eres tú la que cumple con lo que dice. ¿Das por supuesto que yo hablo mal de los D’anero?
—¿Y acaso no es así? Todo el mundo habla mal de ellos. Por muy muertos que estén, es difícil no hacerlo. Esos malditos…
—Blasfemia —cortó Dedos rápidos—. Hablas sin pensar, juzgas sin saber. Seguramente no tienes la menor idea de lo que supuestamente hicieron los D’anero para merecer tal fama. Y, sin embargo, maldices su nombre, sin respetar su memoria. Te falta experiencia en la vida, pequeña.
—No te atrevas a hablarme así —Victoria estaba haciendo verdaderos esfuerzos para controlarse—. Sé perfectamente qué hicieron los D’anero, maldito bastardo. Eres tú quien juzga sin pensar.
—Oh, es cierto. Eres una noble na-shayana, así que deberías saber lo que hicieron. Sin embargo, me gustaría saber qué versión conoces. La de la familia Van Lauthen, supongo.
¿Eh? ¿Cómo sabía tanto ese ladrón? Saber el nombre de la dinastía Van Lauthen era algo más o menos normal: eran la casa real, al fin y al cabo. Pero ¿cómo sabía que en la casa real sabían lo que verdaderamente ocurrió?
De repente, Victoria se dio cuenta. Tuvo ganas de golpearse a sí misma. Había partido de Tar-Thelion precisamente para encontrar a un D’anero y la niña, Catherine Acciari, tenía alguna relación con él. Siendo así, era probable que Dedos rápidos también supiera algo del tema.
—Entonces, tú también sabes lo que hicieron.
—Y por eso precisamente, no los odio. Fueron una gran familia: no merecen ser recordados como lo hace la gente.
Victoria no pudo evitar que la furia se reflejara en su rostro. ¿Cómo osaba…?
Sin embargo, no parecía ser la única escandalizada por el comentario de Dedos rápidos.
—Irwin, ¿cómo puedes…? ¿Cómo puedes decir eso?
Catherine Acciari, que hasta ese momento había seguido escondida tras el ladrón, estaba sentada en el suelo, mirando con algo parecido al horror al joven de la capa.
—¡Mataron a mi familia, Irwin! ¡DESTRUYERON TODO NANDRY!
—Eso no es cierto, Cath, te lo dije hace mucho tiempo. Aquellos soldados tenían acento na-shayano y los D’anero no tenían nada que ver con ese país. ¿Me equivoco? —respondió Dedos rápidos, con la vista fija todo el tiempo en Victoria.
Un momento, aquello era muy raro. ¿La niña que tenía alguna relación con los D’anero les odiaba, y el ladrón que en teoría no tenía nada que ver, los respetaba? ¿Qué sentido tenía aquello? ¿Y qué pintaban ahora unos soldados na-shayanos en el mapa?
El ladrón siguió hablando.
—Yo también tuve una mala experiencia con alguien que se hacía pasar por un D’anero, pero descubrí que en realidad, no tenía nada que ver con esa familia. Hay que saber distinguir a los verdaderos D’anero de los falsos, Cath. Ten siempre en cuenta que la gente puede usar su nombre para mal.
—¿Usar su nombre para mal? —cortó Victoria—. ¿Acaso podrían mancharlo más de lo que ya está?
—El nombre de los D’anero es algo que se debería llevar con orgullo, pequeña —respondió el ladrón—. El hecho de que sea algo considerado un estigma no deja de ser motivo de vergüenza.
—¿Acaso tú te apellidas así? —cortó de nuevo Victoria—. No hables de personas que no conoces.
—¿Y quién te ha dicho que yo no conocí a alguien apellidado D’anero? Como te he dicho, juzgas sin saber y hablas sin pensar.
Victoria se sorprendió. Catherine Acciari, tras el ladrón todavía, hizo lo mismo.
—Entonces, ¿conociste a Alexis D’anero? —preguntó Victoria, extrañada.
Esta vez, el extrañado fue el ladrón.
—¿Conoces ese nombre? Vaya, debes ser alguien de mucha confianza, si te han revelado esa información —comentó—. No, no conocí a Alexis D’anero, aunque sí conocí a alguien que se hacía llamar así, a pesar de no ser ese su nombre. Sin embargo, sé que Alexis D’anero existe, puesto que la D’anero que conocí me habló de él.
Aquello cada vez tenía menos sentido. Victoria ya no entendía nada y parecía que Catherine Acciari tampoco.
—Y, por eso mismo —continuó el ladrón—, puedo decir que el apellido D’anero tiene mucho más honor que el que nunca llegará a tener el apellido Van Lauthen.
Aquello fue demasiado. Irwin «Dedos rápidos» había enfurecido y confundido a Victoria con su labia a partes iguales y ella había podido con ello. Pero todo tenía un límite. Que insultara su apellido así era demasiado.
Soltando un grito y dejando a un lado toda prudencia o plan, Victoria Van Lauthen alzó la espada y se abalanzó sobre el ladrón.
Antes de llegar a Dedos rápidos, alcanzó a oír lo que este murmuraba entre dientes.
—Heh. Qué poco autocontrol.
Victoria se lanzó sobre Dedos rápidos usando tan solo su Habilidad. Era más rápida y fuerte que cualquier Diestro común y corriente y confiaba en que podría acabar con su contrincante en un solo golpe. Con toda su velocidad, lanzó un tajo hacia el cuello de Dedos rápidos.
Sin embargo, no se esperaba lo que pasó. Dedos rápidos consiguió esquivar el golpe inclinándose hacia atrás y se alejó de un salto de ella.
Victoria no se dejó impresionar y siguió insistiendo. Lanzó una serie de golpes, cada uno más rápido que el anterior.
Primero, cargó hacia el ladrón y le lanzó una estocada directa al pecho, pero Dedos rápidos la esquivó haciéndose a un lado en el momento justo, quedando al lado de la espada. Victoria cogió entonces la espada con las dos manos y lanzó un golpe hacia la derecha, en dirección a Dedos rápidos, pero, incrédula, vio cómo el ladrón detenía el golpe… con la palma de la mano.
Victoria saltó hacia atrás, sorprendida. —¿Cómo has…? —Entonces lo vio. En la palma del ladrón brillaba una pequeña daga que no había visto antes. La princesa frunció el ceño. ¿Cuándo había sacado el arma, Dedos rápidos?
—Me parece que te he sorprendido, ¿eh, pequeña? No me digas que, siendo Ambidiestra, eso es todo lo que tienes… —dijo sonriendo Dedos rápidos, al ver la mirada de Victoria.
Victoria sonrió a su vez. Si eso era lo que el ladrón quería, haría uso de sus poderes de Ambidiestra. Él se lo había buscado.
Avanzó hacia él de nuevo, mientras concentraba Magia en la mano izquierda. Lanzó un proyectil hecho de fuego, del tamaño de una cabeza humana, hacia el ladrón. Este lo esquivó sin problemas, haciéndose a un lado otra vez, y Victoria aprovechó para cargar contra él por el otro lado.
La daga en la mano de Dedos rápidos brilló de nuevo y la espada de Victoria se vio otra vez bloqueada. Sin embargo, ella ya se lo esperaba y giró sobre sí misma para pegarle una patada a Dedos rápidos en la cabeza.
Sin embargo, el ladrón no esquivó el golpe, como se esperaba, sino que paró la patada golpeando del mismo modo con su pierna. Ambos quedaron cruzados, espada contra daga y pierna contra pierna durante unos momentos, y, de golpe, se separaron. Los dos saltaron otra vez hacia atrás, hasta crear una distancia de unos cinco metros. En total, todo esto no llevó más de dos segundos.
¿Qué diablos estaba pasando allí? Ese ladrón era superior a cualquier Diestro, Victoria estaba segura. No había usado casi sus poderes, ya que no quería herir a Catherine Acciari, pero aun así, Dedos rápidos era igual de rápido y fuerte que ella. Y eso no era posible; como Ambidiestra, ella poseía mucha más Habilidad que un simple Diestro.
El ladrón hizo un movimiento extraño con la mano. Victoria se puso en guardia instintivamente, pero Dedos rápidos no le atacó. Simplemente, lanzó algo al suelo.
Era lo que quedaba de la daga con la que Dedos rápidos se había defendido. Al soportar la fuerza de ambos en sentidos contrarios, se había doblado de forma ostensible y parecía haber perdido toda su utilidad.
—Parece que no puedo usar armas para bloquear tus ataques, ¿eh, pequeña? Pero no hay problema. No las necesito.
—¡Deja de llamarme pequeña! —gritó Victoria. Al momento, volvió a cargar.
Concentró de nuevo la Magia en su brazo izquierdo y lanzó una cuchilla de energía horizontal hacia el pecho de Dedos rápidos, mientras atacaba con la espada, efectuando un golpe de arriba abajo. Entre ambos ataques, formaba una cruz, imposible de esquivar.
Sin embargo, Dedos rápidos no hizo ademán de esquivarlo, ni de defenderse. Simplemente, se quedó quieto, y…
Desapareció.
Victoria notó cómo alguien le placaba por detrás, antes de que tuviera tiempo de reaccionar, y le hacía caer al suelo. Se dio la vuelta y se encontró con que Dedos rápidos estaba encima de ella, con su cara a pocos centímetros de los de Victoria.
El sombrero que Dedos rápidos había mantenido en su cabeza durante toda la batalla se había caído y Victoria vio por primera vez la cara del ladrón.
Llevaba el pelo más largo de lo normal para ser un hombre, pero no tan largo como las mujeres; del tamaño justo para que le tapara las orejas. Era liso y de un tono rubio, casi blanco, contrastando enormemente con sus ojos, de un color negro, como si fueran todo pupila. Sin embargo, tenían un tono rojizo, como si le hubiera entrado algo de polvo en ellos.
Tenía una cara delgada, que daba una impresión general de fragilidad. Victoria tragó saliva. Era bastante atractivo, para ser sincera.
De repente, Dedos rápidos entrelazó sus dedos con los suyos. Victoria notó cómo enrojecía y entonces el ladrón habló.
—Ahora ya no podrás hacer más hechizos, pequeña. Ni brazos, ni piernas, ni dedos. Estás completamente indefensa.
—Me pregunto… ¿qué debería hacer contigo?
En ese momento, Victoria detectó el brillo de algo metálico dentro del cuello de la capa de Dedos rápidos. Este movió la cabeza, mordió algo… y desenvainó el puñal que Victoria había visto en el cuello de la capa con la boca.
Lentamente, Dedos rápidos acercó el puñal a la yugular de Victoria.