Capítulo 12 (¿Quién te envía?)
Poco a poco, Irwin iba acercando el puñal que tenía en la boca al cuello de Victoria. Esta tenía tanto las piernas como los brazos inmovilizados, ya que tenía encima al ladrón, y tampoco podía mover los dedos, puesto que Dedos rápidos había entrelazado las manos de los dos. Mediante esta maniobra había conseguido que Victoria no pudiera usar hechizos ni pudiera moverse.
Menudo idiota, pensó Victoria.
Se concentró, miró fijamente a Dedos rápidos y…
Parpadeó.
Al momento, Dedos rápidos salió despedido hacia atrás, dando vueltas en el aire. Sin embargo, recuperó el equilibrio y cayó de pie, dando un sonoro golpe. Para cuando lo hizo, Victoria ya estaba de pie, en posición de lucha, pero no llevaba su espada.
—Veo que puedes hacer magia con otras partes de tu cuerpo además de con los brazos o las piernas —comentó Dedos rápidos—. —Admito que no me lo esperaba; ha sido un fallo por mi parte.
—Y veo que tu apodo de «Dedos rápidos» no es en vano —contestó Victoria.
—Ah, ¿lo dices por esto?
El ladrón alzó su mano izquierda. Llevaba en ella la espada de Victoria.
—Bueno, he pensado que, si te quitaba esto, no seguiríamos luchando.
—¿Me tomas por estúpida?
—Pequeña, en ningún momento he querido luchar. Tú has sido la que se ha abalanzado sobre mí.
Victoria no respondió. Se concentró de nuevo y entrechocó las manos. Las dejó juntas, como si rezara, durante unos segundos y las fue separando poco a poco.
De entre sus manos fue saliendo poco a poco un sable completamente hecho de luz o algún otro tipo de energía. Era la magia concentrada de Victoria, mucho más letal que cualquier sable normal.
Victoria lo agarró con la mano izquierda. Si lo hacía con la derecha, no podía manejarlo bien, ya que la magia era algo inherente a su lado Zurdo.
Acto seguido, se abalanzó sobre el ladrón. Mientras lo hacía, dio un taconazo en el suelo.
Un estruendo gigantesco asoló el prado en el que se encontraban cuando la mitad del suelo saltó por los aires. Victoria acertó a ver cómo Dedos rápidos salía volando también.
La princesa sonrió. El sable mágico que portaba en esos momentos podía cortar cualquier cosa… incluidas las armas de acero. Si el ladrón estaba en el aire, no podría esquivarla… y tampoco parar su golpe.
Victoria cogió impulso y saltó. Subió unos veinte metros y detectó al ladrón por debajo de ella. Estaba con los brazos y las piernas abiertos, intentando recuperar el equilibrio.
La princesa tomó un poco de impulso con la magia y se abalanzó sobre él, descargando su sable.
—Muere —dijo, simplemente.
Cath había estado viendo toda la escena con un sentimiento, al principio, de sorpresa, luego de preocupación y por último de miedo. Ver cómo esa desconocida hablaba de cosas que no entendía y sobre todo ver cómo Irwin hablaba de los D’anero como si fueran héroes…
El hombre que la había criado, que significaba para ella algo entre un padre y un hermano, el ser al que más quería…
Había defendido a los que le habían quitado a sus padres, los que habían destruido Nandry hasta no dejar de la aldea más que cenizas…
Y, de repente, se habían puesto a luchar. No consiguió ver nada y, al cabo de unos segundos, Irwin estaba a punto de cortarle el cuello a la desconocida. Acto seguido, el exladrón salió volando y la desconocida hizo algo muy raro.
Luego, todo saltó por los aires, provocando un estruendo enorme. Irwin estaba en el centro de la explosión.
Aquello fue demasiado para Cath, que al fin y al cabo solo tenía doce años.
Se desmayó.
Victoria no podía creerse lo que estaba pasando. Había lanzado un golpe imparable al ladrón y…
Este lo había parado. Con la espada de Victoria.
Aún en el aire, Victoria asistió atónita al espectáculo de ver al ladrón, con los ojos rojos debido al polvo de la explosión, diciendo algo en voz alta y deteniendo el sable mágico. Acto seguido, el sable empezó a perder brillo y de golpe desapareció.
Junto con toda la energía de Victoria. Notó cómo todo su cuerpo se relajaba en contra de su voluntad y cómo el ladrón la cogía en brazos.
Ambos cayeron al suelo, Victoria en estado semiinconsciente.
En cuanto notó el impacto de llegar al suelo, intentó moverse, pero no pudo.
—A dormir, pequeña —dijo el ladrón. Acto seguido, Victoria notó un golpe seco en la nuca.
Y ya no vio nada más.
Victoria despertó, sobresaltada. El ladrón le había robado la energía del cuerpo de alguna forma, pero ya estaba otra vez entera y desde luego Dedos rápidos no se saldría con la suya…
Estaba tumbada en el suelo, envuelta en una capa. Se incorporó, preparando de nuevo un hechizo de explosión, pero antes de que tuviera tiempo a hacer nada…
—Achlys —dijo una voz.
De nuevo, Victoria notó cómo, instantáneamente, toda la energía desaparecía de su cuerpo. Frente a ella, rozándola con la punta de una espada, estaba Dedos rápidos, el dueño de la voz de antes.
—A ver, pequeña, no empieces otra vez. No me apetece pelear de nuevo y además no eres rival para mí.
Victoria habría contestado al ladrón, pero no tenía las fuerzas suficientes para hablar. Apenas tenía fuerzas para mantenerse erguida.
—Tú me has atacado y a cambio yo me he defendido, así que estamos en paz. Puede que me haya emocionado un poco con lo de cortarte el cuello, pero, eh, te has cargado mi daga favorita. Así que en paz. ¿De acuerdo? Yo no te hago nada y a cambio tú no le haces nada raro a Cath.
Victoria no pudo más. Cayó al suelo, de bruces. No podía deshacerse de la capa que la envolvía, de forma que se golpeó la cara contra el suelo.
Notó cómo el ladrón la recogía y la sostenía entre sus brazos.
—Vaya, qué mal estás. Quizá Achlys es demasiado poderosa para alguien como tú, ¿eh, pequeña?
—¿Có…? ¿C-cómo has…? —acertó a balbucear Victoria.
—¿Cómo te he quitado la energía del cuerpo? Vaya, deberías conocer mejor a tu espada.
Tras decir esto, Dedos rápidos colocó una espada frente a los ojos de Victoria. Esta se sorprendió. Era la espada que le había dado su padre.
—Esta espada no es un sable cualquiera, pequeña. Achlys es tan antigua como este mundo y es una de las espadas más poderosas que nunca han existido. Una de sus propiedades, como quizás hayas comprobado, es la de robar la energía de quien la toca. Ojo, de quien la toca, no de quien la empuña, no es lo mismo —continuó el ladrón.
¿Que la espada de Victoria era mágica? Imposible, pensó. Lo habría notado.
—Por tu expresión yo diría que no me crees, aunque la verdad es que tienes una cara de sueño tal que no sé muy bien si me estás escuchando o estás soñando con ovejitas, pero la cuestión es que no te miento. La he reconocido en cuanto la he visto. La magia que recorre su hoja no es del mismo tipo que la que tú o los demás Zurdos o Ambidiestros poseen. No hace falta inyectar magia en ella para utilizarla y no se puede percibir como se hace con los Zurdos. Desde luego, no es una espada cualquiera. ¿De dónde la has sacado, pequeña? ¿Quién te la ha dado?
—Hmgggfff…
De los labios de Victoria solo surgieron gruñidos.
—Vaya, así no se puede mantener una conversación. A ver…
Dedos rápidos tocó la cara de Victoria con la punta de la espada que él llamaba Achlys.
—«S’is piau, redorn’ali v’anar gía sethidient phrar viarlá» —recitó.
Victoria notó que recuperaba algunas fuerzas, las suficientes para hablar, pero no para levantarse o moverse.
—¿Cómo has…?
—Lengua antigua —respondió el ladrón—. —He viajado mucho y aprendí a hablarla. He supuesto que Achlys lo entendería y parece que sí. He dicho: «Por favor, devuélvele la energía suficiente para hablar».
Victoria ignoró todo esto por unos momentos. Tenía cosas más importantes que decir.
—Déjame hablar con Catherine Acciari y no os haré nada. Me marcharé y no nos volveremos a ver, ladrón —dijo, adoptando un tono pomposo—. No tenía fuerzas ni para incorporarse, pero eso Dedos rápidos no tenía por qué saberlo. Aunque claro, era él quien la había dejado así.
—Desde luego, si te comportas de esa forma, no te voy a dejar hablar con Cath. Primero: tú no me puedes hacer nada. Mi Habilidad es superior a la tuya, incluso aunque uses también tu Magia. Segundo: no uses ese tono pomposo; estás en mis manos, literalmente. Podría matarte en menos de lo que tardas en parpadear y no podrías hacer nada. Y tercero… —Dedos rápidos sonrió—. —No me llames ladrón, ya no lo soy. Por favor, llámame Irwin.
Victoria se quedó mirándolo, con los ojos entrecerrados. ¿Es que era idiota o qué? ¿Por qué se comportaba de una forma tan… despreocupada?
—Lo cual me recuerda… —continuó el ladrón—. —¿Cómo te llamas? Dímelo o seguiré llamándote «pequeña».
—Déjame hablar con Catherine Acciari y me iré —insistió Victoria.
El ladrón suspiró.
—No quería hacer esto por las malas… —murmuró y de pronto cambió su tono de voz a uno mucho más duro—. —Escucha, niña mimada. Has venido a nosotros alardeando de tus poderes, amenazándonos, armada con una espada de leyenda —alzó la espada de Victoria, como remarcando lo que decía— y ahora nos vienes con que no quieres hacernos nada. Y lo mejor de todo es que ya has intentado matarme dos veces. ¿En serio crees que me voy a fiar de ti lo suficiente como para que hables con Cath? ¿Para que te acerques a ella siquiera? Puede que no te hayas dado cuenta, pero ella es una humana normal y corriente. No es Zurda ni Diestra, y desde luego no es como tú. ¿De acuerdo? Bien —dijo, contestándose a sí mismo—. —Ahora, dime quién o qué te ha enviado y de dónde has sacado a Achlys —volvió a alzar la espada—. —Porque debería tenerla «la Princesa» y no creo que alguien tan débil como tú lo sea.
—¿«La Princesa»…? —aquello le sonaba a Victoria. El mismísimo día anterior, su padre y el monje habían dicho algo de eso… «En este mundo, cada persona relevante en la historia tiene un nombre con el que se le conoce por siempre, que suele aparecer en las profecías. Él es ‹el Señor›, posiblemente el más importante de todos. Y el más poderoso», había dicho su padre, refiriéndose al monje blanco. «Tú eres ‹la Princesa›», había contestado el monje.
—Sí, «la Princesa» —dijo Dedos rápidos—. —Viendo tu expresión, veo que no tienes ni idea de quién es… lo suponía.
Victoria se envaró.
—¡Por supuesto que sé quién es! ¡Y no te atrevas a llamarme débil!
—Bueno, no eres «débil» en el sentido más estricto de la palabra, pero te he derrotado, sin mi espada, además. Eres fuerte, pero… eres más débil que yo.
Victoria soltó una risotada sarcástica.
—Solo hay una persona más poderosa que yo en este mundo y…
—Y es quien te ha enviado, ¿no? Por favor, no creo que sea más poderoso que yo mismo o que otras personas que he conocido. Si te consideras a ti misma «poderosa», él o ella no puede ser muy difícil de derrotar… Y si lo es, conoceré su nombre…
En ese momento, Victoria detectó un brillo extraño en los ojos del ladrón.
—Dime, ¿le conozco acaso? ¿Es lo suficientemente fuerte como para que yo, un exladrón, en un tiempo rey de los bajos fondos, haya oído hablar de él?
En ese momento, Victoria tuvo un presentimiento. En cualquier otra situación, habría dicho con orgullo el nombre de su padre, el ser más poderoso de toda Na-Shaya, y puede que incluso hubiera mencionado al monje blanco. El ladrón había mencionado antes el nombre de Eberhard Van Lauthen, así que sabía de él, de forma que Victoria podría haberse anotado un tanto. Sin embargo…
Sin embargo, supo instintivamente que aquel ladrón no era lo que parecía. No debía saber, bajo ningún pretexto, que quien la había enviado era Eberhard Van Lauthen. No debía saber tampoco que tenía algo que ver con el monje blanco. No debía saber quién era ella… o algo malo sucedería.
Porque en los ojos del ladrón ya no había amenaza, ni sorna, como unos instantes atrás. En ellos, había un brillo que hizo estremecerse a Victoria.
El ladrón tenía la misma expresión que ponía una persona hambrienta ante la posibilidad de un banquete largamente esperado. No, así no era… en su cara no había ansia.
Había odio. Impaciencia.
Victoria lo supo al instante: si le decía al ladrón algo acerca de su padre, fuera lo que fuera, este moriría.
Dedos rápidos estaba, casi literalmente, relamiéndose los labios ante la posibilidad de matar a quien había enviado a Victoria.
Cath se despertó. Se estiró y se preparó para un nuevo día mientras apartaba la sábana y olfateaba el aire en busca del aroma del desayuno que Irwin estaría preparando…
Solo que no había sábana. Ni cama, ya puestos. Y ni hablar del aroma del desayuno.
Estaba tendida en un prado, arropada con una capa de viaje, la suya propia. Tenía las mudas de ropa bajo la cabeza, a modo de almohada, y una brisa fresca le revolvía el cabello.
Entonces, se acordó. Irwin, la desconocida, la pelea… todo vino a su mente de golpe. Ahogando un grito, buscó con la mirada algún rastro de Irwin, asustada. No podía haber muerto, pero aquella explosión…
No, no era posible. Además, alguien la había dejado allí, ya que ella se había desmayado sin más, en el suelo, no de forma tan cómoda. Y la forma de arroparla… Sí, la habían arropado de la misma forma en que lo hacía Irwin cuando ella era más pequeña. Sin duda estaba vivo.
Escudriñando el paisaje, le pareció ver algo en dirección oeste. Parecía una figura humana, agachada…
Pero estaba muy lejos, no la distinguía bien.
Cath recogió todo lo que llevaba, fardos incluidos, y fue corriendo hacia la figura. En cuanto esta estuvo lo suficientemente cerca como para que ella la distinguiera, suspiró de alivio. Esa capa y ese sombrero eran inconfundibles.
—¡¡¡Irwiiiiin!!! —llamó. —¡¡Eh, ya me he despertado!!
Al oírla, Irwin se volvió. No estaba agachado, estaba de rodillas, cogiendo entre sus brazos a la desconocida, que tenía un aspecto muy pálido, como si estuviera enferma.
—Cath —saludó el exladrón, sonriendo—. —Veo que ya te has despertado. Estaba teniendo una pequeña charla con nuestra amiga —con la cabeza señaló a la desconocida— y precisamente ahora le preguntaba quién la había enviado… ¿verdad?
Entonces, al ver a la desconocida, Cath se acordó de algo más, algo que no le había venido a la mente hasta ese momento. Esa joven la había buscado para encontrar a los D’anero.
E Irwin los había defendido. Había dicho que eran… honorables.
Su expresión debió de cambiar al recordar esto, ya que Irwin se quedó mirándola, con gesto preocupado.
—¿Cath? ¿Estás bien?
—Irwin… ¿lo que dijiste antes… era verdad?
—¿Qué?
—¿De verdad opinas que los D’anero eran… buenos?
La expresión de Irwin cambió. Se volvió mucho más seria que de costumbre.
—Sí, lo creo —dijo—. —Sé de buena fe que lo que dice el pueblo de ellos no es verdad.
—Mentira —dijo de repente la desconocida. Hasta ese momento había estado con una expresión ausente, pero ahora miraba a Irwin con gesto difícil de descifrar—. —Los D’anero hicieron mucho mal a este mundo.
Irwin se quedó callado unos segundos. Miró a la desconocida y de repente cambió de tema.
—Cath no tiene nada que ver con los D’anero —dijo—. —Déjanos en paz a los dos.
—Eso no es lo que me han dicho, ladrón —dijo la desconocida—. —Catherine Acciari tiene alguna relación con alguien llamado Alexis D’anero y tengo la obligación de descubrir qué. Y la mejor forma de hacerlo es que ella misma me lo diga.
—Pero… yo no conozco a ningún D’anero —dijo Cath—. —Nunca he…
—Estoy segura de que alguna vez te has cruzado con un D’anero —dijo la desconocida—. —Así que dime cómo y dónde y yo te dejaré en paz.
Cath dudó. Lo que decía aquella desconocida era…
—No se ha cruzado nunca con ningún D’anero —se apresuró a decir Irwin—. —La he criado yo mismo, así que ya te puedes dar por vencida.
Sin embargo, la desconocida se quedó mirando a Cath fijamente. Entrecerrando los ojos, habló.
—Mientes, Catherine Acciari. Sí que conoces a los D’anero… estoy segura.
Cath se echó hacia atrás. Unas imágenes le vinieron a la mente. Fuego, gente gritando, su madre abrazándola, su padre sujetando una espada mientras temblaba…
—¡No! —gritó. —¡No, no, no, no!
Cath se agachó, mientras se sujetaba la cabeza con las dos manos. No quería recordar, no quería que las pesadillas volvieran…
—Cath, cálmate, por favor —dijo Irwin—. —Lo siento, pero este no es ni el momento ni el lugar. Y tú —dijo, dirigiéndose a la desconocida—, déjanos en paz. Cath no sabe nada y, aunque lo supiera, no te lo diría. Dile a quienquiera que te haya enviado que nos deje en paz. Que venga él o ella en persona, aunque no lo hará. Si no lo ha hecho aún… no se atreverá.
—Mis órdenes son conseguir información de Alexis D’anero mediante Catherine Acciari —dijo la desconocida—. —Y no las incumpliré.
—Cath no sabe nada, insisto. Pero te propongo un trato…
—Yo sé bastante sobre los D’anero. Te ofrezco un intercambio de información. Yo te hablo de Alexis D’anero…
—Y tú me dices quién te ha enviado. Y dónde puedo encontrarle.