«Yo te hablo de Alexis D’anero… y tú me dices quién te ha enviado».
Aquellas palabras flotaron en la cabeza de Victoria durante unos segundos. Dedos rápidos podía saber algo de Alexis D’anero y a cambio ella le decía que quien la había enviado era el propio Eberhard Van Lauthen, junto con el monje blanco.
Un silencio pesado cubrió la escena. Finalmente, Victoria lo rompió.
—Lo siento, pero no puedo aceptar la propuesta —dijo.
Dedos rápidos asintió, como si se lo hubiera esperado.
—¿Y por qué? Simplemente dime quién te envía y yo a cambio te digo todo lo que quieras saber. No lo veo como un mal trato.
—Pues a mí no me interesa —respondió Victoria. —Por un lado, el quién me envía es un asunto privado, el cual no te incumbe, y por el otro…
—¿Ah, no? ¿No me incumbe? Qué curioso. Alguien envía a una Ambidiestra para buscarme a mí y a Cath; esa misma Ambidiestra —que por cierto porta a Achlys, una espada legendaria que llevo buscando mucho más tiempo del que tú llevas en este mundo— intenta matarme; luego dicen que necesitan información de Cath… ¿Y no me incumbe? Vaya, espero por tu bien que sea ironía. Si no es así, es que eres idiota.
Aquello sorprendió a Victoria, más que por lo que el ladrón dijo, por la forma en que lo hizo. En vez del tono cortante y brusco que había utilizado con ella hasta ahora, se lo había dicho en tono jovial, como si bromeara.
—¡No te consiento que me hables de esa forma!
—Ya, sí, bueno… —dijo Dedos rápidos en el mismo tono informal—. —Lo que tú digas, pequeña.
—¡Y no me llames pequeña!
Victoria se mareó. Estaba muy, muy débil y no se podía permitir el alzar tanto la voz. Se reprendió mentalmente; tenía que estar descansada para poder escapar en cuanto pudiera.
—Como decía —continuó, como si no hubiera habido ninguna interrupción—, y por el otro lado, estoy aquí para averiguar la relación entre Catherine Acciari y los D’anero, no lo que tú me puedas contar. Así que no hay trato.
El rostro de Dedos rápidos se ensombreció unos segundos, pero luego volvió a la normalidad.
—Te lo he dicho, Cath, no tiene nada que ver con los D’anero. En fin, supongo que al final te decantarás por hacerme caso. Lo cual me recuerda… ¿Me dices tu nombre?
De nuevo, aquella sensación. No quería que el ladrón supiera su nombre; aun así, que la llamara «pequeña» la ponía enferma. No, pero eso no tenía nada que ver.
—No pienso decírtelo —contestó Victoria. —Ahora, déjame hablar con Catherine Acciari. Vigila tú, si así lo deseas, pero déjame hacerlo y me marcharé.
—Mmm… —Dedos rápidos sonrió mientras cerraba los ojos y negaba con la cabeza—. —Me parece que no has pillado muy bien la situación. No vas a hablar con Cath sobre ese tema —al decir esto, miró a la pequeña, que estaba a un lado, sin decir nada, mirándolos— y desde luego, no te vas a ir así como así, pequeña.
—¿Perdón? —respondió Victoria. —Me parece que no he entendido muy bien eso último.
—Oh, es sencillo —respondió a su vez el ladrón. —Tú te quedas con nosotros hasta que me digas quién te envió. A cambio, cuando lo hagas, yo te diré todo lo que quieras sobre Alexis D’anero, incluso te hablaré de Crystal, si así lo deseas, aunque…
—Espera —le interrumpió Victoria—. ¿Crystal? ¿Crystal D’anero? ¿Pero cómo…?
—Ah, ¿sabes quién es? Oh, espera. Claro. Eres na-shayana y encima una noble. Supongo que en tu país es un personaje con cierta fama.
—¿Me estás diciendo que sabes de la existencia de Crystal D’anero? —susurró Victoria, horrorizada—. Pero… ¿q-qué…? ¿Qué… eres?
El ladrón sonrió.
—Soy alguien que sabe más de los D’anero que nadie en este mundo —dijo. —Y por eso mismo, el que yo te dé mi palabra de que te hablaré de ellos es algo que no oirás todos los días, pequeña.
Victoria no cabía en sí de estupor. Crystal D’anero… Solo los miembros más selectos de la familia real na-shayana sabían de ella. Era algo impensable que Dedos rápidos conociera su nombre, ya no digamos su historia… No, tenía que ser un farol…
—Por tu expresión diría que estás pensando «es un farol». No, no lo es. Sé todo lo que hay que saber sobre Crystal D’anero y más. Por eso mismo, sé que los D’anero no fueron monstruos…
—Y sé que los Van Lauthen son peores que el demonio. Si algún día me cruzo con alguno de ellos, es seguro que morirá. Lo que le hicieron a Crystal D’anero… Merecen algo peor que la muerte por ello.
Un escalofrío recorrió la espalda de Victoria. El ladrón la tenía a su merced en esos momentos, y solo el hecho de que no sabía quién era ella la protegía de la muerte. El tono del ladrón no dejaba lugar a dudas.
Y eso no era lo peor. Que alguien que no fuera de la familia real na-shayana supiera de la existencia de Crystal D’anero… Eso era algo muy, muy peligroso.
—Irwin… ¿a qué te refieres con que ella se queda con nosotros hasta que nos diga quién la envía? —preguntó Catherine Acciari, sobresaltando a Victoria. Esa niña era tan callada que la princesa se olvidaba de que existía. Desde luego, Dedos rápidos tenía mucha más presencia que la chiquilla.
—¿Acaso no es obvio? A partir de ahora, esta pequeña es… nuestra prisionera, supongo.
Aquello hizo reaccionar a Victoria.
—¡¿Qué?! ¡No creas que será tan fácil capturarme, maldito…!
No acabó la frase. Antes de que pudiera, Dedos rápidos alzó a Achlys y gritó, haciéndose oír por encima de la voz de Victoria.
—¡«S’is piau, rob’ali v’anar gía sethidient phrar viarlá»!
Al instante, Victoria dejó de gritar. Apenas tenía energía suficiente como para respirar y sus ojos se cerraron solos. Quedó en un estado semiinconsciente, pero aún podía escuchar lo que decían las dos personas, que al parecer la habían capturado.
—¡Irwin! ¡¿Qué le has hecho?!
—¿Yo? Demostrarle que sí es fácil capturarla. Bueno, es fácil para mí. Sobre todo teniendo a Achlys.
—¡¿Pero qué le has hecho exactamente?!
—Dejarla sin energías. No está dormida, creo. —Al decir esto, Dedos rápidos abrió uno de los párpados de Victoria con su mano. Esta ni siquiera pudo protestar. —Lo que suponía: está despierta. Sus pupilas se dilatan.
—Irwin…
—¿Sí?
—¿Cómo sabes utilizar esa espada?
—Bueno, su propio nombre te indica cómo hacerlo.
—¿Eh?
—Mira, es muy sencillo… Oh, pero espera.
Victoria notó cómo la punta de la espada volvía a rozarla.
—Achlys —murmuró la voz de Dedos rápidos otra vez.
Y Victoria no oyó nada más.
Cath se quedó mirando, estupefacta, cómo Irwin volvía a hechizar con la espada a la desconocida.
—¿Y ahora por qué vuelves a hacerle eso? —preguntó—. No podía hacer nada.
—Podía escuchar y preferiría que no supiera nada sobre Achlys, por si consigue hacerse de nuevo con la espada. Como te decía, el propio nombre de la espada te dice cómo usarla.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondió Irwin—. «Achlys» significa a la vez niebla y oscuridad. En otras palabras, te sume en una niebla —o sea, la inconsciencia— y todo se vuelve oscuro. Además, la palabra es del Idioma Antiguo, así que supuse que si decía algo en ese idioma, la espada me obedecería.
—¿Idioma Antiguo? ¿Qué es eso? —preguntó Cath.
—El idioma que hablaban los Antiguos, los hombres que había aquí antes de la llegada de los D’anero —respondió Irwin—. Es un idioma de mucho poder, ya que antes de que los D’anero hicieran aparecer a los primeros Zurdos y Diestros, la única forma de hacer magia era mediante lenguajes arcanos, como el Antiguo. No era tan eficaz como la Magia de los Zurdos, pero de algo servía. Y funcionaba muy bien para hechizar objetos, mejor que ninguna otra magia.
Irwin alzó a Achlys al decir esto.
—Esta espada es la prueba. Con decirle lo que quieres que haga basta.
Cath frunció el ceño.
—¿Pero no se supone que fueron los D’anero los que trajeron la Magia y la Habilidad a esta tierra?
—No exactamente. Trajeron un nuevo medio para usarlas, el mejor de todos, ya que permite canalizar todo ello en el cuerpo, sin complicados encantamientos. Además, la Habilidad solo se puede conseguir así.
—Vaya, los D’anero hicieron una cosa bien —comentó Cath—. —Claro que, a cambio, nos trajeron mil desgracias.
—¿Serías capaz de decirme qué hicieron exactamente, Cath? —preguntó Irwin, mordaz.
—Pues…
Vaya. Aquello no se lo esperaba. Siempre se había dicho que los D’anero eran malvados, pero nunca había oído a nadie decir el por qué. Simplemente, por repetición, había acabado odiándoles. Claro que…
—Incendiaron Nandry. Mataron a toda la aldea.
—Error —contestó el ladrón—. Ellos no fueron los que lo hicieron. Quienes atacaron Nandry tenían acento na-shayano y los na-shayanos nunca se juntarán con los D’anero. Ellos sirven a los Van Lauthen.
—¡¿Pero quiénes son los Van Lauthen?! —preguntó Cath, exasperada—. ¡Ni siquiera sé eso! ¿Y por qué nunca me habías dicho que eras un simpatizante de los D’anero? ¿Y por qué nunca me habías dicho esto sobre lo de Nandry?
—Eras muy joven entonces. Y, a mi juicio, aún lo eres —respondió Irwin, mirándola con expresión melancólica—. Esta pequeña —señaló a la desconocida, que aún yacía en sus brazos, con la cabeza— ha adelantado los acontecimientos. Tenía pensado contártelo cuando fueras lo suficientemente madura para entenderlo.
—¡¿Me estás diciendo que aún no lo soy?!
—Exacto. Y no quiero discutir más.
Un silencio cubrió la escena completamente. Irwin no dijo nada y Cath estaba demasiado confusa como para sentirse enfadada o molesta, así que no sabía muy bien qué decir. Finalmente, hizo lo que llevaba deseando desde antes de que llegara la desconocida y más aún tras la conversación anterior.
—Irwin…
Este suspiró.
—¿Sí?
—Antes de que ella —señaló a la desconocida— nos atacara… Mencionaste a alguien llamado Crystal. ¿Quién es? ¿Y por qué antes la habéis mencionado ambos como si fuera alguien famoso o importante? Y… ¿de verdad era una D’anero?
Irwin se quedó unos segundos callado, mirándola con una expresión inescrutable. Sin embargo, en sus ojos brillaba un rastro de dolor.
—Cath… —murmuró—. ¿No conoces a Crystal D’anero? ¿Ni siquiera te suena su nombre? ¿Nunca… lo has oído?
Cath, estupefacta, negó con la cabeza. En su vida había oído ese nombre.
La reacción de Irwin fue la última que Cath se habría imaginado. El ladrón sonrió, con una expresión de tristeza absoluta, y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas.
—¡Irwin! —gritó preocupada Cath en cuanto se dio cuenta. Nunca había visto llorar al ladrón. —¿Qué…?
—No, Cath, tranquila. —la intentó tranquilizar Irwin. Las lágrimas seguían corriendo por su rostro. —Es solo que… Crystal… Crystal…
—¿Crystal qué, Irwin? ¿Qué pasa con Crystal? —Cath cada vez estaba más asustada.
—Simplemente… No la conoces —dijo Irwin. Su voz era la misma de siempre; no estaba sollozando. Sin embargo, las lágrimas estaban allí. Cath se dio cuenta de que el mismo ladrón no se había percatado de que lloraba, ya que no hizo ademán de enjuagarse las lágrimas. —Nunca has oído hablar de ella, ¿no? —soltó una risa amarga. —Por eso, Cath… Por eso mismo, los D’anero no son monstruos. Los monstruos son los Van Lauthen.
Cath no entendía nada. Se quedó callada, expectante, mirando.
—Por favor, Cath… No me vuelvas a preguntar sobre Crystal D’anero. Mi dulce Crystal…
—Mi dulce Crystal…
Era de noche. Irwin había dejado de llorar para luego montar el campamento. No corrían ningún peligro allí, así que ninguno de los dos montaba guardia. Irwin estaba dormido, envuelto en su capa, junto a la desconocida. Como no tenían cuerda, el exladrón había optado por atarla con su propio cuerpo y su ropa, de forma que si la Ambidiestra intentaba escapar, lo despertaría.
—Aunque de todas formas, está bajo la influencia de Achlys. No creo que se despierte a medianoche —había dicho Irwin.
En aquellos momentos, ambos enemigos estaban durmiendo apaciblemente, como si fueran una pareja. Claro que ella estaba allí como prisionera, pero no lo parecía.
Cath no podía dormir. Estaba envuelta en su propia capa de viaje, mirando el cielo estrellado. La historia de los D’anero y lo de que Irwin los defendiera escocía mucho a Cath, pero lo que de verdad le molestaba era el asunto de Crystal D’anero.
Crystal D’anero. El nombre no le sonaba de nada y eso había afectado mucho a Irwin. Pero ¿por qué? ¿Y por qué echaba la culpa de la falta de fama de Crystal a los Van Lauthen?
Cath era joven, pero no era estúpida. A juzgar por cómo hablaba Irwin de esa tal Crystal («mi dulce Crystal»), debía de tener una relación muy fuerte con ella. Es decir, una relación romántica, porque lo más parecido a una familia que Irwin había tenido nunca era Carol y la propia Cath, y desde luego, el hablar de la desaparición de Carol no le afectaba tanto. Bueno, le enfurecía mucho, pero no parecía deprimirlo de semejante forma.
Así que esa tal Crystal era, o había sido, la pareja de Irwin. Pero algo no encajaba.
Crystal D’anero. Irwin se había enamorado de una D’anero. A lo mejor eso explicaba que se pusiera de su parte, pero no dejaba de ser una razón estúpida. Cath entendía que podía haber una D’anero que no fuera malvada; era muy difícil, pero no imposible. Pero de allí a decir que la familia D’anero había sido una estirpe honorable…
Definitivamente, esa D’anero había golpeado fuerte en el corazón de Irwin. Claro que Cath no sabía si le había correspondido. Sin embargo, la reacción de Irwin no le parecía la de alguien rechazado. Algo le decía que si Irwin quería de corazón a una persona, esa persona correspondería a Irwin.
Un momento. ¿No habían mencionado también a un tal Alexis D’anero? ¿Este quién era? ¿El hermano de Crystal? ¿Su padre? Aquello complicaba mucho el tema. Claro que la desconocida había ido a por Cath para encontrar información sobre Alexis, así que a lo mejor era Crystal el elemento extraño. Pero ¿por qué ir a por Cath si tenían a Irwin? Él conocía mucho de los D’anero, a juzgar por lo que había dicho ese mismo día, así que ir a por Cath no tenía sentido. La única relación que tenía ella con los D’anero era por lo de Nandry… pero claro, comparado con el asunto de Irwin, aquello no era nada.
Entonces, ¿por qué ir a por Cath? ¿Por qué no ir a por Irwin? Y, sobre todo, ¿por qué buscar información sobre los D’anero?
Aunque… La Ambidiestra parecía bastante sorprendida de que Irwin supiera tanto sobre los D’anero. A lo mejor no habían ido a por Irwin porque quien fuera quien la hubiera enviado no tenía información sobre los conocimientos del exladrón, o sus relaciones con los D’anero.
Pero sí que sabían lo de Nandry y eso era algo muy insignificante. Si quien buscara a los D’anero sabía algo como eso, ¿cómo no saber con quién se habían relacionado con los D’anero?
Algo no encajaba. ¿Cómo sabía la Ambidiestra lo de Cath y, sin embargo, desconocía lo de Irwin? ¿Qué diferencia había entre uno y otro?
De repente, algo se iluminó en la cabeza de Cath. ¿Cómo había llamado Irwin a la Ambidiestra?
«Pequeña».
El incidente de Nandry había tenido lugar seis años antes. Sin embargo, los D’anero habían desaparecido hacía cientos, o incluso miles, de años. A lo mejor lo que le sucedió a Irwin había pasado hacía tanto tiempo que no tenía importancia…
No, pero Irwin no era tan viejo como para haber vivido los tiempos de los D’anero, ¿no? Había estado en un orfanato en Sangreal y había conocido a Carol y se había educado en el gremio de ladrones…
Aunque el propio Irwin aseguraba que, por edad, Carol ya estaba muerta, si no la habían matado aquellos hombres que se la habían llevado. Si había pasado poco tiempo, los treinta años que decía Irwin, no tenía por qué ser así. Una mujer sana podía vivir fácilmente hasta los sesenta.
Pero Irwin decía que ya había pasado demasiado tiempo… E Irwin era un Diestro. Los Diestros vivían mucho tiempo.
Pero entonces… ¿qué edad tenía Irwin?