Victoria se despertó, medio atontada. Se encontraba muy cómoda y se removió para darse la vuelta. Estaba apoyada en algo blando que la arropaba con una manta, así que no pasaba frío y había dormido tan bien…
—Vaya, qué cariñosa eres.
Al instante despertó del todo, alarmada. Al fijarse mejor en su «cama», se dio cuenta de que eran nada más y nada menos que los brazos del ladrón. Incrédula, se dio cuenta de que ella también lo estaba abrazando. Se soltó al instante e intentó salir de entre los brazos de Dedos rápidos, pero este no se lo permitió, abrazándola más fuerte y estrechándola contra su pecho.
—Ah, ah, ah, no creas que te voy a dejar marchar —dijo el ladrón en un tono falsamente meloso—. No se puede dormir abrazado a una joven tan guapa todos los días…
La estrechó completamente antes de que pudiera reaccionar, de forma que sus rostros quedaron a pocos centímetros. Victoria notó cómo se sonrojaba al verse reflejada en los ojos del ladrón.
Sus ojos… Eran completamente negros, no tenían ningún asomo de iris. Eran muy, muy profundos, y Victoria sintió que esos ojos habían visto miles de cosas, desde los milagros más impactantes hasta los desastres más desesperanzadores.
Todo esto pasó por la mente de Victoria durante, aproximadamente, dos segundos. Luego, reaccionó.
—¡Suéltame!
Dicho y hecho. El ladrón la dejó marchar al momento, con un brillo de burla en los ojos.
—Vaya, qué despertares. Esta noche no parecías tan disgustada cuando te abrazabas a mí como si fuera el fin del mundo…
Dedos rápidos no pudo decir nada más. Victoria lo interrumpió con un gesto y al momento, en el lugar en el que Irwin había estado sentado había un círculo quemado de hierba.
Sin embargo, no había ni rastro del ladrón. Victoria no tuvo tiempo de reaccionar; instantes después de darse cuenta de que no había dado al ladrón, una espada le rozó el cuello.
—Puedo dormirte en este preciso instante y lo haré si no te comportas. Eres mi prisionera, pequeña, y no te escaparás así como así. Puedes venir con nosotros de forma pacífica y compartir nuestro fuego, o puedes viajar inconsciente hasta Sangreal, tú decides.
Victoria se quedó un momento callada. Necesitaba calmarse y analizar todo con frialdad. Pero primero, debía asegurarse de una cosa.
—Tú también lo eres, ¿verdad? —preguntó.
—¿Eh? ¿Si soy qué? —preguntó el ladrón a su vez.
—Eres un Ambidiestro. Si no, no podrías teletransportarte de esa forma.
El ladrón soltó una carcajada.
—¿Yo? ¿Ambidiestro? Lo siento, pero no. Soy simplemente un Diestro, pero soy el Diestro más poderoso del mundo. De forma que soy mejor que tú, eso es todo. No hay ningún truco.
—¡Imposible! —saltó Victoria—. No intentes mentirme, sé reconocer la Magia cuando la veo. El teletransporte es algo inherente a los Zurdos y los Ambidiestros.
—Ajá. ¿Y cuándo me he teletransportado yo?
—¿Ahora mismo? —contestó desdeñosa Victoria—. No consigo ver cómo haces el hechizo, pero es obvio que esa forma de moverse es mágica.
—Vaya por Dios, creía que eras inteligente —espetó el ladrón—. A ver, ¿tú sientes que yo sea un Ambidiestro?
—Bueno, no, pero…
—O sea, que no soy un Ambidiestro. Simplemente soy rápido. La velocidad es lo más importante en una batalla. Si corres, no pueden atraparte. Si eres más rápido que tu rival, no puede golpearte. Si eres rápido, puedes golpear primero a tu contrincante.
Aquello empezaba a interesar a Victoria… Aunque esa forma de comportarse del ladrón le ponía de los nervios. Semejante confianza de alguien que quería matarla el día anterior…
Un momento.
¿Confianza?
Victoria aguantó la sonrisa que acudía a sus labios. Conque confianza… Bueno, se aprovecharía de ello.
—¿Así que eso es simplemente velocidad? —dijo, cambiando el tono de voz a uno más amigable—.
—Imposible. He visto a muchos Diestros antes de verte a ti y no eran tan rápidos. Yo misma soy Ambidiestra y no soy tan veloz si no uso la Magia.
—Bueno, eso es porque no te has entrenado.
Victoria soltó una carcajada. Se le daba bien actuar y si el ladrón creía que era amigable…
—¿Que no me he entrenado? ¿Bromeas? Desde que tengo memoria, he estado entrenándome en las artes de la Habilidad y la Magia. Pocas personas encontrarás más entrenadas que yo.
—Seguro —contestó Dedos rápidos—. Pero ¿te ha entrenado un Diestro?
—Me entrenó…
Estuvo a punto de decir «mi padre», pero se contuvo a tiempo.
—…un maestro de armas. No era Diestro ni Zurdo.
—Lo suponía —contestó el ladrón—. El entrenamiento normal está bien, pero no explota la clave de la Habilidad. Es algo mucho más complejo de lo que la gente cree. No es solo correr rápido.
—¿Ah, no? Entonces, ¿cómo debería haberme entrenado?
—Bueno, la principal característica de la Habilidad es la capacidad de aumentar progresivamente tus capacidades físicas. Esto se basa en el principio de…
No pudo acabar la frase. Victoria volvió a mover el brazo y de nuevo el ladrón desapareció, dejando en su lugar un círculo de hierba quemada.
—¿Otra vez atacándome?
Victoria sonrió.
—No. Era un señuelo —con toda la velocidad que pudo— movió el brazo y rozó al ladrón con una espada que momentos antes no tenía.
—Achlys —dijo.
El ladrón se derrumbó.
Victoria sonrió. No la llamaban Ambidiestra por nada.
Los Zurdos se llamaban Zurdos porque solo podían utilizar la Magia con la parte izquierda de su cuerpo. Con los Diestros pasaba también, aunque no era tan perceptible.
Sin embargo, los Ambidiestros no tenían esa traba. Victoria era capaz de utilizar ambas manos para hacer hechizos, y si se concentraba, podía hacer dos a la vez. Así pues, mientras atacaba a Dedos rápidos con la mano izquierda, había atraído hacia sí a Achlys. Y la estratagema había surtido efecto.
Lo cual también indicaba que esa espada era mágica de verdad. Victoria inspeccionó al ladrón. Completamente inconsciente. Bien.
Bueno, otra pregunta más: ¿de dónde había salido Achlys? Es decir, su padre se la había regalado de pequeña, la tenía desde hacía mucho. Era su espada de toda la vida, ¿y era mágica? ¿Y famosa? ¿De dónde la había sacado su padre?
Victoria desechó esos pensamientos. Ya lo averiguaría. Ahora, lo importante era hablar con Catherine Acciari y averiguar todo lo que pudiera sobre Alexis D’anero.
La información que el ladrón pudiera darle… podía esperar.
—Pero espera un momento…
¿Dónde está Catherine Acciari?
Cath estaba sentada en el suelo, completamente aburrida, a casi dos kilómetros del campamento donde, en teoría, debería estar durmiendo.
Era mediodía. Habían pasado ya dos horas desde que Irwin la había despertado, todavía con la desconocida en brazos.
—Tienes que esconderte, Cath —le había dicho—. En cuanto se despierte, tendré que hablar con ella y siempre existe la posibilidad de que se escape y tengamos que luchar. Preferiría no tener que preocuparme por mantenerte a salvo.
Cath, medio dormida, no había tenido oportunidad de decir nada.
—Sin embargo, está el pequeño problema de que Curpo es una llanura gigante —continuó Irwin—. Y cerca de aquí no hay ningún bosque ni ningún sitio donde esconderse, así que la única forma de mantenerte a salvo es alejarte de aquí. Así que ves en esa dirección —dijo, señalando al este— y no te detengas hasta dentro de un buen rato, cuando veas que estamos muy lejos. Un par de horas bastarán. Luego te iré a buscar.
De forma que Cath había tenido que andar durante toda la mañana. Suspiró, aburrida. Tenía tantas preguntas que hacerle al ladrón… Crystal D’anero, la desconocida, los Van Lauthen, Alexis D’anero, Nandry, su edad…
Y el ladrón no parecía querer contestar ninguna… Si no cambiaba de tema, reaccionaba de una forma extrañísima ante el más mínimo comentario…
Claro que era normal que reaccionara así. Seguramente Crystal ya estaría muerta, por eso Irwin reaccionaba de esa forma. Si había tenido una aventura con ella, era lo normal.
¿Cómo sería esa tal Crystal? Debía de ser alguien increíble para enamorar a Irwin. Hermosa, seguro. Y noble, bondadosa y todo lo demás. La típica princesita de cuento.
No, no era muy probable. Ese tipo de mujeres no le gustaban a Irwin, o eso creía ella. No le pegaba enamorarse de una joven indefensa. Seguramente sería alguien poderoso, ya que los D’anero eran todos Ambidiestros. A lo mejor era como la desconocida, una mujer fuerte y gritona. Irwin parecía divertido cuando estaba con ella.
Cath suspiró, molesta. Por mucho que especulara, no podría saber absolutamente nada mientras no preguntara a Irwin directamente.
—Pero no creo que Irwin me dé muchas respuestas si le pregunto sobre los D’anero… —murmuró en voz alta.
—Es una desgracia. Sin embargo, tú sí puedes responderme a mí, Catherine Acciari. Y más vale que lo hagas.
Cath se volvió, asustada. Tras ella estaba de pie la desconocida, donde momentos antes no había habido nadie. La joven no había hecho ningún ruido y apuntaba a Cath con Achlys, la espada que Irwin había usado para hacerla dormir.
—Veo por tu expresión que no me esperabas. El ladrón ha sido muy descuidado y he conseguido escapar y hacerme con Achlys. Ahora debe de estar roncando apaciblemente.
Cath no se podía creer lo que oía. ¿Irwin había sido derrotado?
—¿Qué…? ¿Qué vas a hacerme? —preguntó.
—Preguntas —contestó la desconocida—. Unas cuantas preguntas. No te haré daño si no opones resistencia. Huir no es una opción y lo sabes. No eres ni Diestra ni Zurda, así que no intentes hacer nada estúpido.
—¡¿Pero por qué?! ¡Yo no sé nada de los D’anero! ¡Nunca he tenido nada que ver con ellos! —saltó Cath.
Aquella situación la aterrorizaba. Irwin no estaba y esa desconocida era peligrosa.
—¿Por qué mientes? Sé que tienes alguna relación con ellos. Simplemente dime cómo hallar a Alexis D’anero y te dejaré en paz. Tú nunca volverás a verme.
—¿Yo? ¡¿Y qué pasa con Irwin?!
—El ladrón se vendrá conmigo. Con esto —dijo, alzando a Achlys— lo podré mantener bajo control. Ese tipo sabe demasiadas cosas y es demasiado poderoso como para que le deje ir así como así. Y si tú no quieres correr su misma suerte, más vale que me hagas caso.
Cath no se lo podía creer. Querían quitarle a Irwin y dejarla sola. No podía permitirlo.
—¡Nunca! ¡Siempre iré con Irwin! ¡Si él no puede ser libre, yo tampoco lo seré!
—Catherine Acciari, no sabes de lo que hablas —murmuró la desconocida—. Dedos rápidos no puede estar en libertad, pero tú no has hecho nada excepto ser protegida por gente no deseada. No mereces pasar por lo que tendrá que pasar el ladrón.
—Así que contéstame. ¿Dónde está Alexis D’anero? ¿Qué relación tienes con él, con los D’anero en general?
—Yo… No te lo diré. No, si no prometes que Irwin será libre conmigo. No lo tomarás como prisionero.
—¿Intentas chantajearme?
—Sí —contestó Cath, tajante.
La desconocida se quedó unos minutos en silencio. No parecía gustarle la situación. Finalmente, pareció tomar una decisión.
—Lo siento —dijo—, pero no puedo aceptar. Me contarás lo que quiero que me cuentes y luego me llevaré al ladrón. Si no lo haces por voluntad propia…
De repente, desapareció. Cath no pudo seguirla con la vista y, cuando se dio cuenta, la desconocida estaba tras ella. Notó algo afilado en el cuello.
—… te obligaré a contármelo —continuó la desconocida—. Ya has visto lo que puede hacer esta espada. Y si no quieres quedarte sin energía, hazme caso.
Cath no contestó.
La desconocida esperó cinco segundos. Luego, habló.
—Muy bien. Veo que te resistes. Espero que la siesta te calme.
—Achlys.
Victoria notó cómo la pequeña se desmayaba y la sujetó antes de que cayera al suelo. No era necesario utilizar la espada así, pero quería experimentar con ella. Coger práctica. Cuando Catherine Acciari despertara, podría convencerla mediante la Magia y luego llevarse a Dedos rápidos.
La verdad era que Achlys era muy poderosa. Drenar toda la energía de un ser vivo sin matarlo era algo muy difícil y la espada lo lograba sin problemas. Le sería muy útil, desde luego.
Ahora, solo quedaba esperar a que Catherine Acciari se despertara, medio dormida, y empezar a interrogarla.
—¿Eh? —murmuró Victoria, dando un respingo—. Había notado una energía a lo lejos. Un Diestro, o un Zurdo, no lo distinguía muy bien. Y eso era raro; no podía discernir ni la dirección ni el origen de la energía.
E iba en aumento. Quienquiera que fuera el que emitía la energía se estaba acercando. Sin embargo, no sabía decir la dirección…
Un momento, pensó Victoria. La energía no provenía de alguien lejano que se iba acercando. Provenía de alguien cercano… y la energía iba en aumento.
Victoria abrió los ojos todo lo que pudo. Quien emitía esa energía…
Era Catherine Acciari.
Momentos antes, la niña no había emitido ningún tipo de energía; era una persona normal. Sin embargo, ahora Victoria la percibía como a alguien muy poderoso… Pero no podía discernir si era Zurda o Diestra.
¿Qué estaba pasando? ¿Acaso la niña despertaba algún tipo de poder ahora? Sabía que algunos Diestros o Zurdos no nacían con ese don, sino que lo despertaban en algún momento de su vida. Pero aun así, la energía que emitía esa niña era exagerada y seguía en aumento. Pronto superó la de Dedos rápidos y, asustada, Victoria se percató de que también superaba a su padre.
Entonces, la niña se movió. Abrió los ojos, que estaban completamente en blanco, y se levantó por su propio pie.
Victoria no podía creerse lo que estaba viendo. Achlys debería haberle quitado toda la energía a la niña, de forma que no podría moverse hasta que no pasaran unas cuantas horas. Habían pasado minutos y Catherine Acciari se levantaba. ¿Había hecho algo mal al usar la espada?
Entonces, de la boca de la niña salió una voz.
—Achlys —pronunció. Era una voz de mujer adulta, que no pegaba con el joven cuerpo de Catherine Acciari.
—¿Me has hechizado con Achlys?
Victoria tardó en contestar.
—Sí. Me vi obligada. Ahora, responde, ¿quién o qué eres?
Catherine Acciari se quedó mirándola unos momentos. Entonces, un rictus de furia cubrió su cara.
—Na-shayana. Eres na-shayana, ¿verdad?
—Y tú no eres Catherine Acciari.
—En otras palabras, eres na-shayana. Los de tu pueblo me han hecho más daño del que te puedas imaginar, jovencita. En cuanto a mi identidad, ahora soy conocida como Catherine Acciari, pero antes he tenido multitud de nombres. ¿Cuál de ellos quieres saber?
Victoria sonrió.
—El primero de ellos. El nombre con el que llegaste a este mundo… Y también la relación que tienes con los D’anero.
Catherine Acciari se quedó callada.
—Mi relación con los D’anero… ¿o la relación de Catherine Acciari con ellos?
—¿No es lo mismo acaso?
—No. Yo soy, y no soy a la vez, Catherine Acciari. Ella es una niña normal, cuya alma ha vivido más de lo que quizá debería. Y por culpa vuestra, pequeña.
—¿Qué?
—Los Van Lauthen, los na-shayanos en general… Me hicieron esto. Me hicieron vivir y morir miles de veces, sin recordar nunca mi pasado. Encerraron mi esencia en un árbol que hacía nacer a bebés, como si fueran frutos, cada vez que mi cuerpo moría. Así, renacía, como el fénix…
Y no hay peor mal que ver cómo sufre la persona más cercana a ti que conoces.
Victoria no entendía nada. De repente, la voz había sonado increíblemente furiosa, pero ahora volvía a estar calmada. No parecía ser capaz de concentrarse.
—Y tu nombre es… —dijo Victoria. Tenía una ligera sospecha, pero no podía estar segura si la voz no le decía su nombre.
—Mi nombre… No te importa, na-shayana. Nunca os importó.
—Nunca… y pagarás por ello.
De repente, Catherine Acciari levantó sus manos. La energía que emanaba el cuerpo de la niña se concentró y al momento empezó a soplar el viento.
—Muere —dijo.
Y apuntó a Victoria.
Una explosión asoló el prado.
Catherine Acciari, o quien diablos fuera, había hecho volar por los aires medio prado. Era Magia, desde luego, pensó Victoria.
Había esquivado el hechizo, obviamente. Era una Ambidiestra, así que no era ningún problema para ella esquivar algo tan lento.
—¿Por qué me atacas? —preguntó—. ¿Qué te he hecho yo? Puede que algunos na-shayanos te hicieran daño, pero eso no significa que…
No pudo continuar. La niña volvió a atacarla; sin embargo, esta vez fue más rápida.
—Veo que te gusta hacer explotar cosas. ¿O es que no sabes hacer nada más con la Magia?
—Con controlar un camino me basta —dijo la niña.
—¿Camino? —preguntó Victoria—. ¿Qué rayos significa eso?
La niña esbozó algo parecido a una sonrisa.
—Claro —murmuró—. Siendo na-shayana, no sabrás nada de los caminos. Es algo de los D’anero.
Volvió a atacar, de nuevo haciendo explotar el suelo. Victoria lo esquivó de nuevo, sin problemas. Primero, la niña levantaba los brazos, luego soplaba el viento y luego todo explotaba. No era difícil esquivar un golpe así.
—Ni siquiera necesito usar la Magia para acabar contigo, Catherine Acciari. Sin embargo, me parece que ese no es tu nombre.
—Lo es —contestó la niña—. Uno de tantos.
Volvió a levantar los brazos y de nuevo el suelo explotó. Victoria ni siquiera se protegió esta vez; simplemente levantó un escudo en el aire. La explosión ni la rozó.
—Pero yo quiero saber tu primer nombre. Esa será tu verdadera identidad. Sin embargo, sospecho que ya sé quién eres.
Otro ataque. Esta vez no fue una explosión, sino que la niña movió las manos y del suelo salieron disparadas multitud de piedras afiladas en dirección a Victoria. Esta las paró en el aire, a pocos centímetros de su cara.
—Me has hecho usar dos caminos —murmuró la niña.
—Me da igual —contestó Victoria—. Lo importante es que ya sé por qué me enviaron a buscarte, Catherine Acciari. Me dijeron que tenías alguna relación con los D’anero… y ya he descubierto cuál es.
—No es que tengas alguna relación con los D’anero.
—Es que eres una D’anero.
La niña se quedó callada y no atacó.
—¿Me conoces, entonces? ¿Acaso se habla de mí en Na-Shaya?
—Por supuesto. Es más, si no fuera na-shayana, no sabría nada de ti. Solo conozco a una persona que sepa tu nombre sin ser de ese país y es un ladrón llamado Dedos rápidos.
—Pero aun así, tu nombre es muy célebre, Crystal D’anero.
La niña se quedó callada y bajó los brazos. Tardó mucho en hablar, pero finalmente lo hizo.
—Dices que te han enviado a buscarme. ¿Quién?
—No tienes por qué saberlo… a no ser que me respondas a una cosa. Si lo haces, te diré todo lo que sé, para que puedas vengarte.
—De acuerdo. Si puedo, responderé a tu pregunta.
Victoria suspiró, aliviada. Confiaba en que Crystal cumpliera su palabra. De ello dependía todo.
—¿Dónde está Alexis D’anero? —preguntó.
Entonces, la expresión de Crystal cambió. De tener la mirada ligeramente perdida pasó a ser un rostro ensombrecido.
Y habló.
—De todas las preguntas que podías hacerme… esa es, sin duda, la peor. No responderé a eso…
De repente, desapareció. Victoria no tuvo tiempo a girarse y sintió a alguien tras ella.
—… y tú morirás.