Victoria se despertó de golpe. Confundida, se levantó. ¿Dónde estaba? ¿Y por qué no estaba en su cama de Tar-Thelion?
Entonces lo recordó. Claro, había salido en busca de Catherine Acciari y se había encontrado con el ladrón, y todo lo demás… Pero entonces, ¿por qué había estado durmiendo? Estaba en medio de una pelea con Crystal D’anero, que en realidad era Catherine Acciari, y ya no recordaba nada más.
Aquello era extraño. Últimamente, cada vez que se despertaba se quedaba unos minutos sin recordar nada, hasta que todo le venía de repente a la cabeza. ¿Por qué sería?
—Ya te has despertado, por lo que veo —dijo una voz.
Victoria se volvió. Quien hablaba era Dedos rápidos. A su lado estaba Catherine Acciari, durmiendo. Era de noche, y estaban en el mismo prado de por la mañana.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Y cómo es que esta vez me has dejado libre?
—Esta vez no te apresaré. No seré tan clemente. Al mínimo movimiento sospechoso, te mato. Sin advertencias.
—¿Me preguntas qué ha pasado? A media tarde me desperté, y me di cuenta de que habías conseguido escapar de mí, usando a Achlys. Sin embargo, percibía tu energía cerca, así que te busqué, y os encontré a ti y a Cath inconscientes.
Victoria frunció el ceño. ¿Qué había pasado en su batalla contra la niña? No recordaba nada, y le dolía la cabeza…
—Atacaste a Cath, ¿no es así? Usaste a Achlys —la acusó el ladrón.
—No le hice ningún daño —respondió Victoria—. Simplemente, la dormí. Para evitar que opusiera resistencia. Y luego…
—Luego despertó y te noqueó —la cortó Dedos rápidos—. Me vas a decir qué fue exactamente lo que te dijo, y puede que entonces no te mate, ¿de acuerdo?
Victoria tragó saliva. El ladrón emanaba un aura que la paralizaba. Era mucho más potente que antes… Más potente que la de su padre. Y sus ojos… los ojos del ladrón, normalmente negros como el carbón, estaban teñidos de un color rojizo, como inyectados en sangre.
—Ella… despertó, sí. ¿Sabías qué era desde antes?
—Claro que despertó —contestó el ladrón, ignorando la pregunta—. Y tienes suerte de que no te arrancara la cabeza. Más te vale contarme qué te dijo, y luego quién te envía. No lo repetiré dos veces.
—Ella… me atacó porque descubrió que era na-shayana. Por mi acento, supongo. Y luego, me dijo que era…
—Que era Crystal D’anero. ¿De forma que te contó todo? ¿Así, sin más?
—Bueno, yo adiviné la mayor parte —contestó Victoria—. Luego volvió a atacarme, y no recuerdo nada más. ¿Qué rayos…?
—Nada que te incumba. Al usar a Achlys, robaste la energía de Cath, de forma que la de Crystal pudo salir a flote. Les causaste a ambas un dolor inmenso, pequeña.
Victoria sacudió la cabeza.
—¿Cómo que desperté a Crystal? ¿Por qué está en su cuerpo?
Dedos rápidos no contestó. Victoria se estremeció. El ladrón parecía estar en un estado de ánimo bastante peligroso.
—¿Por qué? —repitió la princesa.
—¿Me preguntas por qué está Crystal D’anero en el cuerpo de una chiquilla normal y corriente? ¡Por vuestra culpa, obviamente! ¡Por vuestra maldita culpa!
Victoria no entendía nada. Era cierto que los Van Lauthen habían matado a Crystal D’anero, pero…
El ladrón continuó, subiendo cada vez más el tono.
—¡Los na-shayanos hicisteis todo esto! ¡Por culpa de vuestra maldita ansia de poder, todo lo que habían construido los D’anero acabó destruido! ¡¡Hoy en día, su nombre es maldecido por todo el mundo!! ¡¡¡Y por un crimen que no cometieron!!!
—¡¿Cómo que no cometieron ningún crimen?! ¡¡Comenzaron una guerra!!
El ladrón pareció calmarse, y de repente dejó de gritar. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz baja, en susurros.
—Los D’anero nunca empezaron ninguna guerra. Fueron los na-shayanos, concretamente los Van Lauthen, aliados con traidores de Neishi. Luego echaron las culpas a los D’anero y empezó la guerra contra ellos.
Victoria estaba más asustada ahora que antes. Al menos, cuando el ladrón gritaba, sabía que estaba descargando su rabia. Ahora, en cambio, se la guardaba para sí mismo, y la princesa notaba cómo se acumulaba poco a poco.
—Eso no puedes saberlo, Dedos rápidos. Fue hace tanto tiempo que ya nadie puede recordarlo. Ni siquiera tus abuelos habían nacido en ese entonces. Lo que hicieron los Van Lauthen fue matar a Crystal D’anero como respuesta a los ataques de la familia. No fue un acto honorable, lo admito, pero…
El ladrón empezó a reír de golpe. Era una risa amarga, que sonaba a un volumen muy bajo.
—¿Así que esa es la versión de los Van Lauthen? ¿Que los D’anero atacaron, y luego ellos respondieron matando a Crystal? Bueno, supongo que es tan buena como cualquier otra. La cuestión final es que, por mucho que se excusaran los Van Lauthen por cuestiones políticas, mataron a una niña inocente, y la hicieron quedar como una bruja.
Victoria calló. Sabía que lo que decía el ladrón era verdad, pero aún así, lo que su familia había hecho estaba justificado. Si no hubieran utilizado así a Crystal D’anero… habría habido una guerra peor todavía.
—No puedes saber eso —contestó Victoria—. No hay casi documentos sobre lo que pasó, así que es imposible…
—No es imposible, pequeña. Sé todo lo que se puede saber de la dinastía D’anero. Todo. Y no me baso en documento alguno —contestó el ladrón, mirándola a los ojos.
Victoria se estremeció. Las pupilas negras estaban completamente rodeadas por un tono carmesí.
Victoria supo que decía la verdad. Fue algo instintivo, o quizás lo leyó en aquella mirada, pero en ese momento, supo que el ladrón no mentía. Sabía más de los D’anero que nadie.
—¿Pero cómo puedes…?
El ladrón sonrió de forma siniestra.
—No tengo por qué contarte nada, pequeña. Sin embargo, quizá lo haga. Pero claro, no será gratis. Es una información muy valiosa… y muy cara de conseguir.
Victoria no dijo nada. El ladrón no parecía humano en esos momentos. Además del color rojizo de los ojos, tenía algo… como un aura, o una sombra negra que lo recubría. Era una niebla oscura que rodeaba al ladrón… y le confería un aspecto aterrador.
—Pequeña, puedo contarte todo lo que quieras. De dónde saqué la información, qué pasó verdaderamente con los D’anero… incluso si hubo algún superviviente. Sin embargo, tendrás que dar algo a cambio. Concretamente, información: dime quién te envía y el nombre de tu familia.
Victoria cerró los ojos para coger valor, inspiró hondo… y soltó una carcajada.
—¿Para qué? ¿Para que los mates con más facilidad? Nunca te diré eso, Dedos rápidos.
El ladrón torció ligeramente la cabeza hacia un lado.
—¿Y quién te ha dicho a ti que yo vaya a matarlos? Simplemente voy a… aclararles un par de cosas.
Victoria negó con la cabeza. No creía una sola palabra del ladrón. No era solo que Eberhard Van Lauthen no podría luchar contra alguien así, sino que ella misma moriría si el ladrón se enteraba de que era una Van Lauthen. No se hacía ilusiones; había quedado claro quién era el más fuerte en su anterior pelea. Según las estimaciones de Victoria, el nivel de Dedos rápidos, al menos en velocidad, era tan superior al suyo como el de Victoria comparado con una persona normal.
—Lo siento, pero no. No conseguirás esa información de mí.
—¿Ah, no? ¿Y si te la quito por la fuerza? —preguntó el ladrón.
Victoria ya estaba preparada para esa pregunta.
—No lo harás. Necesitas esa información, eso está claro. Y yo soy la única que te la puede dar. Intentando sacármela por la fuerza tan solo conseguirías matarme. Y no te conviene.
Por la expresión del ladrón, Victoria supo que había dado en el clavo. Dedos rápidos sonrió de forma siniestra. Estaba claro que seguía furioso por lo de Catherine Acciari, o Crystal D’anero, o quién rayos fuera en realidad.
—Muy lista, pequeña. Sin embargo, hay una cosa de la que te estás olvidando. Yo también tengo información importante, y tú la necesitas tanto como yo la tuya. Ahora puedes negarte al trato de contarnos mutuamente lo que sabemos, pero… con el tiempo aceptarás.
Victoria lo miró a los ojos. El ladrón parecía estar ligeramente más calmado, o al menos ya no tenía esa… aura tan terrorífica de antes.
En esos momentos, el ladrón ya no parecía tan peligroso. Quizás podría engatusarlo con la conversación… Sí, probaría suerte.
—¿Y cómo sé que dices la verdad? Es seguro que yo conozco quién me ha enviado, pero no tengo ninguna garantía de que sepas lo que dices que sabes.
El ladrón sonrió.
—Muy trillado, el truco de poner en duda mi palabra para que te cuente algo sin recibir nada a cambio. Sin embargo, no va a funcionar. Sé todo sobre los D’anero, y te podría decir dónde está el verdadero Alexis D’anero. Tendrás que confiar en mi palabra.
Victoria maldijo por lo bajo. No ha funcionado, pensó.
—Pues al menos pruébame que sabes algo de los D’anero. Algún conocimiento trivial, o algo de ese tipo. Por ejemplo, al atacarme, Catherine, o Crystal, o quién sea… mencionó algo de un «camino». ¿Qué es eso?
El ladrón se quedó mirándola durante unos segundos.
—¿Te crees que soy idiota o algo así? Lo único que quieres es sacarme información sin dar nada a cambio. Sabes tan bien como yo que no necesitas pruebas de mi conocimiento sobre el tema.
—Pero no puedo fiarme de alguien como tú así como así. Eres un ladrón, me has intentado matar y odias a la familia real de mi país. Así que…
—Así que como mínimo quieres saber esto, ¿no? Sin embargo, lo de los Caminos no es un conocimiento trivial, pequeña. Es algo que sirve para aumentar los poderes de un Zurdo. Y tú eres Ambidiestra.
Aquello empezó a interesar a Victoria. Un método para aumentar el poder de un Zurdo… No tenía mucho sentido.
—Pero eso es imposible. Un Zurdo puede hacer casi cualquier cosa, no hay forma de ‹aumentar su poder›. Simplemente, algunos hechizos precisan de un movimiento tan complejo que no resultan viables.
—Por eso mismo los Caminos aumentan el poder de los Zurdos —dijo el ladrón—. Pero es un conocimiento de los D’anero. No creo que alguien que rinde pleitesía a los Van Lauthen quiera saberlo.
Victoria lo meditó. ¿Un método de los D’anero para aumentar su poder? No veía ningún problema. Los D’anero eran enemigos de su familia, pero eso no tenía por qué influenciar en su decisión.
—No tengo ningún problema en saberlo —dijo Victoria—. Así pues, nada te impide contármelo.
—¿Bromeas? No quiero contártelo, o al menos no sin recibir nada a cambio.
—¿Y qué quieres entonces?
Esa información interesaba a Victoria. Si podía conseguirla dando poco a cambio…
Entonces, el ladrón sonrió.
—Tu nombre. Sé que no me vas a contar quién te ha enviado, pero como mínimo quiero que me des tu nombre.
Victoria frunció el ceño. Si Dedos rápidos averiguaba que era una Van Lauthen, estaría en graves problemas. No podía decirle así como así…
Un momento.
¿Qué era lo que había dicho Dedos rápidos? Que le dijera «su nombre», ¿no?
—De acuerdo —dijo la princesa—. Pero solo te lo diré cuando me cuentes qué son los Caminos. Después de eso, te lo diré.
—¿Cómo puedo saber que lo harás? —preguntó el ladrón, con tono acusador—. A lo mejor te niegas a decírmelo si te cuento todo.
—Te doy mi palabra —dijo Victoria—. Si de verdad conoces a los D’anero de la forma en que aseguras, sabrás que lo primero que advirtieron de los na-shayanos fue…
—Su sentido del honor —cortó Dedos rápidos—. Lo sé. En teoría un na-shayano siempre cumple su palabra. Muy bien, me fiaré. Querías saber qué son los Caminos, ¿no?
—Así es.
El ladrón cogió aire, y empezó a hablar.
—Supongo que no hace ninguna falta que te explique cómo funciona la Magia —dijo Dedos rápidos—. Sin embargo, te lo diré, porque siempre es bueno recordar estas cosas. La Magia de los Zurdos no es más que energía que recorre su cuerpo. Esta energía fluye en libertad, pero cuando el Zurdo se concentra, puede controlarla y expulsarla fuera de su cuerpo, donde toma cualquier forma. Puede ser aire, fuego, luz…
Ahí es donde entran en escena los Caminos.
Los Caminos es la división de las funciones que puede hacer la Magia. En teoría puede hacer casi todo, pero sus usos se pueden dividir en seis, los llamados Seis Caminos: Creación, Manipulación, Ilusión, Movimiento, Destrucción y Corte.
Es decir, todo lo que puedas hacer con la Magia será alguno de estos Caminos.
Pongamos como ejemplo tu espada de energía, la que usaste contra mí. Es Magia de Creación. Tu teletransporte combina Magia de Movimiento, Magia de Manipulación y Magia de Creación. Las explosiones que dirigías contra mí eran Magia de Destrucción. Las auto mejoras que hacía una antigua amiga mía eran Magia de Manipulación.
Cuantos menos Caminos abarque un hechizo, menos movimientos precisará. Por supuesto, la dificultad aumenta cuanto más complicado es el hechizo, y tan solo los más simples suelen ser únicamente de un Camino. Sin embargo, los D’anero tan solo usaban un Camino de vez en la mayoría de sus hechizos, lo cual aumentaba su velocidad al lanzarlos.
—Entonces, ¿los D’anero solo usaban hechizos sencillos? ¿Nada complicado? —preguntó Victoria.
—Claro que usaban hechizos complicados —contestó Dedos rápidos—. Pero mentalmente, los simplificaban.
Me explicaré mejor. Cada Camino tiene una serie de características:
El Camino de la Creación abarca todo aquel hechizo que consista en crear algo. Es decir, si haces que surja una luz de la nada, enciendes una llama, o creas una espada como hiciste ayer, estás usando este Camino. Al teletransportarte, usas este Camino, ya que creas un portal entre planos temporales de la nada.
El Camino de la Manipulación abarca todos los hechizos que cambian de alguna forma objetos ya creados, ya sea debilitándolos o fortaleciéndolos. Si se cambia el interior de algo, de la forma que sea, se usa Magia de Manipulación. Tu teletransportación también la usa, ya que necesitas manipular el aire para crear el portal.
El Camino de la Ilusión implica, cómo no, las ilusiones. Todo aquello que implique engañar a alguien, tiene que ver con este Camino. Estrictamente hablando, las ilusiones se crean, así que debería ser parte del Camino de la Creación, pero se considera, a efectos prácticos, que la Ilusión es un Camino aparte.
El Camino del Movimiento es el más simple de todos. Se utiliza cuando se mueve un objeto o persona. Da igual la velocidad, si tan solo mueves algo, solo usas este Camino. Pero solo si se mueve un objeto en su totalidad, si se mueven las partes del objeto o persona a hechizar se utiliza el Camino de la Manipulación.
Luego está el Camino de la destrucción. Cuando intentas hacerme explotar, usas este Camino. Cuando destrozas algo, cuando lo partes, cuando simplemente lo golpeas… estás manejando la Magia de Destrucción.
Por último, está el Camino del Corte. No es parte del Camino de la Destrucción, al igual que el Camino de la Ilusión no es parte del de Creación. No estoy muy seguro de por qué, pero destruir algo o cortarlo no se considera lo mismo.
Victoria había estado escuchando todo el discurso del ladrón atentamente e intentando no hablar, pero al llegar a este punto, no pudo aguantar.
—¿Pero cómo va a aumentar eso el poder de los Zurdos? Simplemente es una clasificación de los hechizos que existen…
—No has entendido nada —dijo Dedos rápidos—. Lo importante de los Caminos es que abarcan todos los hechizos que se puedan hacer, y lo que es más importante: se pueden utilizar varios a la vez o de uno en uno. Cuantos más Caminos uses, más movimientos necesitarás para efectuar la Magia.
Es decir, que si te esfuerzas en usar tan solo un Camino cada vez, no tendrás que hacer ningún movimiento de más.
—Pero los movimientos que hay que hacer dependen del hechizo —replicó Victoria—. Y de la potencia que tenga…
—Los movimientos dependen del hechizo, sí —dijo el ladrón—. Te lo explicaré con un ejemplo: si quieres mover una piedra, haces determinado movimiento. Digamos que alzas el brazo.
Entonces, cuando alzas el brazo, puedes mover la piedra. Ahora, si intentas mover otra piedra, ¿tienes que hacer un movimiento distinto?
—No, basta con mover el brazo otra vez.
—Exacto. Da igual lo que quieras mover, siempre utilizas el mismo movimiento. Esto es porque al mover algo, utilizas el Camino del Movimiento, y tan solo ese.
¿Me entiendes? Da igual cómo quieras utilizar el hechizo, siempre que uses únicamente el Camino del Movimiento, solo necesitas alzar el brazo. Puedes mover algo creando viento y empujándolo, o golpeándolo, pero entonces utilizarás otro Camino distinto, así que no será el mismo hechizo.
Y esto pasa igual con todos los Caminos. Todos los hechizos se pueden hacer utilizando tan solo un Camino.
En otras palabras, con seis movimientos distintos, todos ellos muy sencillos, puedes hacer cualquier hechizo.
—Pero… —Victoria volvió a interrumpir al ladrón. Si lo que el ladrón decía era verdad…—. Pero eso no es cierto. Si yo por ejemplo pienso en teletransportarme necesito varios movimientos que luego no utilizo para usar los Caminos por separado…
—A ver —dijo el ladrón—. Es que para usar los Caminos, debes saber que existen. Cuando tú misma piensas en teletransportarte, piensas simplemente en teletransportarte. Si en vez de eso te concentras en utilizar primero el Camino de la Creación, luego el de la Manipulación, y luego el del Movimiento, no harás los mismos movimientos, pero el efecto será el mismo.
Es por esto que los D’anero eran tan poderosos al utilizar la Magia. En vez de hacer complicados bailes, simplemente hacían sucesiones sencillas de combinaciones de seis movimientos. No tenían que concentrarse para estudiar los hechizos, con seis de ellos podían hacer cualquier cosa.
Porque al utilizar más de un Camino a la vez, los movimientos necesarios para ello se van complicando.
Victoria se quedó callada, mientras miraba sus manos. En esencia, lo que decía el ladrón era que se podía hacer Magia sin tener que efectuar complicados bailes, que era el gran defecto de ese poder.
Poder hacer Magia tan solo con seis movimientos… La idea era muy atractiva, desde luego.
—Ahora, tu parte del trato. Me has prometido darme tu nombre de familia, así que…
—No exactamente —cortó Victoria—. Me dijiste que a cambio de que me contaras qué eran los Caminos, te diría ‹mi nombre›. Tan solo mi nombre, no mi apellido o el nombre de mi familia.
El ladrón se quedó unos instantes callado, mirándola con los ojos muy abiertos. Poco a poco, una sonrisa fue asomando a su cara, y finalmente estalló en carcajadas.
—Muy buena, pequeña. Has conseguido engañar a un ladrón, y acepto mi derrota. De todas formas, ese conocimiento no basta para poder usar los Caminos, necesitarías muchísima práctica para poder hacerlo.
Además, no cantes victoria tan pronto, pequeña. Eres mi prisionera, por si no te habías enterado ya. Nos acompañarás a Cath y a mí a Sangreal, y con el tiempo me acabarás diciendo lo que sabes. Supongo que no hace falta que te diga que no puedes huir de mí. Además, irás con nosotros de forma voluntaria, ya que necesitas nuestra información tanto como yo la tuya.
Victoria, a su pesar, debía reconocer que el ladrón tenía razón. No podía separarse ni de él ni de Catherine Acciari, no ahora. Sabían demasiado, y ella tendría que ocuparse del asunto.
Y viendo lo peligroso que podía ser el ladrón, era mejor ir directamente con ellos, de forma amistosa. Prefería no volver a pelear con ellos. Sin embargo, no le gustaba la idea de ser prisionera, aunque tendría que aguantarse.
—Entonces, supongo que tendré que acompañaros. ¿Cuándo partimos?
—En cuanto Cath se despierte. Aunque creo que te olvidas de una cosa…
La princesa suspiró.
—Puedes llamarme Victoria.