—¿Me estás diciendo que avanzáis a este paso? ¿Todo el tiempo?
—Así es. A Cath no le gusta correr muy rápido y, además, así se aprecia el paisaje.
Victoria bufó. Cuando la habían «tomado prisionera», había creído que lo hacían porque no tenían tiempo de entretenerse en un solo lugar, de forma que debían seguir avanzando a toda costa, pero parecía no ser así. Al contrario, ninguno de sus dos «raptores» parecía tomarse completamente en serio el viaje.
—Tampoco vamos tan despacio —dijo Catherine Acciari. Como Dedos rápidos caminaba entre ellas dos, Victoria se tuvo que inclinar ligeramente hacia delante para verla.
—A este paso llegaremos esta noche a Nuvea.
Nuvea era la ciudad más grande del sur de Curpo. Tenía fama de peligrosa, según sabía Victoria, aunque decían que sus posadas eran de las mejores que había en todo el continente.
—Así que podremos dormir en una posada.
La joven no miraba a la cara de Victoria al hablar. Esta se encogió de hombros; era una reacción perfectamente normal. El día anterior la había atacado, de forma que no era muy probable que se sintiera a gusto con ella así como así.
Lo verdaderamente extraño era el comportamiento del ladrón. La noche anterior la había amenazado de muerte (otra vez) y aquella mañana se comportaba como si la conociera de toda la vida. Por lo menos, pensó, ya no la llamaba «pequeña».
Sin embargo, el ladrón no confiaba tanto en ella como parecía. Le había quitado a Achlys y a cambio le había dado su propia espada. «Por si intentas hacer algo raro de nuevo», había dicho.
—¿Pero vuestro… nuestro destino no era Sangreal? —continuó Victoria.
—Por supuesto. ¿Por qué lo preguntas ahora? Creía que ya te había quedado claro —respondió Dedos rápidos.
—Porque Sangreal está muy lejos. ¡Tardaremos meses en llegar a este paso! Si fuéramos corriendo, llegaríamos en…
—Ya lo sé, en mucho menos tiempo. Pero entonces Cath se marearía.
Victoria suspiró.
—Veo que no vais a cambiar de opinión… En fin, si es lo que Catherine Acciari prefiere…
—No hace falta que la llames así —cortó el ladrón.
—¿Eh?
—Que no hace falta que digas siempre su nombre y su apellido. Esa costumbre tuya es bastante irritante; simplemente llámala Catherine, o Cath. Y a mí llámame Irwin, no me gusta el tono con el que dices «Dedos rápidos».
—Es tu nombre.
—Bueno… En realidad es su apodo —dijo Catherine. De vez en cuando participaba en la conversación. Parecía sentir bastante incomodidad, pero por lo menos no tartamudeaba.
—Exacto, es mi apodo. En otras palabras, es un nombre con el cual no me identifico especialmente, pero que implica una fama que en ocasiones me es útil; lo cual no significa que me tengas que llamar así —dijo Dedos rápidos con expresión petulante.
—Te presentas con ese nombre, así que te llamo con ese nombre. Además, las palabras «Irwin O’Manley» van ligadas inevitablemente a «Dedos rápidos». Es tu recompensa por ser un ladrón —contestó Victoria.
—Por última vez, hace casi seis años que no robo nada, ya no soy un ladrón. Y «Dedos rápidos» no es algo que se una sí o sí a mi nombre. Tengo otros apodos.
—¿Ah, sí? —preguntó Catherine, curiosa—. —Nunca me lo habías comentado.
—Es curioso que haya tantas cosas que no te haya comentado —dijo Victoria—. —¿No habíais vivido juntos seis años? Cualquiera diría que os falla la comunicación.
—No creí que fuera correcto hablar con Cath de determinados temas. Además, no deberías opinar de forma tan alegre, Victoria. Eres nuestra prisionera, al fin y al cabo.
Victoria volvió a bufar. Nunca se había comportado de una forma tan amigable con nadie, pero al tratar con esas dos personas la conversación surgía sola. No confiaba plenamente en ninguno de los dos, ya que ambos la habían dejado inconsciente al menos una vez, pero eso no implicaba que tuviera que restregarles su falta de aprecio por la cara. Ser cordial hacía más pasable la situación y no hacía daño a nadie.
—No me parece que «prisionera» sea una definición correcta del todo. Más bien diría que soy alguien que viaja en la misma dirección que vosotros y que quiere averiguar cierta información.
—Te olvidas de «y que no puede separarse de nosotros bajo ningún concepto, y debe obedecer nuestras órdenes». A mí me parece una definición correcta de «prisionera» —cortó Dedos rápidos.
—¿Y quién dice que no puedo huir? Soy Ambidiestra, nada puede retenerme.
—Ya. Bueno, pues resulta que mi velocidad y esta preciosidad juntas —desenvainó a Achlys— sí que pueden retenerte. Así que deja de quejarte sobre la forma en que llamo a nuestra relación de «prisionera-captor» si no quieres continuar el viaje dormida o en mis brazos. Aunque por la forma en que me abrazas, cualquiera diría que te gusta.
Victoria no se inmutó; mostrar su ira equivaldría a que el ladrón se anotara un tanto. Simplemente cogió su espada y le atacó, directa al cuello. El ladrón se agachó a tiempo.
—Por favor, no hagas eso —le dijo—. —Es bastante molesto y de todas formas no vas a conseguir nada. Pero si te ofende, no volveré a tocar el tema… Además, eres demasiado joven para mi gusto.
Victoria respiró hondo y optó por ignorar completamente al ladrón. Sabía que caer en ese tipo de provocaciones era algo infantil, pero aún así, era difícil resistir sus impulsos de romper el cráneo del ladrón. Y si utilizaba Magia, acabaría dañando a Catherine.
Tras el incidente, se sucedió un silencio que duró un buen rato. Victoria, enfadada, caminaba mientras ignoraba al ladrón y este lucía una sonrisa de superioridad sin decir absolutamente nada. Esta situación duró hasta que Catherine se atrevió a romper el hielo.
—Esto… Irwin… —dijo, en voz baja.
—¿Sí?
—¿Qué otros apodos tienes? ¿Y por qué no me los has dicho nunca? Ella… V-Victoria tiene razón, es un poco extraño que no lo sepa.
—Extraño, eh… —dijo el ladrón—. —Supongo que puede parecerlo si lo miras así. Digamos que nunca surgió el tema, así que no vi necesidad de contártelo. Además, esos otros apodos…
Al ver que Dedos rápidos callaba, Victoria optó por participar en la conversación. Luego ya se vengaría por las burlas recibidas.
—¿Qué pasa con esos apodos? —preguntó.
El ladrón la miró con una sonrisa en la boca y luego miró a Catherine.
—Digamos que no dejan expuesta mi… mejor faceta, precisamente. Me llaman «El diablo de Sangreal», «El Mentiroso», «estafa-idiotas»… aunque mi «favorito» es «el mordedor». Cada mote tiene su propia historia.
Tanto Catherine como Victoria se quedaron calladas un momento.
—Y yo que creía que «Dedos rápidos» era un mote estúpido… —murmuró Victoria, altiva—. —¿Cómo puede llamarte alguien «el mordedor»? ¿Qué hiciste? ¿Morder a alguien en la calle?
Dedos rápidos apartó la mirada, en un gesto que Victoria juraría que era de vergüenza.
—Algo parecido. El alcaide de Fengard, la cárcel de Sangreal, descubrió mi escondite y envió una patrulla de soldados a por mí. Me pillaron sin la espada, así que tuve que luchar contra ellos a puños… y durante la trifulca le arranqué a uno una oreja. De un mordisco, sí.
Ante el silencio de las dos personas que lo escuchaban, el ladrón continuó.
—Era joven. Bueno, más que joven, era inmaduro; apenas tenía experiencia de cómo era la vida en la ciudad por aquel entonces… aún no me había unido al gremio.
—¿El gremio? ¿Te refieres al gremio de ladrones? —preguntó Victoria.
—Por supuesto. Es un honor para mí ser un miembro de una sociedad tan selecta.
—¿Por eso vais a Sangreal? ¿Para visitar el gremio?
—Para escondernos en el gremio. Siendo más precisos, para esconder a Cath en el gremio. Unos soldados na-shayanos nos atacaron, así que preferimos huir a poner en peligro el pequeño pueblo que es Levan. Así que vamos al gremio. Si hay un lugar seguro en el mundo, es el gremio, no hay duda.
—Un momento, Irwin —dijo Catherine—. —¿Cómo que me voy a esconder yo allí? ¿Acaso tú te vas a marchar?
—Mucho me temo que seguramente tenga que dejarte a cargo de los miembros del gremio; pero no es seguro del todo que lo haga, así que no tiene sentido discutir eso ahora.
—Pero…
—Ahora no, Cath —dijo Dedos rápidos—. —Ahora no.
Victoria se fijó en la extraña entonación que le había dado el ladrón a esas palabras. Ahora no puede hablar porque estoy yo delante, pensó. Seguramente esa información me servirá de algo. Intentaré escuchar luego a escondidas.
Mientras tanto, Catherine había vuelto a entablar conversación.
—¿Y por eso te llamaron «el mordedor»?
—Sí. Fue antes de que me llamaran «Dedos rápidos», que fue el último apodo que me pusieron. Se volvió el más popular y así me quedé. Todos los demás motes están casi olvidados, excepto uno.
—¿Excepto uno? —preguntó Victoria—. —¿Cuál?
—«El diablo de Sangreal». Ese no se olvidó, supongo que porque me lo gané de buena gana. Además, de vez en cuando lo utilizaba para mi provecho.
—No lo entiendo —dijo Catherine—. —¿Cómo que lo usabas?
—Veréis, la fama es algo muy útil en ocasiones. Si tienes un nombre que hace llorar a los recién nacidos con solo oírlo, es más fácil conseguir algunas cosas; como que un guardia te dé información, por ejemplo. El miedo que provoca la fama es algo que hay que saber usar.
Por eso «El diablo de Sangreal» no ha muerto. El resto de motes no imponían respeto, me llamaban así por hacer la gracia. Era famoso, desde luego, pero si alguien me relacionaba con mi mote… Bien, siendo como es Sangreal, si ese alguien era una buena persona, me invitaba a algo. Por la fama, ya sabéis.
Entraban en la posada gritando cosas como «¡Eh, mirad qué traigo aquí! ¡El estafa-idiotas en carne y hueso!».
—Qué risueña es la gente de Sangreal —comentó Cath.
—Esto es porque aquellos motes me los gané de forma anecdótica —continuó Dedos rápidos—. —Estafé a un estafador y me volví el «estafa-idiotas»; le arranqué la oreja a un guardia y me volví «el Mordedor», etcétera.
Pero «el diablo de Sangreal» no nació así.
La noche en que me empezaron a llamar así fue bastante… movidita. Estaba cenando en mi taberna favorita cuando un grupo de soldados entró. Yo iba disfrazado, así que no me preocupé por que me reconocieran. Pidieron comida y se sentaron a cenar también, hasta ahí, todo normal.
Pero entonces todo se desmadró. Un borracho, al ver a los soldados, empezó a meterse con ellos. Los soldados lo ignoraron, excepto uno, que supuse que era el capitán. Este golpeó al borracho y lo derrumbó al suelo, esperando dejarlo inconsciente. Sin embargo, no lo hizo y el borracho se abalanzó sobre el que le había golpeado. Entonces, un tercero se vio involucrado al recibir un empujón de los que peleaban y, para cuando nos dimos cuenta, con el resto de clientes se había desencadenado una «bronca de taberna», como las llamábamos en Sangreal. Todos en la taberna acabamos pegándonos, aunque como yo era Diestro, no recibí ningún daño. Dejé inconscientes a un par de personas, pero intenté pelear lo menos posible; me limité a esquivar. Una botella de licor salió volando a la hoguera y toda la posada acabó en llamas.
La alarma llegó a la ciudad y llegaron muchos más soldados, que —en vez de ayudar a detener el conflicto— se pusieron a matar a diestro y siniestro con sus armas. Yo saqué mi espada —la llevaba escondida; siempre iba armado— cuando me atacaron y al ver que había otra persona con acero en la mano se echaron encima de mí. No tuve más remedio que matarlos, a todos.
Y mientras tanto, la pelea continuaba. Un montón de gente, más de la que podáis imaginar, me atacó al ver que seguía llevando espada. Ni siquiera eran soldados, simplemente tenían ganas de matar o estaban borrachos. En fin, también tuve que matarlos, aunque intenté dejar heridos a la mayoría en vez de rematarlos.
Al amanecer, todo había acabado. Y los curiosos que se acercaron no vieron al «Mordedor», vieron una figura completamente vestida de negro, con el pelo blanco, rodeada de cientos de cadáveres. No tenía ningún rasguño y parece ser que entre la tonalidad rojiza que me daban las llamas y el viento que hacía ondear la capa nueva que llevaba, ofrecía un aspecto imponente.
Así nació «el diablo de Sangreal». Alguien que, según los rumores, había matado sin razón alguna a muchísima gente, tan solo porque su cena estaba fría. A partir de ese momento, siempre que tenía que matar a alguien, atribuía el asesinato al «diablo». Por eso el mote no ha muerto; aún siguen contando historias de terror sobre mí en la ciudad. Si mientras estáis allí queréis amenazar a alguien, mencionad que sois amigas del «Diablo de Sangreal». Seguramente no os creerán, pero luego decid «tiene la sangre negra». Era una especie de código para saber quién era mi amigo y quién no, y nadie la repite por miedo a que me entere y lo mate. Si lo hacéis, creedme, el hombre más aguerrido de la ciudad se echará a temblar.
Victoria asintió. No tenía forma de saber si lo que decía el ladrón era verdad o no, pero era información gratis, al fin y al cabo. Nunca se sabía cuándo podías usarla.
—Entonces… ¿mataste a mucha gente con ese sobrenombre? —preguntó Catherine. Victoria supuso que para la pequeña era una sorpresa saber que quien la había criado durante seis años fuera un asesino, además de un ladrón.
—Cath, en los tiempos que corren es muy difícil vivir una buena vida sin matar al menos una vez. Es algo triste, pero así es el mundo.
—¡No es cierto! —protestó Victoria—. —En Na-Shaya mucha gente no ha matado nunca a nadie. Campesinos, nobles… si la gente es pacífica, ¿por qué matar?
—En Na-Shaya puede ser cierto. Pero claro, allí hay una monarquía, aunque los Van Lauthen no sean precisamente una buena familia real. Sin embargo, peor es nada. En lugares como Curpo, Sangreal, el Norte… No hay ningún rey, así que nadie tiene el poder. Y como nadie tiene el poder, gente como la guardia de la cárcel de Fengard abunda y no son precisamente angelitos. No dudan en matar y la única forma de detenerlos es pagarles con la misma moneda —contestó Dedos rápidos.
—Tú eres un ladrón, es normal que tengas ese tipo de experiencias —le respondió Victoria.
—«Ex» ladrón —apostilló Catherine—. —Pero tiene razón, Irwin. El mundo no es así, yo nunca…
—Tú tienes doce años. Es normal que nunca te haya pasado nada por el estilo. Y Victoria es de Na-Shaya. Cuando un reino no tiene rey, se descontrola, porque, ¿a quién reclamas si las autoridades de cada pueblo abusan de ti? ¡A nadie! Por la política que hay en estas tierras, cada pueblo es un país distinto. Y cada país tiene sus normas.
—Así que en el fondo, los Van Lauthen no son tan malos, ¿verdad? —comentó Victoria.
—Son una autoridad y con eso basta. Hace falta valor para coger una corona hoy en día, por eso nadie se autoproclama rey. De todas formas, no me creáis si no queréis, pero en seguida llegaremos a territorios que se rigen por estas normas. Pueblos pescadores como Levan no son peligrosos, pero…
Se encogió de hombros.
—En fin, dudo que nos puedan hacer nada, al menos a nosotros tres. Tú no te separes de mí, Cath, y todo irá bien. En cuanto a ti, Victoria… confío en que no te escaparás.
Los tres siguieron caminando el resto del día, parando a descansar cada dos o tres horas. Victoria nunca había salido de Na-Shaya hasta entonces y el paisaje de Curpo no dejaba de sorprenderla. Así como su país natal era muy montañoso, Curpo era una llanura gigante; todo eran prados hasta donde alcanzaba la vista. Ni siquiera había bosques.
—¿Es así todo el país? —preguntó al cabo de un rato—. —Na-Shaya está llena de bosques y montañas, pero esto…
—Ya, es un país muy llano —contestó Catherine. Victoria notó que ya no parecía tan incómoda en su presencia. Se acostumbraba rápido a los cambios, pensó. Aunque si la había criado Dedos rápidos, no le parecía algo muy extraño.
—Sin embargo, no es así todo el tiempo. En el norte hay muchos bosques.
—¿Es que nunca has visto un mapa? —preguntó Dedos rápidos—. —Creía que los nobles de Na-Shaya educaban a sus hijos en geografía.
—Y lo hacen. Sin embargo, solamente en la de Na-Shaya. Todos los mapas que he visto del resto del continente son políticos, nada que hable de montañas o bosques.
—Vaya —comentó Dedos rápidos—. —¿Así que no sabes nada de geografía?
—En lo que respecta al terreno, no. Pero sé todo lo que hay que saber sobre la posición de las ciudades y las fronteras.
—Bueno, pues Curpo tiene dos grandes bosques en el norte. Sin embargo, no son muy frondosos y ninguno nos pilla de camino, así que mientras estemos aquí, todo lo que veremos serán llanuras.
—¿No deberíamos estar cerca de Nuvea ya? —preguntó Catherine—. —Ya está atardeciendo.
—Hmm. Deberíamos poder verla en poco tiempo —comentó Dedos rápidos.
Pronto descubrieron que el ladrón tenía razón. En apenas una hora divisaron algo en la lejanía. En cuanto se acercaron, distinguieron casas y murallas.
Habían llegado a la ciudad de Nuvea.