El rey Eberhard Van Lauthen, señor de Na-Shaya, estaba nervioso. Se consideraba a sí mismo el ser más poderoso de toda Na-Shaya, y con razón, puesto que era un Ambidiestro con mucha experiencia a su espalda. Era capaz de derrotar ejércitos él solo, conocía formas de explotar su poder que estaban ocultas al resto de los mortales, podía hacer temblar la tierra y parar el viento… pero estaba tan nervioso como un conejo ante el cazador. Nunca en su vida se había sentido así.
Y la razón de su nerviosismo no era otra que la persona que estaba de pie, tras su trono. Aunque quizá la palabra «persona» no fuera una buena definición para el ser que perturbaba a Eberhard.
Porque quien estaba tras su trono, vigilando cada uno de sus movimientos, no era otro que el «Señor». Una figura vestida con un atuendo completamente blanco, que recordaba a un monje. A pesar de que no le estaba mirando, Eberhard sabía con seguridad que en la cara del monje habría una expresión de aburrimiento total, como siempre.
Finalmente, la reunión del Consejo terminó. Na-Shaya estaba gobernada por Eberhard, pero también estaban los Consejeros, figuras importantes que aconsejaban o hacían sugerencias al rey. Desde el representante de los comerciantes hasta el de la iglesia, cada uno tenía su papel y el deber del rey era escucharlos en las reuniones que se efectuaban una vez al mes.
Y últimamente, el monje blanco le seguía a todas partes, incluyendo estas reuniones. Por suerte, parecía que nadie había percibido su presencia, lo cual ahorraba muchos problemas a Eberhard.
Poco a poco, los Consejeros se fueron levantando y se dirigieron a la salida. Al final, el rey y el monje blanco se quedaron solos.
—¿Por qué estás tan nervioso, Eberhard? —preguntó el monje—. ¿Acaso te molesta mi presencia?
—¡N-no, por supuesto que no es eso, señor! —se apresuró a decir el rey—. Es… por Victoria. Hace ya días que la envié a matar a Catherine Acciari y sin embargo…
—No ha vuelto, ni ha enviado un mensaje, lo cual significa que no ha tenido éxito en su misión. ¿Y eso lo que te preocupa? ¿Si tu hija está en peligro?
—Victoria no morirá —comentó Eberhard, sin mostrar preocupación por el asunto—. Lo que me preocupa es que la niña siga viva y Alexis D’anero siga escondido. Puede que Victoria no los haya encontrado y por eso…
—Victoria los ha encontrado —le cortó el monje, en su característico tono de aburrimiento—. Pero la han tomado prisionera y no puede hacer nada en estos momentos.
—¡¿P-prisionera?! ¿Quién puede haberlo hecho? ¡Es una Ambidiestra, no puede ser que…!
—Sus captores tienen a Achlys. Con esa espada, es fácil capturar a un Ambidiestro.
Eberhard palideció. No podía ser…
—¿Achlys? —preguntó—. Conque poseen una espada D’anero… ¿también tienen a Layna?
—No, no tienen a Layna —contestó el monje. En seguida, su aura empezó a disminuir. El monje siempre emanaba una presencia arrolladora que incomodaba a todos los que tuvieran el poder suficiente para percibirla, sin excepción. Sin embargo, si la ocultaba, el rey podía calmarse, al menos en parte.
Eberhard asintió con la cabeza, pensativo. —¿Quién la ha capturado?
—No lo sé. Es seguro que Victoria llegó a encontrar a Catherine Acciari, pero acto seguido alguien la hizo dormir con Achlys. Ahora mismo, es imposible saber dónde está o quién la tiene.
Eberhard frunció el ceño. Era imposible que el monje no supiera quién había capturado a Victoria. Simplemente por ser el «Señor», ya tenía esa información servida en bandeja, lo cual significaba que no se la daba a él porque no quería.
Sin embargo, todo lo que el «Señor» hiciera tenía un significado. Nunca actuaba sin pensar o sin razón… precisamente porque era el «Señor».
—Entonces, Alexis D’anero sigue sin aparecer, puesto que Catherine Acciari no ha muerto. Y Victoria ha fallado en su cometido. Quizás ha llegado la hora de que yo mismo salga de Tar-Thelion y libere a mi hija de dondequiera que esté. Si estamos los dos Ambidiestros juntos, ni siquiera Achlys…
—No —le cortó el monje—. No hagas eso, bajo ningún concepto. No está escrito.
—Yo no salgo en las profecías, «Señor». Por lo tanto, tengo libre albedrío para…
—Todo el mundo tiene un libre albedrío —le cortó el monje.
Poco a poco, su aura fue volviendo, añadiendo una gran autoridad a sus palabras.
—Incluso quienes aparecen en las profecías. Además, tú sí apareces… Simplemente, aún no has encontrado tu nombre. Pero ahora no puedes actuar.
Eberhard arrugó el ceño. Las profecías eran algo que no le gustaba… el hecho de que se pudiera saber qué iba a ocurrir era muy molesto, sobre todo cuando la información que daban era tan ambigua.
—Mi nombre… —dijo—. Pero, ¿cómo encontrarlo? Nunca he oído la profecía de la que tanto hablamos y…
Entonces, el monje le interrumpió.
—«El de Muchas Caras buscará a la Eterna, La Princesa encontrará al Ladrón, Y el Señor luchará contra el Diablo.»
Eberhard cayó. Si eso era la profecía…
—¿Entonces Victoria ha encontrado al «Ladrón»?
—Así es. El «Ladrón» es quien la tiene presa, pero no podemos saber todavía quién es. En cuanto a la «Eterna», «el de Muchas Caras» y el «Diablo»… son cosas que, por ahora, no incumben a Na-Shaya.
Eberhard captó el mensaje. No incumben a Na-Shaya, así que no te incumben a ti.
—Entonces —dijo—, ¿qué haremos con Victoria? ¿Y con Catherine Acciari?
—Por ahora, tú no harás nada. Yo actuaré, porque así debe ser. Por ahora.
Nuvea se alzaba sobre el horizonte. Rodeada por murallas, la ciudad rebosaba gente desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la madrugada. Los guardias de la ciudad, a las órdenes del alcalde, vigilaban todo desde lo alto de los muros que delimitaban Nuvea.
En esos momentos, Irwin, Cath y Victoria se encontraban aún lejos de Nuvea, aunque ya la veían claramente, delante de ellos. Según los cálculos del ex ladrón, llegarían en menos de una hora.
—Vaya —comentó Cath—. Nunca me habías dicho que Nuvea tenía murallas, Irwin. Porque eso son murallas, ¿no?
—Ajá —contestó este—. Todas las ciudades grandes las tienen, Cath. Recuerdo de los tiempos de guerra, supongo.
—¿Tan vieja es la ciudad?
—Todas las ciudades lo son —contestó Victoria—. Construir algo tan grande cuesta tiempo, así que no hay ciudades ni pueblos que no tengan como mínimo cien años. Y esas son muy nuevas. Esta debe de tener…
—Muchos, ya veo —cortó Cath—. Pero no sé para qué tienen todavía las murallas. Ya no hay guerra, ¿no?
—Bueno, técnicamente no, pero las murallas siempre vienen bien. Además, dan una sensación de seguridad difícil de superar.
—Aaah…
Cath se quedó mirando las murallas un poco más. Habiendo vivido tan solo en Nandry y en Levan, ver una ciudad tan grande y encima con murallas le chocaba.
Eran unas murallas impresionantes, al menos para ella. Medían unos veinte metros de alto y estaban perfectamente pulidas por fuera, de forma que no se podía trepar por ellas, y cada pocos metros se elevaba una «torre de vigilancia», como las llamó Irwin.
—Supongo que aún es muy pronto para entrar —comentó entonces Irwin—. Tendremos que esperar un rato fuera, así que voto por esperar aquí.
—¿Esperar? ¿Por qué? —preguntó Cath.
—Porque no podremos entrar todavía, supongo —contestó Victoria—. ¿A qué hora nos dejarán?
—La última vez que vine aquí abrían las murallas a las diez de la mañana, aproximadamente —contestó Irwin, sentándose en el suelo—. Y las cerraban a las diez de la noche.
—¿Abrían las murallas? —preguntó Cath.
—Las ciudades amuralladas suelen estar siempre cerradas al exterior —comentó Victoria—. Tar-Thelion, el palacio real de Na-Shaya y la ciudad que lo rodea lo están. Así que a determinada hora de la mañana abren las puertas para que todo el que quiera pueda entrar y por las noches las cierran. Si te quedas fuera, no puedes volver a entrar.
—¿Y por qué hacen eso?
—De nuevo, recuerdos de la guerra —contestó Irwin—. Y por cierto, ¿has estado en Tar-Thelion? —preguntó Irwin a Victoria—. ¿Cuándo? ¿Y para qué?
La joven se quedó callada, mirando desafiante al ex ladrón.
—No tienes por qué saberlo.
Cath suspiró. Victoria tenía una actitud un poco… extraña. Se negaba a decir cualquier cosa sobre ella misma, aunque no tuviera que ver con el trato que había hecho con Irwin. Seguramente, si le preguntara cuántos años tenía, no le respondería…
—Victoria —dijo—. ¿Cuántos años tienes?
Esta no le contestó. Suspirando, Cath se sentó en el suelo. La Ambidiestra tardaría en tratarlos de forma normal, si es que llegaba a hacerlo algún día.
Victoria también se sentó. Estaban en una zona llena de hierba, así que era un lugar cómodo para descansar. Si hubiera habido un árbol, habría sido perfecto.
—Entonces, ¿qué haremos en Nuvea? —preguntó Cath—. ¿Estaremos un par de días, nos iremos en seguida…?
—Preferiría pasar tan solo una noche allí —contestó Irwin—. Nos vendrá bien dormir en una cama, pero no hay que abusar de la suerte. Nos persiguen, Cath, deberías saberlo. Victoria es tan solo un perseguidor más… simplemente, es Ambidiestra.
Cath asintió, con una expresión solemne en la cara. Mirando la ciudad de Nuvea, una serie de imágenes le vinieron a la cabeza… Fuego… Llamas… Un niño no dejaba de llorar… y entre todo ese caos…
—Cath —la llamó suavemente Irwin—. Tienes que superar eso, pero… ahora no es el momento. Céntrate, por favor.
Cath asintió de nuevo. Cerró los ojos con fuerza. Ahora no.
Entonces, Victoria habló. —Podríais darme la información que necesito, y ya no habría perseguidores. Podríais volver a Levan, sin tener que preocuparos por nada. Simplemente…
—Victoria —Irwin la cortó, con un tono seco—. Escúchame: lo siento por ti, pero no te diremos nada por las buenas. No sabemos quién te envía y la información que nos pides no es algo sencillo de obtener. Le pides algo muy difícil a Cath y a mí me intentas obligar a confiar en los Van Lauthen. Quiero que escuches atentamente: por el simple hecho de ser na-shayano, quien te envíe no merece que le digamos nada. Si él o ella en persona viene hasta mí, entonces puede que consiga la información necesaria. Hasta entonces, nunca sabrá nada.
—Dedos rápidos —le contestó Victoria—, tú no puedes decidir eso. La información que necesito viene de Catherine, aunque tú me puedas dar alguna más. Simplemente quiero saber dónde está Alexis D’anero y una vez que lo sepa…
—No sé dónde está —dijo Cath, abriendo los ojos. Tanto Victoria como Irwin la miraron. Irwin lo hizo con una mirada extraña, mezcla de respeto y cariño. Victoria lo hizo con… ¿desconfianza? ¿miedo? —No sé dónde está ese tal Alexis D’anero —repitió.
Entonces, Irwin se levantó. —Las puertas de la ciudad ya han abierto, lo distingo desde aquí. Seguramente la puerta norte estará llena de gente que entra y sale, pero la puerta que hay al sur no está tan concurrida.
Cath se levantó a su vez y después lo hizo Victoria. Los tres se pusieron a caminar, sin mirarse mutuamente a las caras.
—Voy a ser franca —dijo entonces Victoria—. Pero quiero información a cambio después, Dedos rápidos.
Al decir esto, giró la cabeza para mirar a Irwin a los ojos. Este, sin pensarlo, asintió.
—Cuando me enviaron a por vosotros, mi misión no era ‹encontrar a Catherine Acciari y sacarle información sobre Alexis D’anero›. Me ordenaron matarte, Catherine, argumentando que al hacerlo, Alexis D’anero saldría de su escondite, para matarme a mí seguramente. Sin embargo, desde un principio me negué a hacerlo, ya que tienes doce años. Así que no me pongas las cosas difíciles, Catherine. Tienes que tener alguna conexión con Alexis D’anero, y cualquier información que me des puede ayudarme a encontrarla. Si de verdad envían más perseguidores a por vosotros, no serán tan poderosos como yo, pero os aseguro que no perderán tiempo hablando. Irán a por tu cuello directamente.
Cuando su conversación con Eberhard Van Lauthen acabó, el monje blanco abandonó la sala, dejando completamente solo al rey. En cuanto cerró la puerta de la sala de reuniones del Consejo, desapareció.
Al momento, apareció en otro lugar. Era un edificio pequeño, al menos a simple vista, aunque tenía un gran entramado de salas subterráneas. Estaba completamente hecho de mármol, del mismo color que la túnica del monje.
En cuanto apareció, una serie de hombres y mujeres vestidos de color azul claro aparecieron. Hicieron una serie de reverencias y, tras unos minutos de silencio, el monje alzó la voz.
—Os saludo, Guardianes.
—Es un honor que nos visitéis, «Señor» —dijo uno de los hombres, que parecía ser el jefe—. ¡Ha llegado ya la hora de que nos uséis?
—Nunca usaré a ningún ser vivo, Guardián —dijo el monje, con el mismo tono de siempre—. Cada uno tiene su papel en esta vida y yo ayudo a cumplirlo a la gente, aunque no quiera.
—Por supuesto, «Señor». Disculpe mi osadía.
—No es osadía, Guardián. Es ignorancia. Pero en parte teníais razón; preciso vuestra ayuda de nuevo.
Todos los Guardianes inclinaron la cabeza de nuevo. El jefe alzó la voz. —¿Qué es lo que podemos hacer por vos?
—Muy sencillo. Tenéis que matar a una niña.
Victoria observó con una expresión inescrutable cómo Catherine recuperaba la consciencia. Al ver que la pequeña miraba en todas direcciones intentando descubrir dónde estaba, decidió ayudarle.
—Estamos en Nuvea. Concretamente, en una habitación de la posada más cercana a la entrada sur —le dijo—. Dedos rápidos te durmió con Achlys, porque según él hay cosas de las que es mejor no hablar al aire libre y tú no parecías querer esperar.
Catherine se quedó unos segundos callada. En realidad no había sido exactamente así, pensó Victoria. Si de verdad Dedos rápidos hubiera utilizado a Achlys como había dicho, Crystal hubiera despertado dentro de Catherine y no habrían tenido una entrada tranquila a la ciudad, precisamente. Dedos rápidos la había dejado inconsciente, pero sin robarle nada de energía a la niña. El resultado final era el mismo, al parecer, pero hacer eso requería decir un par de frases en Idioma Antiguo. A cambio, Crystal no había despertado; simplemente, Catherine se había dormido.
—¿Irwin ha hecho eso? —preguntó Catherine—. ¿Y por qué no está aquí?
—Está fuera, vigilando la puerta para que nadie se acerque. Si me concentro, puedo detectarle perfectamente.
—¿Y por qué vigila la puerta desde fuera? Con quedarse cerca, será capaz de oír si alguien viene…
—Lo sé, pero hay cosas que tenemos que hablar y tanto él como yo coincidimos en que sería mejor hacerlo a solas. Pero claro, no se fía lo suficiente de mí como para dejarnos a solas completamente, así que se ha quedado tras la puerta.
Catherine asintió con la cabeza y se quedó mirando el suelo unos segundos.
—Victoria…
—¿Sí?
—¿De verdad te ordenaron… matarme?
Victoria suspiró. —No me quedé precisamente contenta cuando me lo ordenaron, eso te lo aseguro. No es que me guste matar gente ni nada por el estilo, pero matar a una niña de doce años… Pero sí, eso fue lo que me ordenaron.
—¿Y por qué no cumpliste las órdenes? —preguntó entonces Catherine.
—Bueno, para empezar, como ya he dicho, no me gusta matar gente y tú eres una niña inocente de doce años. No soy un monstruo, ni siquiera se me pasó por la cabeza matarte. Por otro lado, Dedos rápidos sería una molestia, aunque si mi intención no fuera sacarte información, sino matarte, ya habría cumplido con mi misión. No es lo mismo, desde luego. Si quisiera matarte, ya habría hecho el trabajo sucio.
—Irwin se fía de ti —dijo Catherine entonces—. No creo que nos dejara a solas si creyera que me ibas a matar. Y si él se fía, supongo que yo puedo hacer lo mismo…
—Bueno, no se fía del todo. Sigue vigilando la puerta, ¿recuerdas?
Victoria se concentró. Sí, allí estaba la energía de un Diestro; el ladrón, sin duda.
—Pero una cosa es cierta: no te mataré; ahora que te conozco, no podría. Además, estaba el asunto de Crystal D’anero.
Posiblemente, al matar a Catherine, Crystal también moriría y por eso Alexis saldría de su escondite.
—Pero eres la única que piensa así, ¿no, Victoria? —preguntó la niña—. Lo que has dicho antes…
—Soy la única que se atreve a no obedecer a mi… jefe, llamémosle así. Por eso os he dicho tantas veces que me tienes que decir todo lo que sepas sobre Alexis D’anero, para que pueda cumplir mi misión… y no venga nadie más a matarte.
Había jugado su último as bajo la manga. Si no convencía a Catherine para que le contara todo lo que supiera sobre Alexis D’anero con esto… No la convencería con nada. Pero lo que decía no era mentira del todo. Ella era Ambidiestra, así que si su padre quería enviar a alguien más poderoso que ella para matar a Catherine… o enviaba al monje blanco, o venía él mismo. Victoria no había visto luchar nunca al monje, pero tan solo con el aura que emanaba… Y en cuanto a su padre, el rey… bueno, no había duda alguna: era mucho más fuerte que ella.
Claro que Dedos rápidos era también muy fuerte… y Victoria estaba segura de que tampoco había sido testigo de todo su poder.
De todas formas, ninguna situación que tuviera como consecuencia una lucha entre Dedos rápidos y el rey o el monje blanco sería buena.
Victoria parpadeó. Se había quedado absorta en sus pensamientos y había olvidado que estaba hablando con Catherine…
No, pero la niña también parecía absorta en sus pensamientos. Estaba mirando al suelo, completamente quieta.
—¿Qué harás si te cuento todo lo que me pasó? —le preguntó entonces Catherine—. ¿Qué harás si te explico por qué me crió Irwin, por qué no vivo con mis padres? ¿Si te digo cuál es mi relación con los D’anero?
Victoria miró a Catherine. La niña estaba asustada, eso estaba claro. En cualquier otra situación habría intentado consolarla, le habría dicho que Dedos rápidos podría protegerla de casi cualquier cosa… Pero si lo hacía, perdería su oportunidad de sacarle información.
—Si me lo cuentas —dijo—, utilizaré esa información para descubrir dónde está Alexis D’anero. Sé que con ella podré deducir dónde está. Y cuando lo haga, habré cumplido mi misión y me aseguraré de que nadie venga a buscarte, ni a ti ni a Dedos rápidos.
Catherine era Crystal, así que alguna relación tendría con los D’anero. Victoria estaba segura de que la información que poseía la niña sería útil.
—De acuerdo entonces —dijo Catherine, alzando el rostro y mirando a los ojos a Victoria—. Te contaré lo que me ocurrió. Verás… Los D’anero… Destruyeron mi ciudad, Nandry.
El sol estaba en lo alto del cielo, emitiendo luz por todo el prado. El Guardián portavoz se secó el sudor de la frente y continuó avanzando hacia el sudeste, en dirección a Curpo. El «Señor» había citado a todos los Guardianes allí, con el propósito de darles la dirección donde podrían encontrar a la niña que debían matar.
Había cincuenta Guardianes, todos ellos vestidos con túnicas de color azul claro. Avanzaban rápidamente, sin hacer ningún ruido innecesario.
Los Guardianes eran una sociedad tan antigua como el mundo. Había sido fundada para servir al «Señor», fuera cual fuera su encarnación. Para ello, se entrenaban todos los días.
Cada día practicaban dos horas de ejercicios mentales con el propósito de dominar su mente y su espíritu. Ninguno de ellos era Diestro o Zurdo, pero a cambio poseían un control absoluto sobre su organismo. No sentían dolor si no querían, podían pasar días sin dormir, tenían un equilibrio perfecto.
Eran el ejército más peligroso del continente y tan solo obedecían a una persona. Esa persona podía ordenarles cualquier cosa, desde matar hasta morir. Ellos cumplirían con el mandato, sin dudar un segundo.
Entonces, el «Señor» apareció de la nada, frente a todos ellos. El aura que emanaba hizo que todos los presentes se estremecieran. Los Guardianes se quedaron quietos al momento, esperando órdenes.
El monje blanco no se andó con ceremonias.
—Tenéis que matar a Catherine Acciari, una niña de doce años que en estos momentos está en Nuvea, al sur de Curpo. Se dirige a Sangreal, junto con Victoria Van Lauthen e Irwin O’Manley, la princesa de Na-Shaya y un ladrón Diestro. Tenéis que matarlos a los tres, sin piedad alguna. No importa si alguien os ve. Matad a cualquiera que les apoye. Y no os fiéis: en cualquier momento Catherine Acciari podría despertar como Crystal D’anero y es peligrosa en ese estado. Suerte.
Y después de decirlo, desapareció.
Los Guardianes no dijeron nada, ni dieron muestras de extrañeza o molestia porque les ordenaran algo así. Si el «Señor» les pedía algo, tendría un motivo.
Todos a una, empezaron a marchar hacia Curpo.
Entonces, algo ocurrió. Una figura apareció de la nada, de la misma manera en que lo había hecho el «Señor», y se detuvo frente a ellos. Emanaba un aura parecida a la del monje blanco, pero esta era diferente, de alguna forma.
Era un hombre completamente vestido de negro, con una máscara del mismo color que le cubría toda la cara y una corona oscura en la cabeza. Un manto real le cubría los hombros.
—Veo que el «Señor» ya se ha ido. Es una lástima, en cuanto percibí su aura vine hacia aquí lo más rápido que pude —dijo—. ¿Sois los Guardianes?
El Guardián asintió, sin dar ninguna muestra de extrañeza o sorpresa ante la repentina aparición de la figura.
—Sí, lo somos. ¿Quién eres tú, que conoces nuestra existencia?
—Conozco muchas cosas, y la existencia de los Guardianes es una de ellas. Con respecto a mi identidad, al igual que el «Señor», yo aparezco en las profecías. Me conoceréis como el «Rey». Ahora os pregunto… ¿qué os ha ordenado?
¿El «Rey»? Los Guardianes conocían ese nombre. Era uno de los que aparecían con más frecuencia en las profecías, y el tercero con más poder, después del «Señor» y del «Diablo».
El Guardián portavoz permaneció en silencio. Nadie debía saber qué había ordenado el «Señor», ni siquiera alguien tan importante como el «Rey».
—De acuerdo —dijo el rey negro—. Si no me lo queréis decir, supongo que tendré que adivinarlo. Os ha ordenado partir hacia Curpo y matar a Catherine Acciari, ¿verdad?
El Guardián portavoz permaneció en silencio de nuevo.
El rey negro asintió. —Supongo que así es. Entonces, no me queda otra opción…
Alzó la mano izquierda y una llama de color negro apareció en su palma. La cara del Guardián portavoz se reflejó en ella.
—Tendré que mataros a todos.