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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 18

Más historias del pasado

21 min de lectura · 4346 palabras

—Los D’anero destruyeron mi ciudad, Nandry —dijo Catherine.

Victoria no hizo ningún gesto de sorpresa. Ya había supuesto eso, entre otras cosas porque había oído cómo la pequeña le gritaba eso mismo a Dedos rápidos cuando este defendió a los D’anero. Sin embargo, prefirió no interrumpir a Catherine y le indicó mediante un ademán que continuara.

Ella suspiró otra vez, cogió aire y empezó a hablar.

—Nandry era una pequeña ciudad situada al noreste de Curpo —dijo—. —Yo nací allí.

—No era una ciudad muy conocida, puesto que, como ya he dicho, era pequeña. Todos los ciudadanos nos conocíamos y vivíamos felices.

—Yo vivía con mi madre y con mi padre. No tenía hermanos, ya que decían que yo sola les daba mucho trabajo —sonrió—. —O al menos eso recuerdo. Teníamos una casa en el centro de Nandry; como todas las demás, era de madera. Era una ciudad de leñadores, porque estaba al lado de uno de los dos grandes bosques de Curpo, el Bosque Espica. Mi propio padre era leñador.

—Mis padres me criaron durante seis años. La mitad del tiempo que llevo en este mundo. Hasta ese momento, todo fue normal. Ni siquiera sabía de la existencia de Zurdos o Diestros.

—Pero sí que conocíamos a los D’anero, como todo el mundo. Mi madre solía contarme cuentos de miedo que trataban sobre ellos; cuentos que hablaban de destrucción, de monstruos…

…mentiras…

Victoria parpadeó. En su cabeza, le había parecido oír una voz, una voz de mujer… Cerró los ojos y se llevó la mano a la frente. Mientras tanto, Catherine seguía hablando. No estaba contando exactamente lo que Victoria quería, pero le dejó estar. Tarde o temprano llegarían a la parte interesante.

—Eso es todo lo que recuerdo de Nandry, al menos antes de su destrucción. Pero recuerdo perfectamente todo lo demás.

—Fue una tarde de otoño. No recuerdo muy bien la fecha, pero sí las hojas marrones de los árboles del Espica. Estaba acompañando a mi padre al bosque, cuando oímos ruidos extraños que provenían del pueblo. Bum, bum, bum… Eran tambores.

—Extrañados, corrimos hacia Nandry. Cuando llegamos… cuando… llegamos…

Entonces, la voz de Catherine cambió. Ya no era la voz de una niña de doce años, era la voz de una mujer adulta.

Victoria abrió los ojos, sorprendida. No se esperaba esto.

¡Era la voz de Crystal D’anero!

Catherine tenía los ojos en blanco, como si estuviera en trance. Hablaba sin mirar a Victoria, que no tuvo valor para interrumpirla. El aire de la habitación empezó a vibrar, debido a la Magia que salía de la niña poseída.

—Cuando llegamos a Nandry de nuevo, todo había cambiado. Había fuego por todas partes, pero no se oía ningún grito, a excepción del llanto de un bebé entre las llamas. Lloraba y lloraba y nadie iba con él para calmarle… hasta que, finalmente, dejó de llorar. El fuego acabó con su sufrimiento.

—Mi padre y yo corrimos asustados por todo Nandry, buscando a algún superviviente, buscando a mi madre. Pero no encontramos a nadie entre las casas. Todo estaba vacío… y lleno de sangre.

—Furia, miedo, dolor, desesperación… todo eso se veía en la cara de mi querido padre. Hacha en mano, derribó la puerta de nuestra casa, esperando encontrar, contra todo pronóstico, a mi madre allí… obviamente, no había nadie.

—Mi llanto, los gritos de mi padre, se entrelazaron junto con el sonido de aquel insistente tambor que no paraba de sonar, desde algún lugar… aún resuena en mi cabeza…

—Bum… Bum… Bum…

—Rabia, terror, desesperanza… poco a poco, esos sentimientos se abrían paso en mi joven corazón… Y en el de mi padre. Corrimos y corrimos y nunca Nandry había parecido tan grande.

—No había nadie.

—Absolutamente nadie.

—Bum, bum, bum…

—Corrimos, seguimos corriendo intentando huir de todo aquello, gritando a los cuatro vientos el nombre de mi madre. Yo no podía seguir el ritmo de las zancadas de mi progenitor, de forma que poco a poco me iba quedando atrás… pero él no se dio cuenta…

—Entonces, llegamos al punto más al sur de Nandry, cuando ya habíamos registrado todo el pueblo. Los tambores parecían estar allí. Mi padre llegó antes y pude oír cómo gritaba de nuevo, pero esta vez no de dolor…

—Sino de rabia.


El Guardián Portavoz no hizo ningún gesto cuando el rey negro le amenazó. Siguió mirando a la figura con una expresión inescrutable. Los Guardianes no se sentían amenazados por tales amenazas. Puede que el rey negro fuera un Zurdo, pero aun así no sería rival para cincuenta Guardianes entrenados.

El rey negro se quedó en silencio al ver que le ignoraban. Sin embargo, no apagó la llama negra que flotaba en su mano izquierda.

En vez de eso, alzó su otro brazo y empezó a moverlo alrededor del fuego. El Guardián, a su pesar, se sintió confuso. ¿Qué estaba haciendo el «Rey»? ¿Magia? No, imposible. Los Zurdos tan solo podían hacer magia con la parte izquierda de su cuerpo…

Entonces, de repente, la llama negra creció en intensidad y tamaño. En unos segundos, pasó de ser una simple bola de fuego a ser una especie de espada llameante que el rey negro sujetaba.

Sin dar tiempo a los Guardianes para que se sorprendieran, el rey negro atacó.

Se abalanzó directamente sobre el Guardián Portavoz, con una velocidad superior a la humana. El rey negro lanzó un golpe vertical que el Guardián Portavoz se esforzó en detener con su propia espada.

Sin embargo, las llamas negras atravesaron limpiamente el acero, impactando en el pecho del Guardián Portavoz, que cayó al suelo sin soltar un solo grito.

Entonces, el rey negro cogió la espada que el Guardián Portavoz había soltado.

—No me ignoréis, Guardianes —dijo—. —No me gusta luchar contra gente indefensa.

No hizo falta ninguna provocación más. Los cuarenta y nueve Guardianes restantes se abalanzaron sobre el «Rey».

Este no perdió el tiempo. Moviéndose a casi el doble de velocidad que cualquier enemigo, lanzó una patada frontal al primer Guardián, impactando en su cabeza y torciéndole el cuello en un ángulo extraño. Aprovechando el movimiento, apoyó la pierna con la que había lanzado la patada y giró sobre sí mismo, haciendo un barrido con la otra extremidad. Otro Guardián cayó ante este movimiento, de nuevo mucho más rápido de lo normal, pero un segundo lo esquivó. Haría falta más que eso para derrotarles, pensó, confiado…

Entonces, de la tierra salieron una serie de rocas finas y afiladas como lanzas, que empalaron a todos los Guardianes que estaban delante del rey negro.

—No olvidéis que puedo usar la Magia, Guardianes.

Tras decir esto, volvió a lanzarse contra la masa de enemigos.

Un par le atacaron con sus espadas. El rey negro las detuvo a ambas con la que había robado al Guardián Portavoz, pero no pudo devolver el golpe. Entonces, un tercer Guardián le atacó por la espalda, pero el rey negro se agachó, esquivando el nuevo ataque y lanzó a su vez el puño contra el pecho del Guardián.

Este salió volando, mientras los dos que le habían atacado antes con las espadas se veían completamente cubiertos por llamas. En unos instantes fueron reducidos a cenizas.

Los demás Guardianes comprendieron entonces lo que estaba haciendo el rey negro. Aprovechaba los movimientos que hacía al atacar y defenderse para hacer magia, atacando a varios enemigos a la vez.

Por primera vez en mucho tiempo, los Guardianes sintieron algo parecido al miedo.

Sin embargo, el rey negro no les dio tiempo para recrearse en esa sensación. Veloz como el viento, cogió la espada de uno de los Guardianes en llamas y volvió a atacar.

Los Guardianes pronto se dieron cuenta de que estaban en una seria desventaja. Al ser tantos, no podían atacar todos a la vez al «Rey» y este contaba con una velocidad y fuerza superiores a cualquier humano normal y corriente, como ellos. Además, la Magia no hacía sino complicar las cosas.

Pero los Guardianes no eran guerreros normales. No caerían por tan poco.

Se lanzaron contra el rey negro con renovadas fuerzas. Caían muchos, pero el «Rey» tardaba bastante en matarlos, al menos cuando no usaba la Magia. Le atacaron en parejas para no estorbarse entre ellos, y cuando uno moría o era herido, otro le sustituía al momento.

Los dos primeros atacaron al rey a la vez. Uno con un golpe diagonal hacia abajo, el otro con un tajo vertical. El rey negro giró y paró ambos golpes con sus dos espadas, mientras giraba sobre sí mismo. La fuerza centrífuga apartó ligeramente a ambos Guardianes, cosa que aprovechó el rey negro para atacar con las dos espadas al de su derecha, con un golpe horizontal con los sables paralelos. El Guardián consiguió detener el golpe, pero sus hombros crujieron al romperse los huesos de sus brazos. A la vez que pasaba esto, su cabeza salió volando sin que nada la tocara, al menos aparentemente.

Con el mismo movimiento, el «Rey» lanzó una patada giratoria de espaldas al otro Guardián. Este la esquivó sin problemas, pero de nuevo surgieron lanzas de piedra del suelo y el Guardián fue empalado limpiamente.

Dos más atacaron al rey negro, esta vez con una estocada y otro tajo horizontal. El «Rey» se agachó lo suficiente como para esquivar ambos golpes, quedando casi tumbado en el suelo, pero al momento se levantó y le cortó el pecho al de la estocada. Otro Guardián lo sustituyó, mientras el que había lanzado el golpe horizontal lanzaba otro, esta vez vertical. Por toda respuesta, el rey negro se apartó, de nuevo más veloz de lo normal, y girando sobre sí mismo lanzó otra vez un golpe horizontal con ambas espadas paralelas entre sí. Mientras el Guardián recibía el ataque en plena espalda, la cabeza del sustituto del de la estocada salía volando también y otro Guardián estallaba en llamas.

Pronto, los Guardianes se dieron cuenta de que los ataques del rey seguían un patrón. Si movía una pierna en arco, como pegando una patada lateral, ya fuera de espaldas o de frente, salían lanzas del suelo. Si lanzaba un golpe horizontal con las dos espadas paralelas entre sí, cortaba cabezas con Magia, y si giraba sobre sí mismo las llamas lamían a alguno de los suyos. Sin embargo, este conocimiento les servía de poco, puesto que nada podían hacer para esquivar algo que no fueran patadas, golpes de espada o lanzas de piedra. Cada giro, cada golpe paralelo del «Rey», significaban una muerte más.

Pero, a pesar de eso…

Los Guardianes ya habían analizado al oponente. Ahora sabrían combatirle.


—Por fin llegué donde mi padre, el punto más al sur de toda Nandry… el lugar del que parecían provenir los tambores. Entonces, pude oír el grito de mi padre, un grito impregnado de la más profunda rabia… un grito que se unió con los tambores…

—Bum, bum, bum…

—En aquel lugar, entre dos casas, había una gran hoguera. Era tan alta como los edificios que tenía a los lados y de ella salía un humo negro que olía de forma extraña… Era algo muy raro, porque toda Nandry estaba ardiendo, pero el fuego de aquella hoguera era… distinto.

—Alrededor de la hoguera había un grupo de gente. Era muy pequeña, de forma que me parecieron miles y miles, pero sé que no eran tantas… Esas personas estaban mirando la hoguera, con un brillo extraño en los ojos.

—Mi padre estaba corriendo hacia ellos, con el hacha en la mano y una expresión de locura en el rostro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lanzó un hachazo hacia la cabeza del primero…

—Pero este lo esquivó sin problemas, y con una facilidad terrorífica, atravesó el corazón de mi padre con su mano. Yo estaba clavada en el suelo de puro terror y ni siquiera pude gritar. Era una pesadilla, estaba segura… Tan solo una pesadilla…

—Pero entonces, vi que no dejaban el cuerpo de mi padre en el suelo. Con un gesto casi de delicadeza, el hombre que lo había matado levantó a mi padre. Tan solo usó una mano.

—Luego, sin mirar siquiera el cadáver, lo lanzó a la hoguera. El humo negro y maloliente aumentó.

—Entonces me di cuenta… en aquella hoguera, se estaba quemando algo. Pero no era madera, porque la madera no producía ese humo…

—Como en trance, observé mejor el fuego, ignorando la luz que me quemaba los ojos… y entonces distinguí algo. Una figura.

—Mi madre.

—Aquellos bastardos estaban quemando a los habitantes de Nandry.

—Finalmente, grité. Un grito de pavor, de miedo, de odio… y los tambores, aquellos tambores que no veía por ninguna parte, seguían sonando. Bum, bum, bum…

—Entonces, una de las figuras se volvió hacia mí. Dijo algo y todas a la vez me miraron y se me acercaron. Fue en ese momento cuando vi que vestían todas igual. Iban con túnicas negras, y en su pecho, bordado con hilo blanco y de oro…

—El símbolo de los D’anero.


El rey negro seguía matando cada vez más Guardianes. Apenas quedaban veinte de pie.

Estos seguían luchando de dos en dos. Tras una maniobra especialmente rápida, el «Rey» se deshizo de los dos últimos Guardianes que le habían atacado y se quedó quieto, esperando un nuevo ataque.

Pero este no llegó. Los Guardianes que quedaban se quedaron quietos, esperando. El rey negro se quedó en silencio, mirándolos.

—¿Habéis decidido no atacarme? ¿Puedo considerar que entonces no mataréis tampoco a Catherine Acciari?

Ningún Guardián respondió. Ante esto, el rey se encogió de hombros y atacó.

Se dirigió al Guardián más cercano y le lanzó un golpe horizontal con las dos espadas paralelas. Sin embargo, el Guardián no hizo ademán de detener el golpe, sino que se agachó todo lo que pudo y lo esquivó. En el lugar en el que había estado su cabeza hasta hacía unos instantes el aire vibró, como si algo pasara por allí a gran velocidad.

El rey negro no se inmutó y lanzó una patada lateral contra el Guardián. Este saltó hacia un lado, de forma que recibió la patada, pero esquivó las lanzas que salieron del suelo justo después.

—Vaya —comentó el rey negro—. —Así que habéis descifrado mis movimientos. Entonces, dejaré de jugar con vosotros. Ya es muy tarde.

Tras decir esto, el rey desapareció. De repente, las espadas de los Guardianes cambiaron de forma a toda velocidad: de la parte plana de la hoja surgieron una serie de pinchos que atravesaron los cuellos de sus portadores. Sin excepción.

El rey negro volvió a aparecer y miró durante unos segundos los cadáveres de los cincuenta Guardianes.

—Lo siento —dijo a los muertos—. —El Camino de la Manipulación puede hacer más cosas, aparte de crear lanzas. Y ya no tenía tiempo para seguir al mismo ritmo.

—…¿Qué…?

El rey negro se giró bruscamente. Había oído algo y parecía provenir de…

—…¿Qué… eres…?

Sí, no había duda. El sonido provenía del Guardián Portavoz. El rey negro se dirigió hacia él. Estaba tumbado en el mismo sitio en el que lo había dejado, ligeramente apartado del resto de Guardianes.

—¿Sigues vivo? Vaya. Supongo que al ser un Guardián tienes más resistencia de lo normal. Cualquier otro habría muerto nada más tocar el fuego negro…

—¿Qué… eres? —volvió a preguntar el Guardián.

—Habéis luchado bien, así que os lo diré. Soy el defensor de Catherine Acciari, y por ende, de todo aquel que viaje con ella. Soy el «Rey». Soy un Ambidiestro. Mi nombre es Alexis. Alexis D’anero.

El rey no dijo nada más. El Guardián ya había muerto.

Sin hacer ningún tipo de gesto, desapareció. En el lugar tan solo quedaron cincuenta cadáveres.


Victoria tragó saliva. Crystal, en el cuerpo de Catherine, parecía no verla. Lo cual tampoco era algo malo, si se paraba a pensarlo, porque la última vez que había hablado con ella esta había intentado matarla. Ahora, parecía que la D’anero perdía fuerzas poco a poco y cada vez hablaba más bajo. Además, la vibración del aire que provocaba Crystal se estaba desvaneciendo lentamente.

—Todas las figuras me miraron y se rieron al mismo tiempo. El tambor aumentó su velocidad y sentía que mi cabeza iba a estallar dentro de poco. Las risas, el olor de los cuerpos quemados de Nandry, el humo, el calor del fuego, la ciudad incendiada, el brillo de la sangre de mi padre en el suelo, el color blanco del símbolo de los D’anero… Todo esto se juntó en mi cabeza, y sin poder evitarlo, grité. Grité como nunca antes lo había hecho, soltando todo mi aire, haciéndome daño en la garganta. Las lágrimas se evaporaron debido al calor, pero yo seguí gritando. Sabía que eso no solucionaría nada, que tan solo era una reacción infantil, pero yo era pequeña, tenía seis años…

—Las figuras seguían avanzando. Una de ellas alzó la mano y en su palma resplandeció algo metálico… era una daga curva, con el símbolo de los D’anero grabado en la empuñadura.

—La figura del puñal, un hombre corpulento, se acercó a mí mucho más que los demás. Alzó la mano y vi que quería matarme, hacerme daño con esa arma, pero yo no podía moverme…

—Entonces, el arma bajó y todo se salpicó de sangre. Cerré los ojos con fuerza, esperando la ola de dolor que invadiría mi cuerpo al abrirse la herida… pero esta no llegó. Esperé unos segundos, y al ver que nada me dolía, abrí los ojos.

—La sangre que me había salpicado no era la mía. Era la del hombre corpulento de la daga. Entre él y yo había una figura más, una figura con capa y sombrero.

—No le toquéis un solo pelo de la cabeza —dijo, con una voz a la vez bella y terrible—. —Si lo hacéis, moriréis. Yo, Irwin O’Manley, me encargaré personalmente.

—Las figuras no le hicieron caso… Y el hombre corpulento se abalanzó contra Irwin, mientras gritaba algo que no entendí. Pero este lo esquivó sin problemas, con una velocidad demasiado rápida para un humano normal. Entonces no lo sabía, pero eso era porque es Diestro. Supongo que ninguno de los que incendiaron Nandry tenía Habilidad o Magia. Al final, Irwin acabó matándolos a todos, o eso me dijo después. Me desmayé a los pocos segundos de su aparición.

Victoria frunció el ceño. La presencia de Crystal había ido haciéndose cada vez más tenue, hasta que a mitad del relato había desaparecido totalmente. Ahora estaba delante de una niña normal y corriente, que no parecía mentalmente ausente en ningún sentido. Catherine Acciari había vuelto.

—Después de eso, Irwin se hizo cargo de mí, puesto que ya no me quedaba nadie —continuó Catherine, completamente ajena a los pensamientos de Victoria—. —Viajamos hasta Levan para alejarnos de ese ambiente que me traía tan malos recuerdos. Fue entonces cuando descubrí que me marea viajar muy rápido.

—Y poco más puedo contar. Irwin me crió hasta hace escasos cuatro días, cuando vinieron soldados de Na-Shaya a buscarme. Esa es toda mi relación con los D’anero.

En ese momento, Dedos rápidos entró en la habitación. Victoria y Catherine se quedaron mirándolo, sin cambiar la expresión. Sin duda había escuchado todo para poder entrar en el momento preciso.

—Ya hemos cumplido nuestra parte del trato, Victoria —dijo—. —Tú nos has contado cuál era tu misión original, a cambio, Cath te ha dicho todo lo que ella sabe sobre su relación con los D’anero. Ahora… Cath, ¿te importaría dejarnos a solas? Tengo que hablar con Victoria de algo.

Catherine se quedó mirándolo con asombro, pero luego asintió con la cabeza. Se levantó de la cama y se acercó a la puerta de la habitación, donde Dedos rápidos seguía de pie.

—Ve abajo y pide algo para cenar, debes de estar hambrienta —dijo el ladrón—. —Ya he pagado, así que no debería haber ningún problema.

Catherine volvió a asentir. El ladrón se apartó de la puerta y ella se fue. Sin decir nada, la princesa y Dedos rápidos esperaron a que el sonido de las pisadas de Catherine se dejara de oír.

—En teoría, ya has encontrado lo que viniste a buscar.

—dijo entonces el ladrón, mientras entraba a la habitación y cerraba la puerta.

—¿Crees que puedes deducir dónde está Alexis D’anero con esa información?

Victoria negó con la cabeza.

—Sabía que Nandry tendría algo que ver con la historia, pero esto… no me sirve de nada. Es una historia tétrica, lo sé, y para Catherine debió ser una experiencia traumática, pero… no puedo saber nada de Alexis D’anero mediante ella. A no ser que estuviera entre esas figuras, las que portaban la insignia de los D’anero, y tú lo mataras.

—Alexis D’anero no estaba entre esas figuras. Como Cath te ha dicho, ninguna tenía ni Magia ni Habilidad. Los D’anero eran todos Ambidiestros.

Victoria asintió.

—Lo sé. Sin embargo… Esa no es la historia completa. Explica que Catherine odie a los D’anero, sí, pero… ¿por qué está Crystal dentro de ella? ¿Y por qué ha sido Crystal quien me ha contado la historia en vez de Catherine? ¿Por qué esta vez no me ha atacado?

—Hay tantas preguntas… Cath siempre entra en ese estado al contar sus recuerdos de Nandry. Sin embargo, la conciencia de Crystal no despierta del todo, así que no es consciente de lo que le rodea, ni reconoce a quien le hable.

—¿Pero por qué está Crystal dentro de Catherine?

—Victoria.

Dedos rápidos miró seriamente a la princesa a los ojos al decir esto.

—Tengo una respuesta a esa pregunta, pero no te la diré. Las razones son muchas, pero la principal es esta: tenemos un trato. Yo te doy información y luego tú me correspondes de igual forma. Y no creo que quieras darme aún el nombre de tu jefe.

Victoria frunció el ceño.

—¿Para qué iba a hacerlo? ¿Para que lo mates? En cuanto te vi adiviné tus intenciones, Dedos rápidos. Pero no hablemos de eso ahora. La cuestión es que todavía no he encontrado lo que vine a buscar.

—Me imaginaba que dirías eso. Pero es verdad, Cath te ha dicho lo que ella sabe… pero ella no lo sabe todo. Por eso tu misión era matarla, no hablar con ella. Si la matas, matarás también a Crystal. Y si Crystal muere… Alexis D’anero saldrá de su escondite, sí. Pero tú no podrás verle.

—¿No?

—Si le tocas un pelo a Cath, morirás. O te matará Crystal, o te mataré yo. Una de dos.

Victoria tragó saliva.

—Sabes que no la mataré. ¡Es una niña! ¡Tan solo tiene doce años!

En ese momento, Dedos rápidos sonrió.

—¿Ella, una niña? Es curioso que tú digas eso. Tú también eres muy joven, por Ambidiestra que seas. No tendrás más de quince años.

—¿Cómo has…?

—¿Adivinado tu edad? Bueno, a lo largo de mi vida he adivinado la edad de muchas mujeres… digamos que es una habilidad inherente a mi persona. Además, te comportas como tal. Por eso te llamaba «pequeña».

Victoria decidió ignorar esto último.

—No cambies de tema. La cuestión es que aún no tengo lo que he venido a buscar, por mucho que digas. Necesito saber la conexión entre Crystal y Alexis… y me parece que tú sabes cuál es.

—Bueno, también Crystal lo sabe. Pero si intentas hablar con ella mediante el uso de Achlys… bueno, me parece que no será una conversación tranquila.

Ambos se quedaron en silencio tras este comentario. La mente de Victoria trabajaba a toda velocidad. ¿Qué debía hacer ahora? El ladrón tenía la información que ella necesitaba, pero lo que pedía a cambio… era demasiado. No quería ver a su padre muerto.

Aunque el monje blanco también era su «jefe», por mucho que le repugnara la idea. ¿Y si le daba su nombre a Dedos rápidos? ¿Cómo reaccionaría? ¿Le daría información a cambio?

Entonces, el ladrón abrió de nuevo la puerta de la habitación.

—Supongo que necesitarás pensar en tu próximo movimiento, así que te dejo sola. De todas formas, sigues siendo mi prisionera, no lo olvides. Aunque sinceramente, no creo que quieras escapar. No ahora.

—Por cierto, supongo que ya lo dije antes, pero puede que no me oyeras, así que lo repetiré. Aquellos hombres que atacaron a Cath… no eran los D’anero. Tenían acento de Na-Shaya.

Acto seguido, el ladrón cerró la puerta. Justo entonces, la mente de Victoria se llenó de nuevas dudas. ¿Cómo había llegado Dedos rápidos a Nandry? Si de verdad él había rescatado a Catherine… ¿por qué lo había hecho? ¿Por qué estaba en la ciudad?

Y… ¿quiénes habían incendiado Nandry?


Una figura vestida como un monje, pero completamente de blanco paseaba por un valle lleno de cadáveres. Los Guardianes muertos ofrecían un espectáculo terrible a la vista.

—De modo que el «Rey» me detectó —dijo el monje blanco—. —Lo siento, Guardianes. Descansad en paz. Sé que lo haréis.

Acto seguido, desapareció, para volver a aparecer al instante en una habitación de piedra, extremadamente lujosa. Por el aspecto que ofrecía, parecía un despacho o un estudio. Una mesa de madera de caoba llena de papeleo estaba en el centro, y sentado frente a ella, un hombre menudo se concentraba en un escrito.

El monje blanco ocultó su aura en cuanto se apareció. Así, el rey negro no le detectaría. Se aclaró la garganta y el hombre menudo de la mesa se volvió, sobresaltado.

Sin darle tiempo a decir nada, el monje blanco habló.

—Sabes quién soy y sabes que no mereces que te hable. Sin embargo, tienes ese honor, a pesar de tus pecados. Ahora, tengo una orden que darte… y más vale que la cumplas. En esta ciudad, hay una niña llamada Catherine Acciari que se hospeda en la posada situada más al sur. Mátala. No creo que te sea difícil, has hecho cosas parecidas muchas veces.

Acto seguido, el monje desapareció. El hombre menudo, completamente aterrorizado, llamó a la guardia.

En cuanto vinieron, el hombre menudo, Señor de Levan por derecho de sangre, les ordenó que mataran a la niña. No quería ganarse el enfado del «Señor»… o por lo menos, no quería enfadarlo más.