Cath pinchó distraída el trozo de jamón con el tenedor. Irwin la había enviado allí abajo para estar a solas con Victoria y ella había aprovechado para investigar un poco la posada, ya que al entrar había estado inconsciente.
Era una posada bastante grande y cuadrada, de dos pisos. El primero, en el que estaba ella ahora, estaba formado por un salón lleno de mesas y con una chimenea en una de las paredes. A la derecha de la puerta de entrada había una barra, donde se pedía la comida al tabernero, y detrás de ella había una puerta que llevaba a la cocina, o eso suponía Cath. Unas escaleras al fondo subían hasta el segundo piso, donde había un simple pasillo con varias habitaciones.
La pequeña bostezó de aburrimiento. Ni siquiera sabía el nombre de la posada en la que estaba, y no se atrevía a entablar conversación con nadie. El posadero parecía simpático, pero estaba muy ocupado, y el resto de personas que llenaban la posada estaban todas reunidas en grupos de tres como poco, así que la opción de hablar con un cliente no existía.
Ese Irwin… Dejarla inconsciente de esa forma… ¿No podría haberle dicho simplemente que no hiciera preguntas? Además, ¿por qué tanto misterio? ¿Qué diferencia había entre hablar de ese tipo de temas fuera o hablarlos en una posada? No había nadie escuchando.
Y la verdad, perder el conocimiento gracias a Achlys no era precisamente agradable. No había dolor físico en sí, pero la sensación de hormigueo en la cabeza era para volverse loca. ¡Maldita sea, se iba a enterar! ¡Iba a decirle cuatro palabras bien dichas a Irwin! Lo de que no iba a callarse si no la dejaban inconsciente era una exageración enorme: casi parecía que lo había hecho a posta para enfadarla…
¿Eh?
Claro. Cath sonrió, mientras suspiraba. El ex-ladrón no había hecho todo eso para acallar a Cath, sino para enfadarla. Así, al acabar su charla con Victoria, podría concentrarse en algo más que no fuera el recuerdo de la quemada Nandry…
—Nandry… —Cath cerró el puño izquierdo con furia. Los D’anero pagarían lo que le habían hecho a la ciudad, y a su propia vida.
Entonces, el vaso de Cath explotó, llenando la posada con un ruido de cristales rotos y empapándola a ella con su contenido. La posada entera se quedó en silencio, mientras la propia Cath miraba con una expresión de sorpresa los trozos del recipiente que quedaron en la mesa.
—¿Pero qué…?
En ese momento, Irwin bajó al primer piso desde las escaleras. Fue directamente con Cath, con la preocupación escrita en su rostro.
—Cath, ¿qué ha sido eso? —le preguntó—. Ha sonado como cristales rotos… y veo que tu vaso no está en muy buenas condiciones.
—Pues…
—¡Eh!
Una voz llegó desde la cocina. Al momento, el posadero llegó hasta donde estaban ellos.
—¿Te has hecho daño? ¡Lo siento mucho! El vaso debe de haber recibido algún golpe antes, por eso se ha roto solo.
—Ah, no se preocupe. ¿Cómo sabe lo que ha pasado? —preguntó Cath.
—Desde la cocina lo he visto todo. Seguramente le habrás dado un golpecito con la mano, o algo así. ¿Seguro que no te ha pasado nada? Los cristales…
—No, en serio, no me ha pasado nada —Cath negó con la cabeza, sonriendo—. Simplemente me he mojado.
—Ah, menos mal. Bueno, pues entonces me vuelvo a la cocina. ¡La comida no se prepara sola!
Con estas palabras, el posadero se fue, dejando solos a Irwin y a Cath. El resto de clientes, al ver que no había pasado nada, volvieron a llenar la posada con sus conversaciones.
—¿El vaso se ha roto? —preguntó entonces Irwin, mirando a Cath—. ¿Lo has golpeado o algo así?
—No… al menos eso creo. Simplemente estaba mirándolo, y de repente… bueno, ha explotado.
—Hmm… —Irwin cogió uno de los cristales de la mesa—. Así que no lo has golpeado… ¿En qué pensabas mientras mirabas el vaso?
—Pues… en Nandry. —Cath bajó la voz al decir esto—. A Irwin no le gustaba que pensara en ello, pero a veces no podía evitarlo.
—Vaya, conque en Nandry… bueno, supongo que al fin y al cabo era inevitable que lo hicieras, ya que has hablado de eso hace escasos minutos… —Irwin la miró, preocupado—. Pero intenta no hacerlo más, Cath. No es sano. Algún día tendrás que superar el trauma, y la única manera es afrontarlo, pero aún eres muy joven y este no es ni el momento ni el lugar.
Cath asintió. Mejor no regodearse en el pasado.
—Además —dijo entonces Irwin, mirando el vaso mientras sonreía—, no me gustaría explotar durante el viaje.
—¿Eh?
—Nada, nada.
Aún sonriente, el ex-ladrón hizo un gesto con la mano, como diciendo que quería cambiar de tema.
—Aún es pronto, y en Nuvea siempre hay mercado. ¿Quieres ir a dar una vuelta conmigo? Necesito comprar un par de cosas.
La cara de Cath se iluminó.
—¡Por supuesto! ¡Desde que vi Nuvea a lo lejos he querido pasear por ella! ¿Podré comprarme algo para mí?
—Cómo no.
Irwin se acomodó el sombrero en la cabeza y acto seguido se estiró. Su cuello lanzó un sonoro crujido.
—Demasiada tensión —murmuró—. Nos vendrá bien el paseo, desde luego.
—¿Te duele el cuello?
—No, tranquila. Simplemente, me apetecía estirarme.
—Ah… —Cath miró a Irwin extrañada—. Nunca le había visto actuar de esa forma, como si fuera un viejo.
—¿De verdad?
—Estoy un poco oxidado, eso es todo. Bueno, ¿vamos? Ya he pagado aquí, así que…
—Espera un momento, Irwin —dijo entonces Cath—. ¿Y Victoria?
—Victoria… depende completamente de ella si quiere venir. Supongo que no lo hará, necesita pensar.
—Vaya…
Era normal, o eso suponía Cath. Victoria ya había conseguido lo que quería, ¿no? La información sobre Nandry… aunque…
—Irwin…
—¿Sí?
—¿Victoria sigue siendo nuestra… tu prisionera?
—Técnicamente, sí. Aún quiero saber cosas de ella, así que no dejaré que se vaya sin más. Pero… me fío de ella, al menos un poco. No huirá.
—¿Seguro?
—Es na-shayana, así que no estaré en la misma habitación que ella sin un arma a mano, pero… no huirá. No ahora, al menos.
—Pero puede que quiera venir con nosotros a comprar, ¿no crees? Deberíamos ir a preguntarle.
—No hará falta —dijo entonces Irwin—. Está bajando las escaleras. La siento desde aquí.
Tenía razón. A los pocos segundos de decir Irwin esto, Victoria apareció en la sala. Sin mirar a nada más, se dirigió directamente hacia ellos.
—¿Ya te has decidido? —preguntó Irwin.
—No había nada que decidir. Necesito información, y parece ser que Catherine no puede otorgármela… Así que me la tendrás que dar tú.
Se volvió hacia Cath.
—Perdón por no creerte cuando me decías que no tenías nada que ver con…
Miró alrededor. La posada estaba llena de gente, así que no era prudente pronunciar el nombre de los D’anero.
—Ya sabes con qué. A partir de ahora no te molestaré más.
Cath sonrió. Victoria le caía todo lo bien que podía caerle una persona que la había dejado inconsciente. Y ahora que había pedido perdón su relación podría mejorar, siempre y cuando pasara el tiempo suficiente… y si la misma Victoria ponía algo de su parte.
—¿Entonces seguirás con nosotros? —preguntó.
—No tengo más remedio. Además, no creo que él —señaló a Irwin— me deje ir así como así.
—Ni lo sueñes —respondió el ex-ladrón encogiéndose de hombros—. Bueno, ¿te vienes a dar una vuelta? Cath y yo queremos hacer algunas compras y pasear por la ciudad. Además, es pronto.
Victoria se quedó pensando unos instantes, y luego asintió.
—¿Por qué no? Quedarse todo el día en la posada sería aburrido.
Nuvea era una ciudad enorme, en muchos sentidos. Rodeada por murallas con lustros de antigüedad, la ciudad ofrecía un aspecto imponente, con sus amplias calles de tierra y sus edificios de piedra.
Las zonas más cercanas a las murallas estaban consideradas marginales: allí tan solo había gente de mala calaña, como bandidos, estafadores y ladrones. La posada en la que se hospedaban estaba por allí, pero parecía ser un local honrado, no pegaba mucho con la atmósfera del lugar. Por allí también había guardias, pero la gente común intentaba mantenerse alejada de ellos, o eso le pareció a Victoria.
—Nunca te acerques demasiado a un guardia —comentó Dedos rápidos cuando Victoria expresó sus pensamientos—. No es sano.
—Habló el ladrón —bufó esta.
—Por última vez, ‹ex-ladrón›. ‹EX-ladrón›.
—Pero Victoria tiene razón, Irwin —dijo entonces Catherine—. Lo de que hay que mantenerse alejado de los guardias… Son la autoridad, ¿no? Así que…
—Ya, son la autoridad. ¿Recuerdas la charla que tuvimos esta mañana, antes de entrar? Al no haber ningún líder superior a los simples jefes de las ciudades, no hay nadie que les gobierne a ellos —contestó el ladrón—. Es la misma cantinela de siempre: ‹¿Quién vigila a los vigilantes?›. Cuando hay realeza, esta vigila a los jefes de a pie, y el pueblo entero se encarga de vigilar a la realeza. Sin embargo, cuando no la hay, los que ostentan el poder en ciudades como esta tienen total libertad para hacer lo que les venga en gana. No hay nadie más poderoso que ellos, así que no temen que el pueblo se queje ante nadie. Y si con un par de espadas doblegas a los campesinos…
—¿Pero no decías que la gente vigilaba a la realeza?
—No se está explicando bien —dijo Victoria—. No es que esté de acuerdo, pero la idea de Dedos rápidos es esta: si hay una monarquía, se guarda un equilibrio en el poder. Si algún noble o alcalde comete abuso de autoridad, la realeza toma represalias, y el abusador sufre un castigo. Si es la monarquía la que comete el abuso de poder, el pueblo entero se puede rebelar, y la realeza también sufre un castigo.
—Como con los D’anero, ¿no?
Dedos rápidos bufó ante el comentario de Catherine, pero tanto ella como Victoria le ignoraron.
—Sí, como con los D’anero.
—Pero si no hay monarquía, como es el caso, nadie puede tomar represalias si un noble o alcalde de a pie comete abuso de poder, ya que no hay nadie que tenga el poder suficiente para hacerlo. Y la opción de que sea el propio pueblo el que se doblegue queda descartada, ya que en una ciudad hay muy poca gente en comparación con un país y la guardia puede acallar cualquier intento de rebelión.
—Básicamente, esa es la idea, sí. Por eso decía lo de la guardia: tienen todo el derecho a comportarse como les venga en gana. En Sangreal mismo, si un guardia quiere comer, va a una tienda y roba la comida delante del dueño. Y como este le diga algo, le atraviesa con la espada sin mediar palabra.
—Pero no tienes pruebas de que en Nuvea se comporten así.
—Ni tampoco tengo pruebas de que no lo hagan. La prudencia nunca ha matado a nadie, Cath. La estupidez sí.
El ladrón tenía una forma de pensar muy curiosa, se dijo para sí misma Victoria. Sin embargo, ella nunca había salido de Tar-Thelion hasta hacía poco… quizá los consejos del ladrón fueran más sensatos de lo que parecían.
Mientras pensaba esto, continuó observando la ciudad. Las zonas más centrales de Nuvea parecían más seguras que las cercanas a las murallas. Las calles estaban llenas de gente a rebosar, y los edificios eran cada vez más altos. A los lados, enfrente de las casas, posadas y tiendas, había una sucesión en apariencia interminable de tenderetes, todos montados de forma pobre, con cuatro palos y un trozo de tela. En ellos se vendían todo tipo de objetos, desde fruta hasta ropa. Mucha gente se acumulaba delante, comprando o simplemente curioseando.
—No veo nada que nos sea de utilidad —comentó Victoria—. Porque tenemos provisiones suficientes, ¿no?
—Cath lleva bastantes, sí. Además, tú puedes usar la Magia. Si tenemos hambre, usas el Camino de la Creación para hacer salir de la nada un par de pedazos de carne y ya.
Victoria parpadeó. Con la Magia se podían hacer muchas cosas, sí, pero…
—¿Eso se puede hacer? Nunca se me había ocurrido —dijo.
Dedos rápidos suspiró.
—El eterno problema de los Zurdos. Pueden hacer casi cualquier cosa, pero tienen la imaginación de una piedra. A ver, Victoria, te comenté lo de los Caminos, ¿no?
Victoria asintió.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Catherine—. Victoria la miró, ligeramente sorprendida. Siempre se olvidaba de la niña cuando hablaba con el ladrón.
—Ah, es verdad. Tú estabas dormida cuando hablamos de eso —contestó Dedos rápidos—. Los Caminos son una forma de organizar la Magia, Cath. El Camino de la Creación, el Camino de la Destrucción, el Camino del Corte, el Camino de la Manipulación, el Camino de la Ilusión y el Camino del Movimiento. Cada Camino precisa de un movimiento, pero una vez dominados, te cuesta lo mismo mover una pequeña piedra que desplazar un edificio.
—Creo que lo entiendo —dijo Catherine—. Pero entonces hay Caminos más poderosos y Caminos más débiles, ¿no?
—Todos son temibles en cierta forma. El Camino de la Destrucción es útil, pero nunca subestimes la Creación o la Manipulación.
—¿Y con el Camino de la Creación puedes crear comida? —preguntó Victoria.
—En teoría, se puede hacer perfectamente. Con la Magia no se puede crear vida, pero sí alimento.
Victoria se llevó la mano a la barbilla, pensativa. ¡Con que alimento, eh…!
Entonces, un grito resonó por la calle. Victoria dio un respingo y acto seguido buscó con la mirada el origen del chillido.
En seguida lo encontró. Delante de ellos había un guardia, con su armadura brillando al sol y su espada desenvainada. Estaba en frente de un tenderete, apuntando con su arma a un pobre hombre, el que había gritado.
—¿Puedes repetir eso, bastardo? —preguntó el guardia al tendero con un tono engañosamente amable—. ¿Eso sobre su Suficiencia?
El tendero tragó saliva.
—Yo… yo solo comenté que el Señor de Nuvea era…
—¿Sí? —insistió el guardia.
Su espada se acercó al cuello del tendero, mucho más, hasta pincharle con la punta.
—Repítelo palabra por palabra, o tus hijos se quedarán huérfanos, tendero.
—Yo…
Mientras la escena se desarrollaba, Dedos rápidos miró a Catherine.
—¿Ves lo que te decía? Ese hombre va a morir. Menuda autoridad más confiable, ¿verdad?
—Ese hombre ha dicho algo del Señor de Nuvea, a lo mejor el guardia está haciendo su trabajo —contestó Catherine.
—¿Y para eso ha montado semejante numerito? Mira la reacción de la gente. Nadie se ha inmutado.
Victoria, al oír esto, miró a los lados. El ladrón tenía razón: la gente no parecía sorprendida por la escena.
—Eso es porque sucede muy a menudo —continuó el ladrón—. Así que…
—¡Que lo repitas! —gritó el guardia, ahogando el sonido de la voz de Irwin—. ¡¿Y vosotros qué miráis?! —soltó de repente, mirando a Dedos rápidos, a Catherine y a Victoria. Esta última se dio cuenta demasiado tarde de que resaltaban bastante entre la multitud: eran los únicos que estaban mirando al guardia.
—Nos gusta observar este tipo de espectáculos —soltó el ladrón de repente.
Victoria le miró, sorprendida. ¿Acaso quería meterse en líos o qué?
—Sobre todo cuando de ellos se desprende tanto valor. Amenazando a alguien que ni siquiera va armado, ¿eh? Qué loable.
Entonces, el rostro del guardia cambió. Pasó de golpe de un estado de furia total a una aparente calma, aunque apretaba los puños con fuerza. Se acercó a ellos, caminando despacio y sin envainar la espada.
—¿Perdón? —dijo—. ¿Puedes repetir lo que has dicho?
—Vale, veo que no tienes suficiente cerebro como para entender muy bien las ironías. Te he llamado cobarde y he dicho que estabas montando una escena innecesaria con el pobre hombre. Ni siquiera va armado. Y sinceramente, me parece que la gente no quiere ver cómo matas a un ciudadano sin más ni más.
Victoria parpadeó, sorprendida. ¿Por qué estaba el ladrón provocando al guardia? Hasta Catherine estaba sorprendida. Se volvió hacia él, con la intención de preguntárselo, pero entonces se dio cuenta de algo.
Los ojos del ladrón.
Estaban rojos. Como si hubiera entrado polvo en ellos.
No era la primera vez que veía eso. Cuando ella misma había luchado contra Dedos rápidos, se había dado cuenta de que los ojos de su contrincante habían cambiado… y ahora sus sospechas se veían confirmadas. Los ojos del ladrón cambiaban de color en algunas ocasiones, sin que nada entrara en ellos. ¿Por qué?
Mientras tanto, la conversación entre el guardia y Dedos rápidos continuaba.
—¿De forma que crees que no hago bien mi trabajo? ¿Y que soy un cobarde?
—A muy grandes rasgos, sí. Luego, si quieres, puedo empezar a insultar a tu familia, pero…
El guardia no aguantó más. Con un rugido más animal que humano, lanzó un tajo hacia el cuello del ladrón, a la vez que Catherine gritaba. Victoria se limitó a observar. Sabía que el ataque no golpearía al ladrón.
Por supuesto, esto fue lo que pasó. El ladrón giró sobre sí mismo mientras se agachaba, de forma que esquivó el golpe y se quedó de espaldas al guardia. Acto seguido, continuó el giro mientras elevaba su pierna derecha.
Como resultado, lanzó una patada alta a la cabeza del guardia, que del impacto cayó al suelo.
—¡Irwin! —gritó Catherine—. ¡¿Por qué has hecho eso?! ¡Con decirle que parara bastaba!
Victoria miró al ladrón. Toda la calle estaba mirándolos, impresionados por el espectáculo que el ladrón había montado. En sus caras no se leía miedo, sino esperanza.
—Tenías razón en lo de los guardias, pero… ¿Era necesario todo eso?
Los ojos del ladrón volvieron a su tonalidad normal. Justo después de ello, el ladrón parpadeó, como sorprendido.
—Lo siento, me he pasado. Pero es que no soporto a los guardias como él… me traen malos recuerdos. De todas formas, no le he matado.
—¡Eso no es excusa! ¡¿En qué estabas pensando?! —le gritó Catherine.
—En que no quería que vieras cómo mataban a un hombre, eso es todo. Y aunque tarde o temprano tendrás que verlo, preferiría que esperaras un poco más —soltó el ladrón con dureza en el tono—. Vámonos. La gente nos mira.
Ignorando los agradecimientos del tendero, los tres continuaron su camino hacia el centro de Nuvea. El ambiente entre ellos tres estaba bastante enrarecido: por un lado, Catherine estaba entre enfadada, halagada y ofendida por las palabras y acciones del ladrón; Dedos rápidos había entrado en un estado de mal humor que se percibía desde lejos, y Victoria estaba cada vez más extrañada. Primero, su aplastante poder, luego lo sabía todo de los D’anero y ahora sus ojos… ¿Cuántos secretos guardaba ese ladrón? ¿Y por qué su padre se había interesado en Catherine cuando la verdadera mina de oro era el ladrón?
Caminaron en silencio durante unos minutos, hasta que finalmente, Victoria habló.
—Volvamos a la posada —dijo.
Ninguno de los tres tenía ganas de comprar ahora, así que las necesidades que tuviera el ladrón tendrían que esperar.
Sin decir nada, Catherine y Dedos rápidos asintieron y la siguieron hasta la posada. Evitaron pasar por la calle en la que el ladrón había noqueado al guardia, pero aún así, la gente les miraba todo el tiempo. El rumor debía de haberse extendido pronto, pero… ¿Por qué los guardias parecían no saber nada?
—Un momento… —dijo el ladrón de repente, rompiendo el silencio—. ¿Qué es…?
Victoria miró en la dirección que señalaba Dedos rápidos. En el aire, por encima de las casas, había…
—Humo. Humo negro… igual al que surgió cuando la posada de Sangreal ardió. —Se respondió a sí mismo el ladrón.
—En esa dirección… está nuestra posada —murmuró Victoria.