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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 20

Separación sin despedida

25 min de lectura · 5235 palabras

Capítulo 20 (Separación sin despedida)

—En esa dirección está nuestra posada —murmuró Victoria.

Dedos rápidos la miró a los ojos. Ella miró a Dedos rápidos.

Ese tipo de humareda tan solo se daba cuando se quemaba algo del tamaño de una casa. Un fuego de ese tamaño tarda en expandirse, y cuando ellos habían salido para comprar algo, no había ningún incendio.

—Dedos rápidos… tengo un mal presentimiento —murmuró Victoria. Le daba la sensación de que el incendio tenía que ver con ellos.

—Yo también —le respondió el ladrón—. Así que, Cath…

Catherine se volvió hacia Dedos rápidos, y este, sin darle tiempo a decir nada, la cogió en volandas y se la cargó al hombro como si fuera un saco de patatas.

—Disculpa las molestias.

Acto seguido, echó a correr, seguido por Victoria. Los gritos de protesta de Catherine fueron completamente ignorados.

Mientras corrían, Victoria confirmó lo que ya sospechaba. La gente no parecía preocupada por el incendio, como si fuera algo que ocurriera cada día. Al igual que hicieron cuando el guardia atacó al tendero. Sin embargo, el hecho de que el ladrón le plantara cara al mismo guardia había suscitado rumores, que se habían esparcido en apenas media hora.

En apenas dos minutos llegaron al lugar del incendio. Podrían haber llegado mucho antes, pero la ciudad estaba a rebosar de gente, y no podían ir demasiado rápido entre tanta multitud.

El presentimiento de Victoria y Dedos rápidos no había sido en vano. Lo que estaba ardiendo era nada más y nada menos que la posada en la que habían estado hasta hacía apenas dos horas. Un corro de guardias con antorchas rodeaba completamente la posada, y dos de ellos estaban frente a la puerta, sujetándola. La gente que pasaba por la calle evitaba mirar el fuego, aunque algunos de ellos se echaban a llorar. Sin embargo, nadie decía nada; todos se alejaban del lugar.

Del edificio salían gritos. Gritos de dolor.

Victoria no acertó a decir nada. En su vida había visto algo así.

El fuego era lo de menos. Lo que impactaba a la princesa era la actitud de la gente, los rostros de los guardias… lo que implicaba esa escena.

Ella era la princesa de Na-Shaya, un reino muy próspero. El rey quizá no era perfecto, pero velaba por la seguridad de sus ciudadanos de la mejor forma posible, y era muy eficaz en ese cometido. Como Eberhard era Ambidiestro, dominaba la Magia, y aprovechó esa ventaja para crear una «conexión» con toda Na-Shaya. Si pasaba algo que precisara su atención (guerrillas, enfrentamientos, desastres naturales), lo sabía al momento, y solucionaba el problema. Victoria temblaba solo de imaginar la magnitud del hechizo que su padre debió hacer para lograr esa «conexión». Incluso usando los Caminos que acababa de descubrir, el encantamiento precisaría de, por lo menos, cuarenta y ocho horas seguidas de movimientos. Cuarenta y ocho horas bailando para conectarse con su país.

Por supuesto, nimiedades como un incendio y apenas una decena de vidas perdidas no llamarían la atención a su padre, pero si eran sus propios soldados los que lo hacían…

En otras palabras, en Na-Shaya, una escena como la que estaba viendo no tenía sentido alguno. Victoria se había criado en un lugar en el que la autoridad se preocupaba de sus ciudadanos. Ahora estaba observando cómo esa autoridad acababa con la vida de los ciudadanos a su cargo.

Por un momento pensó que podrían tener una razón para hacer eso, algo retorcido y peligroso que obligara a los guardias a incendiar la posada, pero… Victoria era demasiado inteligente para engañarse de esa forma.

La gente ignoraba el incendio como si no sucediera nada. Antes habían visto cómo todos ignoraban el incendio, como si fuera algo habitual. Un soldado había atacado a un tendero por una estupidez (un comentario malsonante hacia el señor de Nuvea, según recordaba Victoria), y nadie había hecho nada; también lo habían ignorado. Ese mismo tendero había demostrado sumisión hacia el soldado, y estaba completamente aterrorizado cuando Dedos rápidos le salvó.

Y lo más importante: Dedos rápidos había noqueado a un guardia delante de una calle llena de gente, y nadie parecía haber avisado al cuerpo de guardias. Es más, los habían mirado estupefactos, y los rumores sobre su actuación se habían esparcido como la pólvora.

Aquella gente estaba siendo oprimida de una forma continuada por la guardia. A juzgar por los llantos que se oían de vez en cuando en la calle de la posada incendiada, la opresión era dura. Y había durado lo suficiente como para que la gente se acostumbrara a ignorar los incendios provocados y las palizas en la calle.

—¡Perdón, amable señor! —dijo entonces Dedos rápidos a un guardia, con un tono de falsa inocencia—. ¿Podría decirme qué está pasando?

—¿Eh? No te importa. Largo de aquí —le contestó el guardia de malos modos, sin mirarle siquiera. Era uno de los que estaban rodeando la entrada a la posada, en corro junto a todos los demás.

—Oooh, no me importa. Ya veo. Bueno, pero es que por culpa del fuego hace mucho calor en esta parte de la calle. Así que… Victoria —se giró hacia ella—. ¿Te importaría apagar el fuego?

Victoria ya había empezado el hechizo por su cuenta.

Invocando la Magia, pensó: Apaga el fuego. Los dos brazos empezaron a escocerle ligeramente, mientras la imagen de una cruz se formaba en su mente.

Victoria comprendió el mensaje de la Magia. Alzó ambas manos, ignorando completamente a los guardias. Acto seguido, los bajó, trazando una cruz con ellos mientras lo hacía. El efecto fue instantáneo; en apenas dos segundos, las llamas se extinguieron. Sin embargo, los gritos no cesaron.

Los guardias que rodeaban la posada soltaron un grito, sorprendidos. Tardaron muy poco en reaccionar y volvieron a intentar prender fuego con las antorchas a los humeantes restos del edificio, pero se dieron cuenta de que hasta ese fuego se había apagado.

—¡¿Con qué autoridad has hecho eso?! —gritó entonces el guardia que hablaba con Dedos rápidos, mirando a Victoria—. ¡¿Magia?! ¡Nadie te ha autorizado a hacer magia!

—Yo lo he hecho —contestó el ladrón, sin darle tiempo a Victoria para hablar—. Y tengo la misma autoridad que tú, bastardo.

—¡Ah, ¿sí?!

—Desde luego —dijo Dedos rápidos.

Acto seguido, desapareció, para aparecer al momento detrás del guardia, aguantando una daga contra el cuello del guardia.

—La que me concede este trozo de metal. Y como me parece que tu vida está en mis manos, quizás deberías ser más educado con la señorita, ¿verdad?

El guardia tragó saliva. Antes de que ningún otro pudiera hacer nada, Victoria les miró, frunció el ceño y extendió la mano. Acto seguido, sopló sobre ella, como si les enviara un beso.

De nuevo, el efecto fue inmediato. Los guardias dejaron de moverse y no emitieron ningún sonido.

—¿Qué les has hecho? —preguntó entonces Catherine. Victoria la miró, sorprendida. La muchacha estaba verde y en su rostro se dibujaba una expresión dividida entre la rabia, el miedo, la sorpresa y el mareo. El viaje hacia la posada le había sentado mal, desde luego.

—Los he paralizado. Y da gracias de que no los he matado a todos —contestó Victoria.

—Ellos han hecho esto, ¿no? Es obvio.

—¿El incendio? Ya has visto las antorchas. Y por la reacción de la gente…

—Lo sé. No es algo nuevo. Irwin tenía razón, al final. La guardia era algo a evitar.

—Siempre tengo razón, Cath —respondió el ladrón, todavía aguantando la daga contra el cuello del guardia—. Bueno, bueno, señor guardia… ¿Nos dirás por qué has incendiado la posada en la que estábamos, o hará falta que Victoria o yo te persuadamos?

El rostro del guardia se puso blanco y volvió a tragar saliva.

—Yo… ¡Eran órdenes! ¡Yo no he hecho nada, eran todo órdenes!

—Me lo imagino. ¿Qué órdenes eran? ¿Para qué incendiar una posada? ¡Habla! —bramó el ladrón. La escena era grotesca: Dedos rápidos no aparentaba más de quince años y el guardia pasaba los treinta. Los transeúntes se quedaban parados en medio de la calle y les observaban, estupefactos. En sus caras, Victoria atisbó un ligero brillo de esperanza… un brillo muy ligero.

—Y-yo… no sé… —murmuró el guardia—. No estoy autorizado a contar est… —no pudo acabar la frase. La daga hizo presión y un hilo de sangre bajó por el cuello del guardia, que soltó un chillido.

—¡Vale, vale! ¡Teníamos que matar a una niña! ¡Nos ordenaron matar a una niña de algún lugar fuera de Nuvea, que se hospedaba esta noche en esta posada! ¡Es todo lo que sé!

El ladrón se quedó callado. Poco a poco, su rostro fue perdiendo cada vez más color, hasta que pareció que iba a desmayarse.

—Una niña… —dijo—. Una niña de fuera de Nuvea, que se aloja en esta posada…

Victoria también estaba sorprendida. Miró a Catherine, que estaba cada vez más pálida, y se miraba las manos.

—¡Victoria! ¡Haz desaparecer los escombros! ¡Que los supervivientes puedan salir! —gritó Dedos rápidos.

La princesa dio un respingo y se apresuró a hacer lo que el ladrón le decía.

Con un par de gestos de sus manos, los escombros se levantaron en el aire y los supervivientes pudieron salir. Victoria los contó cuando aún estaban saliendo de la posada. Tres hombres adultos, dos mujeres y un niño pequeño con una pierna rota.

Catherine y Dedos rápidos hicieron lo mismo. Por la expresión de sus caras, llegaron a la misma conclusión que Victoria.

La única niña que había en la posada era Catherine. Habían intentado matarla a ella, otra vez.

Dedos rápidos agarró al guardia con más fuerza y le gritó en el oído.

—¡¿Quién os ha dado esas órdenes? ¡¿Qué relación tiene Nuvea con Na-Shaya?!

—¿Na-Shaya? ¿Qué pinta aquí Na-Shaya? Las órdenes las recibimos de Su Suficiencia, el Señor de Nuvea, y él nunca ha salido de Curpo.

El ladrón frunció el ceño, mientras Catherine se adelantaba hacia el guardia.

—¡¿Por qué queríais matarme?! ¡Yo no os he hecho nada!

Por el rostro de la niña corrían lágrimas.

—¡Ya se lo dije a Victoria! ¡Yo no he hecho nada!

—¿Tú eres Catherine Acciari?

Victoria frunció el ceño. ¿También sabía el nombre de Catherine?

—No sé por qué me ordenaron matarte. Simplemente, me lo ordenaron, y yo he intentado cumplir mi misión —replicó el guardia.

—Cath —dijo Dedos rápidos—, este tipo no sabe nada.

Acto seguido, sin apartar la daga del cuello del guardia, desenvainó a Achlys, la acercó al pecho del guardia y lo durmió.

—Las preguntas —dijo después— se las haremos a otra persona.

—Al Señor de Nuvea —murmuró Victoria.

La verdad era que el hecho de que los guardias de Nuvea fueran a por Catherine era extraño. Victoria sabía de buena mano que su padre no tenía ninguna relación con nadie fuera de Na-Shaya, con la excepción de Neishi. Como esos dos reinos eran los únicos que conservaban sus monarquías, mantenían un contacto formal básico. Sin embargo, a ninguno de los dos les importaba lo más mínimo el resto de naciones, y Curpo no era una excepción.

Así que, o su padre le había mantenido en secreto que tenía súbditos en otros países durante toda su vida, o Eberhard no tenía nada que ver con todo lo que estaba pasando.

Lo primero era muy poco probable, así que la segunda opción debía ser la verdadera. Pero si su padre no había ordenado nada… ¿Había sido el monje blanco?


Cath estaba asustada, asustada de verdad. El hecho de que Victoria hubiera sido enviada para matarla había sido un golpe duro, pero era tan solo una persona. Ambidiestra, sí, pero una sola persona y siempre tenía a Irwin a su lado para protegerla. Al fin y al cabo, Na-Shaya la perseguía por su relación con los D’anero, por ligera que fuera. Pero, ¿Nuvea? ¿El señor de Nuvea la perseguía también? ¡¿Por qué?!

—¿Por qué? —murmuró en voz alta.

Victoria, Irwin y ella estaban en la misma calle en la que el exladrón había noqueado a un guardia delante de todos. Avanzaban hacia el centro de Nuvea, donde un edificio más alto de lo normal rompía la uniformidad del horizonte. El Ayuntamiento de Nuvea, donde vivía el Señor de Nuvea. Irwin había dejado inconscientes a todos los guardias gracias a Achlys, incluyendo a los paralizados, y había gritado al aire algo así como «¡Los dejaré aquí, y permanecerán inconscientes una hora! ¡Ocupaos de ellos como queráis, son todos vuestros!».

Al momento, un montón de gente de Nuvea había acudido y se habían llevado a los guardias a rastras. No había hecho falta preguntar qué harían con ellos. Los guardias parecían haberse ganado el descontento de la gente hacía mucho tiempo, y los ciudadanos buscaban venganza. Todos los que se habían llevado a los guardias eran hombres y mujeres ya adultos, que tenían un brillo extraño en la mirada. Seguramente, esos guardias no volverían a ver la luz del sol.

—¿Qué decías, Cath? —preguntó Irwin, preocupado.

—¿Eh? ¡Ah, no, no es nada! Tan solo… me preguntaba…

—Te preguntabas por qué, ¿no? —contestó Irwin—. Por qué te persiguen.

—Técnicamente, ya sabemos el porqué —dijo Victoria—. Según mi jefe, si tú mueres, Alexis D’anero aparecerá. Ya, ya sé que no será así —dijo, al ver que Cath abría la boca para protestar—, pero es lo que mi jefe cree. Y puede que no sea el único… Al fin y al cabo, Nandry era un pueblo de aquí, de Curpo, ¿no? A mí me parece más lógico que la gente de este país sepa qué pasó allí que el hecho de que mi jefe, que es de Na-Shaya, lo sepa.

—Pero… —dijo Cath—. El incidente de Nandry ocurrió hace seis años. ¿Por qué actuar ahora, y no entonces? Además, ¿para qué matarme? Si de verdad saben lo de Nandry por ser de Curpo, ¿no deberían preocuparse por protegerme antes que intentar matarme? ¡Yo también soy de Curpo!

—Ya has visto cómo es la gente en estas ciudades —le contestó Victoria—. Te han intentado matar, y no me parece que a los guardias les importara que fueras también de Curpo.

—¡¿Pero para qué buscar a Alexis D’anero?! ¡Ni siquiera sé quién rayos es! ¿Un superviviente de la familia? ¿Alguien que se hace llamar así?

—No grites tanto, Catherine. Esos nombres no se dicen en voz tan alta —le dijo Victoria con el ceño fruncido.

—Perdón.

—Y sobre Alexis D’anero… ni siquiera yo sé quién es a ciencia cierta. ¿Un superviviente de la dinastía? Es lo más probable. Siempre ha habido rumores de que habían sobrevivido algunos. Quizá lo que quieren es localizar a Alexis D’anero para acabar con él, y limpiar de una vez las Siete Coronas de esa familia.

—Vale, puedo aceptar eso. Pero si el Señor de Nuvea sabe lo que pasó en Nandry por alguna razón desconocida, ¿por qué esperar tanto? ¿Por qué no intentar matarme cuando era pequeña?

—Bueno, puede que no estuviera en sus planes el matarte, quizá era tan solo una idea que no se atrevía a llevar a cabo —aventuró Victoria—. Y al llegar tú a Nuvea, se le presentó una oportunidad de oro, o algo así. Es lo primero que se me ocurre.

—¿Pero cómo supo que estábamos en esa posada? Mejor dicho, ¿cómo supo que estábamos en Nuvea? No dimos nombres en ningún momento. ¿Tiene algo que ver tu jefe, Victoria? —preguntó Cath.

—Para nada. Mi jefe no tiene contactos fuera de Na-Shaya… —contestó Victoria. Sin embargo, su voz tembló ligeramente al decir esto. ¿Mentía? No, no estaba mintiendo. ¿Dudaba?

—Yo tengo una hipótesis sobre eso —dijo entonces Irwin, que había permanecido callado todo ese tiempo—. Y espero equivocarme.

—¿Irwin? —murmuró Cath, preocupada.

—Si lo que pienso yo es cierto, el Señor de Nuvea se enteró de nuestra existencia justo antes de atacarnos los guardias. Es decir, alguien le dio órdenes —respondió Irwin, sombrío—. Pero si Victoria dice que su jefe no dio las órdenes… Tan solo puede haber sido una persona.

Cath le miró, sorprendida. ¿Irwin sabía quién estaba detrás de todo?

—¿Quién…?

—Prefiero no decirlo. Es de esas personas que, si pronuncias su nombre, aparecen —cortó Irwin—. Por ahora, vamos al Ayuntamiento a hablar con el Señor de Nuvea. Ah, y si veis a algún guardia, me avisáis. Bueno, tú simplemente noquéalos, Victoria. Mátales si quieres, pero asegúrate de que Cath no lo vea.

Cath dio un respingo.

—¡Irwin! ¿Vais a matar a…?

—Ellos ya lo han intentado, así que les pagaré con la misma moneda. Si tenemos que luchar, por favor, cierra los ojos. No quiero que veas la escena —respondió sombrío el ladrón.

Cath tragó saliva. Por suerte, las calles estaban vacías, en lo que a guardias se refiere. Tan solo había transeúntes normales, que se quedaban mirándolos asombrados, y algunos les seguían. Los rumores de su actuación se habían extendido rapidísimo, al parecer. Sin embargo, ni un solo guardia apareció al acercarse ellos al Ayuntamiento.

Pronto las personas que les seguían pasaron de ser cuatro o cinco a ser veinte o treinta. Para cuando llegaron a las puertas del Ayuntamiento, eran unos cien. Tanto Cath como Victoria e Irwin les ignoraron completamente, sin acordarlo.

Irwin se quedó mirando las puertas. Cath le imitó. No había ningún guardia por allí, y el Ayuntamiento estaba cerrado a cal y canto.

Era un edificio bastante alto, con paredes de piedra. Las puertas parecían de roble macizo (Cath se había criado en una aldea de leñadores, así que sabía mucho sobre madera), eran gruesas y robustas. No había ventanas, y en el techo sobresalían almenas.

—Es como una fortaleza en miniatura —comentó Victoria—. El Señor de Nuvea se toma su seguridad en serio.

—¿Por qué no hay guardias? Debería estar todo lleno —preguntó Cath.

—Seguramente todos han sido enviados a buscarte. Por eso no hay ninguno aquí.

—Pero no nos hemos cruzado con ninguno… ¿Dónde…?

—¡Ciudadanos de Nuvea! —gritó entonces Irwin—. ¡¿Nos seguís por algún motivo en particular?!

Nadie dijo nada. Todos estaban en completo silencio, mirando a Irwin. En sus rostros había esperanza, eso Cath lo tenía claro.

Entonces, un joven se adelantó. No tendría más de veinte años y sus ojos verdes brillaban. Su pelo era de color castaño y sus ropas, verdes. Cath le miró, interesada. Por el aspecto, parecía el prefecto protagonista de cuento.

—Te hemos seguido porque has acabado con varios guardias sin ningún esfuerzo —dijo el hombre—. Y porque ella —señaló a Victoria— ha demostrado ser una maga.

Irwin asintió. —Lo que suponía. Esperáis que os ayudemos a rebelaros contra el Señor de Levan, ¿no?

El joven asintió. El resto de los ciudadanos le imitaron, sin decir una palabra.

—Vosotros habéis acabado con los guardias —dijo Irwin.

—Sí. Vuestra llegada nos indujo valor y nos dimos cuenta de que, entre todos, podíamos con los guardias, aunque ellos llevaran armas y armadura. Estábamos tan acostumbrados a la opresión que no nos dimos cuenta de que era algo contra lo que podíamos luchar.

Irwin no dijo nada más. Se volvió hacia las puertas y alzó su mano como si fuera a llamar. Con sus nudillos, golpeó las macizas piezas de roble.

Se oyó un crujido y el brazo del exladrón atravesó completamente la puerta. Acto seguido, tiró hacia sí mismo y arrancó la puerta de cuajo con otro sonoro crujido.

Levantando la enorme pieza con un solo brazo, la arrojó hacia atrás, por encima de las cabezas de la gente. La puerta recorrió unos veinte metros y cayó al suelo, sin herir a nadie.

—Pasemos —dijo el exladrón—. Que nadie nos siga.

Cath tragó saliva. En esos momentos, el ladrón parecía otra persona, aunque no como cuando luchaba contra Victoria, tan solo estaba más serio. Aunque… desde que el viaje había empezado, Irwin había estado así.

La gente, impresionada por la demostración de fuerza que había mostrado el ladrón, obedeció la orden de no moverse. Sin decir nada, se quedaron donde estaban.

Irwin, Victoria y Cath entraron en el Ayuntamiento. Era un lugar sombrío, ya que al no haber ventanas, la luz del sol no entraba allí dentro. En su lugar, había antorchas por doquier, pero el resultado era una atmósfera aún más tétrica.

La entrada principal, que Irwin había destrozado, daba a una sala enorme, que ocupaba toda la primera planta. En las paredes colgaba una serie de escudos con diversos colores, además de una variopinta colección de armas. Por el centro había una serie de columnas y bancos, y en la pared que quedaba justo delante de la puerta había una mesa, vacía. En el lateral se encontraban dos escaleras: una que subía y otra que bajaba.

—Seguramente las escaleras que bajan llevan a los calabozos —dijo Victoria—. O algo por el estilo. Yo creo que el Señor de Nuvea estará arriba.

—Pienso lo mismo —murmuró Irwin.

Acto seguido, se dirigió a las escaleras que subían, con el mismo aire sombrío. Victoria y Cath le siguieron.

El segundo piso era parecido al primero, solo que al fondo, en la pared que quedaba delante de las escaleras, había una puerta que llevaba a otra habitación. La sala era más pequeña, además.

—Eso es el lavabo —murmuró Irwin, sin mirar siquiera a Victoria y Cath—. Vamos, el Señor de Nuvea está arriba. Le oigo.

Victoria también parecía nerviosa. La tensión en el ambiente iba aumentando. Cath estaba segura de que, si Irwin o Victoria alzaban su espada y la agitaban, el aire se podría cortar.

Finalmente, llegaron al tercer piso. Nada más subir las escaleras, una pared de piedra se interpuso en su camino. En medio, había una puerta parecida a las de la entrada, pero más pequeña.

—Al otro lado hay alguien —murmuró Victoria—. Debe ser el Señor de Nuvea.

Irwin asintió. Cath se quedó en silencio, demasiado nerviosa para hablar, y el exladrón tomó la palabra.

—Victoria… hazme un favor y destroza esta puerta. De la forma más espectacular posible, por favor. Algo como una explosión.

Cath miró al ladrón. ¿Estaba bromeando…? No, estaba hablando en serio. Quería algo espectacular por algún motivo, pero, ¿por qué?

Veréis, la fama es algo muy útil en ocasiones. Si tienes un nombre que hace llorar a los recién nacidos con solo oírlo, es más fácil conseguir algunas cosas; como que un guardia te dé información, por ejemplo. El miedo que provoca la fama es algo que hay que saber usar.

De repente, esas palabras resonaron en la cabeza de Cath. Irwin se lo había dicho, le había explicado el poder de la fama… Claro, por eso quería algo espectacular. Como no podía usar su fama de ladrón ni la del diablo de Sangreal (estaban en Curpo, allí no era tan conocido), tenía que usar otro método para causar miedo.

Victoria pareció pensar lo mismo. Sin decir nada, señaló la puerta con su mano izquierda.

—Tapaos los oídos —dijo.

Cath obedeció. Irwin, en cambio, se quedó mirando la puerta sin moverse un milímetro. Sus ojos estaban tomando una tonalidad rojiza… o eso le pareció a Cath. La luz de las antorchas era muy engañosa.

Victoria lo miró, se encogió de hombros y volvió a mirar a la puerta, que seguía señalando con la mano izquierda.

De repente, toda la pared saltó por los aires con un sonoro crujido. Los trozos de puerta, pared y techo salieron despedidos hacia el interior de la habitación a la que querían entrar, a la vez que se oía dentro un grito de sorpresa. Sin esperar a que el humo y el polvo causados por la explosión desaparecieran, Irwin entró en el cuarto. Victoria le siguió y justo después, Cath hizo lo mismo.

La habitación era extremadamente lujosa, con cuadros y escudos colgados de las paredes. Un par de sables cruzados coronaban el escudo más grande, que quedaba en frente de la (ahora destrozada) puerta. En el suelo había una mullida alfombra roja. En el centro, volcada sobre un hombre menudo, había una mesa de caoba.

Irwin no perdió el tiempo. Avanzó hasta llegar al hombre menudo, apartó la mesa de una patada, estampándola contra una pared, y levantó al hombre por el cuello con un solo brazo. El hombre, que no tocaba el suelo con los pies, soltó una serie de grititos de terror. Cath lo miró. Parecía un conejo.

—¿Eres tú el Señor de Nuvea? —le preguntó Irwin al hombre, cortante. Daba miedo, pensó Cath.

—Y-yo… yo no… —tartamudeaba el hombre.

—¡Te he preguntado si eres el Señor de Nuvea! ¡Contesta! —le gritó a la cara el exladrón, furioso.

—¡S-sí! ¡Y no tienes d-derecho a causar daños en las instalaciones de…!

—Silencio —cortó Irwin de nuevo—. Pronuncia una sola palabra sin que yo te pregunte y sufrirás lo que tu querida puerta —amenazó. El Señor de Nuvea tragó saliva y calló.

—¿Has ordenado matar a Catherine Acciari, que se hospedaba en esta ciudad esta noche? —volvió a preguntar el ladrón.

—S-sí, pero…

—Silencio. ¿Fue por tu propia voluntad, o te lo ordenaron?

—¿D-dónde están mis guardias? —preguntó el Señor de Nuvea.

—Muertos. Y si no quieres acabar igual, contéstame. ¿Te lo ordenaron?

—Y-yo… me amenazaron… no podía negarme a…

—¡¿Quién lo hizo?! —gritó Irwin—. ¡¿Quién te lo ordenó?!

—El… el «Señor»… Vino en persona a verme, y me dijo que… que tenía que matar a Catherine Acciari… o si no, me ganaría su enfado.

Irwin se quedó en silencio. Permaneció así dos minutos, en la más profunda quietud. Desde donde estaba, Cath no podía ver sus ojos. Victoria, a su lado, permanecía callada, sin decir o hacer nada.

—Conocías al «Señor» de antes —murmuró al fin Irwin—. Tan solo su presencia hizo que te inclinaras y le obedecieras, ¿verdad?

—Y-yo… El «Señor» es conocido en muchos lugares… nunca lo había visto en persona, pero todos los líderes de Curpo lo conocen… —el Señor de Nuvea parecía muy dispuesto a hablar. La maniobra de destrozar la pared parecía haber tenido efecto.

—Comprendo… —dijo Irwin—. Cath, no mires.

Asustada, Cath cerró los ojos. En cuanto lo hizo, escuchó un grito de terror de parte del Señor de Nuvea, que se cortó de golpe al sonar un crujido por todo el cuarto. Luego, silencio.

—Puedes abrir los ojos —le susurró Victoria. Cath los abrió.

En el suelo, delante de Irwin, estaba el Señor de Nuvea. Su cabeza estaba torcida en un ángulo muy extraño. No se movía.

—Cath, no le mires. Era algo que tenía que hacer —dijo Irwin, acercándose a ella.

—Irwin…

—Lo sé. No es una imagen agradable… y no me gusta nada haber tenido que matarle delante de ti. Pero prométeme que serás fuerte. No pienses en esto.

Cath asintió. Entonces, de repente, Irwin la abrazó. Cath era un poco más baja que él, de forma que acabó con la cabeza contra el pecho del exladrón.

—¿Irwin? —preguntó extrañada—. No hace falta… no estoy tan…

—No es por eso —cortó el exladrón—. Cath… escúchame bien, porque no lo podré decir dos veces.

Tras decir esto, la soltó y se agachó hasta quedar a su altura.

—Recuerda esto: siempre, siempre serás mi hermana. Me da igual que la sangre que nos una no sea la misma o que nuestros apellidos sean distintos; para mí, eres mi hermana.

—Irwin…

—Y siempre te protegeré. Si en algún momento te pasa algo, tan solo tienes que llamarme; yo acudiré. No importa lo lejos que esté, si me llamas de corazón, te oiré. No vas a estar sola nunca; aunque no esté cerca de ti, siempre hay gente que velará por ti. La gente del Gremio te cuidará, así que confía en ellos. Si estás en problemas, tan solo tienes que decir que conoces al «Diablo de Sangreal», y la gente te dejará en paz. Enséñales esto —se sacó una daga de la bolsa y se la puso en la mano— y te creerán. Y recuerda: «tiene la sangre negra».

—Irwin… ¿Por qué…?

—Tienes más fuerza de la que crees. Ese vaso que rompiste… es una prueba de que la Magia puede despertar en tu interior. La influencia de haber viajado con un Diestro y una Ambidiestra ha hecho mella en ti. Guarda en secreto lo de Nandry, y no des tu verdadero nombre a nadie, excepto a los miembros del Gremio. Pueden ser un poco difíciles de entender al principio, pero son buena gente, de verdad.

—Y, Cath… reflexiona seriamente sobre Nandry. No digas que eres de allí, pero haz preguntas, averigua qué pasó. Encuentra a alguien que conociera el pueblo. Es algo que tienes que hacer por ti misma; no puedo ayudarte. Busca información sobre los D’anero, no te dejes llevar por los prejuicios ni los engaños. Yo, por mi parte, me encargaré de vengar a Karen.

—¡Irwin! —cortó Cath—. ¡Me estás asustando! ¡Lo que dices no tiene sentido!

Irwin sonrió.

—Tiene mucho más sentido de lo que crees. Ya solo puedo decirte dos cosas. S’oc at heu gherman, ans uleix than sanc. Cuando lo entiendas, descubrirás muchas cosas… cosas que no te he dicho. Pero también entenderás por qué no te las dije.

—Y, por último… perdóname por lo que voy a hacer. Esto es una despedida.

Antes de que Cath pudiera hacer o decir nada, Irwin desenvainó su espada y la apoyó en su frente.

—Achlys —dijo.

Y Cath ya no escuchó nada más.


Victoria dio un respingo.

—¿Qué estás haciendo? ¡Crystal despertará!

Dedos rápidos la miró. Victoria se echó para atrás; el ladrón daba miedo. Tragó saliva y se quedó callada.

—Es lo que busco —dijo como toda respuesta.

No tuvieron que esperar mucho. En apenas dos minutos, del cuerpo de Cath empezó a manar energía, la energía de un Ambidiestro. De repente, abrió los ojos.

—Crystal —Dedos rápidos no le dio tiempo a decir nada y le puso el dedo en los labios para decirle que no hablara—. Escúchame. Hay muchas cosas que tenemos que hablar, pero te haría daño. No sabes lo que me cuesta hacer esto.

—Pero por ahora, escucha. Tienes que usar tu Magia, aunque te duela. Tienes que huir a Sangreal, a la base del Gremio. Sabes dónde es, has estado allí. Por favor, Crystal, no hay tiempo.

Crystal lo miró a los ojos y lentamente asintió.

—Bien. Por favor, hazlo ya. No podré soportarlo mucho tiempo.

Crystal volvió a asentir. Lentamente, movió un brazo, hizo un gesto extraño…

Y desapareció.

Victoria se quedó callada. ¿Qué acababa de pasar? ¿Por qué Dedos rápidos había enviado a Catherine a…?

—¡¿Sangreal?! ¡¿La has enviado a Sangreal?! ¡¿Por qué no hiciste eso desde un principio?!

—Esto es un ultimátum, Victoria —dijo Dedos rápidos, levantándose—. La situación ha cambiado, y no sabes cuánto. Me temo que tendremos que hacer otro trato, aparte del de la información. Tú me ayudas, y yo… te enseño.

—¿Eh? —Victoria estaba perdida—. ¿Cómo que «me enseñas»? ¿Y a qué quieres que te ayude?

—Te enseñaré todo lo que sé sobre la Magia y la Habilidad. Puedo hacer que seas tan rápida como yo y mostrarte conocimientos superiores a los Caminos. La historia de los D’anero, formas de matar a un hombre… todo lo que sé.

—A cambio, tan solo tienes que ayudarme en una simple cosa.

Victoria abrió los ojos hasta dejarlos como platos. El ladrón era fuerte y si accedía a enseñarle eso… muchas posibilidades se abrirían ante ella. Incluso la historia de los D’anero…

—¿Qué…? ¿En qué quieres que te ayude?

—Muy sencillo —respondió el ladrón—. Quiero conquistar Curpo y tú me serás de gran ayuda.