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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 21

Revelación

17 min de lectura · 3494 palabras

El pueblo de Nuvea esperaba impaciente. Aquella misma mañana todo había sido normal, pero de repente, un héroe había aparecido y les había dado fuerzas para luchar. En un solo día, habían acabado con la guardia, sin apenas luchar. Llevaban tanto tiempo siendo sumisos por el miedo que no se habían dado cuenta de que eran mucho más fuertes si se unían.

El héroe se había reunido con el Señor de Nuvea, junto con la joven que sabía hacer magia y la niña que querían matar. Les había dicho que esperaran fuera, y eso hacían.

Dentro del Ayuntamiento no se oía nada. Los ciudadanos estaban cada vez más impacientes y algunos empezaban a murmurar. ¿Qué estaría pasando allí dentro?

Entonces, un estruendo sobresaltó a los ciudadanos, mientras una nube de polvo llegaba desde el Ayuntamiento y les hacía toser. Cuando el polvo se despejó, vieron lo que había pasado.

Una parte del Ayuntamiento había volado por los aires. Por el agujero que se había formado se podía ver al héroe y, junto a él, a la joven que podía hacer magia.

—¡Ciudadanos de Nuvea! —gritó entonces el héroe, mirándolos con sus ojos rojos. Todo el mundo se quedó en silencio, expectante. —¡El Señor de Nuvea ha muerto! ¡Ya no gobernará más!

Estas diez palabras quedaron flotando en el aire. ¿Muerto? ¿El Señor de Nuvea había muerto? ¿Ya no gobernaría más?

Eso significaba…

—¡LIBERTAD! —gritó el joven de los ojos verdes, el único que había hablado con el héroe.

Y empezó el jolgorio.


Victoria observó cómo la turba que les había seguido celebraba la muerte de su gobernante. Gritos de alegría, lágrimas, risas, abrazos… esa gente debía haber sufrido lo insufrible. Curiosamente, no se acercaban a ellos… ¿Les tenían miedo? ¿O solo era mucho respeto?

—Victoria —murmuró el ladrón—. —Camino de la Ilusión.

La princesa se giró. Detrás de ella, estaba Dedos rápidos, con una expresión seria en la cara. Victoria frunció el ceño. Lo que le estaba pidiendo el ladrón no le gustaba, pero… tenían un trato y le interesaba cumplirlo. Así que suspiró y asintió.

Dedos rápidos sonrió ante esta respuesta, y alzó la voz de nuevo.

—¡Pueblo de Nuvea! —gritó.

Automáticamente, todos callaron. Esto empezaba a ser una costumbre, pensó Victoria.

—¡Os he ayudado, y espero que lo recordéis! ¡Si algún día preciso ayuda, contaré con Nuvea!

—¿No podríais quedaros aquí? ¡Podrías ser el nuevo Señor de Nuvea! —gritó una voz entre toda la multitud. Al momento, cientos de voces más la corearon. Victoria buscó al propietario de la primera voz, intentando confirmar sus sospechas… sí, allí estaba. Era el joven de los ojos verdes, otra vez.

—No, no podemos quedarnos aquí —respondió Dedos rápidos—. Tenemos algo que hacer. Pero recordad… —se señaló a sí mismo—. Irwin Dedos rápidos os salvó. Si algún día os pido ayuda, ¡devolvedme el favor!

Esa era la señal. En cuanto oyó esas palabras, Victoria cerró los ojos y se concentró.

Dedos rápidos le había instado a usar los Caminos y la propia Victoria sentía curiosidad, así que se centró en la Magia y pensó con fuerza.

Usar el Camino de la Ilusión

Al momento, el brazo empezó a cosquillearle y una imagen se formó en su mente. Ya sabía los movimientos que tenía que hacer. Ahora, tan solo faltaba…

Infundir lealtad

Sorprendida, Victoria se dio cuenta de que los movimientos que precisaba eran los mismos que para hacer el Camino de la Ilusión. Así que Dedos rápidos decía la verdad: si se usaban los Caminos, con seis movimientos podías hacer cualquier hechizo. El poder que eso implicaba era mucho mayor de lo que parecía en un principio.

Sin embargo, no podía distraerse ahora. Aún concentrada en el flujo de la Magia de su cuerpo, alzó su brazo izquierdo hasta colocar su mano frente a su propio rostro. Acto seguido, lo bajó e hizo un movimiento amplio de derecha a izquierda, como si repartiera algo.

El efecto fue instantáneo, pero nadie excepto ella lo percibió. En cuanto Victoria acabó el encantamiento, los ojos de los ciudadanos de Nuvea brillaron un segundo y sus miradas cambiaron. Ahora, una extraña determinación cubría sus rostros.

Entonces, entre la multitud silenciosa que estaba escuchando a Dedos rápidos, un puño se alzó. Victoria miró al dueño de ese brazo y sonrió. Parecía ser que el joven de ojos verdes tenía espíritu de líder.

—¡Salve a Irwin Dedos rápidos! ¡Salve al Liberador! —gritó el joven de ojos verdes.

—¡Salve al Liberador! ¡Salve al Liberador! —lo coreó la multitud, todos a una. En aquel momento, no parecían un grupo de ciudadanos que habían sido oprimidos. Parecían un ejército aclamando a su líder. Mientras tanto, Dedos rápidos alzaba el brazo, respondiendo al vitoreo de la multitud.

—¡Recordadlo siempre, ciudadanos de Nuvea! ¡Vuestra libertad ha sido un regalo de mi parte! ¡Devolvédmelo con lealtad!

La multitud entraba ya en éxtasis. Gritos, risas, llanto, puños en el aire… empezaba a ser muy ruidoso, y había cada vez más gente. El cántico de «salve al Liberador» no se apagaba, a pesar de todo.

Entonces, Dedos rápidos miró a Victoria e hizo un gesto con la cabeza. Quería irse, estaba claro. Victoria asintió, pero en vez de salir corriendo sin más, volvió a usar el Camino de la Ilusión, y un resplandor blanco cegó a todo el mundo, mientras los gritos de sorpresa llenaban el aire. Para cuando la gente recuperó la vista, ellos dos ya se habían ido. Sin embargo, a Victoria y a Dedos rápidos aún les dio tiempo a escuchar un último grito clamando el nombre del ladrón.

Ambos corrieron hasta llegar a las murallas. Victoria abrió un agujero con Magia, y salieron por fin de la ciudad. Se alejaron un par de kilómetros, hasta que la princesa se detuvo. El paisaje era igual que siempre en Curpo: un prado enorme, sin casi árboles a la vista.

—Muy bien, Dedos rápidos —dijo Victoria—. Tal y como acordamos en la torre después de lo de Catherine, te he ayudado con los aldeanos y no he hecho preguntas. Ahora te toca a ti cumplir tu parte. ¿A qué te refieres con ‹conquistar Curpo›? ¿Y a qué ha venido ese cambio de actitud?

Dedos rápidos cerró los ojos y suspiró, cansado. Acto seguido se sentó en el suelo, pero Victoria se quedó de pie.

—Victoria, la situación ha cambiado, eso es todo. Es más seguro para Cath…

—¡No me vengas con esas! —le cortó Victoria.

Aquello era lo que se había temido desde el principio: que el ladrón no se explicara. La situación empezaba a superarla y ya no podía más. Quería respuestas.

—¡Explícame exactamente qué ha pasado, o ya te puedes olvidar de que te ayude, maldita sea!

Dedos rápidos la miró con expresión grave.

—Eres mi prisionera, Victoria. No tengo por qué contarte nada —dijo mientras se cubría el rostro con el ala del sombrero.

—Sin embargo, Irwin O’Manley siempre cumple sus promesas. Además…

En ese momento, el ladrón hizo algo que sorprendió a Victoria. Se quitó el sombrero, la miró y le hizo una reverencia.

—…te debo una disculpa.

La princesa enarcó una ceja.

—¿Una? Me debes bastantes, Dedos rápidos.

—No, hablo en serio. Desde el momento en que apareciste te he menospreciado, pero veo que estaba equivocado.

—¿Te importaría explicarte? Y de paso, contarme por qué has hecho lo que has hecho.

El ladrón suspiró y la miró con expresión cansada.

—Será mejor que empiece desde el principio. Verás, yo sabía desde hacía mucho que un día tu jefe vendría a por Cath.

—Como ya sabes, Crystal y Cath comparten cuerpo, por decirlo de alguna forma. Si matan a una, las dos mueren y mucha gente quiere acabar con ella. Tu jefe tiene un interés particular en ello, pero lo hace sobre todo para matar a Alexis D’anero. Una cosa es segura: si Cath muere, Alexis saldrá. Y morirá mucha más gente de la que crees.

—Pero me estoy desviando del tema. La cuestión es que yo conozco la identidad de tu jefe… en cierto sentido. Conozco su verdadero nombre, pero ha cambiado de rostro y de identidad muchas veces, así que ahora momento no sé quién es. Lo que sí sé es que vendería su alma por matar a Alexis D’anero… si es que no la ha vendido ya.

—Pero por supuesto, encontrar a Cath no era tarea fácil. El incidente de Nandry fue algo muy turbio, pero creo que tu jefe tuvo algo que ver, ya que el acento de los soldados era de Na-Shaya. Sin embargo, yo mismo maté a todos los que incendiaron el pueblo y me llevé a Cath de allí, escondiéndola en Levan. Podría haberla llevado al gremio desde el principio, pero no me pareció un buen lugar para criarla. Además, Levan me gustaba y yo era suficiente para protegerla.

—Pasaron seis años y llegaron los soldados. Entonces fue cuando empecé a equivocarme.

—Verás, yo no hui de Levan con Cath por miedo a que nos atacaran. Nosotros estábamos a salvo, porque hay muy pocas personas que puedan matarme ahora mismo. No, el problema era el pueblo en sí.

—Cath tiene un trauma muy profundo por lo que pasó en Nandry. Si los soldados volvían a Levan y lo destruían, no lo hubiera podido resistir, de forma que decidí poner a salvo a la ciudad y así proteger la mente de Cath.

—Hasta ahí, creo que actué de la mejor forma posible. Sin embargo, supuse que era tu jefe el que nos había localizado, creía que el monje blanco no tenía nada que ver. Ahora que lo pienso, fue una estupidez, porque el único que podía localizarnos con seguridad era el monje, pero después de todo, aquel no era su estilo. De paso, este incidente me dio información que no tenía: tu jefe posee poder sobre el ejército de Na-Shaya. Así que seguía en el país… y seguramente, era de la nobleza. Es lo que me esperaba de él.

—Por eso me tomaba todo con tanta calma: tu jefe no iba a salir de Na-Shaya así como así y no era algo coherente enviar a por mí a todo un ejército. Los Diestros y Zurdos escasean en Na-Shaya. El mayor peligro era que el monje apareciera, porque él puede movilizar a una cantidad enorme de gente con solo chasquear los dedos.

—¿Das por supuesto que para matarte hace falta un ejército? —preguntó Victoria, escéptica. Lo que el ladrón decía era interesante, pero aquello era una fanfarronada. Además, quería apartar su propia mente del hecho de que el ladrón parecía saber mucho sobre su padre… no le gustaba hablar de ese tema con el ladrón. Intuía que ahí había peligro.

—No es algo tan estúpido. Piénsalo: ¿cuántos soldados normales, sin ningún poder especial, hacen falta para matarte? —le contestó el ladrón, mirándola a los ojos.

—Siendo tú Ambidiestra, se necesitarán más de veinte… si no más de cincuenta. Bueno, pues ahora ten en cuenta que yo soy más fuerte que tú. No fanfarroneo cuando hablo de ejércitos. Por supuesto, si hay Diestros y Zurdos, la cosa cambia. De todas formas, ¿quieres que te explique todo, o prefieres que discutamos sobre esto?

—No, no, sigue explicando.

—Bien. Como decía, tu jefe es peligroso por sus ganas de matar a Cath, pero no tiene en estos momentos los medios suficientes para hacerlo. El monje, por otra parte, sí los tiene, pero podía hacerse a un lado, como esperaba que hiciera. Tengo asuntos pendientes con él, pero pueden esperar hasta que Cath esté a salvo. Lo siento por Karen, pero por una vez, su venganza debe esperar.

—¿Karen?

—Una vieja historia personal. La cuestión es, básicamente, que no sabía si el monje había actuado o no, y todas las pistas me decían que se mantenía inactivo. Luego apareciste tú, me confirmaste que tu jefe era noble, porque tenía poder para dar órdenes a tu familia, y nos atacaste. En cuanto vi que no atacabas a Cath directamente, me convencí de que el monje blanco no había aparecido.

—¿Por qué?

—Porque, a pesar de que seas Ambidiestra y por tanto poderosa, no eras rival para mí. Estabas entrenada, pero no por el monje blanco, eso está claro. Además, te rebelaste contra las órdenes que te habían dado y, si te las hubiera dado el monje blanco, no lo habrías hecho, o eso pensé. En muchas ocasiones he pensado que soy el único que puede resistirse a una orden suya.

—¿Entiendes a qué me refiero? Sin dudar siquiera, te negaste a obedecer tus órdenes, porque Cath tiene solo doce años. Te juzgué mal y supuse que si el monje era quien te había ordenado todo, no tendrías valor para negarte. Es muy poderoso… demasiado poderoso.

—De forma que seguí suponiendo que el monje no había aparecido aún. Pero entonces… ocurrió lo de Nuvea.

—El Señor de Nuvea te dijo que conocía al Señor y por eso juzgaste que había que darse prisa, ¿no?

—Exacto. En cuanto vi que gente que no tenía que ver con Na-Shaya nos atacaba, empecé a preocuparme. La conversación que tuve con ese bastardo tan solo me ayudó a comprender del todo que estaba equivocado. Era muy poco probable que el monje actuara de por libre, sobre todo cuando esa actuación implica la muerte de personas. No, le conozco bien. Siempre se decanta por un bando, aunque sea de forma temporal… si nos buscaban a la vez tu jefe y el monje, es que estaban juntos. Y ya puestos, se desvanecía la duda de cómo nos había localizado tu jefe: simplemente, el monje blanco se lo había dicho todo.

—Pero… no tiene por qué ser así. Puede que el monje haya aparecido ahora y no tenga nada que ver con mi jefe, ¿no?

—Imposible. No me has preguntado quién era el monje, a pesar de que he hablado mucho de él… en otras palabras, le has visto. Y estoy seguro de que ha contactado con tu jefe.

Victoria frunció el ceño y se sentó en el suelo, junto al ladrón. No ganaba nada negando el hecho de que su padre y el monje blanco eran aliados, sobre todo teniendo en cuenta que no se fiaba del monje. Además, parecía ser que el ladrón compartía su desconfianza sobre el monje. Sin embargo, había una cosa que no comprendía del razonamiento del ladrón.

—¿Pero no decías que si yo hubiera recibido órdenes del monje no hubiera dejado viva a Catherine?

—Por eso he dicho que te debo una disculpa. En estos momentos, estoy seguro de que el monje te ha dado órdenes, así que no intentes negarlo. Sin embargo, te has negado a matar a Cath… la opinión que tengo de ti ha cambiado. Casi no pareces na-shayana.

—Vaya, gracias —contestó Victoria, sarcástica—. Supongo que viniendo de ti, eso es un cumplido.

—Exacto. Si de verdad has desobedecido al monje tan solo por tu sentido de la moral, te mereces mi respeto. Por eso te he pedido ayuda para conquistar Curpo y a cambio te he ofrecido entrenamiento. Si no fuera por lo del monje, no me fiaría tanto de ti.

Victoria dio un respingo. Con tanta explicación sobre el monje, se había olvidado de lo importante.

—¡¿Pero entonces por qué has enviado sola a Catherine a Sangreal, en vez de ir con ella?! ¡Ahora está más desprotegida! ¡¿Y lo de conquistar Curpo tú solo?!

Dedos rápidos la miró, enarcando una ceja.

—Ya te lo he dicho, el gremio es un lugar muy seguro. Ni siquiera el monje puede entrar sin más. Sin embargo, siendo el Señor nuestro enemigo, hay que tenerle en cuenta… ¿recuerdas las palabras del Señor de Nuvea?

—¿Eh?

—‹Todos los líderes de Curpo conocen al Señor›. O sea, que todos le obedecerán sin dudarlo.

Victoria abrió los ojos.

—Eso significa…

—Que el monje tiene a todo Curpo a sus pies —completó el ladrón—. Y si reúnes a todos los soldados de este reino…

—…Un ejército —dijo Victoria.

—Exacto. Tú y yo somos poderosos y el gremio es seguro, pero… si un ejército carga contra Sangreal con el único objetivo de matar a Cath, nadie podrá hacer nada.

—¿Llegaría a tanto? ¿No es un poco… exagerado?

—El monje hará lo que haga falta por cumplir sus objetivos; incluso se hizo pasar por Alexis D’anero una vez, tan solo para confundirme. Si todo Curpo se une, estamos muertos. Hay que evitarlo a toda costa.

Victoria empezaba a comprender.

—¿Por eso me dijiste que hechizara a los habitantes de Nuvea? ¿Para que no obedecieran al monje blanco?

Dedos rápidos asintió.

—A pesar de su gran poder, el Señor no puede manipular a la gente con magia, tan solo puede hacerlo mediante artimañas. Si Nuvea me guarda lealtad, no atacará a Cath y en última instancia puede incluso que nos apoye en combate. Por eso tú y yo nos hemos separado de Cath. Ir con ella sería muy peligroso, prefiero que se quede en el gremio, pero tú y yo tardaremos en ir allí.

—¿Porque conquistaremos Curpo?

—Así es. Iremos pueblo por pueblo, ciudad por ciudad, haciendo lo que hicimos en Nuvea. Conquistaremos Curpo y yo seré su rey, por decirlo de alguna forma.

Victoria miró al suelo, pensativa. En cierta forma, tenía sentido, pero…

—No creo que sea sencillo hacer eso, Dedos rápidos. Además, ¿y si me niego?

—No creo que lo hagas, porque a cambio de tu ayuda te daré información.

—¿Así que cambiamos el trato? ¿Ya no es información a cambio de información? —preguntó Victoria, interesada.

—Más que cambiarlo, lo ampliamos. Intercambiaremos información y favores. Yo te enseño y tú me ayudas, o me das información. Y al contrario; tú me ayudas y yo te doy información, o te entreno —le contestó el ladrón.

Victoria se encogió de hombros.

—No me parece mala idea. Además, salía ganando. El ladrón tenía mucha información, pero ella poseía muy poca. Si se ampliaba el trato, podía ayudar con la conquista a cambio de información… y Dedos rápidos era fuerte. Quizá podía aprender algo de él.

Sin embargo…

—¿Y cómo sé que no usarás a Curpo como ejército para atacar Na-Shaya, por ejemplo?

—Tú los has encantado, tú los puedes liberar del hechizo. No debería preocuparte eso —contestó Dedos rápidos sin pestañear siquiera.

—Oh. Cierto. Bueno, pues… supongo que podemos conquistar Curpo, si por ‹conquistar› te refieres a eso. Sin embargo… ¿y si hay un Diestro o un Zurdo en algún pueblo y se niega a que lo conquistemos?

—Bueno, yo soy más fuerte que un Diestro normal y tú eres Ambidiestra. Nos las arreglaremos.

Victoria volvió a fruncir el ceño. El plan de Dedos rápidos parecía una locura, pero no tenía otra opción, si quería averiguar todo.

—Supongo que tendré que ayudarte. Sin embargo… aún tengo dos dudas.

—Bueno, me has ayudado antes y te debía una disculpa, así que te contestaré… siempre y cuando pueda —le contestó el ladrón.

—¿Qué le dijiste a Catherine cuando la enviaste a Sangreal? Aquello en lengua antigua…

El ladrón frunció el ceño.

—Eso es algo personal, Victoria. Lo siento, pero no te diré qué significaba. No insistas.

La princesa suspiró.

—Me lo imaginaba. Entonces… ¿quién es el monje blanco?

Dedos rápidos la miró, sorprendido.

—¿Cómo que quién es? El ‹Señor›, está claro. Es así como se hace llamar.

—Eso ya lo sé, pero… ¿por qué tiene tanto poder? ¿Cuál es su nombre? ¿Por qué causa tanto miedo en la gente? No logro comprender por qué…

—Victoria.

El ladrón la miró, completamente serio.

—¿En serio no lo sabes? Todos los nobles, incluso los na-shayanos, lo deberían saber. Si has recibido una educación completa, deberías haber oído hablar de él.

La princesa negó con la cabeza.

—Nunca había oído hablar de él, de verdad.

—No, estoy seguro que has oído hablar de él. Simplemente, no te has dado cuenta.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? Además, tú no eres noble, así que…

—Victoria.

El ladrón la cortó.

—Todo el mundo ha oído hablar de él, pero solo los nobles y algunas personas especiales saben a ciencia cierta qué es. ¿Me estás diciendo en serio que no conoces la identidad de alguien cuyas órdenes has ignorado?

—¡Maldita sea, te lo estoy preguntando por eso! ¡¿Quieres responderme de una vez?! —gritó Victoria, harta.

El ladrón suspiró.

—Su identidad es más que obvia, Victoria. ¿Quién crees que puede ser más poderoso que nadie en este mundo? ¿Quién puede ser capaz de superar a un Ambidiestro con tanta facilidad?

Victoria no dijo nada. No tenía ni idea de qué estaba hablando el ladrón, así que se calló.

—Victoria, piensa. ‹El Señor›. ¿No has estudiado nunca nada sobre el reino de Nadwer?

—¿Nadwer?

—Nadwer. El país más religioso de las Siete Coronas, ya sabes.

—No entiendo…

—Piensa en sus oraciones. ‹El Señor es mi pastor, nada me falta›.

Victoria abrió los ojos todo lo que pudo. No podía ser.

—No me digas que…

—Así es —contestó el ladrón—. El monje blanco, el ‹Señor›, es lo que la gente común y corriente conoce como ‹Dios›.