Capítulo 22 (El ladrón Zurdo)
Marcus cerró los ojos y se concentró en la Magia. En cuanto empezó a sentirla, alzó la espada quebrada que estaba sujetando, la acercó a su boca y sopló.
Al momento, un ruido metálico llenó la estancia y el acero quedó como nuevo. Ahora, las manos de Marcus sujetaban una espada en perfecto estado.
—Muchas gracias, Marcus —le dijo Li-thai—. No sé qué haríamos sin ti.
—Tranquila, no me cuesta nada —respondió el Zurdo—. Además, es un buen entrenamiento. Aunque… ¿cómo se te rompió la espada? Eres de las mejores espadachinas de Sangreal.
La joven de Neishi suspiró. —Fue un accidente estúpido, Marcus. Luchando contra un guardia, sin querer golpeé una pared y la espada se rompió.
—Vaya. ¿Qué hiciste entonces?
—Clavarle un puñal y huir. —Li-thai negó con la cabeza—. No me gusta actuar de esa forma, pero era o él o yo. Cometer un error así…
—Nadie te culpa, Li. Un error lo tiene cualquiera —intentó consolarla Marcus. Li-thai era muy orgullosa, así que ir a verle a él para arreglar su espada debía haber sido algo bastante duro.
—Y tranquila, nadie sabrá nada.
Para la consternación de Marcus, Li-thai soltó una carcajada. —No actúes de esa forma, Marcus. Aún eres pequeño para ser tan maduro, ¿no crees? Yo a tu edad aún pedía caramelos a los adultos.
—¡Ya tengo doce años! ¡Soy mayor! —refunfuñó el Zurdo.
—Doce años son muy pocos, Marcus —le respondió Li-thai—. Ah, por cierto, Had me ha dejado un par de recados para ti. Al parecer, Pergamino tiene información nueva.
—¿Me toca a mí ir? —preguntó Marcus.
—Sí. La información de Pergamino suele ser útil para todos, así que es mejor que vayas cuanto antes… Por cierto, ¿tienes planeado algún golpe para dentro de poco?
—No, nada en especial. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque te debo un favor —respondió Li-thai alzando su recién arreglada espada—. Y siempre pago mis deudas. Ya que insistes en arreglar esto gratis, al menos déjame ayudarte en tu próximo robo.
Marcus asintió, sonriente. Li-thai era una ayuda muy valiosa, ya que su dominio de la espada era increíble. Con ella a su lado, Marcus podría robar algo de verdadero valor y conseguir una buena cantidad de dinero.
—¡Gracias! ¡Contaré contigo!
Li-thai asintió y se fue tras hacer un gesto de despedida. En cuanto se cerró la puerta, Marcus se tiró en la cama.
—Con que tendré a Li-thai como acompañante… ¡bien! —murmuró para sí mientras cerraba los ojos.
Marcus era algo así como el herrero del Gremio, y en ocasiones hacía las funciones de médico, de forma que todos los demás le tenían en alta estima. Sin embargo, a pesar de ser un Zurdo, era todavía un niño de doce años y en Sangreal había medidas antimagia. No podía correr muchos riesgos o le pillarían robando… y Fengard no era un buen lugar para alguien como él. En el Gremio tenía comida y techo, pero nunca venía mal un par de monedas de más… y con Li-thai cubriéndole las espaldas, las tenía casi aseguradas.
¿Dónde podría dar el golpe? ¿En un comercio o en la casa de algún rico? Siempre era mejor robar dinero que una posesión valiosa, porque el mercado negro no le gustaba… quizá en la joyería de la Calle Mayor, allí siempre había dinero en abundancia… las medidas antimagia eran fuertes, pero si tenía a Li-thai a su lado, podría arriesgarse a luchar contra los dos o tres guardias que apareciesen. Le daría a Li-thai una parte de la ganancia y luego ya se encargaría él de sus propias finanzas.
—Desde luego… si mi padre me viera planear cosas así, no sé lo que diría —pensó en voz alta mientras se levantaba del lecho. Mejor que fuera a ver ya a Pergamino, así podría tener el resto del día para planear el robo.
Tras calzarse y colocarse su chaqueta, Marcus salió de su cuarto y se adentró en los pasadizos del Gremio. Aún recordaba la primera vez que llegó allí y lo frecuente que era para él perderse. Como todos los pasillos eran iguales y había tantos recovecos… Sin embargo, ahora ya podía deambular por cualquier lugar sin miedo a desorientarse.
El camino más corto desde su cuarto hacia la salida pasaba por la Sala del Triángulo, así que a mitad de trayecto agachó la cabeza para mostrar sus respetos al Triángulo. Él y Had eran los únicos que lo hacían, pero nadie decía nada. En realidad, la Sala del Triángulo no contenía ningún triángulo, al menos no ahora. El Diablo de Sangreal tan solo había recuperado dos de las tres armas que allí se guardaban… faltaba Achlys.
Finalmente, Marcus llegó a la trampilla de salida. Golpeó tres veces y esperó. Al momento, un hombre gordo con las manos llenas de harina le abrió.
—Ah, Marcus —dijo el hombre—. ¿Sales?
—Hola, Andrew. Sí, me toca ir a ver a Pergamino —le contestó Marcus mientras salía de la trampilla con la ayuda de Andrew.
—Dale recuerdos de mi parte, hace mucho que no lo veo. La puerta de atrás está abierta.
—Gracias.
Marcus se despidió con un ademán y atravesó la estancia hasta llegar a la cocina. Una vez allí, salió por la puerta de atrás.
El Gremio de Ladrones estaba situado bajo tierra, porque un lugar tan grande como para resguardar a todos los ladrones de Sangreal habría llamado la atención. Sin embargo, quedaba el problema de entrar y salir sin ser vistos. Precisamente para esto, encima de cada entrada al Gremio había una tienda regentada por alguien de confianza, como Andrew, el panadero. Además, la panadería de Andrew era la mejor de la ciudad; tan solo los más ricos podían comprar su pan. Nadie habría sospechado de una tienda así.
Marcus avanzó por Sangreal con paso seguro. A mitad de camino vio un puesto de fruta en una calle y, al ver las manzanas, le apeteció algo de comer, así que sin pensarlo dos veces hizo un gesto con la mano y una lustrosa manzana fue flotando hacia él, sin que nadie lo viera. Mientras mordía el fruto, repasó mentalmente el camino para llegar hasta Pergamino.
Sangreal era una ciudad absurdamente grande, y con demasiada gente para el gusto de Marcus, que se había criado en un pequeño pueblo de Nadwer. Para ir de un extremo a otro hacía falta aproximadamente un día… siempre y cuando no hubiera mucha gente en la calle. Lo cual, por supuesto, nunca ocurría.
Esto molestaba a Marcus profundamente. Si quería salir de la ciudad, tenía que ir siempre por la puerta norte, puesto que era la más cercana al Gremio. Si por algún motivo tenía que ir a la puerta sur, para cuando saliera de Sangreal estaría sin fuerzas. Además, de noche no se podían cruzar las murallas, que rodeaban la ciudad con un abrazo protector.
Sin embargo, a pesar de que era una ratonera gigante en la que se agolpaba la gente como granos de maíz en un molino, Sangreal le gustaba a Marcus. Se había acostumbrado en estos tres años y la gente era muy amable. Pero no había olvidado su propósito. Estaba en Sangreal para encontrar a un hombre y se mantendría en guardia hasta que lo encontrara.
Al fin, sorteando transeúntes, Marcus llegó a la posada en la que Pergamino se hospedaba siempre, un cuchitril maloliente de dos pisos y apenas cuatro mesas, en el que casi no entraba luz. En cuanto abrió la puerta, lo vio, sentado en una mesa con una jarra de cerveza en la mano.
Marcus no había preguntado nunca por qué Pergamino tenía ese mote, pero la verdad era que no hacía falta. El anciano tenía la piel de un color amarillento, y sus arrugas le daban aspecto de pergamino, verdaderamente. Además, siempre tenía uno o dos escondidos entre las ropas, por si le hacía falta anotar algo de repente. Teniendo en cuenta que era el informador del Gremio, eso era algo que ocurría muy a menudo.
Marcus tiró lo que quedaba de la manzana, entró sin reparo alguno y se sentó en la mesa del viejo. Ya había hecho esto antes, así que sabía cómo actuar.
—¿Qué se supone que haces, niño? —preguntó Pergamino en tono enfadado—. ¿Te conozco acaso? Hay mesas libres en las que te puedes sentar.
—Conozco a mucha gente —contestó Marcus—. ¿Por qué no iba a ser tú una de las tantas personas con las que hablo?
Pergamino asintió. —Bien. Hacía tiempo que no te veía, Marcus —dijo sonriendo de repente—. ¿Qué tal?
—Oh, estoy bien. Como siempre —contestó el Zurdo, sonriendo también. Pergamino era alguien muy amable; a Marcus le recordaba a su abuelo. —¿Hacía falta en serio la contraseña? Sabías perfectamente que tenía que venir aquí hoy.
—Lo sé. Sin embargo, jovencito, tienes que entender que las contraseñas existen por algo. ¿Y si hubieras sido alguien disfrazado?
—¿No es difícil que alguien se disfrace de un niño de doce años? —preguntó Marcus, molesto.
—¿Y si el disfrazado hubiera sido yo? Además, con Magia se pueden hacer muchas cosas, Marcus. Ya deberías saberlo.
El Zurdo frunció el ceño. Claro que se podían hacer cosas con la Magia, pero… Sacudió la cabeza. Daba igual, tenía que centrarse en lo importante.
—Déjalo. Had me ha enviado porque al parecer tienes información nueva. ¿Cuáles son las noticias?
—Directo al grano, ¿eh? —le contestó el anciano—. Verás, por Curpo me enteré de algo muy interesante para el Gremio, hijo mío.
—¿En Curpo? ¿Qué hacías allí?
—Para saber hay que viajar… al menos para saber las cosas que un viejo loco como yo sabe. Aunque estos huesos estén más débiles que antaño, ¡aún puedo aguantar un par de viajes más! —dijo Pergamino, soltando una risotada.
Marcus asintió. —De acuerdo, estabas en Curpo. ¿Qué has descubierto?
Los ojos del anciano brillaron durante un instante.
—¡Una noticia gorda! Dentro de tres semanas, quizá cuatro, a Sangreal vendrá uno de los grandes.
—¿Uno de los grandes?
—¡Un comerciante! Pero no un comerciante cualquiera, ¡vendrá el mayor comerciante de las Siete Coronas! ¡Un hombre cuyas riquezas son incontables!
Marcus se inclinó en la mesa, interesado.
—¿Cómo se llama?
—¿Eh? No lo sé —contestó Pergamino.
Marcus arqueó las cejas, a lo que el anciano se apresuró a añadir:
—¡Pero eso es porque nadie sabe su nombre! Es una leyenda entre los ladrones y los comerciantes… bueno, los comerciantes son otro tipo de ladrones, si te paras a pensarlo. Pero no, me desvío. La gente lo llama de muchas formas, pero sobre todo se le conoce como «el Pez Gordo».
Marcus siguió arqueando las cejas. —Nunca he oído hablar de él.
—Porque llevas poco tiempo en el negocio. Coméntale a Had que el Pez Gordo vendrá a Sangreal y ya verás cómo se alegra. ¡Será algo increíble!
—Pero… —Marcus aún tenía sus dudas—. ¿Qué importa? Es solo un comerciante…
—¡¿«Solo un comerciante»?! ¡No sabes de lo que hablas, chico! —gritó Pergamino, llamando la atención del resto de clientes de la taberna. Al darse cuenta de esto, el anciano carraspeó y se acercó a Marcus, bajando la voz.
—El Pez Gordo es un comerciante, sí, pero es el Rey de los comerciantes. Su fortuna es tan grande que para llevársela toda hace falta absolutamente todo el Gremio.
—¿Todo el Gremio? —Marcus abrió los ojos, impresionado—. ¡Somos unas doscientas personas! ¡Es casi imposible tener tanto dinero!
—Pues es así. Por eso son noticias tan importantes: sabiendo con antelación que vendrá, podremos preparar el golpe… El Gremio al completo robará al Pez Gordo, y si el plan tiene éxito… ¡será la mayor hazaña de la historia de Sangreal!
Tras intercambiar un par de frases más y asegurarle que Had le pagaría cuando tocara, Marcus se despidió de Pergamino y marchó de nuevo hacia la panadería de Andrew, pensativo. Ese tal Pez Gordo… no le sonaba de nada, pero Pergamino era muy fiable; nunca les había fallado. Por supuesto, nadie sabía de dónde sacaba esa información que siempre les vendía.
Lo que no podía creerse del todo era eso de que el Gremio entero sería necesario para llevarse toda la fortuna de ese hombre. Los ladrones eran muy codiciosos, así que cada uno se llevaría una gran parte… si es que podían, claro. Marcus nunca había presenciado un robo a gran escala: el golpe más organizado del que había oído hablar incluía tan solo diez ladrones.
Lo cierto era que el Gremio no era exactamente un gremio. Los ladrones de Sangreal, o al menos la mayoría, se unían a él para poder estar con los suyos. El hecho de no tener que esconder la procedencia del dinero de cada uno, poder pedir que alguien te arregle la espada, contar anécdotas de antiguos robos, enseñar y aprender trucos… era algo mucho más gratificante de lo que parecía. Además, eran buena gente, o al menos con los de su clase. Had dejaba las cosas claras: en el Gremio no podía haber muertes. Si uno moría, su asesino moriría también; no importaban las consecuencias. Y sobre todo, no se podía acusar a un compañero ante el alcaide. Si por tu culpa encarcelaban a alguien en Fengard… tu cuello adquiría pronto un precio muy alto entre los ladrones.
Marcus alzó la mirada. Fengard… la cárcel de Sangreal era la más temible de las Siete Coronas, y el alcaide tampoco era precisamente un santo. Sus guardias habían matado a mucha gente, tanto criminales como inocentes, y a su vez muchos de ellos habían caído. La silenciosa guerra entre el Gremio y Fengard llevaba muchos años desarrollándose… una guerra que tan solo transcurría de noche y entre las sombras. Si un guardia era emboscado, moría al instante. Si un ladrón era emboscado, era llevado a Fengard en menos de lo que canta un gallo.
Y Fengard podía ser peor que la muerte. Tan solo dos personas habían conseguido escapar de allí. Uno era Had, y el otro era el Diablo de Sangreal. El primero había necesitado toda su astucia y fuerza, y aun así había tardado semanas en salir, lo cual había dejado marcas indelebles en su cuerpo y mente. El Diablo de Sangreal había salido en tan solo unas horas, sin ningún rasguño.
El Diablo de Sangreal era la razón por la que Marcus había llegado hasta la ciudad en un principio, y por él estaba en el Gremio. Era un ladrón legendario; el mismísimo Had le respetaba.
Sin embargo, nadie sabía mucho sobre él. Tenía muchos nombres, aunque cuando él estaba presente nadie le llamaba «Diablo», o al menos eso le habían contado a Marcus. Cuando estaba presente, siempre era «Irwin Dedos rápidos», el nombre por el que Marcus le había conocido. Sin embargo, a sus espaldas siempre le llamaban «el Diablo de Sangreal». La principal razón por la que lo hacían era la simple imitación, ya que Had le llamaba así. Y si Had lo hacía, lo hacían todos.
Y hacía mucho que nadie veía a ese legendario ladrón. De hecho, Marcus había sido el que más recientemente lo había visto, y por aquel entonces tenía seis años. Tan solo hacía dos que había llegado a Sangreal acompañado de Marina y Emily… Y ellas dos se habían ido pronto, puesto que no querían quedarse en el Gremio. Por supuesto que seguían en Sangreal, pero la ciudad era tan grande que hacía meses que no veía a ninguna de las dos.
Sacudió la cabeza otra vez. Ya estaba llegando a la panadería de Andrew, tan solo le faltaba doblar una esquina. En cuanto llegara a su habitación, empezaría a planear el robo con Li-thai…
—¿Eh?
Marcus alzó la cabeza y se llevó la mano al oído izquierdo. ¿Había un Zurdo cerca?
—Qué raro… por esta zona no hay ninguno…
Sangreal era tan absurdamente grande que había muchísimos Zurdos y Diestros, de forma que la mayor parte del tiempo Marcus sentía un zumbido en la oreja. Sin embargo, cerca del Gremio no había ninguno (de hecho él era el único Zurdo del Gremio), y no solían pasar por ahí. Además, el zumbido era distinto de lo habitual… a la vez más potente y más débil de lo normal.
Casi sin quererlo, Marcus se desvió de su camino. Estaba muy cerca de la panadería, pero el zumbido era insistente… ¿Hacia la derecha? Sí, definitivamente… hacia la derecha…
El Zurdo se movía por las calles guiado únicamente por el zumbido. Pronto empezó a sospechar el lugar del que provenía la energía… un lugar que conocía muy bien.
Por fin llegó. El barrio de la panadería de Andrew, y por tanto del Gremio, era uno de los más ricos de Sangreal, precisamente porque nadie buscaría allí. Más aún teniendo en cuenta que la panadería de Andrew era un negocio respetable y elitista… al menos todo lo elitista que podía ser una panadería.
Por eso el lugar del que el zumbido provenía era tan particular: era el único sitio de todo el barrio que estaba en ruinas. Nunca se decía en voz alta, pero la razón por la que no se extraían los escombros ni se reconstruía la posada que una vez se había alzado allí era el miedo. El lugar estaba maldito, o al menos eso era lo que se decía.
En la posada que una vez se había alzado allí, Irwin Dedos rápidos se había ganado el sobrenombre de «el Diablo de Sangreal». A partir de entonces, cada vez que se cometía un asesinato imposible, se le echaba la culpa al Diablo.
—¿Eh? ¿No hay nadie?
Las ruinas estaban en medio de una calle llena de comercios, así que por lo general estaba llena de gente. Cosa curiosa teniendo en cuenta que en ella estaban las ruinas malditas, por otra parte… Sin embargo, en aquellos momentos no había ni un alma en toda la avenida. Ni siquiera se atisbaba gente por las ventanas o escaparates de las tiendas y posadas.
Marcus frunció el ceño. Aquello era raro… muy raro. ¿Por qué no había nadie? ¿Podría ser algún tipo de trampa?
Entonces, algo atrajo su atención. Las ruinas de la posada, completamente ennegrecidas por el fuego y por el moho, brillaban. Bueno, no brillaban las ruinas… brillaba algo dentro de ellas. Por entre los escombros salía una especie de luz blanca, que se colaba entre los pocos huecos que había en la madera apilada.
Marcus se acercó cauteloso. El zumbido en su oído aumentó progresivamente, haciéndose más y más agudo a medida que el brillo crecía. Entonces, de repente, el brillo desapareció y los escombros saltaron por los aires.
Marcus se cubrió los ojos e invocó un escudo pequeño ante él para protegerse, pero ningún escombro impactó contra él. Cuando volvió a mirar, vio algo que le cortó la respiración.
Flotando a un metro del suelo, exactamente en el lugar del que provenía el resplandor blanco de antes, había una chica de su edad.
Vestía una capa de viaje color marrón y un vestido sencillo blanco debajo. Tanto sus ropas como su cabello ondeaban al viento, a pesar de que en la calle no soplaba ni la más leve brisa. Era más o menos de la altura de Marcus y desprendía una energía increíble. Sin embargo, lo que llamó la atención del joven Zurdo no fue nada más y nada menos que sus ojos.
Estaban abiertos y completamente en blanco. No como si estuviera mirando hacia arriba, sino que brillaban con un extraño resplandor, que ocultaba las pupilas.
Marcus no acertó a decir nada; de hecho, ni siquiera estaba seguro de que la joven estuviera consciente. Poco a poco, la figura bajó hasta quedarse de pie en el suelo y entonces miró alrededor.
—Esto… —una voz profunda, de mujer adulta, salió de la garganta de la chica, sobresaltando a Marcus—. Esto no es… el Gremio…
El Zurdo dio un paso hacia atrás, sorprendido.
—¿El Gremio? —dijo.
¿Aquella chica buscaba el Gremio? ¿Quién, o qué era?
Entonces, la chica lo miró. Al hacerlo, su rostro cambió de golpe y su expresión se dulcificó.
—No puede ser… —murmuró la joven.
Marcus abrió los ojos todo lo que pudo. Esa voz… no podía ser…
—Tu voz… —murmuró.
Reconocería esa voz en cualquier parte, aunque llevara seis largos años sin oírla y tuviera seis años cuando la persona que la poseía murió.
—Esa voz es de…
La joven alzó los brazos hacia Marcus.
—Marcus, hermanito… has crecido…
Un par de lágrimas salieron de los ojos de la niña, cuya voz era ahora la de una joven de veinte años.
Marcus no pudo aguantarlo más. Llorando, se echó a los brazos de la chica y la abrazó.
—¡Karen! ¡Karen, eres tú! Creí… ¡Creí que habías muerto! ¡Vi tu cadáver!
La chica lo abrazó con fuerza.
—Marcus… lo… siento. No puedo…
Y ya no dijo más. La chica se derrumbó en los brazos del Zurdo. Este, alarmado, la soltó y comprobó que aún respiraba.
Sin acabar de creerse todavía lo que había pasado, Marcus Maider se sentó en el suelo con la chica inconsciente en sus brazos.
—Karen… hermana…