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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 23

La pequeña venganza de Victoria

12 min de lectura · 2521 palabras

Victoria se quedó de piedra al oír las palabras de Dedos rápidos. —¿Estás hablando en… serio?

—Victoria —el ladrón la miró con expresión hastiada—. Si no me equivoco, ya has visto al monje en algún momento. Piensa en el poder que tiene. ¿Exagero acaso?

—Pero… —la princesa estaba confundida—. Pero decir que es «Dios»… ¿Usas la palabra en el sentido que le dan los religiosos? ¿En el sentido de Nadwer?

Dedos rápidos negó con la cabeza. —Ya te he dicho demasiado para la ayuda que me has prestado hasta ahora. Me has impresionado al negarte a cumplir las órdenes del monje, pero aún no me fío de ti. Entiéndeme…

Victoria suspiró. —Soy na-shayana, ¿no?

—Bueno, y querías matarme. No sé cuál de las dos razones tiene más peso, pero la cuestión es que tenemos un trato, ¿recuerdas?

Victoria puso los ojos en blanco. El ladrón no le diría nada, al menos hasta que no recibiera nada a cambio. —Cómo olvidarlo. De acuerdo, esperaré hasta que me des más información. ¿Qué se supone que tengo que hacer para que me digas a qué rayos te refieres con «Dios»?

—Aprendes rápido —le comentó Dedos rápidos con un tono de falsa admiración—. Mira, es una información importante, pero no puedes hacer nada aunque la sepas, así que… creo que te lo contaré todo si me ayudas a conquistar otra ciudad. Nuvea es tan solo la punta del iceberg.

—¿Iceberg? —preguntó Victoria extrañada.

—Una masa enorme de hielo que flota en el agua… si algún día vas al Norte, verás a qué me refiero. Pero déjalo por ahora, es mejor concentrarse en lo importante.

Victoria asintió. —¿Y cuál es tu plan? ¿Acampar en Nuvea y conquistar otra ciudad mañana?

—Hmmm… —el ladrón se rascó la barbilla, pensativo—. No, no quiero volver a Nuvea. Huimos de ahí por algo, ¿recuerdas? Debido a tu hechizo de lealtad, si aparezco en Nuvea me nombrarán líder de la ciudad, y sería demasiado complicado. Mejor vamos directamente a Puila, la conquistamos y así…

—Espera —Victoria se llevó la mano a la frente mientras interrumpía a Dedos rápidos—. Esta mañana hemos matado al líder de Nuvea y encantado a sus habitantes para que fueran leales a tu persona. Esta misma mañana, y hay que tener en cuenta que acabábamos de llegar ahí. ¿Y ahora quieres hacer lo mismo en otra ciudad? ¿Así, sin más?

—Precisamente, ese es mi plan. Me alegro de que lo hayas entendido tan pronto. ¿Vamos? —le respondió alegremente el ladrón—. Por cercanía e importancia, creo que Puila es la mejor opción…

—Por favor, háblame en serio —cortó la princesa—. Nuvea era una ciudad extraña por la actitud de su gobernante, pero no creo que la situación se repita… Además, ¡Curpo es enorme!

Dedos rápidos la miró durante dos segundos, y acto seguido rebuscó en la bolsa que llevaba siempre en el costado, bajo la capa.

—No creas que no he pensado en eso —comentó mientras buscaba en la bolsa—. Tuvimos mucha suerte en Nuvea, no creo que el resto de ciudades sean tan fáciles de tomar. Sin embargo, si llegamos, acabamos con la guardia y quien tenga el poder, los encantamos y nos vamos sin más, el proceso se acelera.

—¿Por qué acabar con la guardia o con quien posea el liderazgo? ¿Por qué no encantarlos directamente?

—Porque el hechizo es de lealtad, pero no hace que me vean como el líder absoluto. Si hacemos eso, al final no servirá de nada, porque algunos serán leales a la guardia o al que tenga el poder.

Mientras decía esto, Dedos rápidos sacó un mapa, un tintero y una pluma de la bolsa, los extendió en el suelo y empezó a escribir. Con su cuerpo tapaba el pergamino, de forma que Victoria no pudo ver qué hacía.

—Y entre una lealtad y otra, creo que elegirán ser leales a quien tengan más cerca, ¿entiendes?

Victoria frunció el ceño. —¿Y si en la siguiente ciudad no pasa como en Nuvea? ¿Y si no hay un tirano al mando?

En ese momento, Dedos rápidos dejó de escribir en el mapa y se levantó, de forma que Victoria pudo ver qué había escrito en él. El ladrón había dibujado veintitrés puntos y había asignado un nombre a cada uno.

—Veintitrés ciudades —comentó Dedos rápidos, sin contestar a la pregunta de Victoria—. Contando Levan y Nuvea, hay en total veintitrés ciudades que nos serán útiles. Curpo es demasiado grande para conquistarlo entero, pero con esto ya tenemos suficiente, o eso creo.

Victoria arrugó el ceño. —No has escogido ninguna ciudad costera. Bueno, están Plarra y Levan, pero por lo demás, no hay ningún punto cercano al mar…

—Porque no es necesario. Necesito gente que me apoye a pie, los barcos tan solo serían una molestia. Plarra es el principal puerto de Curpo y una de las ciudades más importantes de todo el reino, por eso lo he escogido.

—¿Y Levan? Es un simple pueblo pesquero, no tiene mucha gente que sea útil.

—Lo sé, pero he vivido allí unos seis años, así que su gente me conoce a la perfección… Digamos que lleva tanto tiempo conquistado que lo incluyo en la lista.

—¿Por vivir seis años en un pueblo ya crees que sus habitantes te ven como un líder? —preguntó Victoria, burlona—. ¿En serio?

—Me fío de mi carisma —contestó el ladrón encogiéndose de hombros—. Cuando uno trabaja como ladrón, hay habilidades que se deben desarrollar.

Victoria se lo quedó mirando unos segundos, y acto seguido volvió a dirigir su vista al mapa. —¿Cómo lo has hecho?

—¿El qué?

—Situar las veintitrés ciudades en el mapa de memoria. No me parece algo muy normal, a no ser que hayas estudiado mapas de Curpo desde tu niñez.

Dedos rápidos soltó una carcajada. —No tengo tanta memoria, por desgracia. En la otra cara del mapa —dijo, dándole la vuelta al pergamino— hay otro dibujo de Curpo, con todas las ciudades inscritas. Simplemente lo he mirado cada vez que no estaba seguro de dónde estaba cada ciudad.

—Espera un segundo —respondió Victoria—. No te he visto hacer eso en ningún momento. Simplemente te has puesto a escribir sin más.

—He usado la Habilidad, ¿no es obvio? ¿O es que tú puedes escribir el nombre de veintitrés ciudades sin hacerlo? —contestó el ladrón poniendo los ojos en blanco.

—Pero eso no es posible —respondió Victoria, extrañada—. Si usas la Habilidad, pierdes algo de precisión para tareas como escribir, te mueves demasiado rápido… de hecho, cuesta aprender a luchar usándola, porque al principio todo se emborrona. Ni siquiera se me habría ocurrido usar la Habilidad para escribir.

—Bueno, eso es porque no te han enseñado muy bien —contestó el ladrón—. Es cierto que al usar la Habilidad mal pierdes precisión, pero todo es cuestión de saber manejarla. Recuerdo que una vez tuve una conversación parecida con una Zurda.

—¿Eh? ¿Una Zurda?

El ladrón asintió. —Sí. Teníamos que luchar contra dos Diestros, y ella utilizó su Magia para mejorar sus capacidades físicas —se levantó del suelo mientras recogía el mapa—. La primera vez que echó a correr, por poco se mata.

Victoria cruzó los brazos. —¿Mejorar sus capacidades físicas? ¿Una Zurda? Nunca se me habría ocurrido. ¿Qué pasó?

—Que se movía tan rápido que no veía lo que tenía alrededor. Se tropezó y tuve que recogerla en el aire para evitar que se rompiera el cuello.

—Vaya… —Victoria miró hacia el cielo, pensativa—. Supongo que es algo normal… moverse demasiado rápido puede ser peligroso.

—Exacto. Por suerte, después mejoró sus reflejos y sus sentidos, así que pudo moverse algo más rápido de lo normal.

—¿Llegó a alcanzar el nivel de un Diestro?

—Ni por asomo. Murió durante aquella pelea —contestó el ladrón, sombrío—. Pero lo que quería decir no era eso. Mira, Victoria, con la Habilidad puedes mejorar tanto tus capacidades físicas como tus capacidades mentales… todo es cuestión de saber usar tu poder.

—¿Mejorar tus capacidades mentales? ¿Bromeas? Durante años se ha dicho…

—Que los Zurdos son mucho más inteligentes que los Diestros, ya lo sé —cortó Dedos rápidos.

—Es que es obvio —le contestó la princesa—. Un Zurdo necesita usar su inteligencia para hacer Magia, mientras que un Diestro tan solo debe saber usar su cuerpo, con aprender esgrima basta…

—Piensa detenidamente en lo que acabas de decir —le contestó el joven mientras empezaba a caminar.

Victoria le siguió.

—Es al contrario. Un Zurdo usa su cuerpo para hacer Magia, no su inteligencia. Tan solo concentrándose y bailando puede hacer un hechizo.

—Bueno, si lo miras así…

—La cuestión es, Victoria —le cortó Dedos rápidos—, que nadie sabe cómo usar correctamente su poder. Los D’anero lo sabían, pero desaparecieron, de forma que ahora los Diestros y Zurdos tan solo pueden aprender por instinto… ni siquiera me puedo imaginar cómo ha sido tu aprendizaje como Ambidiestra.

—¿Pero qué dices? Todo el mundo sabe usar la Magia o la Habilidad, es algo fácil… Bueno, hace falta entrenamiento, pero…

—Victoria —interrumpió el ladrón—, créeme cuando te digo que lo que tú llamas «entrenamiento» no lo es.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo estás tan seguro?

—Bueno, yo sí he recibido un entrenamiento. Y por eso puedo ganar a una Ambidiestra como tú, o rebelarme ante el «Señor»… —de repente, el ladrón se detuvo a media frase—. Una Ambidiestra… y el «Señor»… El «Señor»…

Victoria arqueó una ceja. —¿Qué pasa con el «Señor»? —preguntó, molesta—. ¿Intentas cambiar de tema?

Dedos rápidos no contestó, sino que se quedó mirando a la princesa con un brillo de extrañeza en la mirada. —Victoria… —dijo—. Tú… y el «Señor»…

—¿Eh? —Victoria no entendía nada—. ¿Se puede saber qué pasa ahora?

—Escucha, Victoria… Esto es importante —le respondió el ladrón—. Te prometo que te explicaré quién es el «Señor», a qué me refiero con la palabra «Dios» y todo lo demás… todo, a cambio de que me respondas a una simple pregunta.

Victoria frunció el ceño. —Sabes que no te diré ni mi apellido ni el nombre de mi jefe…

—¡No es eso! —la interrumpió Dedos rápidos—. Mira, escúchame bien. Algunas personas, unas pocas en toda la historia, tienen un nombre… especial. El nombre por el cual se las conoce en las profecías —el ladrón se acercó a Victoria y le agarró las manos—. Y me acabo de dar cuenta de que tú tienes uno.

—¡Ya te he dicho que no te diré mi apellido ni nada que signifique la muerte de mi jefe! —le espetó la princesa—. ¡Además, no sé de qué estás hablando!

Aquello no era cierto del todo. Eberhard, su padre, le había dicho algo parecido cuando la envió a matar a Catherine… y le dijo que ella era «la Princesa». Si le decía eso al ladrón, este sabría que ella era una Van Lauthen… y seguramente moriría.

Sin embargo, el ladrón no insistió, sino que negó con la cabeza. —No me has entendido, Victoria… a ver cómo te lo explico… —Dedos rápidos se sentó en la hierba, indicando con un ademán que quería que Victoria lo imitara. Esta, suspirando, lo hizo.

—Mira, el nombre que te pido no dice nada de tu identidad… Por ejemplo, mi nombre no tiene nada que ver conmigo. Mi otro nombre, quiero decir, el de las profecías.

—No entiendo nada de lo que estás diciendo —le respondió Victoria, sin cambiar su expresión.

Dedos rápidos bufó. —A ver, te lo explicaré con un ejemplo. ¿Soy yo un ladrón?

—Sí —Victoria no dudó al responder.

Dedos rápidos se la quedó mirando con expresión de fastidio. —No, no lo soy. Lo fui una vez, pero ya no. ¿Me has visto robar algo acaso?

—Me quitaste mi espada.

—Ah. —El ladrón parpadeó, sorprendido—. Bueno, eso no cuenta porque Achlys es un caso aparte. Lo que quería decir es que me retiré hace ya años, cuando encontré a Cath en Nandry. No soy ya un ladrón, porque no lo necesito.

—Cuando uno es un criminal, lo es por siempre —le respondió Victoria, convencida—. Fuiste un ladrón, y famoso además. No esperes que la gente lo olvide.

Dedos rápidos volvió a bufar, impaciente. —Vale, veo que no quieres entenderlo, pero me da igual. La cuestión es que no soy un ladrón. Sin embargo, mi otro nombre, el que sale en las profecías, es precisamente «el Ladrón».

Victoria parpadeó. —O sea, que eres un ladrón.

—¡No! Precisamente, estoy diciendo lo contrario. El otro nombre que tan solo algunas personas tienen nunca dice nada de ellos. Suele referirse a una etapa de la vida de la persona; en mi caso, me llamo «el Ladrón» porque lo fui. Sin embargo, ya no lo soy, pero mi nombre no ha cambiado.

—Eso podría discutirse, pero sigo sin entender tu punto. Si te digo mi otro nombre, sabrás quién soy. Eso no puedo permitirlo.

—No, sabré quién has sido o quién serás. Por favor, escúchame —instó Dedos rápidos al ver que Victoria abría la boca para hablar—. Por la forma en la que estás hablando, veo que conoces tu otro nombre, el que necesito. Piensa detenidamente en ese nombre. Si lo conozco, ¿sabré el nombre de tu familia o el de tu jefe? No, ¿verdad?

Victoria frunció el ceño. Se llamaba «la Princesa», y eso solo quería decir que era hija del rey. Y el rey era Eberhard… definitivamente, si le decía su nombre a Dedos rápidos, este sabría su apellido al momento.

¿O no?

El ladrón había dicho que su nombre se refería a una etapa de su vida. Siempre podía mentir y decir que su nombre significaba que algún día se casaría con el príncipe de algún país… y siendo de la nobleza, tendría sentido. Sin embargo…

Victoria sonrió. —¿Tanto quieres esa información en particular? —preguntó.

—En estos momentos, sí. Es muy importante, más de lo que en un principio creía —respondió el ladrón, completamente serio.

—De acuerdo. Te la diré… pero no será barata.

Dedos rápidos suspiró. —Ya te he dicho que te contaría lo del «Señor», no pienso decirte nada más.

—¿Una pequeña explicación sobre todo esto de los nombres, por ejemplo? O de dónde salen las profecías.

El ladrón arqueó las cejas. —¿No sabes eso? Es algo muy básico, creía que la mayoría de los nobles lo sabían…

—Bueno, pues te equivocas —respondió Victoria de malos modos—. Explícame eso por adelantado, y quizá te diga mi nombre… mi otro nombre.

Dedos rápidos sonrió. —¿Te parece si llamamos al «otro nombre» de alguna forma especial? Para diferenciarlo… «Alias», por ejemplo.

Victoria puso los ojos en blanco. —De acuerdo. Te diré mi alias, si tú me explicas todo lo demás… por adelantado.

La sonrisa de Dedos rápidos se esfumó. —¿No crees que estás pasándote? ¡Dime primero tu alias, es mucho más urgente!

—Has esperado tres días hasta preguntármelo, puedes esperar algo más. Así que empieza a hablar.

El ladrón suspiró. —Está bien, está bien… Te explicaré de dónde proceden los alias, y luego tú…

—¿Y lo de «Dios»? —interrumpió Victoria, sonriente.

—Sí, sí, perdón. Te explicaré de dónde proceden los alias y lo del monje blanco, y luego tú me dirás tu alias. ¿De acuerdo?

—Por supuesto —contestó Victoria, sonriendo aún—. Es un placer hacer negocios contigo.