Capítulo 26 (El ataque)
El viejo hombre frunció el ceño y se concentró. Se había despertado en mitad de su sueño, acuciado por una extraña sensación de alarma. Desde joven había poseído una gran intuición, casi un sexto sentido, que le avisaba cuando algo malo iba a ocurrir. Varias décadas de marginación por culpa de su condición de Zurdo habían mantenido en forma esa habilidad.
Aquella noche no había sido una excepción. El viejo hombre sabía que algo malo ocurría… su oído izquierdo se lo decía.
Había un Diestro en la ciudad. Eso no era raro, en Puila había varias personas con Habilidad, pero esta era diferente… parecía alguien a quien no conocía. Eso, junto con el hecho de que el Diestro parecía moverse de forma aleatoria por la ciudad, molestaba al Zurdo.
Pronto se dio cuenta de algo más… Los otros Zurdos se apagaban. Al igual que una vela a la que se le acaba la mecha, la Magia que desprendían sus colegas cesaba súbitamente, dejando un vacío.
Si no hubiera sido alertado por su sexto sentido, el viejo hombre no se habría dado cuenta de nada. Tenía que agudizar sus sentidos al máximo para percibir lo que ocurría.
Sin embargo, aquello no era nada. El Zurdo sintió verdadero pavor al percatarse de algo más.
Era el Diestro desconocido el que «apagaba» la Magia. Cada vez que se acercaba a un punto en el que hubiera un Zurdo, el último dejaba de provocar zumbidos en el oído del viejo hombre.
Lo que estaba ocurriendo era obvio… pero no por ello menos aterrador.
El Diestro estaba cazando a los Zurdos.
El hombre se alarmó y comenzó a preparar hechizos. Si el Diestro iba a por él… Tenía que estar preparado. Su intuición se lo decía.
Por supuesto, acertó. Pronto empezó a notar que el Diestro se acercaba a él. Con los ojos cerrados, empezó a mover el cuerpo, completamente inmerso en la Magia.
De repente, su ventana se abrió, completamente en silencio. Sin darle tiempo al viejo Zurdo a parpadear, un muchacho entró en su habitación. Iba ataviado con una capa larga y un sombrero le cubría la cabeza. Era el Diestro, el zumbido del oído lo corroboraba.
El viejo hombre acabó el hechizo justo a tiempo. Señaló al Diestro y, con un amago de su pierna izquierda, lanzó un proyectil blanco.
El Diestro lo consiguió esquivar casi por completo, pero su bota derecha recibió el impacto de lleno. Al momento, toda la pierna del Diestro, hasta la rodilla, se congeló.
El viejo hombre sonrió, triunfante, mientras el intruso caía al suelo dando un gruñido y agarrándose la parte congelada.
—¡No creas que yo caeré tan fácilmente como los otros, maldito! ¡¿Qué se supone que intentas!?
—Ugh… Duele…
El Diestro ignoró sus preguntas e inspeccionó su pierna. El viejo hombre se sorprendió al verle la cara: no era más que un muchacho retorciéndose de dolor.
—Hacía… tiempo que no me… hechizaban… —continuó, entre espasmos de dolor—. Esto me pasa por confiarme… Tendré que ir… con pies de plomo a partir de ahora.
—¡No me ignores! ¡¿Por qué has entrado en mi casa?! —bramó el viejo.
—¡Habla, o el resto de tu cuerpo correrá la misma suerte que tu pierna! Y… —frunció el ceño—. No sé si te has percatado de ello, pero ese hielo no es normal, pequeño.
—Claro que no es normal —respondió el Diestro, aún mirando su pierna—. Es hielo mágico, eso es obvio.
—¡Respóndeme si no quieres que…!
Al viejo hombre no le dio tiempo a acabar la frase. De repente, la figura del muchacho se volvió borrosa y el Zurdo se vio impulsado hacia atrás, sintiendo un gran dolor en el estómago. Se estampó contra la pared y notó cómo varias de sus costillas se rompían mientras el aire se le escapaba de los pulmones.
Tras toser y escupir sangre, consiguió recuperarse lo suficiente como para mirar en la dirección de donde había venido el golpe, aunque con ambas manos en el estómago. El dolor le recorría todo el cuerpo, como si le corriera fuego por las venas.
Frente a él, de pie, estaba el joven Diestro. El hielo de su pierna estaba resquebrajado por la parte de delante. El Zurdo tardó varios segundos en comprender qué había ocurrido.
—Me… me has… —musitó entre toses.
—Te he golpeado. Con la pierna congelada, sí. Ha sido un poco estúpido darme un arma contundente como esta —contestó el muchacho, alzando la pierna helada—. ¿Creías que habías acabado conmigo?
El viejo intentó responder, pero tan solo consiguió vomitar más sangre.
—Esa herida no se puede curar con facilidad y no puedes mover tu cuerpo lo suficiente como para curarte a ti mismo. Estás perdido y lo sabes.
—¿Sabes? Si no hubieras estado despierto, no habrías muerto. Tan solo te iba a dejar inconsciente, para que no interfirieras… pero claro, has visto mi cara, así que tendrás que morir. Lo siento.
El viejo hombre murmuró un par de palabras, pero ni él mismo las entendió. Las toses y la sangre las ocultaron por completo.
—Eres el último de todos, así que tengo que dar la señal… —el Diestro desenvainó la espada, mientras lo miraba con un brillo extraño en los ojos—. De forma que…
—En pago por lo de mi pierna, la señal la vas a dar tú. ¿Y sabes cómo?
—Te voy a hacer gritar.
Un chillido inhumano retumbó en la silenciosa ciudad, interrumpiendo la tranquilidad de Puila. Un niño pequeño, de apenas cinco años, se despertó molesto ante tal ruido. ¿Qué había sido eso?
El niño se incorporó hasta acabar sentado en su lecho. Mientras se frotaba un ojo, somnoliento, murmuró un par de palabras para sí mismo.
—¿Quién ha gritado?
Tras decir esto, el pequeño se volvió a tumbar con la intención de seguir durmiendo, pero algo se lo impidió. La curiosidad propia de su edad le atenazaba y sintió que era su deber averiguar qué había ocurrido.
—Así, mañana se lo podré decir a papá y a mamá —volvió a murmurar para sí mismo.
Con un pequeño salto, bajó de su lecho y se encaminó a la puerta de la casa, con la intención de asomarse y descubrir la fuente del ruido.
Sin embargo, no le dio tiempo. Antes de abrir la puerta de la entrada, un sonido volvió a perturbar la paz de la, por lo general, tranquila ciudad.
Un crujido terrible, como si mil árboles hubieran sido arrancados de cuajo, seguido de un resplandor que iluminó toda la casa… toda la ciudad, de hecho. Un resplandor blanco, que cegó al pequeño y le hizo caer al suelo.
Los padres del chico se despertaron y, asustados, fueron a buscar a su hijo. Su sorpresa fue grande al encontrarlo en el pasillo, cerca de la puerta de entrada, pero no tuvieron la oportunidad de decirle nada. Al momento, otro crujido y otro resplandor les sobresaltaron. Y tras este, otro más.
La madre empezó a llorar, presa del pánico, mientras abrazaba a su hijo. El padre intentó tranquilizarla, a pesar de que él mismo estaba nervioso. Sin embargo, creía saber qué eran aquellos ruidos.
Cerca de donde vivían había un mago, una persona que poseía la maldición de los D’anero. Ya antes había tenido problemas con el pueblo entero, pero si esto era obra suya, o de cualquiera de los otros que poseían aquel pérfido poder…
El padre frunció el entrecejo. Aquello era grave. Con un gesto de su mano, intentó tranquilizar a su familia, aunque no tuvo éxito. Tanto la mujer como el niño estaban histéricos.
Suspirando, se armó de valor. Lo primero era intentar averiguar qué pasaba… sin correr riesgos, por supuesto. Así que se acercó a la puerta e hizo lo que su hijo había querido hacer en un principio: se asomó, escudriñando la calle.
Al momento, su cara perdió el color. El espectáculo que estaba observando era, simplemente, aterrador.
El sacerdote se despertó con un sobresalto. ¿Qué había sido aquel extraño alarido? Había sonado como un animal… ¿Algún perro, quizás?
Sin darle demasiada importancia al aullido, el sacerdote volvió a tumbarse e intentó dormir. Sin embargo, no pudo conciliar el sueño, ya que, apenas un minuto después del grito, un resplandor y un ruido de explosión le hicieron soltar un grito.
Las explosiones continuaron y el sacerdote se asustó. Se acurrucó en una esquina de la habitación, temblando, esperando que todo acabase.
En el piso de abajo se escuchaban los gritos de su criada. El sacerdote estaba demasiado preocupado por su propia seguridad como para pensar en su sirvienta, pero tampoco le hizo falta. La criada apareció en su cuarto, en ropa de dormir, con los ojos fuera de las órbitas.
—¡Padre! ¡Padre, es horrible!
—¿Qué…? ¿Qué está pasando? —preguntó el sacerdote tartamudeando.
—¡El fin del mundo! ¡El Señor nos asista, el cielo se está derrumbando sobre Puila!
Victoria respiró con dificultad. Estaba agotada.
—Solo un poco… más… —musitó.
—¿Estás cansada? —preguntó Dedos rápidos mediante la conexión mental—. Por ahora lo estás haciendo bien. ¡Aguanta!
—Lo estoy haciendo —respondió la princesa—. No me puedo creer que esté tan cansada… ¡Tan solo estoy haciendo hechizos!
—Por lo general, al hacer un hechizo muy largo, la Magia sale poco a poco de tu cuerpo, por eso no te cansas con ellos —le comentó el ladrón.
—Dime algo que no sepa.
—Como quieras. Al usar los Caminos, tardas muy poco en hacer los hechizos, así que supongo que la Magia sale más rápido de tu cuerpo… una gran cantidad de golpe. Por eso te cansas.
Victoria terminó un movimiento y al momento empezó otro.
—¿Y cómo sabes eso?
—Intuición. Si estuviera más cerca, podría intentar detectar tu Magia, pero ahora mismo no puedo percibir nada, con todo el espectáculo que estás montando.
—No me desconcentres más. ¡Continúa con el plan! ¡Quiero acabar de una vez!
—Sí, sí. En seguida. Recuerda: capa negra y tez blanquecina.
—¡Ya lo sé, te vi antes! ¡Date prisa y ocúpate de los Diestros!
—¿Recuerdas las casas de las que te ocupas?
—¡Sí!
Cuando el aullido sonó, la mujer se despertó, pero al momento volvió a dormirse. No era algo que le importara demasiado. Sin embargo, poco después comenzaron los resplandores y los crujidos.
Aquello sí era importante.
La mujer era una Diestra y, como tal, había sido adiestrada en las artes de la batalla. Su propio padre, de su misma condición, lo había hecho. Ahora era ella la que instruía en la lucha a un niño Diestro, aunque no fuera su hijo. Curtida por sus viajes, había visto mucho mundo y vivido mil situaciones.
Aquello no le asustó. Sospechaba qué podía estar ocurriendo.
—¡Maestra!
Su aprendiz llegó corriendo hasta ella. Ya estaba vestido y en su mano llevaba la espada de entrenamiento.
—¡Maestra, ocurre algo!
La mujer estaba en su cuarto, cogiendo su propia arma. El aprendiz la miró, expectante. Esperaba instrucciones.
—Lo sé. Están atacando la ciudad. Zurdos. Por la complejidad del encantamiento, deben ser muchos —entrecerró los ojos mientras hablaba, a la vez que una serie de explosiones la interrumpía cada poco.
—¡¿Pero qué es ese ruido?! ¡Suena como si arrancaran miles de árboles al mismo tiempo!
—¿No has mirado por ninguna ventana? —preguntó la mujer. Su alumno negó con la cabeza. Era algo normal, ya que las contraventanas siempre se cerraban de noche. —Son rayos, por el sonido que hacen.
—¡Pero los truenos no suenan así!
—Si estás cerca, el sonido de un rayo al caer es parecido a un gran crujido. Si estuvieras un poco más lejos, escucharías algo más parecido a una explosión. Pero —se giró y se dirigió a la ruta que la llevaría a la calle— no hay tiempo para hablar de esto. Tenemos que defender Puila.
—¿Pero quién atacaría esta ciudad? —preguntó el aprendiz mientras la seguía. En apenas unos segundos estaban al lado de la puerta de salida.
La mujer negó con la cabeza mientras se disponía a abrir. —No lo sé. Sin embargo, tampoco tenemos tiempo para hablar de eso.
No llegó a tocar la puerta, pero esta se abrió sola. O quizá es más correcto decir que fue derribada. Fue todo tan rápido que a la mujer no le dio tiempo a esquivarlo y recibió el portazo en pleno rostro.
Recuperó el equilibrio y se puso en guardia, a la vez que su aprendiz soltaba un grito de sorpresa.
En la puerta había alguien. Un hombre ligeramente bajo, embutido en una túnica negra que se movía junto con el viento. Tras él, cientos de rayos impactaban en el suelo cada segundo, pero el hombre no se inmutaba. Los rayos le evitaban.
Su cara era muy pálida, completamente blanca. Sus pupilas negras estaban rodeadas de rojo y un rictus de furia dominaba sus rasgos.
En su mano había una vara corta, con una punta afilada en el extremo. Una lanza muy extraña, pensó la mujer.
Ni el hombre de la lanza ni la mujer Diestra se detuvieron a hablar. Ambos estaban curtidos por mil batallas; sus movimientos, su porte, los delataban. La mujer podía leer el ansia asesina del extraño, así que atacó.
El hombre respondió con destreza, parando el golpe con el mástil de la lanza. La mujer se sorprendió al ver que la madera no se rompía ante el golpe, pero no se dejó impresionar. Al parecer, el extraño también era Diestro. Ambos intercambiaron golpes durante unos segundos; demasiado rápidos para el ojo desentrenado. El hombre tenía una pierna herida, a juzgar por sus movimientos, pero aun así era capaz de luchar de igual a igual con la mujer.
El aprendiz tardó en reaccionar, pero finalmente lo hizo. Al ver a su maestra luchar sin decir palabra, supuso automáticamente que el hombre era el causante del desastre que estaba sufriendo la ciudad. Soltando un grito que fue acallado por el retumbar de los truenos, alzó la espada y lanzó una estocada al extraño.
Entonces, el hombre de la lanza hizo un movimiento extraño, que tomó por sorpresa a los otros dos. Se movió mucho más rápido de lo normal y, para cuando la mujer se dio cuenta, el aprendiz estaba entre ella y el extraño.
No consiguió detener su ataque por completo y su aprendiz acabó herido por el golpe de su maestra. Ambos gritaron.
Entonces, el extraño sacó algo de su túnica, lo lanzó al suelo y una nube de humo llenó la habitación. Para cuando se disipó, la mujer y el aprendiz estaban solos en la casa.
—¡¿Te has herido en la mano? ¡¿Quieres que te reconozcan?!
—No te preocupes por eso. Si me vendo la herida, no se verá.
—¡Pero te verán las vendas!
—Llevo guantes, Victoria.
—En fin, da igual. Yo ya he acabado.
—¿Ya?
—Sí. Los otros Diestros han «matado» a mis ilusiones y ya he puesto un falso cadáver como tú. Así que cámbiate y acaba con todo esto de una vez.
—¿No te resulta difícil usar las ilusiones desde tan lejos?
—No demasiado. ¡Date prisa y hazte el héroe! ¡Casi todo el mundo debe estar en la Plaza Mayor, los he guiado hacia allí!
En una de las casas más grandes de la ciudad, situada en la Plaza Mayor, vivía una familia rica. Esta familia tenía una hija: una jovencita bella y cortejada por todos los muchachos de Puila. La joven estaba en la edad del enamoramiento fácil y suspiraba por una persona en particular. Su pasión era tan grande que no podía dormir por las noches. Así, en su insomnio, contemplaba la luna en la soledad de su habitación.
Aquella noche, ella lo vio todo. El aullido la asustó, pero no le dio demasiada importancia. Sin embargo, al momento, el cielo se vio cubierto de nubarrones negros, que ocultaron la luna.
Entonces empezaron a caer rayos.
Horrorizada, la joven observó cómo el suelo de la calle volaba en pedazos por las lanzas de luz que caían de los cielos. Sin embargo, ninguna casa fue impactada… simplemente, las calles y la Plaza Mayor eran destrozadas.
Sus sirvientes llegaron hasta su cuarto, seguidos de sus padres. La joven, a pesar de su histeria, les convenció de que no corrían peligro, puesto que ninguna casa había explotado. Si no salían a la calle, no les pasaría nada… y además, desde su habitación, situada en el segundo piso, podían observar.
En ese momento, la cocinera soltó un grito y rompió a llorar al mirar por la ventana. Mientras los demás la socorrían, la joven, curiosa, fue a mirar qué había visto la criada mientras los demás hablaban.
Ella misma soltó otro grito y sufrió un ligero desvanecimiento ante el espectáculo que ofrecía su ventana.
Los rayos ya no se limitaban a impactar en el suelo. Una especie de barrera de electricidad rodeaba completamente la ciudad y se iba cerrando muy poco a poco. La gente con casas en las afueras tenía que huir, puesto que el muro era mortal. El suelo bajo él se destrozaba y las viviendas explotaban.
Estaban cercando la ciudad y sus habitantes estaban siendo conducidos al centro de Puila como ratas.
Y en el centro de la ciudad se levantaba la Plaza Mayor.
Pero lo peor no era el espectáculo de las casas explotando en llamas.
Lo peor era, sin duda, la propia plaza.
Los habitantes de Puila fueron huyendo a la Plaza Mayor y pronto casi toda la ciudad estuvo allí. No había ninguna otra opción; el muro de rayos los obligaba. Caían otros más cerca de ellos, pero ninguno impactaba en la gente. Parecía como si los evitaran.
La Plaza Mayor ofrecía un espectáculo horrible. En su centro, alguien había dibujado con sangre una gigantesca estrella de siete puntas, rodeada por varios dibujos de aves, bestias con tres cabezas y monstruos horrendos. En el centro de la estrella, yacía un cadáver, completamente abierto. Sus tripas estaban esparcidas alrededor de él, formando una «X». El propio cuerpo tenía las piernas y los brazos en cruz y, en conjunto, quedaba una macabra estrella de ocho puntas.
El terror que sintieron los habitantes ante este espectáculo fue demasiado grande como para expresarlo en palabras. Ni siquiera podían acercarse al cadáver para ocultarlo, puesto que siempre caían rayos cerca de él. La masa de gente no era impactada por la furia de las nubes, pero nadie se atrevía a separarse, por si acaso.
Varias personas contaban relatos extraños. Sobre todo los guerreros, los que habían recibido la maldición de los D’anero junto a los magos… los autodenominados «Diestros».
Todos decían haber sido atacados por hombres vestidos de negro y con la cara blanca. Según ellos, habían entrado en sus casas justo después de que el cataclismo comenzara y, armados con pequeñas lanzas, se habían abalanzado sobre ellos. Todos aseguraban haberlos derrotado, excepto una mujer y su aprendiz. Después, se habían visto obligados a huir hacia allí.
Entonces, alguien se dio cuenta de algo y lo gritó a los cuatro vientos. ¿Dónde estaba la guardia? ¿Los soldados no debían ocuparse de la seguridad de Puila?
Y más grave todavía: ¿dónde estaba el alcalde? ¿Por qué no estaba en la Plaza? Unos decían que había muerto, otros que había huido. Ni su esposa ni sus sirvientes habían aparecido tampoco.
Los rayos continuaban cayendo. La estrella pintada en la Plaza estaba completamente protegida por ellos y el muro se acercaba sin pausa. No había escapatoria.
Entonces, algo raro ocurrió. Los rayos dejaron de caer y la ciudad se sumió en un extraño silencio. Sin embargo, el cielo no se despejó, sino que las nubes se hicieron aún más densas. Poco a poco, se concentraron en un único punto… sobre la Plaza Mayor. La gente no se movió, por miedo a que los rayos volvieran a caer. El muro seguía cerrándose sobre ellos.
Las nubes concentradas dejaron caer otro muro de rayos, parecido al que cercaba la ciudad, con un gran estruendo. Sin embargo, este no era tan grueso como el de fuera. De hecho, era casi transparente.
Dentro del segundo muro tan solo quedó la estrella de siete puntas. De la nada apareció una serie de figuras vestidas de negro, que los Diestros se apresuraron a desenmascarar: eran los seres que les habían atacado. Sin embargo, no podían cruzar el muro de rayos y los proyectiles que lanzaban se veían reducidos a cenizas al tocarlo. Nadie se atrevía a moverse.
Las figuras empezaron a moverse siguiendo un extraño baile. Las nubes comenzaron a crepitar, como si estuvieran conteniendo demasiada energía. Pequeños destellos las iluminaban de vez en cuando.
La gente intentó correr, pero se dieron cuenta de que no podían. Algo, o alguien, les había paralizado. Los Diestros maldijeron su suerte: había tanta Magia en el ambiente que no eran capaces de sentir absolutamente nada. Era como estar ciegos.
Las figuras de negro continuaron con su baile y los destellos aumentaron en número e intensidad. Una gigantesca esfera de electricidad se generó encima de la estrella y empezó a hincharse poco a poco.
La gente gritó. Si algo de semejante tamaño impactaba en la ciudad, quedaría completamente destrozada… y nadie sobreviviría. El miedo atenazó el corazón de toda Puila.
Entonces, por una de tantas calles que desembocaban en la Plaza, apareció una figura vestida con capa marrón y sombrero. Varias personas lo vieron y, sorprendidas, se dieron cuenta de que él podía moverse. Pronto mil pares de ojos siguieron sus pasos.
Era apenas un muchacho, pero corría hacia la estrella y su muro con determinación. En la mano portaba una espada, que blandía con seguridad. Las figuras negras que bailaban lo vieron también y al momento empezaron a gritar algo en un extraño idioma, con tono de alarma.
Antes de que nadie pudiera hacer nada, el joven llegó al muro de rayos. Con un sonoro grito, alzó la espada y la clavó en el muro.
—¡¡Achlys!!
Y, de repente, la espada comenzó a succionar el muro, las nubes, la gigantesca esfera y las figuras de negro. Fue como si se hubiera abierto un hoyo en el aire. Todo empezó a girar y, con un gran estruendo, finalmente desapareció.
—¡Ahora! —se dijo Victoria—. ¡Ahora o nunca!
Concentrándose todo lo que pudo, repitió los movimientos que había hecho en Nuvea. Cambiaron ligeramente, pues ahora estaba mucho más lejos, pero en esencia eran los mismos.
Ahora, la ciudad de Puila guarda pleitesía a su salvador, pensó la princesa.
Así es como se toma una ciudad en una noche.
Acto seguido, agotada, se dejó caer al suelo.
Puila estaba en silencio. Ante la acción del joven, todo había desaparecido y la calma volvía a reinar.
Algo cambió dentro de la gente. Se dieron cuenta de que el muchacho, de alguna forma, les había salvado. Su imagen se grabó en sus mentes y corazones.
Se acercaron al muchacho, que tenía heridas por todo el cuerpo. Al parecer, los rayos habían hecho mella en él. Nadie le dijo nada y él se quedó quieto.
Lentamente, el alivio apareció y el miedo se fue.
Aquella noche, la Plaza Mayor fue testigo de una de las mayores fiestas de la historia de la ciudad.
—¿Estás bien? —consiguió pensar Victoria antes de dormirse—. No entiendo por qué has salido herido. En teoría, deberías haber absorbido la ilusión.
—Dejé que los rayos me golpearan, para darle algo de realismo al asunto. Además, así oculto mis anteriores heridas.
—¿Hacía verdadera falta?
—Supongo. Me gusta la teatralidad.
—Y míralo por el lado bueno. Hemos acabado ya con esta ciudad. Quedan veinte.