Saltar al contenido
Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 27

El Triángulo de Armas

17 min de lectura · 3439 palabras

Capítulo 27 (El Triángulo de Armas)

Cath se quedó mirando la puerta negra y lisa unos instantes, nerviosa. A su lado, Marcus habló.

—¡Had! ¡Necesito hablar contigo, es urgente!

—¿Cómo de urgente? —una voz grave, de hombre, salió del otro lado de la puerta—. ¡Estoy ocupado ahora mismo, Marcus!

—¡Muy urgente! ¡Tiene que ver… con el Diablo de Sangreal!

Al otro lado de la puerta se hizo el silencio. Cath miró a Marcus. Este tenía una expresión grave en la cara, pero no parecía preocupado. Tragando saliva, Cath esperó.

Tras un minuto de silencio, la oscura puerta se abrió poco a poco, sin un ruido. Con el corazón en un puño, Cath observó lo que tenía delante.

Era una sala negra y pequeña, en cuyo centro había una mesa también negra. En las paredes colgaban decenas de espadas y escudos diferentes entre sí. Frente a la mesa había una serie de sillas de respaldo alto, también negras. En una de ellas había un hombre sentado.

Era un hombre fornido, con una mata de pelo negro y grueso en la cabeza. Llevaba una especie de chaqueta sin mangas, hecha de algo parecido al cuero, a juego con sus pantalones, hechos de la misma tela. Su rostro estaba lleno de cicatrices y sus ojos, profundos, eran de un color increíblemente claro.

—¿Qué has dicho, Marcus? —dijo el hombre, mirándolo fijamente—. ¿Puedes repetirlo?

Marcus asintió y entró en la sala. Cath lo siguió, impresionada por el aspecto del hombre que tenía delante. Se le quedó mirando, de forma que tardó en darse cuenta de que Marcus le hacía señas con la cabeza.

—¿Eh? —dijo, mirándole. Marcus señaló con la cabeza al hombre sentado y luego la señaló a ella. Aún tardó un poco en comprender lo que le pedía, pero finalmente lo logró. Buscó en sus bolsillos, sacó la daga que le había dado Irwin y, enseñándosela al hombre, dijo:

—Tiene la sangre negra. Él me envió aquí.

El hombre miró la daga, ceñudo. Tras unos segundos de silencio, miró a la cara a Cath.

—Dime tu nombre, niña —dijo—. Ahora.

—Me… —Cath se atragantó.

Aquel hombre imponía.

—Me llamo Catherine Acciari, señor.

El hombre asintió. —Bien. Yo soy Haded Volth, el líder del Gremio de Ladrones… —hizo un gesto con el dedo, como para abarcar toda la sala—. Y amigo, alumno y maestro del Diablo de Sangreal, Irwin O’Manley. Conozco a ese muchacho mejor que nadie que esté vivo, me atrevería a decir… y nunca he oído hablar de ti. Así pues… —Had se levantó de la silla poco a poco e hizo crujir sus nudillos—, antes de matarte, ¿me podrías contar la sarta de mentiras con la que has engañado a Marcus? Espero que sean convincentes —miró al Zurdo, ceñudo—, porque si te han engañado tan solo con esto, no hay duda de que no eres un ladrón inteligente.

—¡No es mentira! —gritó Cath, asustada—. ¡Irwin me dio esta daga y me dijo que viniera hasta aquí! ¡No he dicho nada falso!

—¿Qué…? —Marcus miró a Cath, asustado también. La niña leyó la duda en su mirada—. ¿Cómo que es mentira?

—Tiene que haber algo más —dijo Had, acercándose a los dos chicos—. Marcus, dime ahora mismo por qué has dejado entrar al Gremio a una desconocida.

—¿Cómo sabes que la he dejado entrar? —Marcus estaba pálido y sudaba.

—Es obvio. Para empezar, en ningún momento lo has negado —respondió el fornido ladrón—. Y no creo que seas tan estúpido como para traer aquí a alguien que otro ha dejado entrar. Así que dímelo ya. ¿Qué ha dicho o hecho para ganarse tan pronto tu confianza?

—La… —Marcus tragó saliva, mientras Cath luchaba por decir algo.

Ese hombre le daba miedo.

—La daga…

—No me mientas —Had dijo estas tres palabras de forma lenta y pausada, y sonaron mucho más amenazadoras de lo normal—. Marcus, te conozco desde hace un año. Dime la verdad, ¡ya!

Marcus jadeaba, como si hubiera corrido kilómetros. Cath estaba asustada también, pero aún tenía la mente lúcida, ya que el aterrador ladrón no la presionaba a ella.

Marcus está muy asustado.

¿Qué? Cath se sobresaltó. De nuevo, la voz de mujer, Karen, había hablado en su mente.

Oh, cierto… no me he presentado todavía. Supongo que por ahora puedes pensar en mí como Karen.

Ignorando la escena de Marcus y Had, Cath parpadeó, confundida. ¿Entonces la voz no era Karen?

Bueno, es algo muy complicado. Yo soy tú, y soy Karen… y soy mucho más, pero no puedo decirte nada. Tampoco es que necesite hablarte, porque técnicamente ya sabes todo lo que te estoy diciendo… es como si hablaras con tu subconsciente.

¿Pero qué quería decir «Karen» con aquello? ¿De dónde había salido?

Ya te lo he dicho: siempre he estado aquí. Yo soy tú, tú eres yo. Lo que pasa es que no había despertado, pero la influencia que has recibido últimamente me ha dado poder. Mejor dicho, me lo ha devuelto.

Cath suspiró. No entendía nada; aquella voz era peor que Irwin en lo de guardar secretos. De repente, dio un respingo; había dejado de prestar atención a Had y a Marcus, aunque la situación parecía igual: el Zurdo estaba aterrorizado y el jefe de los ladrones le presionaba.

Insisto: Marcus está demasiado asustado para hablar. Si no ha cambiado en estos años, vas a tener que sacarlo de este lío.

Cath decidió hacer caso a lo que la voz decía. Al fin y al cabo, era verdad que el Zurdo no parecía poder decir nada.

Bien. Repite lo que yo diga y hazlo en voz alta. Y sobre todo, no hagas preguntas.

—¿Tu…? —Cath dudó al hablar, pero finalmente se decidió. Siempre podría echarle las culpas al miedo si se ponía en ridículo.

—¿Tu nombre es Haded Volth, jefe de los ladrones de Sangreal?

Had dejó de mirar a Marcus durante un segundo y centró su vista en Cath. —Ya lo he dicho antes —dijo.

—¿Eres capaz… de guardar un secreto?

Had entrecerró los ojos. —Puede que lo sea, pero depende de qué secreto, de quién me lo cuente… y sobre todo, de por qué me lo diga.

—Si te cuento mi secreto —Cath, obedeciendo a la voz, miró directamente a los ojos al jefe de los ladrones— y te cuento… quién soy…, ¿lo guardarás?

Had no movió un solo músculo, sino que se quedó en silencio. Cath esperó su respuesta, pero como no vino, continuó diciendo lo que la voz le dictaba.

—Sabes perfectamente qué le he dicho a Marcus. Irwin te tuvo que avisar de esto… porque la daga no era suficiente… así que… eh… —Cath tragó saliva—. ¿Seguro que la voz estaba diciendo lo correcto? Cada vez le daba la sensación de parecer más y más estúpida.

Confía en mí. Ahora, dile esto: ‹S’oc at sheu ghaerman, ans uleix than sanc›.

¿Eh? No, las palabras eran «S’oc at heu gherman, ans uleix than sanc», Cath estaba segura. Eso era lo que Irwin le había dicho antes de hacer que se desmayara con Achlys.

Lo sé, pero esas palabras iban para ti. Lo que Had tiene que oír es lo que yo te he dicho.

Pero…

Hasta ahora está funcionando, ¿no? ¡Pues hazme caso ahora!

Tragando saliva, Cath continuó: —‹S’oc… S’oc at sheu ghaerman, ans uleix than sanc›.

La habitación quedó completamente en silencio al decir Cath estas palabras. Se podía respirar la tensión en el aire, mientras Had fulminaba con la mirada a la chica.

Entonces, el jefe de los ladrones relajó la expresión y soltó una carcajada. Marcus, a la espalda de Had, se relajó visiblemente, aunque Cath no las tenía todas consigo… ¿Era la risa una buena señal?

Bueno, teniendo en cuenta que ya no parece querer matarte con la mirada, yo diría que sí.

Had siguió riendo un buen rato, tan profundamente que se tuvo que apoyar en la mesa para no caer al suelo. Finalmente, enjugándose las lágrimas de la risa, habló.

—¡No hay duda de que tienes bastante que ver con Irwin O’Manley, querida! —dijo, con un tono tan jovial que no parecía la misma persona que antes—. Siento haber actuado así —se giró hacia Marcus al decir esto—, pero era un tema muy delicado. El Diablo de Sangreal es una persona muy importante y un falso aliado suyo es alguien muy peligroso, de eso no hay duda.

Cath asintió, todavía aturdida. Had se acercó a ella, intrigado.

—¿Qué diablos ha sido eso? —le preguntó—. ¿Un código? ¿Conocías de antes a Had?

—Eh… —Cath dudó—. Es algo difícil de explicar…

¿Era prudente decirle a Marcus lo que acababa de pasar?

—Yo…

—Marcus —Had miró al Zurdo, negando con la cabeza—. Me acaba de dar una prueba indudable de que tiene una fuerte relación con el Diablo de Sangreal. Él es una de las personas con más secretos de esta tierra, así que me parece algo perfectamente lógico que ella sea igual. No la atosigues inútilmente; si te quiere decir algo, te lo dirá. Si no, no conseguirás nada.

Marcus abrió la boca como para decir algo, pero se lo pensó mejor y calló. Sin embargo, Cath sí tenía algo que decir.

—¿Qué…? No entiendo qué acaba de… pasar —murmuró, hablando más para Karen que para Had. Sin embargo, fue el jefe de los ladrones el que habló.

—¿De forma que tú tampoco sabes qué ha sido eso? —Cath negó con la cabeza, a lo que Had asintió—. Me lo imaginaba. —Echó una mirada a Marcus—. ¿Quieres que él escuche lo que te tengo que decir, o prefieres que se vaya?

Cath frunció el ceño. —Creo que le debo una explicación… supongo que puede quedarse.

Esperaba que a Karen no le molestara.

Tranquila. Marcus es en cierta forma mi hermano, recuérdalo.

—Bien —Had se sentó en la mesa de un salto y quedó frente a Marcus y Cath—. Hace mucho que conozco al Diablo y me enorgullezco de ser la persona que, posiblemente, sabe más de él. Pasó varios años aquí, en el Gremio, siendo mi mano derecha. Si no fue el líder fue porque no quiso —comentó.

—¿Qué tiene que ver eso con…? —interrumpió Marcus.

—Todo a su tiempo —dijo Had, a quien, al parecer, la interrupción no había molestado—. Como decía, el Diablo fue mi mano derecha y ambos aprendimos a confiar en el otro. Es más hermano mío que aquel que comparte mi sangre.

—En fin —continuó—, la cuestión es que el Diablo se tuvo que marchar llegado el momento, pero me aseguró que algún día volvería. Y lo haría con compañía, dijo.

—Pero también era posible que la persona que le acompañase tuviera que venir ella sola… Para que pudiera reconocerla, el Diablo me dio esta contraseña.

—¿Tenías que presionarme? —preguntó Marcus.

—Lo que tenía que hacer era ‹hacer que la persona que, en teoría, era su acompañante, me dijera la clave›. ¿Cuántos años tienes, chiquilla? ¿Diez? Tú, Marcus, tienes más o menos la misma edad… supuse que si te presionaba a ti, ella se sentiría obligada a hablar. Y no solo me ha dicho la clave, sino que además ha pronunciado exactamente las mismas palabras que el Diablo pronunció en su día. ‹¿Eres capaz de guardar un secreto?› —Had imitó la voz de Irwin sorprendentemente bien—. Aún tengo escalofríos cuando recuerdo lo que me dijo.

—¿Qué dijo? —preguntó Cath, interesada.

—Sé guardar un secreto, Catherine —respondió Had—. De mi boca no saldrá nada que no deba contarte. Debo mucho al Diablo como para traicionarlo así como así.

Cath frunció el ceño. Todo aquello no le gustaba… cada vez estaba más segura de que Irwin le escondía demasiadas cosas.

Lo hace para protegerte, ya te lo he dicho.

Cath cerró los ojos, ignorando la voz. Había estado viviendo durante seis años con Irwin y, de golpe, todo lo que sabía del exladrón había resultado ser menos que nada. Primero lo de los D’anero, luego lo de saber hablar Antiguo… ¿Y ahora todo el asunto de la voz? ¿Y cómo sabía Karen el código?

Bueno… es difícil de explicar. No puedo mentirte, porque si lo hago te darás cuenta… Digamos que no hacía falta conocer el código para saber qué decirle a Had.

¿Qué? ¿Pero no era una contraseña?

No, no lo era. Era algo de sentido común, si tienes conocimientos de Antiguo.

—¿Antiguo? —dijo Cath en voz alta—. ¿Por qué la contraseña estaba en Antiguo?

Had la miró. —Si has sabido responder, sabes por qué está en Antiguo. No hace falta decir nada más.

—Pero Had… —Marcus, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, habló—. Eso no tiene sentido. ¿Y la daga? ¿Lo de la sangre negra? ¡Todo el Gremio sabe que esa es la señal para confirmar que se está en contacto con el Diablo!

—Eso es algo muy fácil de falsificar, Marcus —respondió Had—. Es cierto que la gente corriente, al menos la gente de Sangreal, tiene demasiado miedo del Diablo como para mentir en ese tema, pero… no es completamente seguro. Esa es un señuelo, por decirlo de alguna forma.

—Pero… pero Irwin nunca me avisó de eso —dijo Cath, confundida.

—No ha hecho falta, ¿no? —respondió Had—. Bueno, ahora que ya sé que el Diablo te envía, ¿qué es lo que quieres? ¿Para qué has venido?

Cath lo miró. Durante unos segundos, se quedó sin saber qué decir. Ella había ido a hablar con él porque no tenía opción, pero… ¿Para qué exactamente había viajado hasta allí?

—Necesito… protección —dijo—. He estado viviendo en Sangreal con Irwin durante seis años, pero hace un par de noches unos soldados de Na-Shaya nos atacaron. Irwin decidió venir hasta aquí, porque dijo que sería más seguro, pero… durante el camino nos separamos.

Mejor no dar detalles innecesarios sobre cómo se separaron, pensó Cath.

—Ahora, tan solo necesito estar aquí y esperar a Irwin, creo. Cuando él llegue, supongo que decidiremos qué hacer.

Had la escuchó atentamente y finalmente asintió con la cabeza. —No veo que haya problemas. Marcus —dijo, mirando al Zurdo—, tú te ocuparás de ella. Necesita alguien que la guíe y tú me pareces el más indicado.

Marcus asintió. —Lo veo bien. Por cierto, Had… —Marcus echó una ojeada furtiva a Cath—, Cath me contó que el Diablo ha encontrado a Achlys.

—¡¿Qué?! —Had se sobresaltó y bajó de un salto de la mesa—. ¡¿Ha encontrado la Primera Espada? ¿El Triángulo ha sido completado por fin?

—Eh… —Cath parpadeó—. Sí. De hecho, Irwin ha usado varias veces a Achlys delante de mí.

—¿Dónde estaba? —le preguntó el jefe de los ladrones—. Ambos buscamos esa espada por todas partes, pero nunca encontramos pista alguna sobre su paradero. ¿Dónde la encontró?

—Bueno… —Cath volvió a dudar, pero decidió confiar en Had—. La tenía una Ambidiestra na-shayana que nos encontramos en el camino.

—¿Eh? —Tanto Had como Marcus la miraron, confundidos—. ¿Has dicho una Ambidiestra? ¿Existen? —preguntó el Zurdo.

—Sí —afirmó Cath—. Yo tampoco había oído hablar de ellos nunca, pero he visto cómo hacía Magia y luchaba con Irwin casi de igual a igual… Irwin le ganó, pero aun así tenía el poder de una Diestra.

—Vaya… —Had se llevó la mano a la barbilla, pensativo—. Alguien que tiene a la vez el poder de un Diestro y el de un Zurdo… desde luego, es alguien muy a tener en cuenta. ¿Y dices que el Diablo la derrotó? ¿A una Ambidiestra?

—Sí.

Had sonrió. —Veo que nunca perderá la capacidad de sorprenderme. Ese muchacho es increíble, desde luego. ¿Y ella tenía a Achlys?

—Sí, pero no sabía que era una espada mágica. Creía que era normal, pero al verla, Irwin la reconoció y la usó.

—Es cierto… Had, para usarla, parece ser que tan solo hace falta hablar en Antiguo, ¿no?

—Así es —afirmó Cath—. Irwin la usó así… bueno, en realidad, por lo general tan solo usa su nombre. Al hacerlo…

—Roba la energía de la persona que toca —completó Had—. Puede hacer muchas cosas, pero esa es la principal. Si no me equivoco, deja inconsciente al momento, da igual quién sea el afectado. Aunque se puede modular su efecto.

Cath asintió, impresionada. Marcus no había mentido al decir que Had era una «autoridad en el tema», desde luego.

—Hay más armas, ¿no? Marcus me lo ha dicho antes. Hay una varita y otra espada…

—Sí —dijo Had—. ¿Quieres verlas?

—¿Puedo?

—Ahora que el Triángulo ha sido hallado, no veo por qué no. Vamos, te llevaré hasta la Sala del Triángulo. Marcus, ¿vienes?

El Zurdo asintió. Al momento, los tres se dirigieron a la puerta por la que habían pasado antes Cath y Marcus. Cuando llegaron, Marcus sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta de madera, tras hacer una reverencia.

Cath no pudo evitar soltar un grito de sorpresa al ver el contenido de la sala. Frente a ella, se desveló una gigantesca capilla iluminada con antorchas, completamente vacía. En las paredes había cuadros de batallas, tan grandes y detallados que podía ver el color de los ojos de los soldados. En ellos, dos gigantescos ejércitos se enfrentaban; ninguno parecía cerca de la victoria.

Al fondo de la capilla había un altar completamente blanco, en el que estaba colgada una espada idéntica a Achlys y una pequeña vara de madera. Al lado de la espada había una serie de soportes, puestos para sujetar otra espada.

—Ese es el Triángulo —dijo Had, entrando en la sala.

Cath y Marcus lo siguieron, sobrecogidos.

Al llegar al altar, Had descolgó la espada y se la tendió a Cath.

—Esta es Layna, la Segunda Espada. Su poder está íntimamente ligado al de Achlys y es la única espada capaz de derrotarla.

Cath la cogió, maravillada. Era más ligera de lo que creía.

—¿Cuál es su poder?

—Es capaz de lanzar energía —respondió Had—. Achlys absorbe, Layna expulsa. Todo lo absorbido por la Primera Espada es lanzado por la Segunda en forma de ataque… algo parecido a un rayo. Si alguien equipado con Layna se enfrenta a Achlys, no tendrá problemas en ganar; simplemente le lanzará la energía que expulse.

—No lo entiendo muy bien —comentó Cath—. ¿Podrías explicarlo mejor?

—No —negó Had—. Si no se ve, no se entiende. Cuando venga el Diablo y la use, entenderás lo que quiero decir.

Cath no dijo nada y le devolvió la espada al jefe de los ladrones. Acto seguido, fijó su mirada en la varita, que seguía colgada.

—¿Qué hace eso? —preguntó.

—Ah, esa varita… —Had la descolgó y se la tendió a Cath, sonriendo—. Cuentan que nadie es capaz de usarla desde hace mucho. Es Circe, la Varita Protectora, el arma que vence a Layna. Crea un escudo imposible de atravesar. Ni siquiera Layna, la Segunda Espada, es capaz de hacerlo. Alguien con Circe será intocable —dijo—. La única forma de eliminar el escudo que Circe crea es anulándolo con la varita o usando a Achlys.

—¿Achlys?

—Se toca el escudo y se absorbe la energía —contestó Marcus—. Es la única forma. Ya te lo dije antes: Layna gana a Achlys, Achlys gana a Circe y Circe gana a Layna.

—Oh —murmuró la niña—. ¿Y de dónde han salido estas armas? ¿Por qué son tan especiales?

—Son el último vestigio de la Magia Antigua —contestó Had—. Antes de que los D’anero vinieran a esta tierra, existían magos que usaban el Antiguo para conjurar. Tras el Gran Horror, en el que las Siete Coronas se enfrentaron, casi todas fueron usadas y destruidas. Estas dos —dijo, mirando a Layna y a Circe con admiración—, junto con Achlys, son lo único que ha perdurado de esa época. Son muy poderosas… y de un gran valor.

Cath no dijo nada. La historia era interesante, pero su atención estaba fija en la varita que sostenía entre sus manos. Le cosquilleaban los brazos y sentía que Circe le era familiar de alguna forma…

Quizás deberías intentar usarla.

No era mala idea… de hecho, era una idea muy seductora. Cath se sorprendió a sí misma deseando quedarse con Circe, deseando usarla… ¿Acaso no le pertenecía? ¿No se la habían regalado a ella hacía mucho, mucho tiempo?

¡Oh! Veo que mi influencia funciona. Si eres capaz de recordar esto… quizá pronto podamos curarnos. Por fin… tras tanto tiempo de sufrimiento…

Pero Cath no escuchaba a la voz. Casi sin darse cuenta, alzó a Circe en el aire y dijo en un susurro:

—Riuixa.

Al momento, el aire a su alrededor vibró y una burbuja semitransparente cubrió a Cath por completo, mientras Had y Marcus soltaban un grito.

Acto seguido, Had volvió a reír. —Desde luego —dijo—, tienes que ver con el Diablo. Ese muchacho nunca dejará de sorprenderme.