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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 28

Despertar

20 min de lectura · 4239 palabras

Capítulo 28 (Despertar)

Cath notó un cosquilleo en las manos al blandir a Circe, una sensación de poder y bienestar que despertó en ella una gran melancolía. Mientras tanto, la voz de Karen hablaba en su mente, emocionada.

¡Parece que por fin algo mejora! ¡Después de tantos años! ¡Tantas vidas! ¡¿Lo notas, Cath?! ¡¿Notas cómo tu mente y tu alma recuperan parte de su fuerza?!

Cath no necesitó decir nada. Lo notaba… Lo notaba.


Marcus no pudo evitar asustarse cuando Cath alzó la varita e invocó el escudo. Con el corazón latiéndole a mil por hora, observó lo que había invocado la chica.

Flotando en el aire, había algo… Marcus no pudo evitar pensar en ello como un «escudo». Parte del aire de la sala se había vuelto turbia y blanquecina, como si hubiera algún tipo de niebla. Formaba un círculo de unos dos metros de diámetro y ondulaba como el agua de un pantano al caer en ella una piedra.

Haciendo caso omiso de las risotadas de Had, Marcus habló.

—Cath… —dejó de mirar el escudo y observó a la chica—. ¿Cómo has…? ¿Cómo has hecho eso?

La susodicha no dijo nada. Tenía los ojos vidriosos, y miraba el escudo con expresión embelesada.

—¿Has hablado en Antiguo? —insistió el Zurdo.

Al ver que la chica no hacía ningún amago de responderle, se volvió hacia su jefe.

—¿Had?

—¿Sí, Marcus? —respondió este, dejando de reír, pero con una gran sonrisa en el rostro—. ¿Qué dices?

—¿Ha hablado en Antiguo? —dijo, molesto. ¿Qué clase de reacción era esa? —Tú conoces ese idioma, ¿no?

—Hum —Had soltó un murmullo gutural—. Sí, hablo algo de Antiguo… pero creo que lo que Cath ha dicho no es ese idioma. O no conozco la palabra. De todas formas, nunca me habría imaginado que alguien que no fuera el Diablo pudiera hacer funcionar a Circe. Según tenía entendido, tan solo una persona nacida cada veinte años puede blandirla… tienes suerte, pequeña.

Cath continuó sin hablar. Marcus intentó no perder la calma por el comportamiento de Had, y volvió a hablar.

—Pero… ¿Qué es lo que ha dicho? ¿«Briucha»?

Had no contestó, sino que se quedó mirando a Circe con admiración.

—¿Had? ¿Te importaría…?

—Marcus —Had dejó de mirar a la varita y se giró hacia el Zurdo—. En este mundo hay muchos misterios, y la mayoría nunca se resolverán. Otros, serán resueltos tan solo por unas cuantas personas. No quiero molestarte, pero… —miró de nuevo hacia Cath— no eres el más indicado para saber qué está sucediendo aquí o por qué ocurre. Aunque me temo que yo no soy el más indicado para decir esto.

Marcus no pudo aguantarlo más. Desde que Cath había aparecido, todo habían sido preguntas, y lo más frustrante era que nadie quería responderlas. Primero, Had le había instado a no preguntarle absolutamente nada a Cath, y luego le había negado él mismo las respuestas. ¿Por qué había hablado la niña con la voz de su hermana? ¿Por qué había tenido el aura de Karen? ¿Qué relación tenía con el Diablo de Sangreal? ¿De verdad Achlys había sido recuperada y usada por el Diablo? ¿Por qué Had actuaba de una forma tan extraña todo ese tiempo? ¿A qué había venido toda aquella pantomina de la contraseña, y en Antiguo además? ¿Y por qué había podido usar Cath a Circe con tanta facilidad?

En resumen: ¡¿Quién rayos era Catherine?!

La rabia se acumulaba cada vez más. Lo trataban como a un crío, y Had ni siquiera tenía la decencia de mirarlo a la cara al hablar con él. ¡¿Que no era el más indicado para saber qué estaba pasando?! ¡Maldita sea, todo lo que tenía que ver con el Diablo le atañía! ¡Su hermana había muerto por relacionarse con él; lo mínimo que le debían era una maldita explicación! ¡Se había vuelto un ladrón, desobedeciendo y deshonrando a sus padres y la memoria de su hermana, tan solo con ese propósito! ¡Había pasado hambre, había corrido riesgos, había cometido crímenes por aquello! ¡Había sido él quien había encontrado a Cath y la había llevado a la base del Gremio de Ladrones, poniendo en peligro su estancia en la organización! ¡La muchacha había hablado con la voz de su difunta hermana mayor! ¡¿Y NO ERA EL INDICADO PARA SABER LO QUE ESTABA OCURRIENDO?! ¡¿ESTANDO SU FAMILIA Y EL DIABLO DE SANGREAL INVOLUCRADOS EN EL ASUNTO?!

Muy bien, lo había captado a la perfección. Si no querían contarle nada, no haría ninguna pregunta.

Lo averiguaría todo por su cuenta. Absolutamente todo. Era un Zurdo, el único del Gremio, y usaría su don para conseguir sus propósitos. Que esos dos se guardaran sus secretos si querían.

Se los sonsacaría de alguna forma.

—De acuerdo —murmuró, con los dientes apretados por la rabia—. No haré… preguntas.

Had se giró de nuevo hacia él y le observó durante un largo rato, sin decir nada. Tras unos segundos de escrutamiento, el jefe de los ladrones asintió.

—Eso espero. Me parece que la joven Catherine está algo traspuesta —dijo, señalando a Cath con la cabeza.

La niña seguía con la mirada perdida y no parecía prestarles atención.

—No la molestes, deja que vuelva en sí ella sola. Puede que Circe sea la causante de esa reacción.

Sin hacer ningún gesto innecesario, Had se dio la vuelta y abrió la puerta.

—Cuando despierte, muéstrale su cuarto. Que use el más cómodo de los que hay libres, y asegúrate de marcar su puerta para que nadie entre a molestarla si no quiere.

Tras decir estas palabras, Had salió y cerró la puerta tras de sí.

La capilla quedó en silencio tras el portazo. Marcus, con el ceño fruncido, se sentó en el suelo y observó a la ausente Cath, sin decir nada.


Circe, su acogedor peso, su textura suave… todo lo que conformaba la varita le era sumamente familiar a Cath. El cosquilleo de su brazo iba en aumento, a la vez que la voz de Karen.

Eso es, Cath… concéntrate en recordar… ¡En recuperarte!

Cath notó como si todo se volviera negro a su alrededor. La oscuridad la acogía, la arropaba. Empezó a dolerle la cabeza y dejó de escuchar la voz de Karen. Era como si se sumergiera en un río de aguas templadas. Sus músculos se relajaron uno por uno, y la niña fue embargada por una sensación de paz absoluta.

Una serie de imágenes le vinieron a la cabeza. Un gigantesco castillo, de muros blancos como el mármol. Una pradera verde y lisa, que no parecía de Curpo. Un muchacho de pelo blanco, con el rostro borroso, que reía. Una mujer de melena color caoba y expresión suave le sonreía con ternura. Un hombre que aparentaba unos cincuenta años y ojos color acero la miraba con orgullo. Una chiquilla de su mismo color de pelo, pero con un rostro diferente, más elegante, la miraba desde el reflejo de un espejo enorme, situado en una habitación de colores claros…

Como fogonazos, mil y una imágenes de este tipo pasaron por delante de sus ojos. Sin embargo, tal y como surgieron, desaparecieron, dejando tan solo el vacío.

Notaba cómo fluía la sangre por sus venas, pero no era sangre normal… sangre nueva, más fuerte. Se sentía como si fuera un árbol grande y anciano, al que le era insuflada nueva savia. Un poder que no recordaba haber sentido nunca, pero a la vez le era muy familiar, recorría su cuerpo.

Sus sentidos se agudizaron. Todo seguía oscuro, pero era una negrura más nítida, como si un cielo nublado se hubiera despejado de golpe y tan solo quedara la noche sin luna. La aspereza de su vestido, el calor de su calzado, el peso de su capa… era como si estuviera vestida por primera vez.

Al mismo tiempo, percibió una energía cerca de ella, cuya existencia antes ni siquiera había sospechado. Era como si hubiera una hoguera en la sala: notaba calor y un zumbido ligero en ambos oídos.

No tuvo apenas tiempo de pensar en estos cambios, pues de nuevo, una serie de imágenes pasaron por delante de sus ojos.

Un niño pequeño, llorando en su cuna. Un hombre adulto, de pelo gris y barbilla prominente. Una mujer bajita, con expresión afable. Una niña con ricitos rubios en la cabeza y expresión soñadora. Una mujer anciana que escribía algo en un pergamino con cara de concentración…

Marcus. Papá. Mamá. Emily. Marina.

No habló Karen ni fue un pensamiento de Cath. Fue algo que surgió de ambas al mismo tiempo.

Y finalmente, por una vez, Cath comprendió a la perfección lo que estaba ocurriendo. Ella era Karen; Karen era ella. No eran dos personas distintas: eran un mismo ser.

Entonces, todo se desvaneció. La oscuridad se disipó, sus oídos dejaron de zumbar y no sintió el calor. El poder en sus venas remitió, y poco a poco sus sentidos volvieron a nublarse.

Tan solo quedó el cosquilleo creado por Circe, pero pronto cesó también.

Y entonces, con un respingo, despertó.


En una pequeña sala situada bajo las ruinas de una antigua mansión, en el pequeño Nadwer, un gigantesco árbol que emitía una luz verdosa se estremeció, como si una brisa hiciera bailar sus hojas. El brillo de su follaje, que había permanecido imperturbable durante años y años, palideció. Continuó resplandeciendo, pero su color no volvió a ser el mismo. La energía del ambiente se tambaleó. Un milagro había ocurrido.


En una gran habitación, lujosa y solemne, situada en el palacio de Na-Shaya, un rey tuvo un escalofrío. Soltando un grito de sorpresa, Eberhard Van Lauthen se miró las manos, con expresión confundida.

—No puede ser…

Estaba completamente solo, en sus aposentos. Las manos empezaron a temblarle mientras la alarma se apoderaba de él.

—No me puedo creer que haya ocurrido esto… A Alexis lo admito, pero, ¿ella?

Alzó la vista hacia el techo, como buscando algo.

—Padre… ¿tu hechizo ha sido roto?

Eberhard se quedó en silencio, esperando una respuesta. Sin embargo, esta no llegó. Soltando un suspiro, se dejó caer en una de las butacas que había en la sala.

No podía engañarse a sí mismo. Había ocurrido una tragedia.


En algún lugar del mundo, o quizá fuera de él, un monje vestido de blanco y con expresión de aburrimiento parpadeó. Había notado un cambio en el Destino, y eso tan solo podía significar una cosa, al menos a esas alturas.

Catherine D’anero había recuperado parte de sus recuerdos. Seguramente, por obra de Circe.

No hizo nada ni dijo nada. La divinidad llevaba esperando ese hecho mucho tiempo, pero ningún sentimiento de satisfacción llegó hasta él. Estaba por encima de todo eso.

Lo que tenía que ocurrir había ocurrido.


Alexis D’anero no percibió lo que acababa de ocurrir. Estaba demasiado ocupado en aquellos momentos como para concentrarse en Catherine. Sin embargo, de alguna forma, inconscientemente, sabía que algo había cambiado. Hasta que no durmió y tuvo un sueño en el que lo que había ocurrido le fue mostrado, no estuvo seguro. Sin embargo, en cuanto notó la perturbación en el hechizo que tantas veces había intentado romper y tantas noches le había quitado el sueño, un enorme sentimiento de satisfacción le embargó, aunque no lo dejó ver por su aspecto.

Había ocurrido lo que Alexis D’anero, el «Rey», había planeado.


De nuevo, y en contra de mi voluntad, me veo obligada a intervenir en la historia. Y, por lo que veo, cada vez lo haré más a menudo, a no ser que cambie drásticamente mi forma de narrar, cosa que no creo que pueda hacer ya a estas alturas.

Pero hay cosas que no es posible contar de forma objetiva, como si no las hubiera vivido. Ya sea por la carga emocional que conllevan o por la dificultad que ofrece hacerlo. Y esta es una de esas cosas.

Sin embargo, me ahorraré una explicación más larga de lo que sentí cuando Cath despertó… aunque quizá no sea correcto decir que «yo» hice algo cuando «Cath» despertó.

Es algo muy confuso, lo admito. Cuando el monje blanco me mató, supuse que todo había terminado. Fue un final doloroso, pero un final.

O eso pensaba. Pero de repente, sin darme cuenta, estaba «dentro» de Catherine Acciari. Es difícil explicarlo con palabras… era parte de Cath. Una con su esencia.

Sin embargo, no podía hacer, pensar o sentir nada al principio. Me limitaba a existir. De vez en cuando, Cath entraba en trance, y podía hablar por su boca, pero era algo temporal.

Hasta que Irwin utilizó a Achlys en nosotras y nos obligó a usar la Magia. Debilitar la energía de la chica y aumentar la de Crystal hizo que el lazo mental que nos unía se hiciera permanente. Por eso, desde ese momento pude «hablar» con Catherine. No era mucho, pero era algo.

Sin embargo, eso no fue todo. Apenas unas horas después, con el lazo aún fortalecido, Cath encontró a Circe y algo dentro de ella se activó. Un hechizo que había permanecido activo durante más años de los que un simple humano puede imaginar se rompió, gracias a la acción conjunta del recuerdo que Circe despertó en nosotras, el efecto debilitador de Achlys (que había robado energía vital de Catherine y, por tanto, había reducido la potencia del conjuro que sobre nosotras pesaba desde hacía tanto tiempo), y la energía que la varita hizo fluir por las venas de nuestro cuerpo.

Y de esa forma, ambas nos unimos.

Entonces entendí, junto con Cath, que en ningún momento había existido una «Karen» y una «Catherine» dentro de nosotras. Siempre habíamos sido la misma persona, pero habían separado nuestra esencia en dos. Ahora, gracias a Circe, habíamos vuelto a ser una.

No, eso no es verdad, al menos no del todo. Primero fui Karen, luego morí, y me transformé finalmente en Catherine. No recordaba nada, ni siquiera sospechaba que no era una persona normal. Durante los seis años que viví con Irwin «Dedos rápidos» O’Manley, siempre supuse que no había nada extraño en mi historia o identidad.

Pero lo había. Y cuando sujeté a Circe por primera vez con el cuerpo que había recibido el nombre de «Catherine Acciari», lo supe. O mejor dicho, lo recordé.

De forma que, al igual que la última vez, este pequeño párrafo en el que me muestro como algo más que como una narradora impersonal tiene tan solo un propósito: aclarar algo.

Me presenté como Karen Maider, y no mentí. Pero también soy Catherine Acciari. Pues ambas son la misma persona: yo.

A muy pocas personas se les otorga el lujo de la reencarnación o la resurrección. Sin embargo, yo he recibido ese privilegio, si es que se le puede llamar así. Y lo usaré para contar esta historia, que tan solo puedo conocer por haberla vivido con dos nombres distintos, como dos personas diferentes.

Pero, por supuesto, esto no es todo. Al comprender que mi persona era a la vez «Karen» y «Cath», surgió el gran misterio: ¿por qué? ¿Por qué Karen Maider se había reencarnado, o lo que fuera que hubiera pasado, en Catherine Acciari?

Ahora sé la respuesta a esta y a otras muchas preguntas, pero las contaré como debe ser: a su debido tiempo, cuando surjan en la historia.


Marcus seguía sentado en el suelo, esperando. Cath no había hecho ningún gesto, ningún amago de despertar, y él empezaba a impacientarse.

No hablaría con la chica. Y había tenido suficiente con la actitud de Had, a quien admiraba desde hacía mucho, como para encima tener que soportar lo mismo venido de Cath. Además, ella despertaba sentimientos muy complejos en Marcus. Por un lado, estaba el tema de su hermana, y la confusión que eso generaba, y luego todo lo demás…

El Zurdo sacudió la cabeza. Tenía que meditar bien qué hacer, porque estaba claro que no se iba a quedar de brazos cruzados. De alguna forma, tenía que sacarles la información a Had y a Cath, pero ¿cómo?

Marcus estuvo intentando pensar durante un buen rato. Justo cuando estaba a punto de darse por vencido, Catherine dio señales de vida.

Lo primero que escuchó Marcus, que estaba sentado contra la pared con los ojos cerrados, fue una especie de susurro, como si alguien murmurara. Abrió los ojos, extrañado, y descubrió que el escudo que Circe había creado había desaparecido.

Al momento, Cath parpadeó, sus pupilas reaparecieron y, soltando un grito, cayó al suelo.

Marcus se levantó lo más rápido que pudo y fue a socorrerla. Para cuando llegó, sin embargo, ella ya se había levantado por su cuenta.

—¿Estás bien? —le preguntó, indiferente—. Has estado casi una hora ahí quieta, sin hacer nada. ¿Qué se supone que has hecho? No, espera —alzó una mano, como para acallar a la chica—. No hace falta que me lo digas. Es un secreto, ya lo sé.

—Marcus… —Catherine lo miró a los ojos, con una expresión extraña.

El Zurdo la ignoró y se dio la vuelta, quedando de espaldas a la chica.

—Venga, tengo que enseñarte tu cuarto. Al parecer, vas a quedarte una buena temporada aquí.

Sin decir nada, abrió la puerta y salió. Pudo escuchar cómo ella le seguía.

Por lo general, a aquellas horas nunca había nadie por el Gremio, a excepción de Had, que solo salía de madrugada. Además, como la base subterránea era casi un laberinto, había múltiples caminos para llegar de un sitio a otro. Marcus tomó el más sinuoso que se le ocurrió, con la esperanza de no cruzarse con nadie. Had daría la noticia por su cuenta, él ya no quería explicar nada.

La suerte le sonrió, y tanto él como Cath lograron llegar a las habitaciones vacías sin ver a ningún otro ser humano.

El Gremio era enorme, y por ello había siempre habitaciones vacías. Había miembros que nunca dormían allí ya que tenían casa propia, pero algunos, como Marcus, eran ladrones a tiempo completo. Por lo general, solo los «internos», como se hacían llamar, recibían encargos como el que había cumplido Marcus aquella mañana.

Además, solían recibir nuevos miembros cada mes y muchos eran pilluelos que se veían obligados a vivir del robo. Como la mayoría de los del Gremio, con algunas excepciones.

Había una especie de «escuela» para ladrones, en la que les enseñaban lo más básico. Cómo abrir una cerradura, cómo caminar en silencio… claro que, a cambio, debías favores a los que te enseñaban. Marcus no tenía demasiados problemas con ese tema, ya que al ser Zurdo tenía muchas facilidades, y siempre podía arreglar algo roto para pagar la deuda. Sin embargo, había quien lo pasaba verdaderamente mal por ese asunto y a veces se veía obligado a ceder parte del botín como pago.

Marcus escogió la habitación más grande y cómoda que encontró. Tras abrir la puerta y comprobar que estaba vacía y tenía lo necesario, se concentró en la Magia, movió el dedo índice y grabó un signo en la puerta.

—¿Qué es eso? —preguntó Cath a su espalda.

La chica no había hablado en todo el camino, que había durado varios minutos.

—Ese símbolo que has dibujado…

—Es una llave. Significa que no se puede pasar, por orden de Had. Así nadie te molestará —contestó Marcus mientras entraba a la habitación.

El cuarto era, al igual que todos los del Gremio, sobrio. Tenía una cama en la que dormir con un colchón de paja, una mesita de noche, una mesa más grande en la que había velas, plumas y pergamino, y un par de sillas. Era una habitación bastante grande, así que el efecto visual era que estaba todo muy vacío.

Con un chasquido de dedos, Marcus encendió una de las velas de la mesa grande. Cath entró tras él y observó la habitación con ojo crítico.

—Es bonita —comentó—. Y muy espaciosa. Gracias… por todo.

—Ya. —Marcus, sin mirarla, se dirigió a la puerta—. Como supongo que quieres estar sola, te dejo. Aquí yo no pinto nada.

Sin embargo, su voz se quebró por la frustración. Detalle que, estaba seguro, la chica había percibido.


Cath observó sin decir nada cómo Marcus se dirigía hacia su cuarto. Mientras lo hacía, su mente libraba una cruenta batalla.

Es mi hermano, o al menos lo fue, decía una parte suya. Merece saber lo que ocurre.

Quizá esto sea un asunto más delicado de lo que parece. Y eso no es poco, respondía la otra parte, más sensata. Marcus solo tiene doce años… es un niño.

Yo también tengo doce años, respondió la primera parte. Por mucho que ahora sea más sabia. Sigo siendo una niña, y eso no cambia.

Pero soy más fuerte que él. El monje blanco ya me mató una vez, puede que lo vuelva a intentar. Y ahora creo que empiezo a comprender por qué hay gente en Na-Shaya que va a por mí.

Marcus es un Zurdo. Sabe defenderse, y no es verdad que sea más fuerte. Antes era Zurda, pero ahora no lo soy, ¿no es así?

¿Y qué? El pobre ya está lo suficientemente confundido como para encima tener que saber esto.

Pero si no lo comparto con nadie… ¡Me volveré loca!

Podré compartirlo con Irwin cuando lo vea. A pesar de que Karen no se fiaba lo suficiente del exladrón como para hablarle del complicado tema, Cath tenía una confianza ciega en él.

Irwin… ¿Sabía él esto?

No, es muy poco probable que supiera que soy Karen, ¿no? Nunca me lo dijo.

Pero… ya he visto que Irwin guarda muchos secretos. Quizá este era uno de ellos.

¿Y quiero ser igual? Irwin es muy importante para mí, pero, ¿quiero parecerme a él en eso? ¿Quiero guardar secretos incluso a mi propio hermano?

No necesitó meditar mucho para descubrir la respuesta a esa pregunta.

—Marcus —susurró, antes de que el Zurdo saliera—. No te vayas, por favor.

Él no se volvió, aunque sí dejó de caminar.

—¿Sí? —preguntó—. ¿Qué quieres?

—¿Recuerdas que la primera vez que me viste me parecía a tu hermana? ¿A Karen?

Marcus se volvió. —Claro que lo recuerdo. Fue esta misma mañana.

Cath asintió. —Exacto. ¿Y recuerdas que yo te dije que no era Karen?

—¿A qué quieres llegar con esto? Marcus no parecía dispuesto a seguirle el juego, así que Cath decidió ir directa al grano.

—Resulta que tenías razón. Soy Karen… o mejor dicho, lo fui.


Marcus se quedó en silencio, observando a la chica. No se esperaba para nada algo así.

—¿Qué?

—Es difícil de explicar… —Cath se sentó en su cama con gesto de cansancio—. Cuando llegué aquí, hace apenas unas horas, creía que Karen no tenía nada que ver conmigo. Aunque es verdad que después de despertar del todo, aquí en el Gremio… bueno, Karen no me era tan indiferente.

Marcus no dijo nada, sino que se la quedó mirando, esperando a que continuara. Cath, tras una pausa, volvió a hablar.

—Sin embargo, aún creía que Karen era alguien diferente de mí. Todo lo que ha pasado con Had… no tengo ni idea de cómo sabía eso, créeme. Simplemente, sabía qué contestar de forma instintiva.

—Cuando me llevasteis ante Circe… bueno, no conocía el Triángulo de las Armas ni había oído hablar de él. Pero la varita… —Cath miró su mano, en la que aún descansaba el mágico objeto—. La varita me llamó, Marcus. Sentí un deseo enorme de utilizarla, y supe cómo hacerlo.

—Y no, no tengo ni idea de cómo lo he hecho… aunque quizá sospeche algo.

—No entiendo nada —Marcus fue directo al grano—. ¿A qué te refieres con lo de Karen? Ya me has dejado claro que no eres ella. Quizá su fantasma te ha poseído antes, o…

—No, no es eso. Verás, Marcus, yo soy Karen Maider. Antes de coger a Circe no lo sabía, pero en cuanto la tuve entre las manos y la utilicé… algo despertó en mí. O quizá debería ser más correcto decir que yo desperté.

—¿Qué?

—Fue como si algo que hubiera olvidado hacía mucho tiempo resurgiera.

Cath miró hacia el techo con una expresión extraña, y Marcus notó de repente que sus ojos brillaban de forma rara. De hecho, todo el cuerpo de la chica tenía un aspecto extraño.

—No puedo describirlo con palabras… durante toda mi vida como Catherine era un ser independiente, al igual que como Karen. Sin embargo, ambas somos el mismo ser. Me es imposible hacer que lo comprendas mejor, hermanito… —la chica lo miró—. Supongo que no hay otra forma de decirlo. Soy algo así como… la resurrección de tu hermana. Recuerdo todo lo que ella recordaba. Sé todo lo que ella sabía.

—Y por supuesto, te recuerdo a ti. ¿Sabes lo que ha ocurrido esta mañana? ¿Eso de que parecía ser Karen? Maldita sea, tenías razón.

—¿Qué…? ¿Qué rayos…? Marcus cada vez estaba más confundido. No entendía absolutamente nada.

Cath, o Karen, o quien diablos fuera la chica suspiró con una clara expresión de fastidio.

—Dios mío… —lo miró con expresión decidida—. Mira, Marcus. Escúchame con atención porque ahora te lo voy a contar todo: qué fue lo que ocurrió cuando salí con Irwin de Vera Kant, quién me mató, qué he hecho estos años… y tú me vas a escuchar, porque de otra forma no acabaremos nunca. Y espero que me ayudes a mantenerme a salvo, a vengarme a mí misma —su mirada se ensombreció— y a encontrar a Irwin.

—Y te aseguro que ese ladronzuelo va a tener que responder a un par de preguntas.