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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 29

Furia

15 min de lectura · 3118 palabras

Capítulo 29 (Furia)

Marcus escuchó atentamente toda la historia de Cath; desde el momento en el que Karen salió de Vera Kant, pasando por su muerte, hasta el momento en el que renació como Cath y olvidó su existencia como Karen. El ataque a Nandry, el rescate del Diablo, la pacífica vida en Levan y los soldados de Na-Shaya. El encuentro con Victoria, el descubrimiento de que el Diablo simpatizaba con los D’anero, lo ocurrido en Nuvea… le explicó absolutamente todo.

El Zurdo no dijo nada durante todo ese tiempo. Cuando finalmente Cath acabó de explicarle todo, se quedó unos segundos en silencio.

—Entonces… —Marcus dudó—. ¿Entonces no eres mi hermana?

Cath sonrió al escuchar esto.

—No. Nunca lo he sido, de hecho… papá y mamá… bueno, mi padre y mi madre cuando yo era Karen me dijeron claramente que me encontraron cerca de las ruinas, pero no soy su hija. Así que técnicamente, nunca hemos sido parientes de sangre… aunque ahora que me he «reencarnado», por llamarlo así, no creo que eso importe mucho. Nuestra sangre no es la misma, pero seguimos siendo hermanos, Marcus.

Marcus no dijo nada. Entendía lo que quería decirle Catherine, y pensaba lo mismo. Pero eso no era lo que le hacía dudar.

—Cath… Karen… ¿Qué…? —No sabía cómo explicarse—. ¿Qué edad… tienes?

—Llámame Cath, Marcus —respondió la chica—. Me siento igualmente identificada por ambos nombres, pero en este cuerpo soy más Cath que Karen. Además, confundirías a Had y al resto de los del Gremio si me llamas por otro nombre.

—Oh… de acuerdo. Aunque…

—¿Sí?

Cath parecía estar pensando en otra cosa, a juzgar por la poca atención que le prestaba al Zurdo.

—C-Cath… me parece que confundirás a Had y al resto aunque no quieras —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Eh? ¿A qué te refieres? —la chica parecía sinceramente sorprendida—. ¿Por qué iba a confundir yo a nadie?

—Es que… no… no hablas como antes.

—¿Qué yo no qué?

—Bueno… —Marcus apartó la vista—. No sé qué edad tienes exactamente… como Cath, quiero decir. Sin embargo, no puedes tener muchos más años de doce, y sin embargo, hablas como alguien mucho mayor.

Cath lo miró, frunciendo el ceño. Acto seguido, se llevó la mano a la barbilla.

—Tienes razón, desde luego… —dijo—. En este cuerpo tengo tan solo doce años, como bien has adivinado, pero morí como Karen cuando tenía veinte, así que supongo que técnicamente, al menos por ahora, tengo treinta y dos años. Tendré que fingir ser más joven de lo que me siento, aunque me cueste.

Marcus la miró, confundido. Dentro de lo extraño de la situación, había detectado algo que no encajaba.

—¿«Por ahora»? ¿Por qué dices «por ahora»?

La chica lo miró, con el ceño aún fruncido.

—No sabría decírtelo. Es solo que… me da la sensación de que no estoy… completa.

—¿Qué? —Marcus tuvo que admitirlo: se había perdido—. ¿A qué te refieres con eso?

—Bueno, cuando yo era solo Cath… no, cuando no recordaba que no era solo Cath, creía estar completa, pero en cuanto mis memorias sobre mi vida como Karen volvieron, me di cuenta de que no era así. Ahora tengo la impresión de que esto aún no ha acabado. Antes de ser Karen fui otra persona, estoy segura.

—¿Otra persona? —Marcus frunció el ceño también—. ¿Otra más?

—Sé que es difícil de creer…

—No. —Marcus negó con la cabeza con decisión—. Algo tan extraño tiene que ser verdad. Además, con mis propios ojos vi que Karen estaba… que tú estabas… rayos, que eras mi hermana, aunque luego parecieras otra persona. Ahora eres como una mezcla de las dos.

Cath se encogió de hombros.

—Es lo que soy, en cierta forma. Aunque técnicamente hablando, nunca han existido ni Catherine ni Karen, ya que ambas son «yo», que es una entidad independiente que siempre ha estado presente, aunque no lo recuerd…

De repente, dejó de hablar. Marcus, que no había entendido nada de lo que estaba diciendo su hermana, o exhermana, o lo que fuera, se la quedó mirando.

—¿Qué pasa?

La chica había fruncido el ceño más de lo que parecía humanamente posible. Definitivamente, pensó Marcus, ese gesto era de Karen.

—Marcus… —la chica habló con tono grave—. ¿Podrías decirme cuántos años tienes? Porque no aparentas tener dieciocho.

—¿Dieciocho? —Marcus negó con la cabeza—. No, tengo doce. ¿En serio parezco de dieciocho? —dijo, emocionado.

—No. Aparentas los que tienes. De hecho, había dado por supuesto que tenías esa edad sin pararme a pensarlo —le respondió la chica, causando una pequeña decepción en el Zurdo—. Pero eso no es posible… ¿Cuántos años han pasado desde que morí?

—Bueno… —Marcus hizo un pequeño esfuerzo para recordar—. Hace seis años, más o menos. Yo tenía seis años cuando tú…

—Lo sé. —Cath, que hasta entonces había estado sentada en la cama, se levantó y empezó a pasear por la habitación—. Pero yo también tengo doce años. Y teniendo en cuenta que morí hace seis, las cuentas no cuadran.

—¿Cómo que…?

—Marcus, soy Cath y Karen a la vez, y estoy segura de que siempre lo he sido —respondió la chica, con tono de irritación—. Y sin embargo, ¡resulta que nací como Catherine seis años antes de que muriera como Karen!

—¡¿Qué?!

El Zurdo se levantó también.

—¿No lo entiendes? No me había parado a pensarlo, pero si yo tengo doce años en este cuerpo, por lógica deberían haber pasado, como mínimo, doce años desde mi muerte. Pero solo han pasado seis. ¡¿Cómo puede ser eso?!

Marcus negó con la cabeza. Le costaba seguir el hilo lógico de la conversación, quizá por el shock sufrido.

—A lo mejor… a lo mejor, después de morir, te introdujiste en el cuerpo de Catherine…

—No. —Cath lo interrumpió mientras negaba con la cabeza—. Si de algo estoy segura, es de que he vivido como Catherine toda mi vida… la de Cath. La de este cuerpo.

—Ah… —Marcus la miró—. ¿Y también como Karen?

—¡Por supuesto! ¿Acaso no estás seguro de haber sido «Marcus» toda tu vida? —Cath suspiró—. Maldita sea… ¿Qué sentido tiene esto? ¿Soy dos personas en una? ¿O viví en dos cuerpos a la vez?

—Bueno… —Marcus dudó—. Estoy seguro de que viviste como Karen veinte años… ¿Seguro que tienes doce?

—Por supuesto. Aunque… —miró hacia el suelo—, no tengo muchos recuerdos de cuando era pequeña… en este cuerpo, quiero decir. Pero tuve que nacer, ¿no?

—Estás aquí, así que en teoría sí —contestó el Zurdo.

—Hm… —Cath parecía pensativa—. Seis años han pasado… ¿Qué me ocurrió hace seis años a mí?

—Bueno, moriste.

—No me refiero a eso…

De repente, la chica abrió los ojos con sorpresa.

—¡Irwin! ¡Maldita sea, es Irwin! ¡¿Cómo no me he dado cuenta antes?!

—¿Eh?

—¡Hace seis años, Irwin me encontró en Nandry! ¿No lo entiendes? ¡Ahí pasó algo! No sé si fue el ataque o si fue el mismo ladrón, pero… ¡Argh! —Cath soltó un grito, al parecer completamente harta—. ¡¿Cuándo dejará de ocultarme cosas?! ¡Maldita sea, cuando lo vea se enterará de un par de cosas!

Marcus tragó saliva. No había tenido dudas en ningún momento, pero ahora ya estaba más seguro que nunca. Frente a él, en el cuerpo de una chiquilla de doce años, tenía a su hermana. Tan temperamental como siempre.


Victoria dio un salto hacia la izquierda, esquivando por poco la flecha. Aún intentando imaginar cómo rayos lo había hecho, giró sobre sí misma para encarar a la figura que le había disparado desde detrás. Con un veloz movimiento lanzó un golpe con la espada, pero ya era tarde.

La figura ya no estaba ahí. Victoria soltó un gruñido y recuperó el equilibrio, mientras intentaba agudizar su oído.

¡Por la derecha!

Se giró lo más rápido que pudo y esta vez lo consiguió. Frente a ella, Dedos rápidos tenía una mano levantada, sujetando su sombrero. En la otra, blandía a Achlys.

Volvió a cargar contra él, y esta vez el ladrón se vio obligado a parar el golpe con Achlys. Acto seguido, desapareció.

Victoria se giró de nuevo, pero tras ella no había nadie.

—¡¿Qué…?!

—Lo siento, era una finta —respondió una voz desde su espalda.

De nuevo, Victoria se volvió, completando así una vuelta entera, pero ya era tarde.

Con un movimiento fluido, Dedos rápidos posó la espada que llevaba en la mano en la espalda de la Ambidiestra y murmuró:

—Achlys.

Y Victoria se desmayó, no sin antes soltar una maldición.


—¡Y eso no es todo!

Catherine continuaba con su diatriba. En cuanto Marcus le había hecho pensar en la incongruencia de su nacimiento y muerte, una serie de inexactitudes le vinieron a la mente.

—¡¿Por qué aseguró que conocía a Alexis por Carol si luego me dijo, al ser Cath, que lo había conocido después de mi muerte?! ¡¿Quién diablos es Crystal?! ¡¿Por qué me trajo aquí sin motivo alguno?!

—Cath… —Marcus intentó hablarle, pero ella le acalló con un gesto.

—¡Estoy segura de que conocía el hecho de que era Karen, pero nunca me lo dijo! ¡¿Por qué se comportó de forma tan extraña con aquel guarda en Nuvea?! ¡¿De dónde salió Victoria y cómo puede ser que una Ambidiestra exista?! Como Cath no sabía nada de Zurdos y Diestros, a excepción de lo poco que me contó Irwin, no me parecía nada extraño, ¡pero ahora he recordado que los Ambidiestros son algo imposible! ¡Semejante poder no puede estar solo en una persona!

—Escucha… hermana…

—¡¿Y por qué me contrató para ayudarle contra dos simples Diestros si luego es capaz de noquear él solo a una Ambidiestra?! Si no conoció a Alexis cuando era pequeño, en el asunto de Carol, ¡¿por qué se muestra tan a favor de todo lo que tiene que ver con los D’anero?!

—Catherine… Esto… Karen…

—¡¿Por qué me quieren matar, y qué relación tengo con Alexis D’anero?! De hecho, si Irwin no conoció a Alexis hasta que morí, ¡¿por qué fue a Vera Kant en primer lugar?! ¡¿Quién le dijo que me contratara?! ¡Estoy segura de que ni siquiera es cierta esa historia de que el alcaide le perseguía por robarle un collar a su mujer!

—¡Hermana!

Finalmente, Marcus consiguió llamar la atención de la chica, que dejó de gritar para fulminar a su hermano con la mirada.

—Entiendo que estés enfadada, pero estás gritando mucho. Y aquí no hay que hacer nunca demasiado ruido, porque… bueno, el Gremio es algo secreto, ya sabes.

Cath estuvo a punto de contestar algo, pero en el último momento se lo pensó mejor y cerró la boca. Acto seguido, volvió a sentarse en la cama.

—Tienes razón —dijo, soltando un suspiro—. Es simplemente… la frustración… —se mordió el labio—. Vivir durante seis años con una persona, que además actúa como una mezcla de padre y hermano… en fin, no me esperaba que hubiera tantos secretos.

Marcus asintió. Opinaba lo mismo que su hermana.

—Supongo. Pero de todas formas… El Diablo siempre ha sido alguien misterioso, o eso dicen por aquí. No creo que eso de guardar secretos sea algo que tan solo te haga a ti.

Cath lo miró.

—Ya. Pero él me debe esas respuestas, entiéndelo.

—¿Te las debe?

—Desde luego. Por su culpa morí, al fin y al cabo. Por cierto…

La expresión de Cath se suavizó.

—¿Qué tal están papá y mamá? ¿Cómo se tomaron mi muerte?

Marcus tragó saliva.

—Bueno… cuando moriste, el Diablo trajo tu cuerpo, pero no nos explicó qué te había ocurrido. Simplemente, te trajo.

—Papá y mamá estaban destrozados, como supondrás. Yo era bastante pequeño, pero recuerdo que mamá no dejó de llorar en toda la noche. Y papá… bueno… él no lloró tanto, pero no hablaba. Con nadie.

—Supongo que no lo sabrás, pero tu tumba está en Vera Kant, en el cementerio. Es un lugar bastante respetado, porque ya sabes… —se encogió de hombros—. Eras la Maga. Cuando me fui, la gente creía que era un lugar que protegía el pueblo, como un talismán.

—¿No lo tratan como un lugar maldito? —preguntó la chica, extrañada.

—No. Al contrario… creo que fue Marina quien hizo que los rumores tomaran otro camino. Además, tu tumba es la única de todo el cementerio que tiene inscripción, así que llama la atención incluso a los extranjeros.

—¿Pusisteis la inscripción al final? —Cath sonrió—. Ya no me acordaba… ¿Cómo era?

—«Aquí yace mi cuerpo, pero mi espíritu siempre volará libre, en el viento. Un viento que siempre velará a mis seres queridos. Un viento que acompañará a quien me necesite. Un viento que conquistará el recuerdo de quien me conoció» —recitó Marcus en voz baja.

De pequeño, atormentado por el misterio de la muerte de su hermana, había ido muchísimas veces a ver la tumba.

—Es la inscripción que una vez comentaste que te gustaría tener… aunque nunca dijiste por qué.

—Nunca lo supe. —Cath se echó hacia atrás, hasta quedar tumbada en la cama, mirando al techo—. Simplemente, me gustaba ese epitafio. No sé cómo se me ocurrió, la verdad. «Un viento…»

—Ya… —Marcus se quedó callado un segundo y luego volvió a hablar en voz baja—. El Diablo vino a tu entierro. Y recuerdo que tan solo papá, mamá y yo parecíamos tan tristes como él. Sus ojos… —se estremeció—. A pesar de que yo era tan pequeño, recuerdo sus ojos. Estaban… vacíos.

Cath no dijo nada, sino que siguió mirando al techo. Cuando habló, su voz era apenas un susurro.

—¿Lloró? —dijo.

—No. No derramó ninguna lágrima… aunque luego papá me dijo que por dentro sí lo hacía. Por eso nadie sospechó de él a pesar de que trajo tu cuerpo muerto.

—Luego, el tiempo siguió pasando. Te echábamos de menos, pero había que superar las cosas, o eso decía papá… aunque mamá nunca volvió a ser la misma. Entonces, mi Energía Zurda despertó al cabo de unos meses.

—Puedes llamarla «Magia» —dijo Cath—. Ahora ya me da igual cómo la llames. Hay cosas más importantes que un estúpido tabú.

Marcus asintió, aunque Cath no lo miraba.

—Mi Magia despertó y estudié con Marina y con Emily. Al principio, papá y mamá se negaron, porque dijeron que era peligroso. Que podía… acabar como tú.

—Estuve cuatro años con ella, estudiando, hasta que cumplí diez años. Entonces, Marina decidió venir aquí, a Sangreal. Emily la siguió, porque a su padre no le gustaba la Magia.

—Recuerdo a Emily… fue mi alumna durante muy poco tiempo —susurró Cath—. Y veo que los prejuicios de su padre acabaron pasándole factura.

—Así es. Emily atraía muchos poltergeist, así que su padre acabó por cansarse. Ella tenía solo nueve años.

Cath se quedó mirando el techo.

—Ese bastardo… —dijo, al cabo de un momento—. Los poltergeist son fáciles de echar, ¿por qué diablos no…?

—No lo sé —contestó Marcus.

Él se había hecho muchas veces la misma pregunta.

—Supongo que su odio hacia la Magia era más fuerte que el amor a su hija.

La chica volvió a quedarse en silencio, así que Marcus continuó hablando.

—Yo también quería venir, para poder seguir estudiando Magia. Además… quería conocer al Diablo y saber por qué habías muerto. Papá y mamá se negaron, así que acabé por escaparme de casa.

—Llegué aquí con Emily y Marina, y viví con ellas un tiempo. Sin embargo, investigué mucho sobre Dedos rápidos, y acabé por entrar en contacto con el mismísimo Had. Llamé su atención, porque aquí hay muchos Diestros pero pocos Zurdos… y finalmente, me uní al Gremio. Ahora soy poco más que un criminal, que roba a los mercaderes para conseguir comida.


Victoria se despertó tumbada en el suelo. Estaban en medio de una gran llanura, aunque Curpo era tan grande y monótono que podían estar en cualquier punto del mapa: el paisaje seguiría igual.

—¿Ya te has despertado?

La voz de Dedos rápidos le llegó desde su derecha, así que se irguió y miró en esa dirección. El ladrón estaba sentado, observándola con una especie de sonrisa en la cara.

—Te he vuelto a ganar.

—Maldita sea… —la princesa frunció el ceño—. Es esa espada. Si no la tuvieras, no ganarías tan fácilmente.

—Te recuerdo que ya te he ganado sin Achlys —le dijo Dedos rápidos—. Si no hubiera tenido esta espada, te habría tenido que golpear, así que no te quejes.

—¿Es que me tienes que dejar inconsciente cada vez que entrenamos? —preguntó Victoria, hastiada—. Empiezo a perder la noción del tiempo. Estoy segura de que eso no es sano.

—Hay que ser realista —el ladrón se encogió de hombros—. Si en vez de un entrenamiento hubiera sido una pelea de verdad, habrías muerto.

Victoria no dijo nada. Sabía que el ladrón tenía razón.

Estaba amaneciendo. Hacía tan solo unas horas que habían salido de Puila, pero el ladrón había insistido en no dormir y entrenar a la princesa. Habían combatido varias veces, y todas habían acabado de la misma forma: con Victoria inconsciente.

—Dedos rápidos…

—¿Sí?

—¿Me has disparado una flecha? —preguntó Victoria en tono acusador.

—Bueno, sí. Sabía que la esquivarías —el ladrón no parecía amedrentado ante la mirada de Victoria—. Cosas más rápidas has esquivado. A mí, por ejemplo.

—Bonita forma de adularte a ti mismo —replicó Victoria en tono desdeñoso—. ¿Y se puede saber de dónde has sacado el arco?

—No es un arco —el ladrón hizo un movimiento fluido y rebuscó en su bolsa—. Al momento, sacó la mano y le mostró el objeto que había en ella.

—Es una ballesta.

—Vaya. —Victoria inspeccionó el arma con interés—. ¿Por qué llevas ahí una ballesta? ¿Y cómo la has cargado mientras te movías tan rápido?

—Bueno, soy Diestro. —Dedos rápidos sonrió—. Creo que está claro cómo lo hice, ¿no?

—Pues no. —Victoria dejó de mirar la pequeña ballesta de madera de roble y pasó a observar al ladrón—. Cuando uno usa la Habilidad, es incapaz de realizar movimientos complejos. Simplemente, se va demasiado rápido. Es como intentar bailar mientras se corre a toda velocidad. Sin embargo, ya te he visto cargar una ballesta y dibujar un mapa a una velocidad sobrehumana. ¡¿Cómo diablos lo has hecho sin romper el papel o la propia ballesta?!

Dedos rápidos seguía sonriendo. Cuando habló, lo hizo con un tono que Victoria calificó de sorna.

—Bueno, el hecho de que te hayas dado cuenta dice mucho a tu favor. ¿Recuerdas que una vez te dije que no sabías usar correctamente la Habilidad? ¿Que no estabas bien entrenada?

Victoria bufó. —Claro que lo recuerdo, no ha pasado nada de tiempo. Dijiste que era como una campesina con una espada: simplemente no sabía usarla.

—Exacto, veo que lo recuerdas —el ladrón estaba exultante—. Bien, pues siguiendo con la metáfora, me parece que ha llegado la hora de enseñarte esgrima.