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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Vientos de conquista · Capítulo 30

Enseñanzas

17 min de lectura · 3547 palabras

Capítulo 30 (Enseñanzas)

—De forma que vas a enseñarme a usar la Habilidad… —Victoria observó al ladrón con ojo crítico.

—¿Ahora?

—No —Dedos rápidos negó con la cabeza—. Empiezo a estar cansado. Hoy ha sido un día muy largo. Mañana empezaré a entrenarte.

—Dos ciudades y un entrenamiento nocturno… ya era hora de que descansáramos —bufó la princesa.

—¿Pero a qué te refieres con «usar la Habilidad» exactamente?

El ladrón la miró fijamente. —Bueno… me refiero a usarla correctamente. Sin malgastarla.

—¿Se puede malgastar la Habilidad?

—Por supuesto —Dedos rápidos, sentado en el suelo, se inclinó hacia Victoria—. Mira, te has cansado, ¿no? Si hubieras usado correctamente ese poder, no notarías nada de fatiga.

—¿Qué? —Victoria miró al ladrón, desdeñosa—. No digas tonterías. Por mucho que la Habilidad fortalezca los músculos, el cuerpo humano tiene una resistencia máxima. Acabarás agotado o muerto si lo sobrepasas.

—Precisamente, eso ocurre cuando tienes un cuerpo «humano» —Dedos rápidos tosió ligeramente—. Mira, la Habilidad es más compleja de lo que la gente cree. De hecho, todo el mundo la subestima.

—No veo cómo —la princesa se acomodó.

Por cómo iba evolucionando la conversación, aquello sería largo y ella estaba agotada.

—Si subestimas a un Diestro, puedes acabar mal.

—No estoy hablando de subestimar a un Diestro. Hablo de subestimar la Habilidad.

—Y yo sigo diciendo que nadie lo hace.

Dedos rápidos suspiró. —Mira, con un ejemplo lo entenderás mejor. ¿Qué precisa más concentración, la Magia o la Habilidad? Eres Ambidiestra, deberías ser capaz de responder.

La princesa frunció el ceño. —Bueno, eso no tiene nada que ver… la Magia precisa más concentración, pero eso es por su naturaleza.

—¿Ah, sí? —el ladrón sonrió—. Explícate.

—Bueno… —al ver la expresión de su acompañante, la princesa dudó.

Se sentía igual que cuando era pequeña y su institutriz le enseñaba modales.

—La Magia es mental. Para hacer un hechizo, un encantamiento… cualquier acto de Magia, incluso utilizando los Caminos, hace falta usar la mente. Te concentras, invocas la Energía, descubres los movimientos, los efectúas y todo ocurre. Sin embargo, la Habilidad es mucho más pasiva. Simplemente, te mueves rápido. Puedes no usarla siempre, pero es algo muy intuitivo.

—¿Ah, sí? ¿Es intuitiva la Habilidad?

—Bueno, es obvio. Cuando uno despierta como Zurdo, tiene que aprender todos los fundamentos de la Magia, estudiar varios hechizos, memorizarlos, entrenar la concentración… un Diestro usa la Habilidad al momento, tan solo necesita aprender a luchar.

—O sea, que la Habilidad es solo moverse rápido y ganar fuerza, ¿no? Eso es lo que crees.

—Pues en un resumen rápido: sí. No hay mucho más —Victoria sentía que se le escapaba algo, pero no podía determinar qué—. Es un poder útil, sí, pero en esencia es muy sencillo.

Dedos rápidos asintió. —Y eso es lo que la gente piensa. Pero no es verdad… en realidad, la Habilidad es mucho más que una mejora del cuerpo.

Victoria observó largamente al ladrón. —Explícate.

—Es muy sencillo. —Dedos rápidos se quedó unos segundos en silencio, pensando—. Mira, todo lo que tenga que ver con la Magia y la Habilidad se reduce a la esencia del ser humano. No hay animales que tengan ningún tipo de poder, aunque sí hay seres semi-mágicos. Así, todo tiene que ver con la humanidad, ¿no?

—No estoy segura. El monje blanco tiene Magia, y dijiste que no era humano. Y el «Diablo»…

—Bueno, ellos son seres superiores, pero están en el cuerpo de un humano. Así que no cuentan. ¿Estás de acuerdo o no?

Victoria lo pensó un momento. —Sí… creo. No encuentro ningún fallo en ese razonamiento.

—Bien. Con esa premisa, lo demás se entiende rápido.

—Verás, el ser humano como tal se divide en dos partes: cuerpo y mente. Cada una de ellas tiene una función específica. No creo que haga falta profundizar mucho en ellas —el ladrón hizo un gesto de negación—. Es muy intuitivo. La mente piensa, el cuerpo actúa. La mente se encarga de controlar nuestros actos, y el cuerpo es capaz de actuar… son dos partes de un todo.

—¿En serio esto tiene que ver algo con la Habilidad?

—No me interrumpas —contestó Dedos rápidos—. Mira, esto no es filosofía. Es así, está demostrado. Y no, no voy a decir cómo, porque nos desviaremos del tema.

—La cuestión es que, cuando los D’anero vinieron a esta tierra… —de repente, se interrumpió—. Espera un segundo… —miró a la princesa con ojo crítico—. No sé si debería continuar… Nunca le he contado esto a nadie.

—¿Qué? —Victoria arrugó el ceño.

—Bueno… —el ladrón parecía incómodo—. No puedo explicarte nada sin hablar de los D’anero, porque todo comienza allí. Pero la suya es una historia…

—Un tanto delicada, lo sé —cortó Victoria—. Pero olvidas que soy noble. A diferencia de los plebeyos, yo he sido educada correctamente, así que conozco…

—No. —Dedos rápidos negó con la cabeza—. Siento ser tan repetitivo, Victoria, pero no sabes nada de los D’anero. Lo que sabes no es más que la versión que reescribieron los Van Lauthen junto con la casa Hikkohime. Lo que verdaderamente ocurrió fue mucho menos noble por parte de ambas familias.

—Ya —Victoria suspiró—. Y supongo que tienes pruebas suficientes como para asegurarme que tu versión es la correcta, ¿no?

—Por supuesto.

—Y no vas a enseñármelas.

—No. Tendrás que confiar en mi palabra.

—No sé por qué, pero lo suponía —Victoria se estiró.

Sentía los músculos entumecidos.

—Empiezo a ser capaz de predecirte, ladrón.

—Bien por ti —sonrió Dedos rápidos—. Supongo que eso es loable. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Tres días?

—Me he quedado inconsciente tantas veces que he perdido la cuenta —contestó la princesa.

—¿Eso es una indirecta?

—No te desvíes. Continúa con tu historia de los D’anero, si tan importante es.

Al momento, el ladrón frunció de nuevo el ceño. Lentamente, se llevó la mano a la cabeza y se quitó el sombrero, dejando al descubierto su pelo rubio. Victoria observó anonadada el reflejo de la luna en esos cabellos casi blancos. Por lo general, Dedos rápidos nunca dejaba al aire su pelo.

—Como ya he dicho, Victoria… —el ladrón la miró, jugueteando con el sombrero entre las manos—, el problema es que no sé si debo contarte nada.

—¿Todavía no confías en mí? —la chica habló con sorna.

—No… el problema es si confías tú en mí. Yo tengo motivos de sobra para saber que eres de fiar. Tu alias —aclaró, al ver la mirada que su interlocutora le dirigía.

—Por ahora, digamos que confío en ti —respondió la princesa—. Así que empieza a hablar.

—¿Ah, sí? ¿Y desde cuando confías en mí?

Victoria sabía reconocer una burla cuando la veía. Dedos rápidos nunca dejaba pasar una oportunidad de poner en duda sus palabras.

—Desde que tengo curiosidad por tus historias —respondió—. Y ya que me has obligado a hacer tantas cosas hoy, creo que un poco de recompensa es lo mínimo, ¿no?

El ladrón soltó una risa amarga. —De acuerdo… Te explicaré todo. La Habilidad y los D’anero… no es una mala combinación para una historia. Tan solo nos falta una hoguera, para dar ambiente a…

Victoria se concentró unos segundos. Camino de la Creación. Al momento, un gran fuego crepitaba ante ellos.

—Ya está. Ahora, empieza de una vez. Tengo sueño.


—Como supongo que sabrás, los D’anero llegaron a esta tierra de allende los mares… cuando llegaron, esta tierra estaba devastada por el Gran Horror, que había reinado durante diecinueve años…

—¿El Gran Horror? —Victoria interrumpió al ladrón, confusa—. ¿Te refieres a la Guerra de las Alianzas?

El ladrón asintió. —Sí… supongo que tú la conoces por ese nombre. Pero en su día se la llamó «el Gran Horror». Si nunca has vivido una guerra, no entenderás el porqué de ese nombre, pero créeme cuando digo que le va como anillo al dedo.

—Tú tampoco has vivido ninguna guerra —cortó la princesa de nuevo—. Hace siglos que no hay ninguna.

El ladrón ignoró a Victoria. —Como decía: sí, me refiero a la Guerra de las Alianzas. Neishi se alió con Ager, Curpo con Kratos y el Norte con Nadwer. Na-Shaya, aprovechando su aislamiento, se quedó sola y evitó la lucha siempre que pudo.

—También fue atacado, por supuesto, pero mucho menos que los otros. Siete años después de que la guerra comenzara, un general de Neishi acusó a un capitán de Ager de traición. Lo mató en un duelo y la alianza Neishi-Ager acabó por romperse… las otras dos lo hicieron al poco tiempo, temiendo una traición. Así, de tres bandos confrontados, la guerra pasó a estar conformada por seis territorios enemistados.

Victoria asintió. —Todo eso ya lo sé.

—Bien. Aún así, era necesario asegurarse… nunca viene mal recordar el pasado —el ladrón se acomodó de nuevo y dejó su sombrero en el suelo—. Finalmente, los D’anero llegaron y descubrieron todo destrozado.

La princesa volvió a asentir. —Sí, y entonces empezaron a conquistar territorios para hacerse con el poder. Como la guerra había sido larga y los D’anero poseían Magia y Habilidad, consiguieron unir todo bajo su bandera y fundar las Siete Coronas. Neishi y Na-Shaya fueron las últimas en caer…

—No. —El ladrón la interrumpió con voz cortante—. Esa es la versión de los Van Lauthen y los Hikkohime. Lo que ocurrió no fue eso, de ninguna manera.

—¿Qué? —Victoria miró a Dedos rápidos, extrañada—. Entonces… ¿Qué pasó?

—Cuando los D’anero llegaron a esta tierra, la guerra continuaba. Desembarcaron en Na-Shaya, aunque debieron tener dificultades para encontrar un puerto.

—¿Cómo? ¿No llegaron a Curpo por primera vez?

—No. Eso es lo que la gente cree, pero llegaron a Na-Shaya primero. En cuanto los vieron, los na-shayanos les atacaron, creyendo que era el enemigo. Los D’anero consiguieron derrotarlos, obviamente, pero no los mataron. La gente de Na-Shaya, al ver su fuerza, los llevaron ante la familia Van Lauthen.

Victoria negó con la cabeza. —Eso no tiene sentido. ¿Por qué iban a llevarlos ante los Van Lauthen? Eran una familia antigua, pero hasta la instauración de las Siete Coronas no subieron al poder…

—Falso. En Na-Shaya ya existía una monarquía, y la familia Van Lauthen eran los reyes. Lo mismo pasa con Neishi y la familia Hikkohime… los D’anero se limitaron a permitirles continuar con el poder al instaurar las Siete Coronas.

—Como decía, los D’anero fueron llevados ante los Van Lauthen. Los na-shayanos lo hicieron porque se dieron cuenta de que no eran hostiles y podían ayudarles. No tuvieron problemas para comunicarse, ya que los D’anero tenían Magia.

—¿Y la Magia Antigua? ¿No tenían en aquella época…?

—El Idioma Antiguo era raro hasta por aquel entonces. Muy pocos poseían ese don, Victoria. No, los que lograron la comprensión fueron los D’anero.

—Al llegar ante los Van Lauthen, les mostraron lo que podían hacer. Magia, Habilidad… todos los D’anero eran Ambidiestros y su poder hipnotizó a los Van Lauthen. Entonces, tras largas negociaciones, consiguieron llegar a un acuerdo.

—¿Un acuerdo?

—Así es. Los Van Lauthen pidieron a los D’anero que conquistaran el continente, para acabar con la guerra. Ellos se someterían sin luchar, y a cambio, los forasteros compartirían su don.

—¡¿Qué?! —Victoria se levantó, ofendida—. ¡Eso es mentira! ¡Los Van Lauthen subieron al trono cuando la familia D’anero ya había conquistado todo y, desde luego, no pidieron la Magia ni la Habilidad! ¡Lo que hicieron los D’anero fue contaminar la tierra!

—¿Ah, sí? —Dedos rápidos la miró. Sus ojos empezaron a coger una tonalidad rojiza.

—Eso es lo que te han contado. Pero, ¿acaso no utilizas tu Magia? ¿Acaso no es algo útil? Pensar seriamente que al ver semejantes milagros la gente rechazaría ese tipo de don es una estupidez. No; los Van Lauthen pidieron a los D’anero que les otorgaran su Magia.

Victoria retrocedió instintivamente. Los ojos… de nuevo, los ojos del ladrón estaban rojos.

—Pero… —dudó unos segundos—, pero… ¡Tenían razones para negarse a esos dones! ¡Se consideraban una maldición!

—No. —Dedos rápidos hizo un gesto para acallarla—. Ahora se consideran una maldición. Sin embargo, eso es culpa del odio general hacia los D’anero. Sin ese lastre por en medio, la Magia y la Habilidad parecen algo maravilloso.

—¡¿Y qué me dices de la Iglesia?! ¡Considera que es una blasfemia, una maldición! ¡Los religiosos podrían haber…!

—La Iglesia tal y como la conocemos ahora fue establecida después de la instauración de las Siete Coronas, cuando el Gran Horror palió. Hasta entonces, cada país tenía su propia religión independiente, y no creo que tuviera tanto poder como para hacer creer a la gente que los dones de los D’anero eran perniciosos. Llevaban diecinueve años en guerra, Victoria. Todo lo que ayudara a inclinar la balanza en su favor era bienvenido.

Victoria temblaba de furia. Aquel ladronzuelo estaba poniendo en duda todo lo que le habían enseñado a lo largo de su vida.

—¿Esperas seriamente que te crea? —dijo entre dientes—. ¿Que sin ninguna prueba acepte que todo lo que sé es mentira y los D’anero en realidad nos hicieron un favor al contaminar la tierra? ¡No seas estúpido! ¡No sabes lo que dices!

—Oh, por supuesto que lo sé —contestó Dedos rápidos, levantándose.

Sus ojos tenían una tonalidad carmesí, como dos rubíes.

—¡Resulta que lo sé mejor que nadie! ¡Los D’anero tan solo cumplían con su deber al ofreceros sus dones!

—¡Pero es una estupidez! ¡Además, esa historia no tiene sentido!

—¡¿Ah, no?! ¡¿Podrías explicarme por qué?! —el ladrón parecía histérico, como siempre que se hablaba de los D’anero—. ¡Lo que no tiene sentido es la versión oficial! ¡Nadie en su sano juicio rechazaría ser Diestro, Zurdo o Ambidiestro!

—¡Pues todos lo hacen! —chilló Victoria—. ¡Y si de verdad los Van Lauthen pidieron a los D’anero que les entregaran sus dones, ¿para qué hacer que todo el mundo los tenga?! ¡Se los habrían quedado ellos! ¡Habrían pedido que insuflaran la Magia y la Habilidad directamente a las personas!

Aquello hizo tambalearse a Dedos rápidos. De repente, sus ojos perdieron toda tonalidad rojiza y volvieron a ser negro azabache. Una sombra cubrió su cara, como si de repente estuviera agotado. Con un suspiro, se pasó la mano por el pelo y habló.

—Precisamente… —su voz parecía la de un anciano—. Precisamente eso fue lo que hicieron, Victoria. Intentaron inyectar la Energía directamente en una persona. Pero… —sonrió con tristeza—, no salió bien.

—¿Qué? —la princesa, al ver que el ladrón se calmaba, hizo lo mismo—. ¿A qué te refieres con eso?

Dedos rápidos sonrió y se sentó de nuevo frente a la hoguera. —Es algo muy complicado. Si quieres que te lo explique, lo haré, pero… —negó con la cabeza—. Si lo hago, no te contaré nada más esta noche. Mejor empecemos con la lección sobre Habilidad.

Victoria tragó saliva. —¿Después explicarás lo que has dicho?

—Por supuesto. Pero, por lo menos ahora… —miró hacia otro lado—, quiero dejarlo a un lado.

La princesa entrecerró los ojos. —No estoy de acuerdo con ese cambio de tema. Los D’anero…

Pero el ladrón ya había empezado a hablar.


—Como te decía, los D’anero insuflaron la Energía en la tierra, haciendo que empezaran a nacer Zurdos y Diestros. En realidad, hasta ese momento no existían ni unos ni otros: todos los D’anero eran Ambidiestros, porque la Energía recorría sus cuerpos de forma natural. El hecho de que la gente de aquí no pudiera hacer eso indicaba que no estaban preparados para estos dones. Así, cuando la Energía intentaba entrar en el organismo de alguien, no conseguía hacerlo correctamente.

—Tan solo podía potenciar una cosa: o la mente o el cuerpo. Dependiendo de qué parte mejorara, la persona se volvía Diestra o Zurda.

—Entiendo —Victoria asintió.

Así que por eso habían hablado de algo tan raro al principio.

—Si se potenciaba el cuerpo surgía un Diestro, y si ocurría con la mente, nacía un Zurdo…

—Error —el ladrón la interrumpió—. Ese es el error más común, que hace que nadie use su Habilidad correctamente. En realidad, y por extraño que te suene, los Diestros tenemos mejorada la mente y los Zurdos el cuerpo.

—¿Qué?

—Piénsalo un segundo. Al usar la Magia, un Zurdo se concentra y mueve el cuerpo. Entonces, algo ocurre en el exterior: la Energía afecta al entorno. La usa «fuera» del cuerpo. Sin embargo, un Diestro tan solo puede canalizar la Energía dentro de él mismo. Al usarla, se potencia su forma física, pero en realidad todo se reduce a la mente. Es tu cerebro quien ordena moverse a tus músculos. Si la orden es más poderosa, la reacción también es mayor.

—Pero…

—Es completamente contraintuitivo, sí. Sin embargo, es la verdad… además, hay otra prueba. Un Diestro aprende a usar su Habilidad de forma inconsciente, aunque solo con entrenamiento puede potenciarla al máximo. Asimismo, un humano piensa desde el momento en el que nace: no necesita que nadie se lo enseñe. Sin embargo, solo con la enseñanza puede llegar a alcanzar su máximo nivel.

—Por el otro lado, hace falta entrenamiento, por básico que sea, para caminar. Aunque sea a base de ensayo y error y sin maestro alguno: hay que aprender. Con la Magia pasa lo mismo.

—Pero… Para hacer Magia hay que concentrarse. Concentrarse implica usar la mente, ¿no?

—No. En realidad, cuando uno hace Magia se concentra en el cosquilleo que produce y eso es puramente físico. Los Zurdos usan el cuerpo para efectuar sus hechizos, se centran en sus brazos y piernas para llamar a la Magia… es todo puramente corporal.

—Aún así… un Diestro no usa su mente, ¿no? También es todo corporal…

—No —Dedos rápidos negó con la cabeza—. Aunque tienes razón en una cosa: casi todos los Diestros usan tan solo el cuerpo. Y por eso están incompletos en lo que respecta a poder.

—Casi todos… Y asumo que la excepción eres tú —dijo Victoria.

—Así es. Cuando un Diestro, o un Ambidiestro, usa la Habilidad sin tener en cuenta la mente, no consigue coordinarse. Cosas como escribir a toda velocidad son simplemente imposibles, porque tu mente va demasiado despacio.

—Tu mente, tus ojos… si vas demasiado rápido en acciones muy precisas, te descontrolas —la princesa puso los ojos en blanco—. Pocas cosas se pueden hacer tan rápido, excepto correr y luchar.

—¿Y nunca te has preguntado por qué al luchar a semejante nivel, las espadas nunca se rompen?

—¿Eh? —Victoria volvió a enfocar la mirada.

Dedos rápidos estaba sonriendo.

—No… Nunca…

—Una espada no debería ser capaz de resistir tanto. Sin embargo, aguanta. ¿Y sabes por qué?

—Sorpréndeme.

—Por el poder de la mente. Un Diestro, al aprender a luchar, empieza a pensar en el arma como una parte de su cuerpo. Así, sin darse cuenta, fortalece el objeto con el que está luchando y no se rompe. Todo se reduce al poder de la mente.

Victoria abrió los ojos, sorprendida. No se atrevía a creer lo que estaba diciendo el ladrón, pero tenía sentido. Y ella nunca se había preguntado cosas tan simples como esa.

—No sé… —murmuró—. Eso de la mente…

—Vale, de acuerdo. Pruébalo tú misma.

—¿Qué?

—Concéntrate en tu Habilidad. No en tu Magia, ni en su cosquilleo, sino en tu mente. En el poder que ejerces sobre tu cuerpo. Inténtalo y verás.

La princesa miró al ladrón a los ojos. Lentamente, negó con la cabeza. —No… es tarde y estoy agotada. Hoy he hecho demasiadas cosas. Mañana intentaré hacerlo, pero ahora no puedo.

Dedos rápidos asintió. —Supongo… que tienes razón. Es ya tarde. Y la gente tiende a emocionarse cuando descubre que puede hacer… bueno, ya lo verás. En fin, será mejor que nos vayamos a dormir de una vez. Hoy ha sido un día muy largo, y…

—Eh. —Victoria lo acalló—. No tan rápido. Estoy cansada, pero aún puedo discutir. Has dicho antes que continuarías con tu narración de lo que «pasó», ¿no?

El ladrón esbozó una sonrisa incómoda. —No te has olvidado.

—Claro que no. Un na-shayano siempre cumple con su palabra. Haz tú lo mismo.

—No soy na-shayano.

—Me da igual.

Dedos rápidos suspiró. —De acuerdo… de acuerdo. Tú ganas. Pero no esperes que hablemos más esta noche, después de eso.

La princesa asintió. —Conforme. Pero antes… Has dicho que sabías mejor que nadie qué ocurrió. ¿Se puede saber por qué?

Dedos rápidos no contestó inmediatamente, sino que se quedó observando el fuego durante un largo rato. Finalmente, habló con voz ronca.

—¿Sabes, Victoria…? Cuando uno usa su Habilidad al máximo, adquiere ciertas… ventajas aparte del poder en sí. Una de ellas es la longevidad. La mente tiene más control sobre el envejecimiento de lo que parece, aunque no sé decirte por qué. Un Diestro completo vive muchísimo… muchísimo tiempo.

—No… —las pupilas de Victoria se dilataron—. No puede ser… Lo que me estás diciendo… ¿Eres…?

—Tengo bastantes más años de los que aparento —asintió el ladrón—. Junto con el «Señor» y posiblemente el «Diablo», soy la persona más vieja del continente.

—Yo estaba vivo durante el Gran Horror y viví mientras los D’anero llegaban a esta tierra. Todos los que vivieron durante aquella época han muerto excepto yo… Por eso sé qué les ocurrió a los Reyes Caídos.

—Yo viví la historia, Victoria. No intentes darme lecciones sobre ella.

Acto seguido, sin dar tiempo a la princesa para hablar, el ladrón comenzó a narrar. Sin atreverse a interrumpir, Victoria escuchó embelesada.