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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Relato

El hombre que contaba farolas

7 de noviembre de 2023 · 3 min de lectura · 508 palabras

Empezó sin querer, en una época en la que no podía dormir. Salía a la calle a las dos de la mañana, cuando el barrio se queda para los gatos y los que fuman en las ventanas, y caminaba hasta que el cuerpo se cansaba. Una noche, por no pensar, contó las farolas de la calle Mayor. Eran diecisiete. La noche siguiente las volvió a contar y volvieron a ser diecisiete, y por algún motivo eso le pareció un dato valioso.

A partir de ahí el paseo tuvo forma. Recorría las once calles de su barrio siempre en el mismo orden, empezando por la plaza del mercado y terminando en el callejón que muere contra la vía del tren, y llevaba la cuenta en voz baja, moviendo los labios como un niño que aprende a leer. Ciento cuarenta y ocho farolas. Siempre ciento cuarenta y ocho.

Tardó un año en entender que no contaba farolas. Contaba que el mundo seguía donde lo había dejado. Su mujer había muerto en marzo, en una habitación con la persiana bajada, y desde entonces necesitaba comprobar cada noche que las cosas no se movían solas: que las acacias seguían en su sitio, que el quiosco cerrado seguía cerrado, que el número de luces de la ciudad era el mismo que la noche anterior. Ciento cuarenta y ocho era una manera de decir que no se había perdido nada más.

En octubre empezaron las obras. Una cuadrilla con casco naranja fue levantando las farolas viejas de la calle Mayor y dejando en su lugar unas de aluminio con led, más altas, más blancas, más baratas de mantener. La primera noche que vio la calle nueva le falló la cuenta: había diecisiete, sí, pero eran otras. Se quedó parado debajo de una de ellas hasta que le dolieron los ojos, y luego siguió el recorrido con una sensación horrible, como si alguien hubiera movido los muebles de su casa.

Las semanas siguientes fueron peores. Cambiaron la calle del Horno, luego la del Río, luego la plaza entera. Las luces nuevas alumbraban mucho más y hacían sombras duras, sin la penumbra cálida de antes. El barrio, de noche, dejó de parecerse a sí mismo. El hombre siguió saliendo, porque no sabía qué hacer con las noches, pero ya no contaba: miraba los postes nuevos y pensaba en la cantidad de cosas que se pueden cambiar sin preguntarle a nadie.

A finales de enero, en el tramo final del callejón, encontró una farola que los operarios habían olvidado: la última de hierro fundido, con la tulipa sucia y una bombilla naranja que llevaba seis meses iluminando a nadie. Se sentó en el bordillo y estuvo allí hasta que amaneció. Cuando volvió a casa, escribió en un papel el número ciento cuarenta y ocho y lo pegó con celo en la puerta de la nevera.

Desde entonces sale una vez por semana, cuenta las farolas nuevas y no le importa que sean otras. Ciento cuarenta y ocho. Sigue siendo la misma cifra. Sigue queriendo decir lo mismo.