Saltar al contenido
Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Relato

Cartas a una ciudad que ya no existe

14 de febrero de 2025 · 2 min de lectura · 424 palabras

Querido padre:

Te escribo a la calle Iglesia, número 4, segundo, porque es la dirección que me sé de memoria y no pienso cambiarla. Ya sé que no hay buzón. Ya sé que desde mil novecientos ochenta y cuatro esa calle está a catorce metros bajo el agua, y que los buzones, si quedó alguno, están llenos de barro. Escribo igual.

Este mes han vuelto a bajar el nivel del embalse. En el periódico salió una foto de la torre de la iglesia asomando entre el agua, con las tejas verdes de moho y la veleta torcida. Yo fui a verla, claro. Hice los cuarenta kilómetros en el coche viejo, aparqué en el mirador y estuve dos horas mirando la punta del campanario como quien mira a alguien dormido. Había más gente. Una pareja joven con un dron, un señor mayor con una cámara de fotos de carrete, dos niños que preguntaban si se podía bajar andando hasta la plaza.

No se puede. Lo intenté hace años, cuando el pantano estaba más vacío que ahora, y a mitad de camino me encontré con el muro del molino. La piedra está blanda. Si te apoyas, se deshace.

La madre está bien. Cumplió ochenta y seis en enero y sopló las velas sin ayuda. Le he puesto una mujer que viene por las mañanas a hacerle la comida y a veces se quedan las dos viendo la novela, aunque ella dice que no la ve, que la tiene puesta para no estar en silencio. Le he dicho que vamos a ir en primavera al mirador y dice que no, que a ella el agua no le hace ninguna gracia. Lo entiendo.

A veces pienso que lo que quedó bajo el agua no fue el pueblo, sino la gente que lo habitaba. Los que nos fuimos tenemos que explicar de dónde somos con un mapa y una frase: «un pueblo que se inundó». Los que se quedaron en la comarca ya no explican nada. Y tú y tus hermanos, que os marchasteis antes de que empezaran las obras, os habéis librado de dar explicaciones para siempre, aunque tampoco sé si eso es una suerte.

El domingo planté tres almendros en el huerto. El del medio se me torció y he tenido que atarlo a una caña. Si sale, en tres años dará flores en febrero, que es una cosa que a ti te hacía gracia: flores antes que hojas.

Te escribiré el mes que viene, aunque el embalse suba y la torre vuelva a desaparecer.

Tu hijo.