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Iván Alcaraz Salazar novelas y relatos

Relato

Un mapa del tiempo que no volvió

30 de enero de 2026 · 3 min de lectura · 520 palabras

En la pared del pasillo de su casa hay catorce mapas dibujados a mano. Los hizo ella, con lápices de colores que compró en un bazar y un papel cuadriculado que ya no se fabrica. Cada uno ocupa una hoja A4 pegada con cinta de pintor, y en todos aparece la misma costa: un trozo de litoral de unos sesenta kilómetros, con dos cabos, una ría y un puerto pesquero que lleva cerrado desde antes de que ella naciera.

Los mapas son del día veintitrés. Del temporal.

Lleva dieciséis años trabajando en predicción, primero en un centro regional y ahora desde casa, con dos pantallas y un contrato de media jornada. Sabe leer un modelo numérico mejor que su propio nombre, y sabe también que a las cinco de la tarde de aquel día todos los modelos coincidían: viento del suroeste de fuerza ocho, rachas de noventa, mar de fondo de cuatro metros. Lo dijeron en la radio. Lo dijeron en la televisión. Su hermano salió igual, con la barca de un vecino y dos cajas de aparejos, porque el puerto estaba a media hora y el parte decía que el temporal llegaría de madrugada.

Llegó a las siete y cuarto. La barca apareció tres días después, vacía y con el motor arrancado.

Desde entonces, cada vez que hay una borrasca en el norte, Elisa se sienta a la mesa del comedor y dibuja el mapa a mano. Empieza por la costa, siempre la misma, trazada con regla. Luego pone las isóbaras, cada cuatro hectopascales, con un lápiz azul. Después los frentes, el rojo y el azul, y las flechas del viento, y las zonas de aviso, y una X pequeña donde estaba la barca a las siete de la tarde. Los colorea con cuidado, como se coloreaban los mapas en la escuela.

Nadie le ha preguntado nunca para qué. Su madre cree que es una forma de rezar; su compañero de trabajo cree que es una manía de meteoróloga y no le da importancia. Ella sabe que no es ninguna de las dos cosas. Dibuja porque en el trazo a mano cada isóbara deja de ser una línea y se convierte en una decisión: aquí el aire sube, aquí gira, aquí la presión cae más deprisa de lo que nadie esperaba. Y en alguna de esas decisiones, piensa, hay una frase que se dijo en una reunión a la que ella no fue, o un aviso que se retrasó veinte minutos, o una forma de mirar el mar que ya no se usa.

En el mapa número catorce, el de este enero, se ha atrevido a cambiar algo. Ha movido el centro de la borrasca cuarenta kilómetros al norte, y al hacerlo la costa queda limpia, el viento baja a fuerza cinco y la X de la barca está en un puerto con las luces encendidas. Lo ha colgado al final del pasillo, el último, debajo de los demás.

Los trece anteriores siguen ahí, con su temporal intacto. A veces se queda mirándolos y piensa que dibujar el pasado es la única manera que tiene de discutir con él.